viernes, 4 de abril de 2014

BC 13: EL ORÁCULO MENTIROSO


"Vinieron a buscarme cuando estaba consultando algunos escritos muy interesantes acerca de la dimensión psíquica que los autores mortales denominan indistintamente Empíreo, Disformidad o Inmaterium. Gracias a estas obras olvidadas pude comprender mejor la naturaleza de esta dimensión paralela, sus interacciones con el espacio real y el influjo que pueden ejercer sus mareas en el viaje espacial.
Sin embargo, Elika la Vidente interrumpió mi estudio para anunciarme que el Oráculo Mentiroso podía concedernos su audiencia, por lo que debíamos ir rápidamente a la Cámara de Akrinus, ya que Renkard Copax no era un hombre paciente. Hubiese respondido con mucho gusto que su amo debía esperar ahora unas horas para que pudiese prepararme, pero la presencia de Mordekay y el resto de los invitados en el pasillo me obligó a contener mi sarcasmo. Así pues, muy a mi pesar dejé en las mesas aquellas joyas perdidas de la sabiduría de antaño y seguí al grupo de vuelta a la Cámara de las Escaleras."

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-Deberíais sentiros sumamente honrados, ilustres invitados-, decía Elika mientras subían por los peldaños de unas escaleras que ascendían en forma de rizo hasta confundirse con otros tramos por encima de sus cabezas. -Pocos hombres y mujeres han gozado del privilegio que supone una audiencia con el amo del Templo de las Mentiras. Por esta razón, vuestros modales deben estar a la altura de este gran honor. El Oráculo Mentiroso se toma muy en serio su posición y puede tener un comportamiento volátil cuando se siente ofendido.

-Nosotros también-, aseguró Lambo con una amenaza velada.

-Lo que quiere decir mi hermano es que actuaremos con la misma cortesía con la que seamos recibidos-, intervino Mordekay tratando de manejar la conversación de la mejor manera posible. Estaba dispuesto a escuchar lo que tuviese que decirles el Oráculo Mentiroso y negociar con él si fuese necesario, para lo cual necesitaba tener bajo control a Nodius y Lambo. De hecho, por ahora no les había contado nada acerca de sus pesquisas sobre los Ángeles Oscuros precisamente para que su sed de venganza no perturbase la inminente reunión que iban a tener con Renkard Copax.

-Estaremos a la altura de lo que se espera de nosotros-, lo apoyó Karakos en seguida.

-Me agrada oír eso, ilustre invitado.

El grupo continuó su camino en completo silencio. Cambiaron varias veces de tramo en las escaleras, encontrándose en ocasiones "subiendo" bocabajo, retrocediendo otras veces y caminando de lado sin darse cuenta. Los Astartes no tardaron en darse cuenta de que estaban desorientados, sin poder recordar con claridad el camino que habían tomado desde el principio. Afortunadamente, Elika les guiaba en aquel laberinto sin mostrar ninguna duda o vacilación, hasta que finalmente pudieron ver el mismo techo de la Cámara de las Escaleras, en donde había una gran trampilla cuadrada trabajada completamente en adamantium.


Al otro lado, descubrieron una inmensa cámara, de grandes vidrieras y un techo alto que estaba cubierto por un cono cristalino a través del cual pudieron atisbar en esos momentos un cielo oscuro lleno de oscuras nubes de tormenta y repentinos rayos de múltiples colores. Las paredes estaban ocupadas por numerosas estanterías y escaleras de tijeras, y el suelo, a su vez, parecía invadido por una gran variedad de alfombras, tapetes, pilas de libros polvorientos y hojas sueltas abandonadas.

Detrás de una ornamentada mesa de piedra sobre la que reposaba un enorme tomo abierto, estaba sentado un anciano vestido con túnicas de color medianoche y azul medianoche, con la capucha colgando apaciblemente desde los hombros. El poco pelo gris que le quedaba caía sobre los lados, hasta tocar los hombros de la túnica. Su rostro, envejecido y casi esquelético, mostraba todo tipo de cicatrices y laceraciones, una nariz alargada, un tosco ciberojo que dominaba el lado derecho de su cara y unos labios pálidos y mortecinos.


-Estos son vuestros invitados, amo-, anunció Elika la Vidente tras arrodillarse inmediatamente ante el Oráculo Mentiroso del Templo de las Mentiras.

-Déjanos-, murmuró Renkard Copax mientras hacía pasar una página del libro que tenía frente a él.

Elika se pudo en pie y abandonó inmediatamente la Cámara de Akrinus, sin dirigirles siquiera una última mirada de despedida. La mujer simplemente desapareció tras la trampilla, dejándola completamente cerrada una vez que se hubo marchado.

-Es una lástima que el futuro del Templo de las Mentiras descanse en una cosa tan patética, ¿no es cierto?-, murmuró el Oráculo Mentiroso hablando casi para sí. -Me parece vergonzoso que este ilustre lugar quede abandonado en manos tan incapaces. Afortunadamente no tendrá que ser el caso... y esa es parte de la razón por la que os he convocado aquí. Poneros cómodos. Venid. Tenemos mucho que discutir.

Los Astartes avanzaron confiados hasta colocarse a tan solo unos pocos pasos de la mesa. El anciano tenía un aire vulnerable e inofensivo, pero al mismo tiempo parecía lo bastante lúcido para poder sacar algo útil de él durante la reunión.

-Te saludo, Oráculo Mentiroso-, empezó a decir Mordekay reuniendo todas sus dotes diplomáticas, -y te doy las gracias en nombre de todos los presentes por habernos invitado a esta reunión.

-Tú debes de ser Mordekay, ¿verdad? Un líder sin linaje ni hogar al que regresar. Dime, ¿tu signo es el martillo?

El sargento, confuso, no supo que responder al principio, aunque una repentina inspiración le hizo coger el martillo energético que llevaba anclado magnéticamente a la espalda, en paralelo con el generador de fusión. Se lo había arrebatado de las manos muertas de un oficial de los Ángeles Oscuros leales a Lion El'Johnson con el que se había enfrentado en los combates de Osul. El arma desactivada descansaba sin estorbos sobre sus dos guanteletes blindados, casi como si hubiese sido forjada especialmente para él.

-Es y será mi signo-, respondió Mordekay levantando la mirada del arma al Oráculo Mentiroso.

-Y si pudieras elegir libremente tu camino, ¿cuál sería, poderoso guerrero?

-La venganza-, respondió el Astartes sin dudar.

-¿A qué vienen estas preguntas?-, quiso saber Nodius.

-Debo asegurarme de que sois las personas correctas para escuchar la profecía. ¿Por qué rechazaste tu don?

-Juré que no volvería a usar mis poderes psíquicos por lealtad al señor equivocado-, respondió el psíquico calibanita visiblemente malhumorado. -Después del Concilio de Nikaea, nos hicieron creer que nuestro don era algo perverso y nos obligaron a renegar de él.... Todo eso ha quedado atrás.

-¿Y tus poderes te sirven para alterar o leer los pensamientos?

-Habéis errado Oráculo Mentiroso. Mis poderes psíquicos me permiten dominar las llamas a voluntad.

Nodius hizo un gesto teatral hacia una vela encendida en el suelo. La llama saltó de la mecha y se extinguió antes de tocar el suelo. A continuación el calibanita miró al Oráculo Mentiroso con un desafío evidente en sus ojos, pero Renkard Copax estaba demasiado ocupado releyendo apresuradamente otra página del libro que tenía abierto mientras asentía para sí mismo con una sonrisa satisfecha.

-Acabemos cuanto antes con esto-, bufó Lambo. -Hazme tus preguntas.

-Sea entonces, guerrero. Sé sincero. ¿Qué sientes cuando matas a tus enemigos?

-Desprecio-, respondió el Astartes tras pensárselo unos segundos. -Solo desprecio.

-¿Por qué?

-Porque no han estado a mi altura, no han sido un verdadero reto.

-Pero, a pesar de tu evidente orgullo, ¿has cometido algún acto del que te arrepientes, verdad?

Lambo lo fulminó con la mirada al escuchar la inesperada pregunta y, aunque ninguno de los presentes pudo ver la mueca amargada que apareció en sus labios, el silencio que siguió fue más elocuente que cualquier respuesta que hubiese ideado. Entretanto, el Oráculo Mentiroso no rehuyó su mirada, sino que aguardó pacientemente a que el Astartes respondiese.

