martes, 18 de marzo de 2014

BC 8: EL HEREJE


"Era necesario un cambio de estrategia. Los guardianes demoníacos y la preocupante escasez energética de nuestras servoarmaduras sugerían que cualquier ataque directo contra el Templo de las Mentiras estaría condenado casi con seguridad al fracaso, incluso si ese asalto estaba protagonizado por dos Astartes.
Así pues, regresamos por el camino por el que habíamos venido con la intención de pasar la noche en Cuerpo Putrefacto y, con un poco de suerte, buscar algún espíritu máquina que nos permitiese recargar las reservas energéticas de nuestras servoarmaduras. Lambo fantaseaba con la idea de hacernos fuertes en el asentamiento, resistir cualquier asalto del Templo Mentiroso y embarcarnos en la primera lanzadera que aterrizase en el espaciopuerto para salir cuanto antes de aquel planeta marchito.
Confieso que, a falta de un plan mejor, la idea me pareció muy tentadora. No deseaba entrar en el Templo de las Mentiras, ya que había percibido que el velo invisible que separa las mareas y corrientes de la disformidad de nuestro universo físico era extraordinariamente débil en el lugar donde estaba ubicado el templo.
Así pues, deshicimos el camino tan rápido como pudimos, preparados para repeler cualquier emboscada de los Querubines deformes. Afortunadamente para ellos, no encontramos ni rastro de esas desagradables criaturas pero, para cuando regresamos a Cuerpo Putrefacto, nuestras armaduras únicamente disponían de menos del 10% de su capacidad energética. Sin perder más tiempo, nos dirigimos directamente a la barcaza pesada de Theon mientras ignorábamos las miradas asustadas de los habitantes del asentamiento."

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Lambo fue el primero en entrar por la apertura apartando a un lado la tosca chapa metálica que hacía las veces de puerta. Dos quemadores encendidos iluminaban la estancia. El interior consistía en un pequeño espacio abierto, con tres sucias mesas de metal dispersas y ocho jóvenes lugareños de semblante suspicaz y ropas raídas que estaban sentados alrededor de una de las mesas. Pero el elemento más sorprendente de todos era un Astartes sentado sobre un trozo rectangular de chatarra que debía hacer las veces de barra de bar en ese garito. El marine espacial no tenía puesta ninguna servoarmadura y sus únicas vestimentas eran unas túnicas amplias y descoloridas. En una mano sostenía un libro de aspecto envejecido y páginas desgastadas, en la otra un pequeño barril de licor local.

-Bienvenidos-, los recibió el Astartes con una cálida sonrisa en su cara pálida, mientras dejaba su bebida sobre la mesa. Aunque hablaba el gótico terrano, las palabras y los acentos parecían muy distintos al que habían escuchado pronunciar a Elika la Vidente. -Os estaba esperando.

-¿Ah, sí?-, preguntó Nodius. -¿Y cómo es eso?

-El demagogo me dijo que llegarían más invitados para pasar la noche en esta barcaza-, le respondió el extraño sin mostrar ninguna acritud ni agresividad cuando su educada bienvenida no fue correspondida. -Mi nombre es Karakos. ¿Puedo conocer los vuestros?

-Lambo y Nodius-, respondió el primero mirando de reojo a los lugareños que, pese a que rehuyeron su mirada, debían estar escuchando con gran atención todo lo que decían.

-Deberíamos hablar en un lugar más privado-, dijo Nodius, leyéndole el pensamiento a su compañero.

-Ese joven de ahí es nuestro anfitrión-, dijo Karakos señalando a un hombre asustado de apenas veinte años que estaba en la mesa. -Se llama Theon y ha dispuesto toda la planta superior para nuestro alojamiento. Podemos ir allí, si lo preferís.

-Excelente idea-, se apresuró a responder Nodius. -Subamos.

Karakos les guió hasta un tramo de escaleras que tenía un aspecto rudimentario, sin duda alguna un añadido realizado después de que el transporte se hubiese estrellado en la superficie de Kymerus, y los tres subieron por ellas sin sufrir más trastorno que el ocasional quejido de los peldaños bajo el peso de sus servoarmaduras. La planta superior consistía en otro espacio abierto, iluminado por un débil lumen que colgaba del techo, estaba libre de muebles salvo seis colchones tirados en el suelo y carecía de cualquier tipo de decoración que personalizase el alojamiento. Sin embargo, había unos elementos claramente llamativos apoyados en una de las esquinas: una servoarmadura azulada, un modelo claramente superior al suyo propio que no habían visto hasta ahora, una espada envainada y una pistola bólter.

Karakos dejó cuidadosamente el libro sobre uno de los colchones y se encaró hacia ellos con sus ojos castaños llenos de seriedad. Tenía una cara pálida y alargada, cejas oscuras y un pelo oscuro y corto. Para los criterios Astartes, tenía una estatura mediana, aunque Lambo le seguía sacando una cabeza entera de alto, y su cuerpo parecía tan fibroso y resistente como el de cualquier marine espacial.

-No reconozco los emblemas tu servoarmadura. ¿A qué Legión perteneces?-, le preguntó Nodius después de cerrar la única puerta.

-¿Legión?-, preguntó a su vez Karakos con curiosidad. -No pertenezco a ninguna "Legión". Antes formaba parte de los Cráneos Plateados. Ahora recorro mi propio camino libre de ataduras.

-Nunca había oído hablar de ellos.

-Son bien conocidos, te lo aseguro.

-Luego volveremos a hablar sobre eso, ¿puedes decirnos cuánto tiempo has estado en Kymerus?

-Apenas seis horas estándar. ¿Y vosotros?

-Unas dos horas-, respondió Lambo todavía suspicaz, -aunque hemos visto más que suficiente.

-Lo entiendo. Parece un planeta pobre y sin ninguna importancia estratégica.

-Pero tú estás aquí...

-En efecto. Recibí una invitación muy intrigante del Oráculo Mentiroso. ¿Vosotros también,verdad?

-La recibimos, pero no acudiremos a esa reunión.

-¿Por qué?-, quiso saber Karakos claramente sorprendido por sus palabras.

-Porque no confiamos en las intenciones del Oráculo Mentiroso-, intervino Nodius sombrío. -¿Cómo llegaste al planeta?

-Mi guía, un sirviente del templo llamado llamado Onaeus el Extraño, nos consiguió pasaje en las bodegas de un navío pirata llamado El Rastro de Sangre y nos trajo al espaciopuerto esta mañana.

-¿Y después?

-Después él regresó al Templo de las Mentiras. Yo, por mi parte, me quedé en esta barcaza, esperando y leyendo en compañía de los rufianes que visteis abajo. ¿Me diréis ahora cuál es la razón de este burdo interrogatorio?

La pregunta resonó afable pero estaba cargada de tensión. Lambo y Nodius se miraron entre sí, dudando acerca de si podían confiar o no en Karakos. El Astartes no parecía esconder intenciones hostiles hacia ellos, aunque eso no quería decir nada por ahora. Sin embargo, unos fuertes ruidos en las escaleras evitaron el hecho de que tuviesen que responder. Los tres Astartes se tensaron cuando los oyeron. Parecían los típicos chirridos de una servoarmadura energética y, fuera quien fuese el recién llegado, estaba subiendo por las escaleras. Al igual que hizo Nodius, Lambo empuñó inmediatamente su pistola bólter, apuntando directamente hacia la única puerta de la sala. Karakos simplemente permaneció muy quieto donde estaba, sin hacer ademán siquiera de intentar coger sus armas.

En ese momento, los pesados pasos se detuvieron frente a su puerta y pasaron unos segundos antes de que la figura acorazada que había al otro lado se decidiese abrirla. Pese a todos los sufrimientos que habían padecido desde su heroico combate en Osul, el severo entrenamiento Astartes de Lambo y Nodius evitó que sus dedos apretasen los gatillos de sus armas para abrir fuego, incluso cuando comprobaron que el recién llegado lucía el color negro metalizado de los Ángeles Oscuros o que estaba armado con un enorme martillo energético que sostenía con ambas manos. El recién llegado no llevaba puesto el yelmo, sino que lo mantenía sujeto magnéticamente en su servoarmadura. Nodius bajó su arma inmediatamente cuando contempló el rostro descubierto.

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"La aparición de Mordekay fue un milagro extraordinario, dado que Lambo y yo nos habíamos hecho inconscientemente a la idea de que habría muerto en el fuerte bombardeo que sufrimos en Osul o que no habría sobrevivido a las terribles corrientes de la Disformidad. En términos más egoístas, he de reconocer que su presencia incrementaba nuestra capacidad operativa en este mundo extraño lejos de todo lo que nos era conocido.
El último sargento de la Escuadra Laquesis bloqueó con su cuerpo blindado la única salida de la habitación y nos pidió en calibanita un informe de la situación sin perder de vista al indefenso Karakos, que ahora estaba encerrado con tres Ángeles Oscuros equipados con sus servoarmaduras y armas de combate. Dicho fuera en su honor, el Astartes permaneció estoicamente en silencio.
Después de que le hubiésemos explicado todo lo que había pasado desde que habíamos perdido el contacto, Mordekay nos contó su parte de la historia. Dijo que había aparecido en un yermo rocoso, donde se encontró con un tembloroso hombre errante que lo estaba buscando desde hacía muchas horas. Su nombre era Tristam Denieri. El hombrecillo también le había entregado una invitación del Oráculo Mentiroso y le había guiado en una larga caminata de varias horas hasta Cuerpo Putrefacto, donde finalmente le había suplicado que se alojara en la conocida barcaza de Theon hasta el día siguiente. Demasiado conmocionado por los hechos de los que había sido testigo en el Inmaterium, Mordekay hacía aceptado mientras trataba de serenarse en las afueras del asentamiento."

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-¿Podemos confiar en él?-, preguntó, refiriéndose claramente a Karakos.

-No parece hostil-, respondió pragmáticamente Lambo.

-Te pido disculpas por la brusquedad de nuestro comportamiento-, se excusó el sargento usando el gótico terrano para comunicarse con el otro Astartes. -Hemos sufrido la traición de nuestros supuestos hermanos y defendido nuestro hogar contra toda esperanza. Todo es demasiado fresco, demasiado reciente... Mi nombre es Mordekay-, dijo finalmente mientras le ofrecía su mano blindada.

-Parece que tenéis una historia interesante que contar-, respondió él estrechándosela sin mostrar miedo alguno.

-Responderemos a todas tus preguntas, cuando nos ayudes a entender mejor nuestra situación actual. ¿Te  parece justo, Karakos?

-De acuerdo-, consintió él.

-Nos ayudaría saber a qué Legión perteneces. No reconozco ni el color ni las insignias de tu servoarmadura.

-Ya se lo he dicho a ellos. No pertenezco a ninguna Legión, pero formaba... esperad un momento, ¿a qué Legión pertenecéis vosotros?

-Estábamos en la I Legión, los Ángeles Oscuros.

Karakos asintió pensativo, aunque no pudo ocultar el creciente gesto de sorpresa que acudió de inmediato a su rostro. Algo en aquella mirada maravillada disgustó a Nodius, que decidió permanecer callado por el momento.

-Entonces hay algo que debéis saber ahora mismo-, empezó a decir Karakos. -Las Legiones fueron disueltas después de la Herejía de Horus y reorganizadas en Capítulos siguiendo las pautas establecidas por el Codex Astartes. De eso hace ya diez mil años...

-¡Diez mil años!-, exclamó Lambo. -No puede ser.

-Es posible-, insistió Karakos. -Sabemos que los viajes espaciales a través de la Disformidad no son completamente seguros. A veces ocurren distorsiones temporales, retrasos de meses o incluso años. Hay leyendas de navíos espaciales que llegan a su destino siglos después de haber iniciado su viaje, sin que sus tripulantes y pasajeros hayan envejecido más que unos pocos meses. ¿Por qué no iba a ser ese vuestro caso?

-Puede tener razón-, intervino Nodius a su pesar. -Ya hemos visto lo que puede hacer la Disformidad...

-¿Y qué ha pasado durante todos estos milenios?-, le urgió Mordekay apoyando su mano sobre el hombro de Karakos.

-Si las leyendas son ciertas, el Emperador asaltó El Espíritu Vengativo, la nave insignia de Horus, con sus seguidores de mayor confianza durante el asedio de Terra. Los combates allí debieron ser muy cruentos, ya que perecieron grandes héroes de ambos bandos, incluyendo a Sanguinius o al propio Horus. Luego los mitos son confusos. Se dice que el Emperador, moribundo a causa de las heridas, fue recluido en el Trono Dorado para preservar su vida y que desde entonces guía a los Altos Señores de Terra para proteger el Imperio de la Humanidad de sus numerosos enemigos.

-¿El Imperio sigue existiendo?-, preguntó con Lambo a través de su yelmo. Ni siquiera la voz distorsionada por los altavoces pudo ocultar el odio casi físico que escupieron sus palabras.

-Sí, sigue existiendo. Ha superado varias guerras civiles y logrado sobrevivir hasta la fecha gracias al sacrificio y la ignorancia de sus gentes. Incluso se ha llegado al extremo de adorar al Emperador como el único dios de la humanidad.

-¿El Emperador un dios?-, murmuró Mordekay divertido. -¡Qué ironía! Él siempre trató de evitar en vida que se lo considerase de esa forma... ¿Y qué hay de Lion El'Johnson y los Ángeles Oscuros de la I Legión?

-Creo que nunca se volvió a hablar en público de Lion El'Johnson después de la Herejía de Horus. En cuanto a la I Legión, se disolvió como el resto. Se formó el Capítulo de los Ángeles Oscuros y otros sucesores de los que no recuerdo sus nombres. Tienen buena reputación como soldados del Imperio, pero dicen que no se relacionan demasiado bien con nadie que no pertenezca sus respectivos Capítulos.

-¿Y qué hay de Caliban?-, quiso saber Lambo mientras apretaba los puños de sus guanteletes.

-No lo sé-, reconoció Karakos. -¿Quién es Caliban?

-Es nuestro planeta, el mundo donde fue descubierto Lion El'Jonhnson. La base planetaria de la I Legión.

-Los Ángeles Oscuros son un Capitulo errante-, le explicó despacio Karakos. -No tienen un mundo natal propio. Por lo que sé, su flota sigue unas rutas determinadas, captando nuevos reclutas y aprovisionándose de suministros en algunos planetas que se encuentran a su paso, pero eso es todo.

-Tal vez su nombre haya cambiado con el paso de los milenios-, aventuró Nodius.

-Es posible-, reconoció Mordekay iracundo, -pero tenemos que prepararnos para lo peor.

-¿Qué quieres decir?

-Siempre hubo rumores de que Lion era extremadamente vengativo. ¡Recordad el exilio de Luther y los otros caballeros que habían servido fielmente a sus órdenes en la cruzada contra las Grandes Bestias! Creo que tenemos que prepararnos para la posibilidad de que haya destruido nuestro planeta y exterminado a todos sus habitantes.

-Lo pagarán-, murmuró Lambo incrementando el volumen de su voz paulatinamente. -Si fue un exterminio lo pagarán todos ellos. ¡Lo juro!

-Tranquilízate, hermano-, le aconsejó Nodius con suma frialdad. -No hay forma de que podamos averiguarlo con certeza y tus juramentos quedarían en vano.

-Puede que exista un medio a vuestra disposición-, intervino Karakos con cautela. -Onaeus el Extraño me aseguró que las bibliotecas del Templo de las Mentiras no tenían igual fuera de las fronteras del Imperio. Tal vez podáis averiguar la verdad que buscáis en sus tomos.

-¿Averiguar una verdad en un templo de mentiras?-, dijo Nodius despectivamente. -Te diré una cosa. Elika la Vidente no dudó en intentar engañarnos a Lambo y a mí diciéndonos que el Imperio había sido destruido. Nos mintió sin motivo. No creo que sus libros deban merecernos más confianza.

-Aun así Karakos tiene razón-, intervino Mordekay intentando serenarse. -Lo siento Nodius, pero no podemos dejar pasar esta oportunidad. Aceptaremos la invitación del Oráculo Mentiroso.

-Estoy de acuerdo-, le respaldó Lambo.

-Asunto zanjado, entonces- asintió Nodius con evidente pesimismo. -Volvamos al principio. ¿A qué... Capítulo Astartes pertenecías, Karakos?

-A los Cráneo Plateados, herederos de los Ultramarines. Nuestras servoarmaduras son aceradas, con las hombreras y el peto de color negro y el caso de color plateado. El emblema del capítulo es, por supuesto, el cráneo plateado.

-Pero la tuya es azul-, observó Mordekay.

-Es una regla del Codex Astartes. Las servoarmaduras de todos los Bibliotecarios siempre deben lucir el color azul con bordes dorados y amarillos. La hombrera izquierda muestra el cráneo del capítulo y la derecha mi rango como Lexicanum.

-¿Qué modelo de servoarmadura es?-, quiso saber Lambo olvidándose por un momento de la furia que sentía contra los leales al Imperio. -No se parece a ninguno de los que conocemos.

-Creo que el Adeptus Mechanicus no la fabricaba en vuestra época. Es una servoarmadura Mark VII, también llamada "Aquila"... pero está diseñada para que sólo funcione conmigo, al igual que la espada psíquica y la pistola bólter-, añadió finalmente.

-¿Ah, sí?-, preguntó Mordekay con un pequeño suspiro. -¡Lástima! Hubiese sido interesante probar tu servoarmadura para comprobar el grado de mejora respecto a los modelos que conocemos.

Karakos asintió, ocultando el alivio que sentía en esos momentos. Afortunadamente, su pequeño engaño había pasado completamente desapercibido. No quería quedarse sin sus pertenencias ni tampoco enfrentarse a sus nuevos... compañeros. Había arriesgado mucho por llegar hasta donde estaba ahora mismo y no quería echarlo todo a perder por un arrebato codicioso de estos Ángeles Oscuros que acababa de conocer.

-Has dicho que eres un Bibliotecario. ¿Es que el Imperio ha anulado el Decreto de Nikaea que disolvía los Librariums en las Legiones Astartes?

-Así es-, respondió Karakos con una humildad innecesaria entre ellos. -Soy un Bibliotecario, un psíquico de combate.

-¿Y por qué has venido a Kymerus?-, preguntó Mordekay sin ocultar ya su curiosidad.

-Es una larga historia. Los Cráneos Plateados me reclutaron en los Yermos de Ceniza del planeta Garlanda II después de una feroz batalla entre dos tribus en la que despertaron mis poderes. Después de superar las pruebas de ingreso, sobreviví a la implantación genética y pasé las duras ordalías del Librarium. Como os podréis imaginar a estas alturas, fui un soldado leal al Imperio. Podía recitar de memoria cada línea del Codex Astartes, adoraba al Emperador como el único dios protector de la humanidad y estaba dispuesto a dar mi vida por el Imperio en cuanto lo ordenasen mis superiores sin tan siquiera cuestionármelo.

La voz de Karakos fue perdiendo intensidad mientras los recuerdos acudían con viveza a su memoria. Mordekay creyó percibir un deje de amargura en la historia, una sentimiento demasiado familiar para él. Asintió con simpatía y animó en silencio a Karakos para que siguiera hablando.

-Los Cráneos Plateados patrullan la Grieta Gilgar desde hace siglos, protegiendo a las naves mercantes de los piratas y los adoradores del Caos. Mi primera misión militar fue participar en el abordaje de la Negrura del Vacío, un crucero de clase Masacre. Mis compañeros de armas y yo eliminamos a la tripulación enemiga y nos hicimos con el control de todo el navío, pero durante la lucha encontré un libro entre los cadáveres de los herejes. Estaba abierto, invitándome a leer las palabras escritas con sangre que escondían sus páginas y esas palabras se me quedaron grabadas a fuego en el interior de mi alma: "Rogamos que nos hagan caso aquellos que no lo harían, para que puedan volver los ojos a nuestra manera de ver y regalarnos el don del dolor, para tintar la galaxia del color rojo de la sangre y saciar el hambre de los dioses".

-¿Qué libro era?-, quiso saber Nodius.

-En ese momento no lo sabía. No tenía ningún titulo en la cubierta que ayudase a identificarlo, pero más tarde descubrí que me había apoderado de una copia incompleta del Libro de Lorgar.