-Sí-, gruñó por fin el calibanita a través de su yelmo. -Me arrepiento de haber apoyado la secesión de Caliban. Nuestros actos condenaron a muerte miles de compatriotas en los fuegos de la guerra. Si no hubiese sido tan estúpido, habría tratado de evitarlo... pero ahora mis manos están tan manchadas de sangre inocente como las de Luther o Lion El'Johnson.

Mordekay miró conmovido a su hermano al darse cuenta de la carga que Lambo soportaba sobre sus hombros. No comprendía su necesidad de culparse a sí mismo por los crímenes cometidos por el Imperio, aunque era consciente del daño que podían causar a largo plazo ese tipo de heridas emocionales incluso a un Astartes. "Cuando termine esta reunión, debo hablar con él largo y tendido", decidió el sargento en silencio.

-Entonces sólo queda uno más-, murmuró Renkard Copax antes volver su mirada hacia Karakos. -¿Por qué buscas la iluminación?

-Para reclamar mi derecho legítimo a la inmortalidad y ocupar mi lugar en el océano eterno de la Disformidad, gran Oráculo-, respondió rápidamente el antiguo bibliotecario de los Cráneos Plateados.

El Oráculo Mentiroso asintió para sí mientras hacía retroceder las páginas del libro hasta encontrar un párrafo concreto en las primeras páginas. A continuación su cara mostró una fea sonrisa que dejó al descubierto sus dientes ennegrecidos. Iba a decir algo, tal vez una pregunta, pero fue interrumpido por un suceso inesperado. Una nube multicolor atravesó la cubierta del suelo a su izquierda y flotó a su lado, girando y retorciéndose constantemente. Karakos y Nodius concentraron sus sentidos en el ser para descubrir con un horror fascinado que se trataba de algún tipo de criatura demoníaca menor.

-Amo, han llegado los otros invitados-, susurró la rasposa voz del demonio, tan bajo que solo los oídos  de un Astartes hubiesen podido entender sus palabras con cierto esfuerzo.

Renkard Copax pareció dar un respingo cuando escuchó el mensaje de la criatura servidora. Durante unos escasos segundos, los Astartes pudieron atisbar una breve turbación en su rostro confiado, que desapareció rápidamente cuando el Oráculo Mentiroso hizo un gesto con la mano hacia la criatura demoníaca. Esta pareció comprender la orden de su amo y descendió de nuevo a través del suelo de la Cámara de Akrinus, hasta desaparecer por completo.

-¿Quiénes son los otros invitados?-, quiso saber Nodius.

-Otros... suplicantes-, murmuró casi para sí mismo mientras se ponía en pie. -No importa. En cualquier caso, os agradezco sinceramente vuestra paciencia y el tiempo que me habéis concedido. Creo que ya estáis listos para recibir una explicación y escuchar la Predicción del Torestus que os he prometido.

-Sí, tenemos muchas preguntas que hacerte-, asintió Lambo confiado.

En ese momento, el Oráculo Mentiroso empezó a trazar círculos con su dedo, bajando su mano hacia abajo mientras se reía a grandes carcajadas. Su dedo índice trazó una línea incandescente en el aire. Nodius y Karakos percibieron al unísono el uso de una gran cantidad de energía psíquica. "La profecía, al fin", pensó el antiguo bibliotecario con una enorme sonrisa en los labios. Justo a continuación, una luz iridiscente envolvió el cuerpo de Renkard Copax, y su misma imagen se volvió transparente e intermitente, como si fluctuase más allá de la realidad. Finalmente, el Oráculo Mentiroso se deslizó a través del suelo como lo haría el alma en pena de un fallecido hasta desaparecer por completo.

El rumbo de los acontecimientos dejó a los Astartes demasiado sorprendidos para poder reaccionar a tiempo cuando el cono cristalino que coronaba la Cámara de Akrinus se rompió con un fuerte crujido, derramando una fina lluvia de trozos de cristal que cayó sobre ellos sin causar ningún desperfecto en sus servoarmaduras. Flotando a través de las fuertes corrientes de viento, descendieron dos de las criaturas demoníacas con forma de raya, cargando cada una sobre su cuerpo con dos guardias y un sirviente del templo.


Mordekay se puso el yelmo rápidamente y cogió el martillo energético con ambas manos, intentando dar instrucciones de batalla a sus camaradas de armas. No obstante, ningún sonido salió de sus labios. Por su parte, Lambo y Nodius echaron mano inmediatamente a sus pistolas bólter y abrieron fuego sobre la primera criatura demoníaca. Los pequeños misiles autopropulsados impactaron contra el demonio sin hacer ruido, haciendo saltar fragmentos de cartílago, hueso y ectoplasma. Aquella cosa se desplomó inerte contra el suelo, aunque sus jinetes lograron evitar el caída saltando en el último segundo. Karakos aprovechó los valiosos segundos de supuesta calma para concentrarse en la energía de la disformidad, obligándola a fluir a su alrededor como una barrera protectora.

El segundo demonio tocó suelo de forma más controlada y permitió que los humanos se bajasen. Lambo y Nodius volvieron a concentrar otra ráfaga de proyectiles explosivos en su contra, reventándolo con un disparo afortunado. No obstante, una tercera criatura demoníaca entró volando por el agujero del techo y comenzó a planear hacia el suelo.

"¡A por ellos!", intentó gritar Mordekay al mismo tiempo que cargaba con el martillo en alto sobre los dos guardias que habían caído de la primera criatura. Los dos hombres trataron de apartarse de la mole blindada que se les venía encima. Solo uno tuvo suerte, ya que el otro acabó empujado y convertido en un amasijo irreconocible de carne y metal cuando el martillo energético aplastó su espalda para terminar sobresaliendo por el pecho. El guardia que se había librado del ataque interpuso el filo de su guja y trató de ensartar con ella al Astartes, aunque su ataque se quedó a tan solo unos centímetros del blanco. El tercer humano, aparentemente un sirviente del templo, alzó sus manos señalando a Mordekay. Un mortífero rayo de energía negra saltó en línea recta desde sus temblorosos dedos, penetrando con facilidad las placas protectoras de la servoarmadura de Mordekay y provocando una quemadura grave en su pecho. Karakos abriendo fuego con su propia pistola bólter sobre el osado psíquico que había intentado matar a Mordekay. El disparo alcanzó el blanco, destrozándole el pecho y la cara.

El tercer demonio tocó el suelo y dos guardias humanos bajaron inmediatamente. En lo alto de la Cámara de Akrinus, un cuarto demonio entró planeando a través del agujero abierto en la bóveda acristalada. Lambo disparó al tercer demonio, errando el tiro por muy poco. Nodius, en cambio, le impactó entre los ojos cuando la cosa intentaba levantar el vuelo. Los guardias supervivientes que habían venido con el segundo demonio cargaron en su dirección, mientras otro psíquico conjuraba un nuevo rayo negro mientras gesticulaba palabras que no pudieron escuchar por el silencio sobrenatural que reinaba en la Cámara de Akrinus. En cualquier caso, el brujo no tuvo tiempo para terminar su hechizo, dado que otro disparo de la pistola bólter de Karakos segó con facilidad su vida, mientras en la otra parte de la sala Mordekay barría el aire con su hacha energética y el último guardia con el que se estaba enfrentando murió empotrado contra una estantería.

Temblando con una maliciosa anticipación, el tercer demonio cargó contra ellos, aunque Lambo consiguió apartarse justo a tiempo de su embestida. Nodius ignoró al demonio y se concentró en los dos guardias que también estaban cargando contra su posición. Usando el poder de su mente, manifestó una llama ardiente en su guantelete, lista para ser desatada sobre los hombres cuando estuviesen más cerca. Karakos intervino en ese momento, empuñando su espada psíquica, que hundió en el costado del demonio, matando su cuerpo terrenal y desterrándolo temporalmente del reino físico.

A modo de siniestra invitación, el cuarto demonio simplemente se posó cerca de Mordekay, dejando descender a los guardias que transportaba. El Astartes aceptó el reto y atacó de frente al ser demoníaco. Alzó con las dos manos su hacha energética mientras pronunciaba una sarta de silenciosas maldiciones calibanitas. Pese a que intentó alzar el vuelo, el demonio terminó aplastado entre los guardias.