-¿Lorgar? ¿El Primarca de la Legión de los Portadores de la Palabra?

-Sí. Fue uno de los Primarcas que renegaron del Emperador y se unieron al bando rebelde de Horus hace diez mil años. Escribió un libro donde figuran sus reflexiones, visiones y epístolas. Copias bastardas de ese libro han circulado clandestinamente entre algunos cultos y sectas prohibidas desde entonces a lo largo de todo el Imperio.

-Así que te llevaste el libro...-, murmuró Mordekay con incredulidad.

-No pude evitarlo. Lo escondí y lo leí en secreto durante muchos años, empapándome de sus enseñanzas más profundas. También hice una docena de copias transcritas en placas de datos que dejé escondidas en varios navíos de los Cráneos Plateados y luego huí en un navío mercante independiente tras comprar la buena voluntad de su capitán sancionado prometiéndole mis servicios como mercenario, guardaespaldas y psíquico personal durante un año estándar. No había pasado la mitad de ese plazo cuando lo convencí con engaños para que me transportase a la región de tormentas disformes conocida como el Vórtice de los Gritos.

-Elika la Vidente nos dijo que Kymerus estaba dentro del Vórtice-, asintió Lambo atrapado también por la singular historia.

-Puedo aseguraros que la terrible naturaleza de este lugar se ha ganado merecidamente ese nombre entre las Casas de Navegantes. Cuando nos acercamos, me sentí abrumado por el coro de gritos y aullidos de millones de almas torturadas. Mi mente se derrumbó ante la acometida de semejante herida psíquica en el Inmaterium y perdí la consciencia. Más tarde, cuando me recuperé tiempo después, me hallaba en un asteroide habitado por piratas y herejes. Allí fue donde me encontró Onaeus el Extraño, donde me entregó la invitación del Oráculo Mentiroso.

-Pero ¿por qué abandonaste a los Cráneos Plateados?-, preguntó Mordekay sin terminar de comprender del todo la raíz de las motivaciones de Karakos. -¿Por qué traicionaste al Imperio?

-Porque me mintieron. Me traicionaron de la peor forma posible. Me obligaron a adorar al Emperador como si fuese un dios, cuando en realidad sólo era un psíquico extremadamente poderoso con una ambición inconmensurable. Me hicieron creer que Él protegería mi alma de la Disformidad cuando mi cuerpo muriese a su servicio, sabiendo que Él no podría salvarme. ¡Y no solo a mí! ¡Están haciendo lo mismo a los innumerables billones de habitantes del Imperio de la Humanidad! No podía seguir permaneciendo impasible ante la magnitud de sus crímenes.

viernes, 14 de marzo de 2014

BC 7: KYMERUS


"La lanzadera estaba en un estado decrépito y descuidado, como si hubiese pasado mucho tiempo desde la última vez que había recibido adecuadamente los ritos de reparación, pero cumplió con creces su misión transportándonos de Elorum a Kymerus en apenas treinta minutos. En ningún momento tuvimos contacto alguno con sus pilotos, que permanecieron encerrados en la cabina de pilotaje durante todo el tiempo de vuelo. Demostraron ser unos auténticos estúpidos al pensar que una puerta cerrada podría protegerles si provocaban la furia de un Astartes.
Durante nuestro breve viaje, Lambo y yo continuamos interrogando a Elika la Vidente para confirmar la historia que nos había contado y, pese a que no cogimos a la mujer en ninguna contradicción evidente, pudimos averiguar otros detalles relevantes, como que el Oráculo de las Mentiras era una figura muy influyente en el Vórtice de los Gritos o que muchos señores de la guerra y grandes piratas le proporcionaban todo tipo de favores a cambio de contar con su beneplácito. Sin embargo, a pesar de mi creciente escepticismo, ella seguía insistiendo inútilmente en que su amo nos había conferido un gran honor al invitarnos a visitar el Templo de las Mentiras."

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Cuando disminuyó el rugido de los motores y descendió la trampilla de carga y descarga, los dos Astartes salieron para asegurar el perímetro, pero sus precauciones parecieron innecesarias tras comprobar que no había nadie esperándoles en el hangar vacío y mugriento en el que había aterrizado la lanzadera. Ningún técnico u operario que tuviese que atender las necesidades de la lanzadera corrió a recibirles. Ningún guardia que custodiase el hangar excavado en la fachada del barranco les dio el alto. No había nadie allí. Nadie. De hecho, la débil luz proporcionada por dos lúmenes en las paredes apenas era suficiente para iluminar adecuadamente el lugar, lleno de tuberías oxidadas y manchas de aceite sobre las sucias placas metálicas del suelo.

Elika la Vidente salió de la lanzadera con la mayor dignidad que pudo reunir, cubriéndose el rostro con la capucha de su túnica de cuero. En silencio, les hizo un gesto hacia la puerta y comenzó a caminar hacia allí. Lambo y Nodius la siguieron reluctantes. Al otro lado de la puerta sólo había un oscuro pasillo sin iluminar y, más allá, las instalaciones habituales de un pequeño espaciopuerto. Los dos Astartes obligaron a la mujer a que les mostrase el resto del edificio antes de salir al exterior. Aunque encontraron algunas personas realizando vagos ritos de reparación que nunca hubieran sido autorizados por los tecnosacerdotes del Adeptus Mechanicus, la mayor parte del edificio parecía hallarse en un estado cercano a la ruina total. Cortes de energía, paneles oxidados, espíritus máquina dañados y en general toda clase de basura de basura y chatarra ofrecían un fiel testimonio del abandono de las instalaciones. Había dos hangares más, todos ellos vacíos y con aspecto de llevar así mucho más tiempo del que pudiesen imaginar.

-Si tu amo es una figura tan importante, ¿por qué permite que el espaciopuerto esté en unas condiciones tan miserables?-, quiso saber Nodius.

-El espaciopuerto no es suyo, mi señor-, respondió ella. -Pertenece a los habitantes de Cuerpo Putrefacto, la única ciudad de Kymerus. Es cierto que sus gentes tienen escasos recursos para su mantenimiento, pero hacen lo que pueden con lo poco que tienen.

Los dos Astartes se percataron fácilmente de que el puñado de hombres y mujeres que vieron en las instalaciones del espaciopuerto estaban armados con armas rudimentarias como grandes llaves inglesas, martillos, barras metálicas con clavos y cuchillos oxidados. También descubrieron que esas personas, asustadas por su imponente y amenazadora presencia, se esforzaban por concentrarse en sus tareas de mantenimiento o apartarse de su camino tan rápido como podían.

Una vez que lo hubieron inspeccionado todo, permitieron que Elika les guiase hasta los portones de la salida. Sin embargo, la visión del exterior no mejoró respecto a lo que habían encontrado en el espaciopuerto. La pálida luz anaranjada del sol reveló un paisaje seco y desolador, interrumpido por pequeñas colinas rocosas y los restos de antiguas naves espaciales reconvertidos en viviendas para alojar a los aproximadamente doscientos o trescientos habitantes que debía tener el asentamiento.

-Bienvenidos a Cuerpo Putrefacto, grandes guerreros-, les anunció Elika. -Mi señor ha dispuesto unos alojamientos apropiados para vuestro tamaño en las ruinas de aquella barcaza elevadora-, dijo mientras señalaba en dirección a las ruinas de gigantesca nave de carga industrial. -Su propietario, un joven llamado Theon, tiene órdenes de atender todas vuestras necesidades. Yo debo adelantarme...

Antes de que pudiese continuar, escucharon un enorme rugido a sus espaldas. Tanto Lambo como Nodius se dieron la vuelta sabiendo de antemano lo que iban a ver. Tal y como temían, la lanzadera en la que habían venido estaba elevándose hacia el cielo anaranjado. Habían perdido su única forma de escapar del planeta. Estaban atrapados en Kymerus.

-¡Haz que vuelva!-, rugió Lambo a través de los altavoces de su yelmo mientras cogía a Elika del cuello, elevándola con facilidad del suelo. -¡Ahora!

-No puedo...No es... no es... de aquí... Son pi... ra... tas...

Lambo la soltó al darse cuenta de que estaba apretando demasiado fuerte. Elika cayó torpemente al suelo, tosiendo y tocándose la garganta. Nodius, por su parte, no intervino en ningún momento, sino que se dedicó a contemplar las ruinas que formaban Cuerpo Putrefacto y luego la colina en la que estaba excavado el espaciopuerto. "Ciertamente, la ciudad se merece este nombre", pensó con frialdad.

-¿Cuándo volverán?-, preguntó Lambo recuperando la compostura.

-No lo sé-, respondió ella con una grave ronquera. -Vienen y van a su antojo. Regresarán cuando quieran volver a comerciar. Sólo colaboraron para traeros a Kymerus porque mi amo se lo ordenó.

-Un transporte de ese tamaño no puede alejarse mucho sin una nave espacial. ¿Dónde está?

-Supongo que está en órbita, poderoso guerrero, pero... ya habrán terminado todos sus asuntos aquí, de modo que lo más probable es que se marchen a destinos más rentables para ellos.

-Antes nos dijiste que tu amo recibía visitas-, intervino Nodius tranquilo. -¿Cada cuánto vienen?

-Cuando mi amo los invita.

-¿Y no hay forma de saber cuándo volverá otro transporte, ni siquiera para comerciar?

-No hay forma de saberlo con seguridad, mis señores. Podrían pasar semanas, incluso meses, hasta que Kymerus vuelva a tener visitantes, pero lo cierto es que volverán. Siempre regresan tarde o temprano.

Los tres permanecieron callados durante unos minutos. Los planes de los dos Astartes se habían desmoronado por completo y el resto de sus posibilidades eran muy limitadas: seguirle el juego al Oráculo Mentiroso o jugar según sus propias reglas. Lambo no tardó mucho tiempo en decidirse.

-Llévanos con tu amo ahora.

-Nada me gustaría más, pero no puedo hacer eso. Como intentaba deciros antes, debo adelantarme para anunciar vuestra llegada. Vosotros debéis descansar en la barcaza de Theon y mañana el Templo enviará un transporte para llevaros allí.