La poderosa voluntad de Nodius liberó todo el poder de la piromancia. Las llamas saltaron de su guantelete, cubriendo los cuerpos de los dos guardias más cercanos, cuyos últimos gestos desesperados dieron buen testimonio del tormento sufrido antes de desplomarse sobre el suelo. A su lado, Lambo soltó la pistola bólter y cogió su nueva hacha sierra, que tembló hambrienta en sus manos cuando la activó.

Con la batalla prácticamente bajo control, Karakos corrió para auxiliar a Mordekay, que estaba tratando de evitar que sus enemigos pudiesen rodearlo como a una bestia acorralada y ensartarla con sus gujas. Un golpe afortunado de una de estas armas había impactado contra su servoarmadura, liberando una descarga de corriente eléctrica que lo había aturdido visiblemente. Karakos empujó a uno de los guardias y se interpuso entre ellos y Moderkay, asestando estocadas al aire con el objeto de alejarlos del calibanita.

Lambo estaba listo para saltar sobre los guardias que venían hacia ellos, cuando captó un movimiento borroso por el rabillo del ojo izquierdo. Se apartó justo a tiempo para evitar una estocada letal que hubiese penetrado entre las juntas de su servoarmadura. Maldiciendo para sus adentros, el Astartes se volvió para enfrentarse a su nuevo enemigo: una mujer envuelta en una túnica roja bordada con complejos símbolos dorados y armada con una espada negra inscrita con runas llameantes. "¡Este será el último error que cometerás en tu vida, asesina!", quiso gritarle Lambo con todas sus fuerzas.

Nodius volvió a recurrir a su poder sobre las llamas que danzaban entre los cadáveres de los inconscientes que habían osado hacerles frente. Uno de los enemigos cayó envuelto en el abrazo ardiente del fuego, mientras se arrastraba inútilmente por el suelo. Sus dos compañeros, sin embargo, salieron ilesos y atacaron al psíquico con golpes extremadamente certeros. Nodius pudo apartarse del filo de una de las gujas, pero la otra le alcanzó de lleno a la altura del muslo y lo dejó fuera de combate durante unos dolorosos segundos con una poderosa descarga eléctrica.

Un golpe de guja impactó en el pecho de Karakos, aunque su barrera telequinética impidió que llegase a tocar su servoarmadura. Karakos devolvió el ataque con un barrido horizontal. Su espada se abrió camino a través de la armadura escamosa del guardia y se adentró en la carne blanda que había debajo de sus costillas. A su espalda, Mordekay volvió a alzar el martillo y aplastó a un segundo guardia. El tercero empezó a retroceder, seguido de cerca por el antiguo bibliotecario, cuyos ojos únicamente prometían una ejecución inmisericorde.

Arrojando por la borda toda precaución, Lambo se lanzó contra su rival, arrojando un único golpe de su hacha sierra en un ataque desesperado por matarla antes de que pudiese contraatacar. La mujer era ágil, muy ágil. Vio venir el golpe e intentó apartarse de su trayectoria. No obstante, Lambo contaba con ese movimiento, por lo que fue abriendo el golpe a medida que extendía los brazos. Los dientes del hacha sierra se hundieron en el cuello de la asesina, decapitándola de una sola acometida.

Los guardias que habían noqueado a Nodius estaban intentando ensartarlo con sus gujas para rematar el trabajo, clavando las puntas de sus armas en las juntas de la servoarmadura del indefenso Astartes. Uno de ellos encontró una grieta útil en la gorguera del calibanita y estaba a punto de aprovechar su oportunidad cuando Mordekay lo aplastó contra el suelo con un golpe del hacha energética. El otro intentó vengar a su compañero, pero su guja sólo aguijoneó el aire. Lambo hundió el hacha sierra en su espalda de forma siniestra y eficaz.

No descendieron más enemigos para enfrentarse a ellos, aunque persistía el fenómeno de la falta de sonido. Comunicándose con gestos, Mordekay ordenó a Lambo que se apostase junto a la trampilla y aguardase allí. Luego, ayudó a Nodius a incorporarse. Su hermano parecía estar en un estado razonablemente operativo. Karakos se acercó a ellos despacio sin dejar de vigilar el techo en todo momento.

El sargento de la escuadra Laquesis le hizo un gesto para que aguardasen. Su cuerpo ardía de furia por la traición del Oráculo Mentiroso, aunque era consciente de que todas las desventajas que les amenazaban: sus servoarmaduras estaban en mal estado, sufrían escasez de munición y estaban en una amplia inferioridad numérica. El curso de acción más lógico consistía en salir cuanto antes del Templo de las Mentiras y regresar a Cuerpo Putrefacto. "Pero antes quiero dejar un recuerdo personal a ese bastardo", pensó Mordekay mientras caminaba hacia la mesa alzando el martillo.

"¡Va a destruirlo!", se dio cuenta Karakos. Actuando sin pensar, concentró sus poderes telequinéticos en el libro que había consultado el Oráculo Mentiroso. Su mente imaginó que sus manos lo cogían con fuerza y lo empujaban en su dirección. El libro sorteó a Mordekay y voló directamente en su dirección, aterrizando sobre sus manos blindadas. El golpe del hacha energética quebró en silencio la mesa, haciendo saltar fragmentos de piedra en todas las direcciones.

Furioso más allá de toda medida, Mordekay se dio la vuelta dispuesto a enfrentarse a él para destruir el libro, pero Karakos hizo un gesto que esperaba que fuese conciliador y luego le intentó explicar que ahora el libro le pertenecía. El sargento calibanita asintió finalmente de mala gana, ordenándoles a Nodius y él que avanzasen hacia la trampilla. "Me necesitan tanto como yo los necesito a ellos", se dio cuenta Karakos aliviado. "Ahora sólo tenemos que escapar juntos de este lugar"

miércoles, 2 de abril de 2014

BC 12: LAS BIBLIOTECAS DEL TEMPLO


"Nuestros guías nos condujeron a una sala cónica, que debía sobrepasar los doscientos metros de altura en su punto más alto. En el piso inferior, decenas de pasillos y puertas daban acceso a otros lugares ignotos del Templo de las Mentiras y, sobre nuestras cabezas, un entramado caótico de escaleras se extendían hacia todas las direcciones.
Nos tomamos unos segundos para asimilar el fenómeno arquitectónico que estábamos viendo. Algunas escaleras ascendían en trayectorias extrañas, girando repentinamente en otra dirección cuando topaban con un muro, mientras que otras subían en espiral o colgaban libremente en el aire. Algunas otras incluso no parecían obedecer las leyes naturales de la física, yendo en espiral por las paredes o pasando de arriba a abajo sin orden ni concierto.
Una mente lógica podía pensar que nuestros ojos estaban contemplando los desvaríos de un arquitecto enloquecido que había conseguido llevar a la realidad sus proyectos enfermizos. No obstante, las anónimas figuras encapuchadas que subían y bajaban, solas o en pequeños grupos, incluso por los peldaños de las escaleras invertidas, nos revelaron que estábamos siendo testigos de un milagro mucho más oscuro y aterrador.



Una vez que tuvimos tiempo para asimilar este retorcido desorden en el tejido de la realidad, nuestros guías confirmaron mis sospechas iniciales cuando nos propusieron dividirnos para que tuviésemos la oportunidad de consultar las incontables obras preservadas en el Templo de las Mentiras. ¡Y Karakos y Mordekay les siguieron el juego mansamente! El primero pidió consultar las obras que se centrasen en el estudio de los poderes psíquicos y siguió al hombre gordo que nos había recibido en el vestíbulo mientras ambos subían por una de las escaleras. Mordekay, por su parte, preguntó si alguna de las bibliotecas disponían de libros que revelasen los secretos tecnológicos para reparar armaduras energéticas. Al ver satisfecha su petición, siguió a un hombre escuálido y mortecino por una de las puertas laterales de la Cámara de las Escaleras, como la habían llamado nuestros guías.
Resignados a que nuestras advertencias hubiesen sido ignoradas tan estúpidamente, Lambo y yo nos vimos obligados a participar contra nuestra voluntad en esta farsa. Ordené que me llevasen a la sección de la biblioteca donde estuviesen los libros de demonología. Un guía extremadamente asustadizo y nervioso comenzó a caminar hacia una escalera por la que todavía no había subido ninguno de mis compañeros anteriormente, dejando atrás a Lambo con una anciana de tez arrugada y pelo níveo."

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La sala a la que lo llevaron se parecía más a un gran taller que a un archivo de una biblioteca. Sin embargo, todo el espacio disponible estaba ocupado con chatarra, herramientas sucias, placas de datos, planos y libros de instrucciones que cubrían todas las estanterías de las paredes. Piezas mecánicas y repuestos yacían tirados por el suelo, largamente olvidados, entre el polvo y la mugre.

Mientras su guía aguardaba pacientemente en la entrada, un sirviente veterano de la sala activó el cogitador, que ronroneó con sumo esfuerzo, como un felino viejo que hubiese sobrepasado hacía el último tramo de su ciclo vital. Intentando aprovechar el tiempo del que disponía, Mordekay repasó las estanterías y hojeó algunos libros cuyo contenido parecía teóricamente fiable. Descartando desde el principio los que estaban escritos en la críptica Lingua Technis del Adeptus Mechanicus, centró toda su atención en los pocos que tenían instrucciones en gótico, lo que le permitió descubrir extraños conceptos de mecánica avanzada, electrónica y mecanismos todavía más complejos. No obstante, a pesar de su empeño, el calibanita dudaba que pudiese comprender, y mucho menos recordar, esos extraños secretos que los tecnosacerdotes del Adeptus Mechanicus habían guardado tan celosamente desde los lejanos tiempos de la fundación de su orden.

-El espíritu máquina del cogitador ha sido despertado, señor-, le anunció el anciano ojeroso. -Le traeré las pocas placas de datos que tenemos sobre armaduras energéticas.

-Necesitaré hacer copias.

-Por supuesto, ilustre invitado.

Mordekay asintió satisfecho. Cuando le habían preguntado qué conocimientos quería consultar, su primer impulso había sido responder la sección de historia imperial para buscar cualquier referencia sobre Caliban. Sin embargo, el peso de la responsabilidad no era fácil de ignorar. Como último sargento de la escuadra Laquesis, debía garantizar la operatividad de su unidad, lo que incluía las reparaciones necesarias de sus servoarmaduras energéticas. "Primero esto, luego la historia imperial", se aconsejó a sí mismo intentando contener su propia impaciencia. "Y si tuviese más tiempo, no estaría demás consultar también las obras de medicina y cirugía."

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El hombre obeso avanzaba lentamente por las escaleras, resollando con dificultad por el esfuerzo. Karakos se vio obligado a seguir sus pasos mientras observaba atentamente todo lo que sucedía a su alrededor. Lejos de sentirse violentado por las anomalías descubiertas en el Templo de las Mentiras, sentía que aquellos pasos lo estaban encaminando en la meta correcta, como si por primera vez en su vida estuviese siguiendo la senda a la que hubiese estado destinado desde el día de su nacimiento.

El psíquico estaba absorto en estos pensamientos cuando percibió una presencia ajena, escudriñando con sutileza las capas exteriores de su mente. Incapaz de detectar su origen, el antiguo bibliotecario de los Cráneos Plateados buscó con sus sentidos mundanos al causante de semejante intrusión. Su aguda vista descubrió a un sirviente del templo, que estaba muy quieto en una escalera lateral y que parecía mirarlo fijamente bajo la sombra de la capucha que oscurecía los rasgos de su rostro. Viéndose descubierto, el falso sirviente echó a correr para intentar escapar de su furia.

Karakos corrió por las escaleras, ignorando completamente los gritos alarmados de su guía. Otros sirvientes se detuvieron a lo largo de las escaleras para ver qué interrumpía el silencio del templo. Cuando llegó a un descansillo, se detuvo unos segundos para seguir otro recorrido. Si no se daba prisa, perdería a su objetivo en esas escaleras laberínticas. Bajó con premura por otro tramo de peldaños sin perder de vista al siervo al que perseguía. No obstante, la distancia que los separaba crecía poco a poco. Karakos se detuvo.

"Así no lo alcanzaré nunca", descubrió sorprendido. Sus ojos siguieron el tortuoso recorrido de las escaleras, buscando un atajo, pero no encontró ninguno. Frustrado, trató de percibir algo más allá de sus sentidos mundanos. Parecía un ejercicio inútil, pero su poderosa voluntad logró atisbar la respuesta que buscaba a costa de una repentina migraña en la cabeza. Su mente ardió febril ante la locura que iba a cometer.

Karakos aguardó a que su objetivo hubiese llegado a un descansillo, tomó impulso y saltó por encima de las escaleras. Su sentido de la orientación se volvió momentáneamente confuso. Conceptos como verticalidad u horizontalidad se hicieron añicos y, durante unas escasas décimas de segundo, llegó a percibir dimensiones y ángulos imposibles. Cuando recuperó la orientación, se encontró frente a frente con su aterrado objetivo, mientras el resto del templo parecía colgar al revés del techo.

-¿Cómo te atreves a espiarme?-, preguntó el antiguo bibliotecario mientras cogía al hombrecillo de la túnica, alzándolo en el aire.

-¡No me mates, por favor! Mi deber es leer las mentes de nuestros invitados para garantizar la seguridad.

-¿La seguridad? ¡Explícame eso!

-Tenemos que asegurarnos de que no tenéis intención de robar ni dañar los libros de las bibliotecas.

-¿Hay más como tú?

-Sí. Somos telépatas. Estamos disfrazados de sirvientes para pasar desapercibidos.

El enfado de Karakos fue amainando a medida que escuchaba las temblorosas explicaciones del hombrecillo. Miró a su alrededor. Su guía había dejado de gritar, pero todos los sirvientes del templo y algunos guardias, que se habían acercado a las escaleras, estaban mirando en su dirección. "Calma, calma", se dijo. "Piensa en las obras prohibidas que podrás consultar." Bajó despacio al hombre hasta que sus pies volvieron a tocar los peldaños de las escaleras y soltó su túnica con toda la delicadeza de la que fue capaz.

-No volváis a intentar entrar en mi mente-, le aconsejó con educación. -No me responsabilizo de lo que podría llegar a suceder después.

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"Mi guía me condujo a través de un pasillo hasta una sala cuya entrada anónima estaba custodiada por dos guardias humanos, con sus yelmos reflectantes, gujas por armas y armaduras escamosas que mostraban abiertamente el extraño emblema de Tzeentch, el supuesto dios patrón de este templo.