-¿Un transporte?-, preguntó Nodius sorprendido. -¿A cuánta distancia está el templo de esta... esta ciudad?

-A una hora caminando en dirección oeste, mi señor, aunque el terreno es irregular y está lleno de pendientes, barrancos y recodos.

- No pienso esperar a mañana para ver a tu amo, Elika. Iremos ahora mismo.

-Pero los preparativos...

-Muy bien-, la cortó Lambo con sarcasmo. -Vete a avisar a tu amo.

A pesar de sus dudas, la mujer hizo una atemorizada reverencia y se alejó caminando lentamente. Después, cuando estuvo a unos veinte metros de distancia de ellos, aligeró el pasó. Lambo y Nodius se miraron durante unos segundos en completo silencio, tras lo cual comenzaron a seguirla sin hacer ademán alguno de esconderse o disimular, ya que eran bien conscientes de que los constantes ruidos producidos por sus servoarmaduras energéticas delatarían igualmente su presencia.

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Llevaban caminando diez minutos aproximadamente y sólo habían cubierto una parte muy pequeña de la distancia que debían recorrer. No obstante, los cortos pasos de Elika los habían ralentizado más de lo necesario, pero, como no querían perderla de vista por si les había intentado engañar, muy a su pesar tuvieron que mantener. Al menos en dos ocasiones, Elika se volvió para comprobar si estaban ahí y luego retomó la marcha intentando ocultar cualquier emoción en las sombras más profundas de su rostro encapuchado.

No siguieron ningún camino establecido, aunque encontraron numerosas marcas de uno o más vehículos de orugas en el suelo polvoriento, lo que parecía indicar que estaban siguiendo la dirección correcta. El terreno se fue volviendo más escarpado, con pequeñas colinas y barrancos áridos de colores pardos, naranjas y amarillos que no mostraban más vegetación que unas pocas malas hierbas creciendo con dificultades en el cadáver podrido de algún pequeño animal salvaje nativo del planeta. Muy pronto también pudieron comprobar que, al igual que en el caso de Elorum, los niveles de humedad de Kymerus eran exageradamente bajos.

Los dos Astartes avanzaron en silencio, vigilando el escarpado relieve a la búsqueda de cualquier indicio de enemigos escondidos entre los peñascos. Por sus experiencias previas durante la instrucción, ambos tenían bien presente que aquel camino era perfecto para una emboscada bien organizada. Sin embargo, a pesar de sus precauciones, no divisaron a ningún francotirador agazapado en las rocas, ni otros tiradores ocultos, por lo que continuaron siguiendo Elika a una distancia de menos de diez metros.

El "camino" se estrechó entonces todavía más en una nueva pendiente, hasta el punto de obligarles a subir de uno en uno, a una distancia de cinco o seis metros entre sí. Nodius, que cerraba la marcha del grupo, optó entonces por volverse con frecuencia y a intervalos irregulares para vigilar la retaguardia. Sus precauciones parecían infundadas, pero aun así permaneció alerta.

Casi habían llegado a la cima de la pendiente cuando un pequeño zumbido de alas, hizo que Lambo alzase la cabeza justo a tiempo para ver una pequeña figura ocultándose entre las rocas que tenían a su izquierda. No llegó más que a intuir su forma alada de vientre abultado, pero eso fue suficiente para darse cuenta del peligro. Reaccionó inmediatamente corriendo hacia Elika para protegerla o retener a su guía si aquella criatura salvaje se decidía a atacarles mientras desenfundaba su pistola bólter. Fue en ese momento cuando se dio cuenta de su error de cálculo, ya que una treintena de esos seres se alzaron desde sus escondites en lo alto del peñasco para caer sobre ellos planeando sobre sus alas membranosas y cubiertas de escamas donde su pellejo carnoso parecía más duro.

Su pistola bólter descargó una pequeña ráfaga de tres proyectiles, que abatieron a dos de esas cosas, haciéndolas estallar en el aire como si fueran bombas vivientes de cartílago y sangre. Nodius alzó ambas manos e invocó sus energías psíquicas, creando una llamarada ardiente entre sus dedos blindados. Elika se echó al suelo aterrada, gritando de puro pánico. Casi al mismo tiempo, el enjambre de criaturas cayó vorazmente finalmente sobre ellos. Sus pequeñas garras y colmillos arañaron las superficies blindadas de sus servoarmaduras sin lograr atravesar las placas defensivas. Elika no tuvo tanta suerte y sus manos desarmadas pronto estuvieron cubiertas de sangre cuando intentaron espantar inútilmente a aquellos seres.

Mientras Lambo cogía su gladius con la mano izquierda a la velocidad del rayo, Nodius liberó las llamas psíquicas que había invocado. El fuego, libre de sus ataduras, bañó a las criaturas con su toque ardiente, quemando con facilidad alas, carne y metal. Cuatro cadáveres carbonizados cayeron pesadamente sobre la superficie rocosa. Dos más les siguieron cuando Lambo comenzó a asestar tajos y cortes con su espada. Aquella carnicería debería haber espantado a una manada "normal" de criaturas salvajes, pero esos seres continuaron atacando con toda la ferocidad que pudieron reunir. Una docena de ellos se arremolinó inútilmente alrededor de los Astartes, mordiendo y arañando. Otros intentaron aferrarse a Elika, pero sólo lograron destrozar su túnica de cuero con sus garras.

Riéndose como un demente dentro de su servoarmadura, Lambo atacó a las cuatro criaturas que asaltaban a Erika. Tres de ellas quedaron horriblemente destrozadas por los tajos implacables de su gladius. A su lado, Nodius volvió a recurrir a sus poderes pirománticos utilizando las llamas que todavía ardían sobre algunos cadáveres. Sus poderes avivaron los fuegos convirtiéndolos en pequeñas columnas ígneas, que provocaron que cuatro seres más acabasen convertidos en ascuas humeantes. 

Los seres alados intentaron huir en ese momento, soltándolos de pronto y alzándose en el aire. Lambo alzó la pistola bólter que empuñaba en la mano diestra y disparó una nueva ráfaga de tres proyectiles, derribando a dos más. Fuera del alcance de sus poderes psíquicos, Nodius se vio obligado a hacer lo mismo. Sin tiempo para apuntar, disparó una ráfaga directamente contra el enjambre en fuga. Sus disparos acertaron a una criatura más antes de que el resto llegasen a la seguridad de las rocas en las que se habían ocultado previamente.

Sospechando que las criaturas habían aprendido la lección, bajó la mirada para contemplar uno de los cadáveres que había matado Lambo con su gladius. Parecía ser una pequeña amalgama caótica de carne y metal, que recordaba vagamente a una figura humanoide con cabeza calva, el cuerpo hinchado, alas membranosas y un par de brazos y piernas regordetas. Algunos de ellos tenían incluso más de dos brazos o mostraban escamas de colores brillantes en la piel de su cuerpo.


Nodius supo que le resultaban muy familiares. "¡Son Querubines!", descubrió con gran asombro. Los Querubines eran constructos fabricados por los tecnosacerdotes, servidores de carne y metal que recordaban a niños alados. No obstante, alguien... o algo había retorcido sus cuerpos hasta hacerlos prácticamente irreconocibles. Tuvo una intuición, quizás un recuerdo borroso de algo que había visto en el pasado. Cerró los ojos y concentró su mente para percibir el toque de la disformidad. Sin embargo, la turbación que sentía en esos momentos le impidió confirmar si sus sospechas eran ciertas.

Entretanto, Lambo observó a Elika. A pesar de la sangre que teñía sus brazos y sus manos, parecía no haber sufrido ninguna herida grave. "Necesitará que la atienda un apotecario, pero sólo le quedarán unas cicatrices inofensivas", pensó para sí. Ella rechazó la mano que le ofreció, se puso en pie y miró hacia las rocas con el rostro todavía desencajado por el pánico.

-Si no te hubiésemos seguido, te habrían matado-, afirmó él sin dudar.

-Tienes razón-, murmuró ella sintiendo un escalofrío. -Os debo mi vida y estoy dispuesta a pagar esa deuda ahora mismo. No vayáis hoy al Templo de las Mentiras. Si Renkard Copax descubre que os encontráis ante su puerta antes de que se hayan hecho los preparativos para vuestra reunión, os matará sin dudarlo. No subestiméis su poder.

-Tú subestimas el nuestro y acabas de contemplar con tus propios ojos lo que podemos hacer a los que se cruzan en nuestro camino. Tu amo no me da ningún miedo.

-Aun así, hacedme caso-, le suplicó ella. -Esperad a mañana para hablar con él y salvaréis no sólo vuestras vidas sino también vuestras mismas almas.

-Está bien-, concedió Lambo sorprendido por la persuasión de la mujer. "Si me está mintiendo, tiene un talento insuperable", reconoció para sí. -Esperaremos a mañana, pero te acompañaremos de todas formas hasta las cercanías del Templo de las Mentiras para asegurarnos al menos de que llegas con vida.

-.-

Los tres retomaron la marcha formando un solo grupo, siempre en dirección oeste, como les había dicho Elika cuando se lo preguntaron a la entrada del espaciopuerto de Cuerpo Putrefacto, y tomando toda clase precauciones. Sin embargo, no sufrieron más ataques ni accidentes imprevistos. Después de casi una hora serpenteando a lo largo de rocas y peñascos, subieron a la cima de la última colina y contemplaron un paisaje verdaderamente impresionante. Al otro lado había una enorme llanura de ruinas y escombros que se extendía varios kilómetros cuadrados en todas las direcciones.

En dicha llanura, excavados profundamente en la tierra, reposaban los restos de una gigantesca nave espacial. Debió haberse estrellado contra el planeta en algún pasado distante, aunque el impacto la había quebrado, en lugar de destruirla por completo, dejando únicamente ruinas monolíticas en medio de la enorme llanura. Sobre las ruinas principales, alguien había hecho algunas reparaciones rudimentarias y añadido unas puertas dobles tan grandes que podían verse con claridad desde kilómetros de distancia.