Pero confieso que el interior resultó ser más interesante de lo que podía haberme imaginado en un principio. Todas las paredes estaban ocupadas con estanterías metálicas repletas de libros de todo tipo, así como pergaminos enrollados y pequeñas tablillas cuadradas. Dos pequeñas mesas, junto con tres sillas endebles, ocupaban apretadamente el escaso espacio disponible entre las estanterías.
Mi guía permaneció fuera de la sala, aunque un sirviente de cara juvenil me dio la bienvenida y se ofreció para ayudarme en cualquier búsqueda que necesitase. Ignorándolo por completo, empecé a consultar por mi cuenta y riesgo los distintos volúmenes. Pronto descubrí decepcionado que la mayoría estaban escritos por charlatantes y escritores pretenciosos, farsantes todos ellos en cualquier caso. No obstante, también encontré obras cuyo contenido no era precisamente desdeñable. Fui leyendo cuidadosamente estos últimos, arrancando la información valiosa que estaba oculta entre tanta palabrería.
Así fue como me adentré en el conocimiento prohibido de la demonología. Descubrí que existían cuatro dioses del Caos, llamados en ocasiones simplemente los Poderes Ruinosos, que tenían bajo su mando una hueste incontable de entidades menores, y cada uno de estos demonios compartía a su vez algunos rasgos característicos de sus amos.
Khorne, el Dios de la Sangre. Tzeentch, el Arquitecto del Destino. Nurgle, el Señor de la Pestilencia. Slaanesh, el Príncipe de los Placeres Prohibidos. Esos eran los nombres de los Poderes Ruinosos. Rivales y aliados al mismo tiempo, los cuatro dioses gemelos competían eternamente por el poder, anhelando expandir constantemente sus reinos eternos. Para ellos los mortales no teníamos más consideración que las gotas individuales de la lluvia. Sólo éramos peones en las batallas eternas que hacían temblar el Inmaterium. Sin embargo, muchos textos aseguraban que los elegidos que se ganaban favor de los dioses oscuros obtenían bendiciones y poderes sobrehumanos; incluso existían unos pocos relatos que se mencionaban los nombres de grandes héroes que habían alcanzado el don de la inmortalidad de este modo.
No obstante, pese a su inconmesurable poder,  la influencia de los dioses del Caos y de sus vasallos demoníacos se debilitaba considerablemente en el reino físico, donde animaban a los mortales a que los adorasen o poseían directamente a los psíquicos sin el entrenamiento ni la autodisciplina adecuada para resistir sus ataques espirituales.
También descubrí la existencia de rituales para invocar demonios y atarlos a la voluntad del hechicero, pero no encontré más explicaciones que el uso insistente del nombre verdadero de los demonios para obtener sus servicios.
Cansado de tanta palabrería inútil, aparté a un lado la última tablilla que estaba leyendo dispuesto a salir de la sala. En ese momento, me percaté de que la mitad de la estancia había sido alterada. Algunas estanterías habían desaparecido, siendo sustituidas por repisas de madera polvorienta, grandes grimorios y jarras de cristal con trozos carnosos que flotaban en un líquido incoloro.
"Es imposible", me dije en silencio. Me acerqué al espacio donde había estado una de las obras de demonología que acaba de consultar. No estaba allí, por supuesto. En su lugar, cogí uno de los grimorios y lo abrí hacia la mitad, donde encontré una ilustración de una bestia alienígena y algunas notas escritas a mano en gótico terrano donde se hablaba de su descripción, hábitat y costumbres. "Es cierto que he estado absorto en mi lectura, pero ¿cómo iban a conseguir mover todo esto sin que me percatase?", me pregunté incrédulo.
Tras dejar el bestiario en su lugar, exigí respuestas al mismo sirviente que había ignorado previamente. El asustado joven respondió que era un fenómeno normal, ya que el Templo de las Mentiras estaba consagrado a Tzeentch y el cambio constante formaba parte de la misma naturaleza de su amo. Así pues, el templo cambiaba sutilmente según los caprichos del dios, sin que sus ocupantes pudiesen hacer nada para evitarlo en el caso de que quisieran hacerlo.
Era una explicación absurda, por supuesto, pero tenía cierto sentido. No obstante, si el sirviente me estaba contando la verdad, había otra pregunta que debía ser respondida. Le ordené que me revelase cómo sabían dónde encontrar las salas, si estas cambiaban según los caprichos de su dios, a lo cual me contestó que lo sabían instintivamente después de vivir cierto tiempo dentro del templo. Al principio, todos los novicios vagaban perdidos como si fuese niños pequeños, pero luego... intuían dónde podían encontrar lo que buscaban. "Es lo normal", me confesó finalmente el sirviente.
Aturdido por estas revelaciones, abandoné la sala y ordené al guía que me esperaba en la puerta que me condujese rápidamente a las salas cuyas obras tratasen acerca de la Disformidad y de los poderes psíquicos. Tal vez pudiese aprender más misterios prohibidos antes de que el Oráculo Mentiroso nos concediese su audiencia.

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Por primera vez en su vida, Lambo había tomado una decisión basada en creencias supersticiosas. Lo había hecho no por curiosidad, ni por un deseo real de adquirir nuevos conocimientos, sino porque su encuentro con el Discípulo de Crox había sembrado muchas preguntas en su mente. La mayoría de estas giraban en torno a Khorne y su supuesta influencia en el humano con el que se batió en combate en Cuerpo Putrefacto.

La anciana que le servía como guía lo condujo a una sala a la que se accedía por una escalera de recorrido lateral. La estancia estaba atestada de libros y pergaminos en una de sus paredes, y las otras dos tenían repisas con ungüentos y frascos llenos de elixires. Una mujer menuda pero de rostro agraciado, que vestía la monótona túnica gris de los sirvientes del templo, se levantó de una de las mesas y se ofreció ayudarle a escoger los libros que fuesen a ser más útiles en su búsqueda. Lambo rechazó su ayuda  con educación y cogió libros casi al azar para ojear sus páginas.

Su ánimo pragmático quedó pronto sobrecogido al leer las terribles palabras con las que se describía al Dios de la Sangre y sus peligrosos sirvientes. Descubrió que Khorne era el dios del asesinato, la ira y la guerra, y que se decía que su trono se asienta en lo alto de una montaña de cráneos que a su vez se alza sobre un mar interminable de sangre. Su emblema es una runa de un cráneo estilizado, muy utilizado como adorno personal por sus seguidores, que también pintaban sus armaduras de rojo y creían que el ocho era un número mágico que atraía su favor. También se decía que Khorne odiaba especialmente a los psíquicos y los hechiceros, cuyos sacrificios le eran extremadamente gratos, y que despreciaba en grado sumo las debilidades indulgentes de su hermano Slaanesh.


Las huestes infernales de Khorne estaban lideradas por grandes demonios alados llamados Devoradores de Almas, a cuyo mando estaban incontables Desangradores y Mastines, además de bestias salvajes conocidas como Juggernauts o Aplastadores. El Dios de la Sangre también contaba con la veneración de innumerables guerreros mortales que buscaban probarse constantemente en combate y demostrar su habilidad marcial frente a toda clase de enemigos. Pese a su desgrado inicial, una parte de Lambo se vio obligada a reconocer cierta "empatía" ante esta idea. Sin embargo, decidió dejar a un lado estos nuevos sentimientos por el momento mientras abandonaba la sala con el espíritu turbado, sin reparar en que la estancia había cambiado en completo silencio, llenándose de planos y tratados de geología que no tenían nada que ver con los oscuros libros que había leído.

-Llévame a la sección de cartografía espacial-, pidió a la anciana inspirado por una repentina ocurrencia.

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Cuando llegaron finalmente a su destino, Karakos quedó gratamente impresionado con todo lo que encontró en la sala de lectura. Utilizando al sirviente que aguardaba allí, encontró toda clase de volúmenes que trataban de las cinco disciplinas psíquicas mejor conocidas por el Imperio, así como otros fenómenos y poderes menos conocidos relacionados con esta temática. Cuando pidió papel para tomar notas de los contenidos más importantes, el hombre calvo que hacía las veces de bibliotecario le trajo dos pliegos de pergamino, una pluma y un pequeño frasco de tinta ocre.

Karakos garabateó notas apresuradas, de todo lo que pudo. Él mismo era un iniciado de la Telequinesia, pero su hambre erudita le llevó a copiar referencias de la Adivinación, la Biomancia, la Piromancia y la Telepatía. Utilizó todos los recodos y espacios disponibles en los pliegos que le habían dado para anotar también signos de reconocimiento de la actividad psíquica, los reacciones de la Disformidad ante la manipulación psíquica e incluso algunas menciones a los poderes ocultos de los Navegantes pertenecientes a la Navis Nobilite del Imperio.

Al terminar sus notas, levantó la vista y fue consciente de que la sala había cambiado, llenándose de parafernalia religiosa imperial y libros de aspecto maltratado que lucían los símbolos de la Ecclesiarquía y del culto al Emperador. De algún modo, esos cambios habían ocurrido sin que mediase advertencia alguna y ni siquiera sus sentidos sobrenaturales los habían percibido. Karakos sonrió para sí mismo al recordar uno de los muchos títulos de Tzeentch, El Que Cambia Las Cosas, y abandonó la sala para buscar de nuevo a su guía. Estaba decidido a aprovechar al máximo del escaso tiempo del que disponía.

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La sección de historia imperial ocupaba una pequeña, aunque atestada, sala en las instalaciones del Templo de las Mentiras. Las estanterías llegaban cubrían del suelo al techo y estaban repletas de libros, informes, diarios, crónicas y cartas de todo tipo y de la más diversa procedencia. Incluso el suelo estaba repleto de hojas sueltas, muchas de ellas con el sello oficial de algunas de las monolíticas instituciones imperiales. Esta vez no había ningún sirviente que pudiese asistirle en aquel vertedero.

Sin perder el tiempo, Mordekay comenzó a rebuscar entre las innumerables documentos, buscando cualquier fuente de información que hiciese referencia a los Ángeles Oscuros. Fue una labor tediosa e ingrata. Encontró múltiples escritos oficiales y privados obtenidos durante los diez mil años de existencia del Imperio de la Humanidad, así como de sus numerosas guerras civiles y campañas de exterminio contra peligrosas razas alienígenas. Tal y como les había contado Karakos, los ciudadanos imperiales no habían conocido la paz futura que había prometido el Emperador en los tiempos de la Gran Cruzada.

Los Adeptus Astartes habían estado especialmente ocupados, ofreciendo un noble servicio a los regentes de Terra. Mordekay encontró crónicas e informes de batalla que daban buena fe de la entrega de los marines espaciales de la primera fundación, así como de sus capítulos sucesores y siguientes fundaciones. A través de esos escritos, fue testigo de actos de extrema valentía al servicio de los traicioneros Altos Señores de Terra, que gobernaban el Imperio en nombre del Emperador, y se preguntó asqueado cómo podían seguir siendo esclavos de amos tan miserables.

No obstante, su búsqueda meticulosa fue dando sus frutos poco a poco. Algunos documentos homenajeaban las hazañas de los Ángeles Oscuros mientras que otros criticaban su hermetismo y aislamiento. ¡Incluso llegó a encontrar un informe la Inquisición que aludía a investigaciones secretas realizadas en diversas ocasiones! Todo daba a entender que el Imperio aplaudía los logros de los Ángeles Oscuros, pero que también sospechaba que estaban ocultando algo. La falta de referencias a Caliban intensificó los temores de Mordekay.

El último sargento de la escuadra Laquesis nunca supo cuánto tiempo estuvo en aquella diminuta sala, pero lo aprovechó con creces. Finalmente, encontró la prueba que tanto necesitaba. Era el diario de un oficial de la armada imperial que había visto con sus propios ojos la flota de los Ángeles Oscuros, así como La Roca, el enorme asteroide móvil que les servía de base de operaciones. Mordekay recordó inmediatamente el nombre de la principal fortaleza monasterio de la Orden en Caliban. En su lengua nativa se había llamado Aldurukh, que en gótico terrano quería decir "La Roca de la Eternidad".

El calibanita estaba furioso. Tuvo que recurrir a toda su fuerza de voluntad para no destrozar las estanterías y los polvorientos libros acumulados en ellas. Gritó de rabia y frustración. Maldijo a Lion. Maldijo al Emperador. Incluso maldijo a Luther por haber arrastrado a su pueblo a la hecatombe. Con Caliban destruido por completo o reducido a un simple asteroide flotante, a Mordekay sólo le quedaba la venganza y allí mismo se juró que ahogaría al Imperio con la sangre de sus ciudadanos.

viernes, 28 de marzo de 2014

BC 11: EL TEMPLO DE LAS MENTIRAS


"Lambo regaló su gladius a Toruk Guantequemado, como agradecimiento por recargar los generadores de nuestras servoarmaduras en tan poco tiempo. Personalmente, ese acto de generosidad me pareció un despilfarro de nuestros menguantes recursos y así se lo hice saber luego a mi camarada de armas, pero él insistió tercamente en que debía pagar su deuda con los Guantequemado. Supongo que ahora que estaba armado con la peligrosa hacha sierra del difunto Discípulo de Crox podía permitirse el lujo de aparentar sentimientos tan honorables.
En cualquier caso, volvimos con Mordekay y Karakos justo a tiempo para ayudar al sargento a ponerse su servoarmadura y activar el generador antes de que el transporte llegase a las afueras de Cuerpo Putrefacto. El vehículo de orugas serpenteó con cautela entre las ruinas, deteniéndose finalmente a unos veinte metros de la barcaza de Theon."

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El piloto abrió la puerta y se bajó del transporte cubierto de polvo. Era un hombre ligeramente corpulento, de mediana edad, piel morena y ojos oscuros. Estaba casi completamente calvo, a excepción de unos mechones morenos que le nacían en los costados de la cabeza. Sus vestimentas tan sólo eran un poco mejores que la de los habitantes de Cuerpo Putrefacto, llenas de remiendos y costuras deshilachadas, aunque estaban igual de polvorientas. Sin embargo, el detalle que verdaderamente llamó la atención de los Astartes era que el humano parecía estar desarmado, lo que podía reflejar una gran confianza en su posición como sirviente del Templo de las Mentiras o una peligrosa temeridad que podría conducirle a la tumba mucho antes de lo que se imaginaba.

-Cargad los suministros, amigos-, dijo en voz alta el recién llegado a los pocos habitantes del asentamiento que se habían acercado. -No me quedaré mucho tiempo...

Su rostro fue palideciendo paulatinamente al fijarse en ellos y tragó saliva visiblemente. Después de unos largos segundos, pareció reunir el valor suficiente para acercarse mientras los jóvenes holgazanes y los borrachos tirados en el suelo colaboraban de mala gana entre maldiciones para cargar unas pocas garrafas y cajas en el transporte.

-Me llamo Orick-, se presentó el hombre con voz pastosa. -¿Sois... sois los invitados del Templo de las Mentiras, verdad?

-En efecto-, asintió Mordekay al mismo tiempo que liberaba el cierre de seguridad de su yelmo con movimientos rápidos y precisos para dejar al descubierto su rostro. -Mi nombre es Mordekay. Mis camaradas se llaman Lambo, Nodius y Karakos.

-¿Debemos entregarte nuestras invitaciones?-, preguntó Nodius a través de los altavoces de su yelmo.

-No será necesario. Cuando estos haraganes hayan terminado, podréis subir al transporte y os llevaré inmediatamente al Templo de las Mentiras.

-¿Siempre llevas a los invitados del Oráculo Mentiroso, Orick?-, preguntó Karakos con curiosidad.

-Sí, señor. Soy el responsable de esta vieja maravilla-, explicó el hombre con humildad mientras señalaba el transporte con el que había llegado al asentamiento. -Mi deber es transportar suministros y personas al Templo, y luego devolver a los invitados a Cuerpo Putrefacto para que puedan marcharse de Kymerus.

A pesar del tono casual y despreocupado con el que había hablado mientras vigilaba la carga de mercancías en el transporte, los agudos oídos de Mordekay y Lambo detectaron una pequeña debilidad en su voz, que delataba inconscientemente cierto deseo inconfesable para un sirviente.

-¿Alguna vez has llevado a otros invitados como nosotros? ¿A otros Astartes?-, quiso saber Mordekay.

-Sí, en ocasiones he tenido que hacerlo.

-¿Quiénes son?-, preguntó Nodius inquisitivo.

-No lo sé. Es peligroso hablar con ellos a no ser que te preguntando algo primero.

-Pero puedes describir cuáles eran sus colores y emblemas, ¿verdad?

-Los colores eran el granate, con un gris piedra cubriendo los bordes de las armaduras. Sus hombreras mostraban símbolos de cabezas demoníacas y estrellas de ocho puntas.

-No conozco esos emblemas-, confesó Mordekay. -¿Y tú, Karakos?

-Creo que son Portadores de la Palabra, o al menos eso parece.

Mordekay asintió, recordando las historias de la Herejía de Horus que les había contado Karakos el día anterior. No sabía como interpretar las relaciones entre los Portadores de la Palabra y el Oráculo Mentiroso, pero confiaba en que si podía llegar a un acuerdo con esos extraños Astartes, tal vez ellos le ayudasen a contactar con otros calibanitas que hubiesen sobrevivido hasta ahora... y con ellos reconstruir el poder militar de los Ángeles Oscuros de Caliban para vengarse del maldito Imperio. Era un plan atrevido que todavía no había compartido con Lambo y Nodius, aunque estaba seguro de que ellos lo apoyarían incondicionalmente cuando se lo propusiera.

-Ya han terminado-, dijo Orick al ver que los habitantes de Cuerpo Putrefacto habían dejado finalizado la carga de mercancías. -Podemos irnos cuando lo deseéis.

-Entonces no perdamos más tiempo. Dime Orick, ¿has viajado alguna vez a otros planetas?-, preguntó Lambo con una cordialidad un poco forzada mientras caminaban hacia el transporte.

-No, señor. Nací y me crié en el Templo-, confesó el hombre como si eso lo explicase todo.

-¿Y no tienes deseos de ver qué hay más allá de Kymerus?-, siguió preguntando el Astartes.