Pero sin duda el elemento visual más impresionante del Templo de las Mentiras eran las pequeñas siluetas de formas voladoras que sobrevolaban los vientos alrededor del edificio principal. Nodius ajustó las lentes de su yelmo para conseguir una imagen más nítida. Sus ojos vieron la forma de un animal con aspecto de raya marina, con enormes colmillos sobresaliendo de la boca y púas afiladas sobre su piel rosada con los extremos blancos. Aquellos seres "nadaban" sobre el aire con total libertad, del mismo modo que lo harían los grandes escualos de los océanos. Nodius recordó haberlos visto en un lugar que no quería recordar. Eran habitantes de la Disformidad. Algunos eruditos los llamaban entidades o inteligencias incorpóreas. Los ignorantes los conocían por una sola palabra: demonios. En ese momento, el psíquico sintió un siniestro escalofrío recorriendo todo su ser.


martes, 11 de marzo de 2014

BC 6: MENTIRAS Y VERDADES



"La Disformidad me arrastró a las profundidades más remotas de sus reinos infinitos. Ninguna palabra humana podrá aproximarse nunca a la salvaje locura que infecta el Inmaterium, ni a la maldad de sus terribles habitantes. No existe ley natural alguna que modere su naturaleza, donde un suspiro en el fragor de un tormento puede convertirse en una eternidad inimaginable según los caprichos de los gobernantes de este reino enloquecedor.
A pesar de que no me fue permitido rebelarme contra las corrientes que me arrastraban hacia las profundidades, fui testigo de hechos asombrosos. Descubrí nuevos sentidos de los que carecemos los humanos. Escuché las escalofriantes voces de los muertos suplicándome que las ayudase. Sentí la presencia de cosas indescriptibles que seguían hambrientas mi rastro psíquico y aullaban como animales famélicos cada vez que reducían un poco más la distancia que nos separaba.
Por primera vez sentí el poder del miedo. No me refiero a ese instinto atávico que ha acompañado al ser humano desde sus primeros pasos en Terra. No. Ese miedo hubiese sido demasiado benévolo en mi situación. Tampoco estoy aludiendo al terror que puede conducir a una persona a la locura. Hablo de algo que está más allá de las palabras o la comprensión, algo que ningún hombre cuerdo debería experimentar jamás.
La energía de la disformidad traspasó mi cuerpo, alterándolo a su antojo y confiriéndole mil formas retorcidas. De alguna forma, también entró en mi mente, profanándola con sus infectas caricias, abriéndome los ojos a la auténtica realidad de la existencia. A esa eternidad le siguió otra y luego otra, y mi mente se fragmentó para olvidar todas las maravillas que contemplaron mis sentidos hasta que las corrientes disformes soltaron su presa."

-.-

Abrir los ojos resultó ser una auténtica proeza, un doloroso acto de voluntad y autoconsciencia. Su cuerpo yacía sobre un manto de piedras resecas de color gris arenoso. Intentó ponerse en pie, pero sólo consiguió apoyarse sobre las rodillas sufriendo grandes penurias. Su servoarmadura todavía conservaba el 32% de su reserva energética, lo que le daría una autonomía de casi tres horas. No obstante, ante sus ojos aparecieron lecturas preocupantes del rendimiento de los sistemas internos.

-Aquí Nodius-, dijo intentando usar el sistema de comunicaciones. -¿Puede escucharme alguien?

No hubo respuesta, aunque no la esperaba después de su peligrosa estancia en la Disformidad. Hizo un nuevo intento por ponerse en pie. Esta vez su cuerpo recordó cómo obrar semejante milagro y logró hacerlo sin perder el equilibrio. Después miró a su alrededor. Se hallaba en la pendiente de una terraza excavada por un arroyo extinto desde hacía incontables eras a juzgar por su lecho completamente seco.

Nodius comenzó a trepar para intentar encontrar un buen puesto de observación. Lo hizo despacio al principio y con mayor seguridad poco después, hasta que alcanzó el nivel superior de la terraza. Lo que vio allí lo dejó atónito. Tumbado en el suelo rocoso y con la servoarmadura cubierta de polvo gris, yacía la figura blindada de un Astartes, que todavía aferraba obstinadamente un gladius en su mano derecha. El color negro de su servoarmadura y la insignia de la espada alada lo identificaban como un Ángel Oscuro. ¿Pero era un calibanita o uno de los perros leales al Imperio? Nodius decidió averiguarlo cuanto antes.

No obstante, el ruido quejumbroso de sus servomotores no pasó desapercibido en ese paisaje desolado, ya que la figura se sentó con un estremecimiento repentino y, con cierta confusión, apuntó el gladius en su dirección. Nodius no se dejó impresionar y lo apuntó directamente con su pistola bólter.

-Identifícate-, ordenó con una voz carente de emoción alguna que apenas pudo reconocer como la suya.

-Soy yo-, respondió la figura poniéndose en pie con dificultades mientras se quitaba el yelmo para que pudiese contemplar su rostro ancho, de pómulos altos, mandíbula sobresaliente y ojos castaños. -Lambo de  la Escuadra Laquesis.

-Disculpa, hermano-, respondió él bajando el cañón de la pistola bólter. -Algunos sistemas de mi servoarmadura no funcionan correctamente.

-A mi me pasa igual-, le confirmó Lambo. -¿Dónde se supone que estamos? Este lugar no es Caliban, ¿verdad?

-No lo creo. Durante nuestro último combate en Osul, percibí cómo la Disformidad se abalanzaba sobre nuestro planeta y sus corrientes me arrastraron a sus dominios. Lo siguiente que supe es que estaba ahí abajo y subí hasta aquí para observar mejor el entorno.

Lambo asintió despacio con la cabeza y volvió a ponerse su yelmo en completo silencio. No quería hablar de su estancia en la Disformidad, ni siquiera quería recordarla, por lo que se concentró en examinar el paisaje en el que se encontraban actualmente. Era un lugar desolado de piedra de tonalidades grises y lavandas, con una atmósfera con bajas concentraciones de oxígeno, aunque respirable al fin y al cabo, y una alarmante falta de humedad. No distinguió ningún indicio de vida, ya fuera animal o vegetal. Únicamente había polvo, rocas y pequeños peñascos en todas las direcciones. Mirar hacia arriba tampoco le sirvió de mucha ayuda. Un gran planetoide oscuro competía con un tímido sol anónimo por el domino de los cielos ocres y sin nubes.

-Debemos ponernos en movimiento y buscar algún asentamiento humano-, dijo al fin.

-No podemos vagar dando tumbos de un lado a otro estúpidamente-, respondió Nodius. -Mi servoarmadura tienes sus reservas al mínimo, como deben estar las tuyas.

-Quedarse quietos esperando tampoco solucionará nuestros problemas.

-Únicamente digo que debemos elegir bien la dirección que vamos a elegir.

-Eso ya lo sé, Nodius-, murmuró Lambo irritado.

-Recuerda las clases de supervivencia durante la instrucción-, continuó diciendo su hermano. -Estamos en un entorno desértico y peligrosamente falto de humedad. Por lo tanto, deberíamos concentrarnos...

-¡Ya basta!-, lo interrumpió él. -Recuerdo perfectamente la instrucción y todo lo que aprendimos en el cuerpo de exploradores. Si necesitase tus consejos, los habría pedido.

Nodius quedó sinceramente sorprendido por la reacción de su hermano de armas. Lambo y él nunca habían tenido una camaradería muy estrecha, pero siempre se habían respetado mutuamente. Y, aunque no comprendía ahora la causa de su enfado, sí fue consciente de la forma en que sostenía su gladius. No le serviría de nada. No iba a permitir que Lambo tratase de intimidarlo.

-Debemos buscar fuentes de agua-, insistió tercamente. -Si existe un asentamiento humano cercano, sus habitantes necesitarán agua. Esa es nuestra prioridad.

La discusión fue subiendo de tono sin que ninguno de los dos hiciese el menor esfuerzo por rebajar la tensión implícita en sus palabras. Discutieron por el agua, los cambios de temperatura y la orientación. Las palabras se convirtieron en excusas para pelearse. A Nodius le pareció que Lambo no estaba comportándose como lo haría un verdadero Astartes, sino que estaba dejándose llevar por su lado más humano y, por tanto, más irracional. Fue incapaz de darse cuenta de que la destrucción de la arcalogía de las Colinas Rojas había llenado el corazón de su hermano con más ira y odio de lo que podía tolerar.

Por su parte, Lambo únicamente percibió que Nodius intentaba cuestionar todo lo que decía. No sabía que la mente de se hermano se había quebrado durante su encierro en las corrientes etéreas del Inmaterium, perdiendo por el camino diminutos fragmentos de su misma humanidad. Ninguno de los dos era realmente consciente de cuánto habían cambiado desde que fueron arrancados de la superficie de Caliban por las corrientes de la Disformidad.

En aquel momento, una disputa tan insignificante como la que estaban teniendo podría haberles conducido a una feroz lucha a muerte. No obstante, algún siniestro destino obró un milagro oscuro que evitó semejante desenlace. Justo cuando parecía que todo estaba perdido, apareció una diminuta estrella resplandeciente que se movía perezosamente en aquel cielo de color ocre. Un humano la habría confundido al principio con una estrella fugaz, pero los ojos de un Astartes reconocerían inmediatamente su trayectoria y velocidad. Nodius fue el primero en percatarse de la existencia de la lanzadera.

-Tenemos visita-, le dijo a su hermano mientras señalaba al cielo con frialdad.

-.-

La lanzadera aterrizó en la llanura a unos cinco o seis kilómetros de su posición, sin que fuese visible ningún asentamiento o puesto avanzado. No le dieron importancia a ese detalle. Debía provenir de alguna nave espacial en órbita o tal vez de la superficie del planetoide que gobernaba silencioso en los cielos incluso a plena luz del día. Fuera cual fuera su origen, constituía una oportunidad que no iban a dejar pasar, por lo que continuaron corriendo hacia ella incluso cuando ya había tomado tierra.

Nodius se percató entonces de un hecho que le pareció sumamente curioso. A pesar de que Lambo parecía tan rápido y ágil como siempre, la distancia que recorría era considerablemente inferior a la suya. Al principio dudó de lo que veía, achacándolo a algún extraño efecto óptico provocado por la luz y la atmósfera local. Luego se dijo a sí mismo que las lentes de su yelmo debían haber sufrido más daños de los que había sospechado en un principio. Sin embargo, la evidencia pronto demostró que estaba equivocado. Lambo parecía moverse de forma extraña, como si el mismo espacio se retorciese ante sus movimientos. La mente de Nodius consideró sumamente "interesante" ese fenómeno y se prometió que lo investigaría con mayor atención cuando las circunstancias lo permitiesen.