-A veces sueño que lo hago-, reconoció el hombre cuando abrió la puerta del vehículo. Su mirada parecía melancólica, casi apagada por la resignación. -Pero son sueños imposibles.

-Quizás-, murmuró Lambo haciendo en silencio sus propios planes. Una mirada cómplice de Mordekay le indicó que probablemente los dos acabasen de tener la misma idea. El Astartes sonrió dentro del burdo yelmo con forma de cabeza de perro que había pertenecido al Discípulo de Crox.

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"Orick condujo el transporte con la pericia que concede la práctica a través de los caminos que cruzaban las colinas occidentales. La mayor parte de las veces siguió la misma ruta que habíamos recorrido Lambo y yo cuando escoltábamos a Elika la Vidente el día anterior, pero evitó los accesos más estrechos tomando en su lugar desvíos más adecuados para el tamaño del vehículo en el que viajábamos. Esta vez no se produjo ningún asalto por parte de los Querubines corruptos por la Disformidad, aunque permanecimos igualmente vigilantes y con nuestras armas preparadas para usarlas sin vacilación.
El humano intentó amenizar el viaje suplicándonos que le contásemos historias de nuestros viajes a través de la galaxia. Su estúpido parloteo me cansó rápidamente, pero Mordekay y Karakos debieron encontrarlo entretenido, ya que se turnaron para hablar de Caliban y de otros planetas del Segmentum Obscurus en los que había estado el antiguo Cráneo Plateado. Ninguno de los dos tenía grandes historias que contar, aunque se las arreglaron para que un ignorante como Orick no se diese cuenta de que estaban jugando con él."

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Finalmente, el vehículo alcanzó con dificultad la cima de la última colina y desde ese lugar privilegiado pudieron contemplar el Templo de las Mentiras en todo su esplendor, así como a las criaturas de la disformidad que sobrevolaban las ruinas en pequeños grupos. Orick detuvo el vehículo sin que se lo pidiesen para que los Astartes pudiesen observar el paisaje durante todo el tiempo que deseasen.


-¿Podrías decirme qué pasó aquí?-, quiso saber Karakos después de unos segundos contemplando en silencio la llanura llena de escombros y ruinas reconstruidas en las que se asentaba el Templo de las Mentiras.

-La nave se llamaba Luz de la Ascensión-, la voz de Orick había perdido parte de su entusiasmo, adquiriendo un tono más profesional como si hubiese dado otras veces las mismas explicaciones a diferentes personas. -Era un navío imperial dañado sin remedio por las tormentas del Halo de Estrellas que se estrelló aquí, en Kymerus, hace muchos tiempo. Unos adoradores de Tzeentch descubrieron los cadáveres corrompidos de los antiguos tripulantes y erigieron un templo para honrar al Arquitecto del Destino.

-Los escombros que rodean el templo son los "jardines"-, continuó explicando el humano tras una pequeña pausa dramática. -Allí encontraréis los preservatorios, los santuarios donde los acólitos de Tzeentch guardaron los cadáveres de los antiguos tripulantes de la Luz de la Ascensión. Os aconsejo que los visitéis durante el tiempo de espera previo a vuestra audiencia con el Oráculo Mentiroso.

-¿Por qué?-, preguntó Nodius con suspicacia. -¿Qué tienen de especial?

-Son cadáveres tocados por la Disformidad. Los acólitos y demagogos dicen que un Gran Demonio de Tzeentch retorció los cuerpos para expresar un dolor y desesperación imposibles de explicar con palabras mortales.

-Entiendo-, respondió el calibanita con algo parecido al desagrado, -pero la idea no me seduce.

-Ya hemos visto bastante, Orick-, intervino Mordekay. -Llévanos al Templo de las Mentiras.

El humano obedeció sumisamente, volviendo a poner en marcha el vehículo para descender por la colina. Pronto estuvieron siguiendo un camino sin asfaltar a través de las ruinas polvorientas del antiguo navío espacial. A continuación se detuvo frente a la puerta de una verja de barras de hierro, de quince metros de altura, que estaban rematadas en púas afiladas para disuadir a los intrusos.

Seis guardias apostados allí, abrieron las puertas rápidamente para franquearles el paso sin que se lo pidieran. Su aspecto era sumamente extraño, ya que vestían extraños atuendos y sus yelmos, lisos y cristalinos, reflejaban cuanto les rodeaba. Además, estaban armados con gujas que poseían circuitos eléctricos y runas bizarras en su filo alargado, además de grandes pistolas amarradas con correas de cuero a sus caderas. Una vez que el vehículo traspasó la puerta de la verja, los guardias se apresuraron a cerrarla inmediatamente.

Por encima de sus cabezas, las criaturas de la disformidad emitían terribles aullidos bestiales y se perseguían en juego retorcidos sin reparar aparentemente en su presencia. El transporte se detuvo frente a dos gigantescas puertas dobles en el casco del Templo de las Mentiras después de recorrer dos o tres kilómetros a través de las ruinas y los escombros.

-Hemos llegado-, anunció Orick sin necesidad mientras bajaba del vehículo. -Nos veremos luego.

-¿No vienes con nosotros?-, preguntó Lambo suspicaz.

-No. Tengo que descargar todos los suministros de ahí atrás.

Los cuatro Astartes descendieron del vehículo y se acercaron despacio a las enormes puertas de acero, reforzadas con barras verticales. Incluso para ellos, el tamaño de la entrada al Templo de las Mentiras era descomunal, más propio de los hangares de un espaciopuerto o de una nave nodriza que de un templo. Mordekay y Lambo avanzaron con paso decidido mientras Nodius y Karakos mostraban más cautela, aturdidos por la fuerte presencia de la Disformidad en este lugar. Justo en ese momento, las puertas comenzaron a abrirse hacia el interior con un gran chirrido, activadas tal vez por algún mecanismo oculto a los ojos de los recién llegados.

El ruidoso sonido del metal resbalando contra el metal continuó durante unos segundos más, lo justo para revelar el acceso a un vestíbulo de gran tamaño, iluminado por lúmenes enjaulados entre barrotes de bronce que colgaban de la superficie ennegrecida del techo. En las paredes metálicas reposaban hermosas pero extrañas pinturas y esculturas de aspecto muy dispar, que parecían conmemorar de algún modo las gloriosas gestas de los grandes personajes retratadas en ellas. Cuatro personas, ataviadas con humildes túnicas grises, aguardaban pacientemente en la sala para darles la bienvenida al interior del Templo de las Mentiras. Los figuras blindadas de los Astartes entraron despacio en el interior encabezadas por Mordekay.

-Bienvenidos al Templo de las Mentiras, ilustres invitados del Oráculo Mentiroso Renkard Copax-, los recibió un hombre de figura obesa, rostro ovalado y pelo corto y sucio. -Os alegrará saber que nuestro amo ha dispuesto que tengáis acceso a las bibliotecas y sus conocimientos prohibidos mientras él última personalmente los preparativos para vuestra audiencia. Mis compañeros y yo tenemos el honor de actuar como guías personales durante esta parte de vuestra visita.

-¿Cuánto tiempo tardará?-, quiso saber Nodius de pronto.

-¿Disculpa, ilustre invitado?

-He pregunto cuánto tiempo tendremos que esperar para reunirnos con el Oráculo Mentiroso.

-No puedo saberlo con seguridad, señor. La tradición del templo manda que los invitados deban pasar al menos unas horas en las dependencias del templo antes de la audiencia.

-Nosotros no somos invitados normales-,espetó Lambo, -y hacernos esperar es una grave ofensa.

-Aun así...-, su voz se quebró de miedo ante la amenaza y dio un paso vacilante hacia sus compañeros, que estaban tanto o más asustados que él.

-¿Qué tramáis? ¿Por qué queréis separarnos?

-No te lo tomes como algo personal, Lambo-, intervino Karakos tratando de apaciguar los ánimos. -Tenemos una oportunidad única para echar un vistazo y quien sabe, tal vez podamos encontrar cosas interesantes.

-Tiene razón-, sentenció Mordekay tras unos segundos, más que elocuentes, de reflexión silenciosa. -Respetaremos las tradiciones locales siempre y cuando no amenacen nuestra propia seguridad. Llevadnos a las bibliotecas.