El vehículo que había aterrizado era una vieja lanzadera industrial. Su fuselaje grisáceo lucía numerosas marcas ennegrecidas, pero no mostraba ninguna insignia ni emblema. Sus ocupantes todavía estaban en el interior de la nave, ya que todas las puertas y trampillas permanecían cerradas. Tampoco habían dormido los espíritu máquina de los motores, cuyas toberas todavía continuaban escupiendo humo y fuego, lo cual parecía indicar que no estaban tratando de pasar desapercibidos precisamente.

Los dos Astartes se acercaron ahora más despacio, aprovechando la cobertura visual que les proporcionaba la gran polvareda que provocaban las toberas de los motores de la lanzadera en la superficie polvorienta. Tenían las armas a mano, listas para utilizarlas a la menor señal de peligro. Cuando estuvieron a menos de cincuenta metros del vehículo, su trampilla de carga y descarga comenzó a descender lentamente. Por ella bajó una figura humana, de constitución robusta y envuelta en una sucia capa de cuero. Con una de sus manos apretaba una amplia capucha para que no se la llevase el viento.

Lambo la apuntó con su pistola bólter, sin perder de vista el interior de la lanzadera. Nodius hizo lo mismo. La figura se acercó despacio a ellos, sin hacer ningún movimiento sospechoso. Era una mujer y parecía que estaba completamente desarmada.

-¡Quédate quieta!-, ordenó Nodius en voz alta a través de los altavoces de su yelmo utilizando el lenguaje gótico terrano.

La figura se detuvo en ese mismo instante. Su silueta temblaba de miedo o debido a las ráfagas de aire cálido que seguían despidiendo los motores de aire cálido de la lanzadera. Lambo se acercó a ella y luego la ignoró para inspeccionar el interior de la lanzadera. Nodius lo cubrió. Al otro lado de la trampilla había una pequeña bodega vacía, llena de arneses sucios y de aspecto envejecido que podía albergar a dos o tres Astartes con sus armaduras energéticas, y una pequeña puerta cerrada al fondo que seguramente debía conducir a la cabina de pilotaje.

-¡El interior está despejado!

-Perfecto-, asintió Nodius. -Tú-, le dijo a la mujer mientras la señalaba con los dedos blindados de su guantelete. -Esta nave, sus pilotos y tú sois nuestros prisioneros. No os resistáis y respetaremos vuestras vidas.

-Nadie luchará contra vosotros, nobles guerreros-, respondió ella sumisamente. Hablaba la lengua gótica con cierta dificultad, y su dicción no siempre era fácil de comprender. -Soy Elika la Vidente. He venido a este luna sin vida para traeros una carta destinada exclusivamente para vuestros ojos y os aseguro que este transporte os llevará a Kymerus tan pronto como lo deseéis.

-¿Dónde estamos?-, exigió saber Lambo mientras se acercaba a ella por la espalda.

-En Elorum, la única luna de Kymerus.

-No, no me refiero a eso-, aclaró Lambo impaciente. -¿En qué parte del Imperio?

-¿El Imperio?-, preguntó ella volviéndose para mirarlo. -El Imperio de la Humanidad no existe desde hace miles de años. Horus mató al Emperador durante el asedio a Terra y el Caos gobierna la galaxia sin oposición desde entonces.

-¿Horus es el nuevo Emperador?-, preguntó Nodius suspicaz.

-No, él también murió asesinado a manos de sus propios hermanos. Ya no hay ningún emperador. La anarquía y el cambio campan a placer en todos los territorios colonizados por la humanidad.

-¿Y Lion El'Johnson?-, exigió saber Lambo. -¿Qué hay de Caliban?

-Ignoro quién es Caliban. En cuanto a Lion El'Johnson, creo que murió con todos los demás hace mucho tiempo.

-Si no sabes las respuestas a las preguntas que te hacemos, no nos eres útil-, aclaró Nodius con un tono monocorde, pero sumamente amenazador.

-Luego volveremos a hablar de todo eso-, intervino Lambo tratando de dar prioridad a todas las preguntas que tenían entre manos. -Dinos en qué parte de la galaxia estamos en estos momentos.

-En una región de tormentas disformes conocida como el Vórtice de los Gritos-, respondió ella al instante. Las ráfagas de viento hicieron volar su capucha y pronto quedó al descubierto su melena sucia y mugrienta. En sus asustados ojos verdes había miedo, sí, pero también curiosidad. Hizo un movimiento muy lento por debajo de su túnica y extrajo un pliego de papel doblado varias veces sobre sí mismo. -Tengo que entregaros esta carta.

Su mano temblorosa la extendió hacia Nodius, que la cogió con dificultades en su guantelete, aunque prefirió no abrirla por el momento. Entretanto, Lambo volvió a colgar magnéticamente la pistola bólter a la muslera de su servoarmadura. En el fondo de su corazón, se sentía decepcionado por no haber encontrado más resistencia en la captura del vehículo.

-¿Quién la ha escrito?-, la continuó presionando Nodius. -¿Por qué estás aquí?

-La escribió el mismo Oráculo Mentiroso del Templo de las Mentiras, mi señor. También fue él quien me mandó venir a esta luna, a estas mismas coordenadas, y entregaros personalmente su carta.

-¿Quieres entregarnos una carta escrita por un oráculo que presume de contar mentiras? Esto va a ser muy divertido.

A pesar de lo dicho, Nodius abrió con la carta con el suficiente cuidado para no destrozar el malgastado papel y leyó cuidadosamente su contenido, sin ser consciente de la mirada evaluadora que le estaba dirigiendo la mujer. Lambo sí fue consciente de ese hecho, pero lo atribuyó simplemente a que a ella no le había agradado el tono irrespetuoso con el que Nodius había hablado de su señor. Su hermano terminó la lectura y le tendió la carta abierta en silencio. Lambo leyó con atención los garabatos apresurados y poco claros.

"Me complace informaros que ha ocurrido recientemente un suceso raro y misterioso, uno que os involucra directamente. Soy el Oráculo Mentiroso del Templo de las Mentiras. Durante muchos siglos, mis antepasados y yo hemos adivinado los destinos de muchas almas afortunadas y de unas pocas desgraciadas. Nuestra responsabilidad es recibir las visiones de los Dioses Oscuros y dispensarlas a aquellos a los que los Dioses consideren dignos, como vosotros.
Una visión, diferente a cualquier otra que haya recibido durante muchos años, me ha sido entregada y no puede ser ignorada. Me atrevo a solicitaros que vengáis a Kymerus, en lugar de simplemente invitaros. Os pido esto porque si fallo al impartir mi visión, quedaremos condenados ante los ojos del Gran Maestro de la Magia y el Destino, Tzeentch, al igual que ante los ojos de los otros Poderes Ruinosos. Me temo que el único modo de relataros lo que tengo que deciros de modo que pudieseis comprenderlo es que vengáis aquí.
He dispuesto un transporte y suministros para todos vosotros. Además, se os concederá acceso a todos los servicios y a las enormes bibliotecas del templo siempre que vengáis al Templo de las Mentiras.
Os aseguro que puedo ayudaros a resolver cualquier preocupación que podáis poseer. Espero conoceros pronto.
Renkard Copax"

-¿Qué opinas tú?-, preguntó Lambo hablando en calibanita cuando terminó de leer la carta.

-No me fío de ese oráculo mentiroso, ni de nada de los que nos diga cualquiera que tenga algo que ver con él, pero en Kymerus podremos encontrar más naves y transportes... y luego trazar el plan más conveniente para nuestros intereses.

-Estoy de acuerdo.

-¿Y qué hacemos con ella o los pilotos de la lanzadera?

-Por ahora, siguen siendo nuestros prisioneros. Si no causan problemas, los liberaremos cuando aterricemos en Kymerus.

jueves, 6 de marzo de 2014

BC 5: ÁNGELES CAÍDOS


"El alma de todo hombre se rige por mecanismos incomprensibles para la mente humana. Palabras como amistad, fe, egocentrismo o lealtad carecen de sentido si se acepta este hecho. Poco importan los juramentos y las promesas, ya que la misma esencia del universo es el cambio... y el cambio, como bien sabemos, conduce inexorablemente al Caos.
¿Cómo, si no, puede explicarse lo que ocurrió durante la primera campaña militar de los Ángeles Oscuros bajo el mando directo de Lion El'Johnson? ¿Qué sucedió realmente en Sarosh? Muchos se hicieron estas preguntas, antes y después de la conquista imperial de ese insignificante planeta, aunque hasta ahora nadie haya hallado una respuesta completamente satisfactoria. Probablemente, solo los implicados conocen la verdad de los hechos y decidiesen guardar silencio por alguna razón desconocida. Ya no importa, en cualquier caso.
Lo único que sabemos con certeza es que, después de Sarosh, Luther y quinientos nuevos Ángeles Oscuros, todos ellos de origen calibanita, fueron enviados de nuevo a Caliban para supervisar los programas de entrenamiento de los nuevos reclutas. Inexplicablemente, entre los que volvieron se encontraban jóvenes caballeros que habían servido con lealtad y honor a la antigua Orden en los viejos tiempos.
Al principio, muchos creyeron que el Primarca había detectado errores logísticos y tácticos durante la campaña militar, y que, por ello, había enviado a Caliban a los hombres en los que más confiaba para revisar los programas de entrenamiento e intensificar el reclutamiento. No obstante, el paso de los años se encargó de destrozar ese engaño benévolo, hasta que ya no hubo duda alguna de que Luther y los otros habían sido apartados por razones desconocidas. La amarga verdad se hizo tan evidente que algunos Ángeles Oscuros llegaron a utilizar abiertamente la palabra exilio para definir su difícil situación.
Durante cincuenta años esa herida espiritual fue arraigando en el corazón de los hombres, infectando el corazón y el alma con su pútrida caricia hasta que un cúmulo accidental de acontecimientos liberó al exterior todo el pus que se había acumulado. Nunca conocí los detalles exactos de lo que ocurrió durante los primeros días, ya que mi escuadra se encontraba destinada en las montañas occidentales, donde estuvimos casi tres meses realizando rigurosos ejercicios de entrenamiento en completo aislamiento pero, cuando regresamos a nuestros barracones en Aldurukh, quedamos completamente sorprendidos por los sucesos ocurridos.
Lejos de los monasterios fortaleza y de los campos de entrenamiento de los Ángeles Oscuros, la veintena de arcalogías que había en Caliban fueron víctimas de sabotajes y accidentes de todo tipo. Al mismo tiempo, se produjeron atentados terroristas contra funcionarios imperiales y revueltas populares entre los trabajadores industriales calibanitas. Los informes que llegaron de Stormhold, Windmir y el Bosque del Norte eran sumamente alarmantes. Pronto quedó muy claro que se trataba de una rebelión a escala planetaria y hábilmente organizada.
Por fortuna para los rebeldes, Luther se negó a desplegar a los Ángeles Oscuros contra la población civil, exigencia que le fue formulada repetidas veces por los funcionarios imperiales en términos cada vez más apremiantes. Dado que la producción quedó detenida casi por completo durante los disturbios, hubo que recurrir a las reservas para continuar proporcionando los envíos de suministros a las tropas de la I Legión que participaban en la Gran Cruzada. La situación empeoraba por momentos, mientras Luther trataba de evitar un baño de sangre a toda costa.
Finalmente, se traspasó el punto de no retorno y los Ángeles Oscuros se vieron obligados a intervenir en el Bosque del Norte. Allí una facción rebelde desobedeció las órdenes de sus líderes y atacó a la población civil. La situación fue extraordinariamente compleja. Sin embargo, los Ángeles Oscuros lograron eliminar la amenaza, por supuesto. Inmediatamente después, Luther decretó una amnistía para todos los rebeldes calibanitas que abandonasen las armas, lo que provocó a su vez quejas por parte de los funcionarios imperiales, ya que, según la ley imperial, el delito de insurrección debía castigarse con la pena de muerte. Finalmente, Luther ordenó el arresto de estos idiotas, controlando rápidamente la situación.
A partir de ese momento, Caliban recuperó su libertad por última vez y dio comienzo nuestra verdadera historia."



-¡Nodius, informa!-, exigió la voz de Mordekay por la frecuencia táctica de su escuadra.

-Tengo dos contactos confirmados subiendo por las escaleras meridionales.

-¿Te envío a Lambo?

-Negativo, hermano sargento-, respondió confiado mientras recargaba el cargador vacío de su pistola bólter. -Puedo ocuparme de ellos. ¿Cómo está Quintus?

-Su estado es crítico. Su cuerpo ha entrado en animación suspendida, pero no creo que sobreviva. Lo hemos dejado en el Munitorum hasta que cese el combate.

-Ninguno de nosotros sobrevivirá a este día, hermano sargento.

-Tienes razón. Haz que paguen por cada muerte que han causado, Nodius.

-¡Ya están aquí!-, tuvo tiempo de advertir antes de empezar a disparar su arma cuando consiguió un objetivo claro. -¡Por Caliban!

-.-

"Sin tiempo para asimilar las noticias cuando volvimos de las montañas, todos los miembros de nuestra unidad, la Escuadra Laquesis, fuimos asignados a la guarnición de la fortaleza monasterio de Osul, situada en la región conocida como las Colinas Rojas. Aquel antiquísimo edificio de piedra jugaba un papel insospechado en la red defensiva planetaria, ya que alojaba en sus entrañas uno de los grandes milagros tecnológicos de nuestros antepasados, los primeros colonos de Caliban. Allí, ocultos a gran profundidad, se hallaban los gigantescos espíritus máquina que alimentaban uno de los escudos energéticos que protegían Caliban frente a las amenazas externas.
La guarnición de Osul creció de forma lenta pero apreciable durante los siguientes meses. Cientos de operarios de la arcalogía de las Colinas Rojas, situada a unos quinientos kilómetros, instalaron un silo de defensa láser, conectado directamente a los espíritus máquina dejados bajo tierra por nuestros antepasados. Las bocas de sus cuatro gigantescos cañones láser, capaces de derribar grandes naves espaciales en órbita, sobresalían más de veinte metros por encima de la superficie alrededor del fortaleza monasterio como si fuesen las fauces hambrientas de las extintas grandes bestias de nuestro pasado.
Por si estas medidas no fuesen suficientes, a los cien Astartes acuartelados allí, la mitad de los cuales procedíamos del último capítulo de reclutamiento, se nos unieron casi dos mil Jaeger, que rodearon todo el perímetro con zanjas y trincheras. Esa línea defensiva fue reforzada con armas pesadas y vehículos blindados, dispuestos con astucia para romper cualquier asalto directo contra la fortaleza monasterio de Osul.
Semejante despliegue causó numerosos rumores, por supuesto. Fue el mismo Luther, en una de sus frecuentes inspecciones por sorpresa, el que se encargó de dar explicaciones por medio de un emotivo discurso en el que volvió a hacer gala de su extraordinario carisma. Nos contó que Horus Lupercal, el hijo genético más querido del Emperador, nombrado por él mismo como Señor de la Guerra para que comandase la última fase militar de la Gran Cruzada, se había alzado en armas contra su padre. Otros Primarcas habían sumado sus Legiones Astartes a la suya, al igual que un número desconocido de unidades del Ejército y la Armada Imperial. Los sucesos todavía eran confusos, nos dijo, pero todo parecía indicar que había estallado una sangrienta guerra civil cuyo final no parecía previsible a corto plazo.
Asimismo nos explicó que las noticias procedentes del exterior, sumamente contradictorias, no aclaraban el papel jugado en estos sucesos por el propio Lion El'Johnson, aunque todo parecía indicar que se había unido a las fuerzas rebeldes de Horus. Fuera cual fuese la verdad, lo cierto era que Caliban no se implicaría en esta guerra civil galáctica, ni tomarían partido por ninguno de los bandos en liza, sino que buscaría su propia suerte como planeta independiente, soberano y libre de cualquier poder exterior. Desde ese momento, debíamos retirar inmediatamente todas las enseñas, banderas, emblemas y estandartes imperiales, y renegar de cualquier juramento de lealtad al Emperador.
La fortuna había querido que una gran tormenta de la disformidad aislase nuestro planeta de las fuerzas enemigas, ventaja que debíamos aprovechar al máximo, fortificando nuestras posiciones y preparándonos para defender nuestro hogar. Caliban necesitaba a sus protectores con más urgencia que nunca y los Ángeles Oscuros responderían a la llamada."

-.-

-¡Por Caliban y Luther!-, gritó Mordekay con todas sus fuerzas mientras cargaba contra su enemigo.

Su embestida no cogió desprevenido al Astartes leal, un oficial de alto rango del ejército invasor, que consiguió apartarse a la izquierda mientras contraatacaba al mismo tiempo con un barrido horizontal de su martillo energético cuando ambos estuvieron bastante cerca el uno del otro. El arma de su enemigo hizo añicos el sillarejo de piedra de la pared. De no ser por Lambo, ese golpe lo hubiese matado, pero su hermano había sido tan rápido como una serpiente arbórea y lo había apartado en el último momento de la trayectoria letal del martillo con un apresurado empujón por la espalda a su contrincante.

-¡Morir, traidores!-, gritó el leal a su vez por los altavoces de su yelmo alado. -¡Por el Emperador!

Su enemigo apartó de un golpe a Lambo y alzó el pesado martillo con las dos manos para aplastarlo contra el suelo como si fuese un insecto demasiado atrevido. Silencioso como una tumba, Lambo arriesgó sin éxito otra cuchillada buscando abrir una brecha en el cuello, pero tuvo que abandonar en el último segundo para no morir en el acto. El martillo se estrelló en el lugar donde había estado pocos segundos antes, atravesando el suelo metálico de un solo golpe.

Mordekay aprovechó su oportunidad y sus dedos se cerraron sobre el mango del martillo energético, mientras el leal sacaba sin esfuerzo su arma del agujero que había creado. Los servomotores de sus armaduras negras, tan parecidas y tan distintas al mismo tiempo, gimieron por el esfuerzo cuando sus brazos lucharon por el control del arma. Los dos gigantes se revolvieron el uno contra el otro con violencia, chocando torpemente contra las vetustas paredes de piedra sin que cediese ninguno de los dos. Lambo los siguió de cerca, hostigando sin descanso con su gladius al Astartes leal de la I Legión.

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"La primera señal de la temida invasión fueron los disparos de los gigantescos cañones láser de defensa. Sus tripulaciones medio humanas dispararon automáticamente las lanzas energéticas cuando los espíritus máquina detectaron la presencia de los navíos enemigos. Armas semejantes por todo Caliban siguieron los mismos protocolos, llenando el cielo de destrucción y muerte.
Segundos después del inicio de la primera salva automática, sonaron las sirenas de alerta en el monasterio fortaleza de Osul. Todos los presentes sabían lo que significaba eso. Todos corrieron a sus puestos de combate. Los Jaeger ocuparon la línea defensiva de trincheras y fortines, mientras los Ángeles Oscuros acudíamos ordenadamente a nuestros puestos asignados alrededor de los cañones láser y el edificio principal.
Sin embargo, el enemigo no atacó inmediatamente y los cañones láser cesaron el fuego. Poco a poco, empezaron a llegar los primeros informes que confirmaron la presencia de una enorme flota invasora, que había perdido varios navíos al acercarse al planeta. Las comunicaciones procedentes del mando militar en Aldurukh confirmaron esos informes preliminares. La flota invasora había retrocedido temporalmente, pero era previsible un asalto total contra nuestro planeta. Nuestras órdenes eran defender las instalaciones de Osul a cualquier precio. Habíamos cogido desprevenido una vez a nuestros enemigos, pero todos sabíamos que eso no volvería a ocurrir.
Casi siete horas más tarde los cañones láser volvieron a abrir fuego y el lamento de las sirenas anunció lo inevitable. El cielo se llenó de estallidos espectaculares cuando el escudo energético de Osul nos protegió del bombardeo enemigo. Más allá de la seguridad de nuestro perímetro, las plantas y los animales ardieron, el suelo rocoso reventó con cada nuevo impacto de las cabezas explosivas y la tierra ennegreció por completo.
Pero lo peor fue el rugido atronador de una gran explosión al sureste, seguido de una columna de humo, ceniza y fuego que se elevó rápidamente hacia los cielos. Intencionadamente o no, el arma nuclear enemiga había impactado sobre la arcalogía de las Colinas Rojas, reduciéndola por completo a escombros humeantes y masacrando de un plumazo a sus casi diez millones de habitantes.
La explosión nuclear marcó el fin del bombardeo enemigo, aunque nuestros cañones defensivos continuaron disparándolo sin tregua. Habíamos perdido las comunicaciones con Aldurukh y nos habíamos quedado aislados. Todavía conmocionados por la destrucción de la arcalogía de las Colinas Rojas, minutos más tarde percibimos el pequeño fulgor distintivo de las cápsulas de desembarco cayendo sobre nuestra posición."

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Dos proyectiles reventaron el peto del primer Astartes que subía, abriéndose paso a través de las placas de ceramita y desgarrando la carne y el hueso que se escondían debajo. La figura blindada retrocedió por los impactos, a punto de caer por las escaleras, pero la sorprendente testarudez del herido hizo que se sujetase a la pared y cogiese impulso para seguir avanzando. Su compañero lanzó una granada por el hueco de las escaleras hacia la posición de Nodius, que se vio obligado a retroceder. Se produjo una fuerte explosión, pero la metralla impactó inútilmente contra su servoarmadura, igual que si hubiesen sido gotas de lluvia.

La pistola bólter de Nodius siguió rugiendo en su mano. El polvo y el humo restaron efectividad a sus disparos, pero confiaba en poder mantener a sus enemigos a raya hasta que mejorase la visibilidad. No obstante, los leales no esperaron, sino que cargaron directamente contra él.

-¡Por Lion!-, gritó el Astartes herido mientras avanzaba por el pasillo disparando su bólter seguido de cerca por su compañero.

Sus disparos erraron en el blanco, salvo uno que afortunadamente no llegó a atravesar la ceramita protectora de su hombrera derecha. Viéndose acorralado, Nodius dejó de disparar y alzó la palma de su mano libre, recurriendo a las energías secretas que bullían en su interior. Concentró toda su rabia al recordar el destino de la arcalogía de las Colinas Rojas y la manifestó en su guantelete bajo la forma de una llama ardiente.

Después de que el Imperio hubiese aprobado el Edicto de Nikaea que disolvió oficialmente todos los Librariums dentro de las Legiones Astartes, los marines espaciales con poderes psíquicos como Nodius habían tenido que jurar en nombre del Emperador que nunca utilizarían de nuevo sus temibles poderes sobrenaturales. Sin embargo, Nodius había sido liberado de semejantes restricciones cuando Luther liberó a Caliban de la tiranía imperial. "Nunca más renegaré de lo que soy", pensó con satisfacción mientras arrojaba las llamas contra el Astartes leal.

La figura blindada quedó envuelta por el ardiente fuego, que penetró vorazmente por cada resquicio y brecha que encontró a su paso. Hubo un fuerte olor a carne quemada. El leal dio tres cortos pasos más y se desplomó pesadamente sobre el suelo metálico, mientras su fuego fúnebre continuaba ardiendo. "Uno más. Solo uno más, por favor", deseó Nodius mientras se preparaba para la vengativa carga del compañero de armas del caído.

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"Los Jaeger abrieron fuego contra los invasores con todo lo que tenían. La atronadora salva de cañones láser y bólters, lanzamisiles y ametralladoras pesadas pareció frenar a los Astartes leales durante unos engañosos minutos, pero pronto comprobaron que el enemigo seguía avanzando a pesar de la intensidad del fuego disparado sobre ellos. La confusión de los soldados fue mayor si cabe cuando el enemigo estuvo lo bastante cerca para reconocer los colores e insignias de los Astartes contra los que luchaban. Sus armaduras negras, como el carbón, sus emblemas representando la espada alada y sus gritos de batalla en nombre del Emperador y Lion les confirmaron que se estaban enfrentando contra los Ángeles Oscuros leales al Imperio. La I Legión había regresado a Caliban.
Podría decirse muchas cosas de esos hombres y mujeres que no habían tenido la oportunidad de vivir en los tiempos de los caballeros y las grandes bestias, pero esa noche demostraron un coraje que estuvo a la altura de sus heroicos antepasados, manteniendo sus posiciones y librando una lucha desesperada cuando los Astartes leales llegaron finalmente las trincheras, las cuales pronto quedaron teñidas de sangre.
Entretanto, llegaron una veintena Thunderhawk con refuerzos para los invasores, desplegando una docena de Predators, un puñado Whirlhinds y varios Rhinos cargados con más escuadras Astartes. Las unidades mecanizadas de ambos bandos entablaron combate, mientras las líneas defensivas iba cayendo una a una por todo el frente.
Cuando los primeros Astartes leales entraron en el monasterio fortaleza, los Ángeles Oscuros calibanitas los recibieron con una mortal lluvia de fuego, cerrando la primera brecha. Mientras los cañones láser seguían escupiendo más fuego contras las naves enemigas en órbita, se produjeron decenas de combates aislados en la fortaleza. Escuadras de asalto leales cayeron sobre el techo del edificio principal por medio de sus propulsores de salto y se abrieron paso hacia su interior utilizando bombas de fusión. Entonces nos llegó la que sería la última transmisión del mando de la guarnición, que ordenó a todas las escuadras operativas retroceder inmediatamente y defender los espíritus máquina de los escudos energéticos hasta el último calibanita.
Al mismo tiempo, el bombardeo orbital enemigo continuó cayendo inmisericorde sobre todo Caliban, sin ofrecer tregua alguna a sus desesperados pero heroicos defensores."

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El Astartes leal le dio un cabezazo. Su yelmo lo protegió del golpe, aunque no pudo evitar que perdiese el equilibrio y cayese al suelo. Mordekay aferró la empuñadura de su gladius dispuesto a asestar un último golpe, pero Lambo se anticipó a él, propinando un profundo corte detrás de la rodilla de su adversario que llegó a cortarle hasta el hueso. Eso hizo que se convirtiese en el blanco de la furia de su enemigo, que arremetió contra él hasta cuatro veces con el martillo energético. Lambo se vio obligado a retroceder, sin poder evitar que el leal lo arrinconase contra la pared.

Mordekay se puso en pie furioso. Había perdido a casi todos sus hermanos de escuadra. Naaman, Zahariel y Cadmus habían muerto a los pies del gigantesco cañón láser que protegían. Nemiel y Bethor cayeron bajo el fuego enemigo cuando cargaron para abrirse paso hasta el edificio principal. El sargento Elyas murió decapitado por la espada sierra de un Astartes leal mientras luchaban contra los efectivos restantes de una escuadra de asalto invasora, lo que lo había convertido en el oficial al mando de sus hermanos restantes. Incluso el orgulloso Quintus estaba ahora moribundo por un disparo afortunado cuando se hicieron con el control de esa planta.

-¡No voy a permitir que sacrifiquéis a Lambo ante mis propios ojos!-, se juró a sí mismo en voz alta.

Su grito de rabia ciega previno al Astartes leal de su carga. Con un movimiento poco elegante pero sumamente hábil, su enemigo consiguió darse la vuelta e interponer el martillo entre los dos. Un fuerte terremoto interrumpió entonces su pelea durante unos segundos mientras trataban de permanecer en pie. Parecía que el edificio entero fuese a venirse abajo en cualquier momento. Cayeron pequeños cascotes de piedra y metal sobre sus armaduras. Los lumenes de la planta se oscurecieron al unísono al quedarse sin energía. Los Astartes sólo veían ahora gracias a los filtros especiales de las lentes integradas en sus yelmos.

Audaz, Lambo aprovechó esos valiosos segundos para tratar de acabar con su adversario. Su gladius se hundió en el costado del Astartes leal, dejando un alargado rastro de sangre a su paso. El digno adversario aulló de dolor y se disponía a contraatacar cuando Mordekay volvió aferrar el mango del martillo energético. Arrebatándoselo de las manos, el nuevo sargento de la escuadra Laquesis alzó el arma por encima de su cabeza.

-¡Por Lutheerrr!-, gritó Mordekay intentando hacerse oír por encima del estrépito de las explosiones que tenían lugar en los pisos inferiores.

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Nodius y su enemigo rodaron por el suelo, mientras trataban de acuchillarse mutuamente con sus respectivos gladius. No les importó que se fuesen las luces, ni hicieron caso a las explosiones, los terremotos o los impactos del bombardeo orbital que ya no podía ser contenidos por el escudo energético de Osul. Los dos Astartes estaban demasiado concentrados en matarse el uno al otro como para que tuviese importancia cualquier otra cosa. El imperial logró imponerse finalmente sobre él, alzando su gladius para descargarlo contra su cabeza.

-¡Así mueren los traidores!-, gritó triunfante el Ángel Oscuro leal antes de dar el golpe de gracia.

Nodius extendió su mano zurda y recurrió de nuevo a sus poderes psíquicos. Las llamas envolvieron los dedos blindados de su armadura energética y saltaron con vida propia sobre su adversario, arrojándose vorazmente sobre su el rostro del yelmo. Aquella distracción hizo que el imperial errase el golpe. Nodius se lo quitó de encima y rodó por el suelo tratando de ganar distancia antes de volver a ponerse en pie. Su enemigo lo persiguió con celo implacable.

En ese justo momento, Nodius percibió algo más. Era la disformidad. Allí estaba ocurriendo algo terrible. La energía psíquica procedente del universo del Immaterium, como era llamado por los eruditos imperiales, estaba emergiendo hacia la realidad física con la fuerza de una tormenta incontrolable. Nodius gritó sobrecogido cuando aquella energía descomunal se abalanzó sobre lo que quedaba de Caliban. Su cuerpo fue arrastrado de golpe por las poderosas corrientes etéreas, sacudiéndolo violentamente de un lado a otro, antes de engullirlo por completo en sus voraces fauces.