Los sirvientes abrieron una puerta y comenzaron a caminar por el pasillo al que conducía. Mordekay miró a sus camaradas de armas y les hizo un gesto con la cabeza para que siguiesen a los humanos. En ese momento, todos sintieron un fuerte ruido a sus espaldas. Karakos fue el único que se volvió para echar un último vistazo a las puertas de la entrada. Las vio cerrarse lentamente, del mismo modo en que lo harían las fauces de una bestia de tamaño inimaginable. Maldiciendo en silencio su portentosa imaginación, el antiguo Cráneo Plateado se adentró en el pasillo decidido a desvelar los misterios que habían ensombrecido su alma desde que el mismo momento en que sus inocentes manos sostuvieron por primera vez aquella copia incompleta del Libro de Lorgar.

martes, 25 de marzo de 2014

BC 10: EL DISCÍPULO DE CROX


"Volvimos a reunirnos cuando el patético sol de Kymerus se escondió tras el horizonte, abandonando los yermos sin vida a la oscuridad de la noche y provocando que la temperatura exterior cayese por debajo de cero. Los cansados habitantes de Cuerpo Putrefacto no nos causaron problemas, sino que se encerraron rápidamente en sus ruinosas viviendas; de hecho, tan solo unos pocos se acercaron a la barcaza de Theon para emborracharse con su licor casero.
Mientras esas ratas miserables se ahogaban en alcohol en el piso inferior, nosotros compartimos los decepcionantes retales de información que habíamos averiguando. Fue entonces cuando el sargento Mordekay me reveló la existencia de los cuernos que habían brotado de mi cabeza. Al igual que Lambo, me resistí a creerle, por supuesto, pero un rápido interrogatorio a algunos de los humanos del piso inferior nos obligó a darnos cuenta de que estábamos equivocados.
No obstante, la revelación tuvo el mismo efecto que si alguien hubiese retirado una venda de mis ojos, ya que ahora sí podía entrever sus formas dobladas y puntiagudas en los extremos. ¿Y cuál fue mi reacción? Una mezcla de curiosidad morbosa y aceptación pragmática. Incluso ahora cuando escribo estas palabras, me resulta extraordinariamente difícil explicar con palabras la sensación instintiva de alivio que sentí.
Tan intensos fueron los oscuros pensamientos que me dominaron en esos momentos, que me pasé las siguientes horas contemplando embelesado esas dos siniestras proyecciones óseas, al igual que las adaptaciones inexplicables que había sufrido mi yelmo para darles cabida. Asimismo, no podía evitar preguntarme qué otros regalos podría haber depositado la Disformidad en nuestros cuerpos sin que todavía fuésemos conscientes de su existencia.
Mientras estaba completamente sumergido en estos lúgubres pensamientos, los demás discutían a cerca de la conveniencia de hacer guardias durante la noche. Gracias al implante del Nodo Catalepsiano, los Astartes no necesitábamos dormir del mismo modo que un hombre normal y estaba claro que los patéticos habitantes de Cuerpo Putrefacto no eran una verdadera amenaza para cualquiera de nosotros, pero el sargento Mordekay insistió en que debíamos mantener la disciplina militar para sobrevivir en un lugar como se imaginaba que debía ser el Vórtice de los Gritos.
El primer turno de guardia lo hicimos Karakos y yo. Afortunadamente para ambos, el clamor procedente del piso inferior fue descendiendo por sí sólo paulatinamente, a medida que los borrachos regresaban a sus respectivas viviendas. Era una buena noticia, ya que sus gritos estridentes estaban crispando mis nervios.
Nuestro turno de guardia terminó a medianoche, cuando recibimos la visita de varios jóvenes de la familia Guantequemado que trajeron consigo el generador de la servoarmadura que Lambo les había confiado. A partir de ese momento, Mordekay y él se ocuparon de la vigilancia durante lo que quedaba de noche."

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-¡Soy el Discípulo de Crox!-, gritó de repente una voz profunda en el exterior. -¿Quién desafiará a un Campeón del Señor de los Cráneos?

Lambo corrió hacia un ventanuco desde el que se podía observar el exterior, mientras que Mordekay se dirigió hacia la puerta para asegurarse que no había nadie al otro lado. En una de las esquinas de la habitación, Karakos apartó a un lado el Libro de Lorgar que había estado releyendo desde el final de su guardia y desenfundó la espada de energía de su vaina.

-¿Cuántos enemigos ves?-, quiso saber Nodius mientras se incorporaba de su lecho sosteniendo la pistola bólter con mano firme.

-Solo uno-, respondió Lambo satisfecho.

-Las escaleras están despejadas-, susurró Mordekay tras abrir la única puerta de la estancia.

-¡Soy el Discípulo de Crox! ¿Quién desafiará a un Campeón del Señor de los Cráneos?-, volvió a gritar el extraño a pleno pulmón.

"Es muy alto para ser un humano", se sorprendió Lambo mientras seguía mirando por la ventana. El extraño debía medir dos metros y medio de estatura y estaba ataviado con una armadura pesada de ceramita embarrada con sangre y polvo. Un yelmo con la burda forma de un perro protegía su rostro. Lambo sonrió para sus adentros al reparar en la mortífera hacha sierra que sostenía en sus manos. "Un reto, por fin", agradeció en silencio.

-Ayudadme a ponerme mi armadura. ¡Rápido!

Mordekay y Karakos hicieron lo que les pedía adivinando fácilmente sus intenciones y colocaron con cuidado los conectores y las protecciones tan rápido como pudieron. Por su parte, Nodius bajó sigiloso los peldaños de las escaleras para comprobar que no hubiese enemigos ocultos en el piso inferior, pero allí sólo estaba Theon, temblando como un animal asustado al otro lado de la chatarra que hacía de barra en su establecimiento. Moviéndose sin hacer el menor ruido a pesar de su tamaño, Nodius consiguió acercarse al joven por la espalda y apoyar el cañón de su pistola bólter sobre su cabeza.

-¿Quién es ese hombre?-, siseó en la oscuridad.

-¡El Discípulo de Crox!-, respondió atemorizado el joven dueño de la barcaza tras soltar un respingo. Su voz le temblaba como un barco presa de una fuerte tormenta y el aroma del miedo bañó rápidamente la sala.

-Dime algo que no sepa o te juro que te vuelo la cabeza ahora mismo.

-Es un guerrero vagabundo que vive en los yermos cazando animales. Siempre desafía a un duelo a todas las personas con las que se encuentra, pero si no aceptáis sus juegos os dejará en paz.

-¿Y por qué no está en los yermos?

-¡Las malditas lanzaderas! ¡Debió darse cuenta de que había forasteros por las entradas y salidas de las lanzaderas!

-¡Soy el Discípulo de Crox! ¿Quién desafiará a un Campeón del Señor de los Cráneos?-, volvió a gritar el extraño ahí fuera.

-¡Yo lo haré!-, respondió esta vez Lambo con una alegría insana, casi febril.

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El Discípulo de Crox le esperó impaciente sin tratar de ocultarse, iluminado por la tenue luz grisácea de Elorum, la única luna del planeta, que brillaba en el cielo nocturno seguida de cerca por una pequeña cola de meteoritos. A pesar de que había dejado de gritar, encendía y apagaba los dientes de su hacha sierra, provocando aullidos metálicos que resonaban espantosamente entre las ruinas que hacían las veces de viviendas en Cuerpo Putrefacto. Realmente parecía un perro rabioso a punto de saltar en cualquier momento.

Lambo salió de la barcaza de Theon aferrando su gladius en la mano diestra. Intuía que necesitaba ese duelo. Todo lo que conocía había sido destruido. Era el momento de poner a prueba una vez más sus habilidades marciales y devolverle al universo parte del sufrimiento que había soportado hasta ese momento. Sus camaradas de armas también salieron al exterior para asegurarse de que el Discípulo de Crox no contaba con la ayuda de cómplices que pudiesen intervenir para inclinar el combate a su favor.

-¡Reza tus oraciones, engendro!-, gritó saboreando el momento mientras se acercaba a su enemigo. -Esta noche vas a morir a manos de Lambo de Caliban.

-¡Tu sangre es la única ofrenda que necesito!-, ladró el Discípulo de Crox a través de su yelmo con forma de perro mientras alzaba con las dos manos su hacha sierra, cuyos afilados dientes rugían ahora sin freno.

Tal y como esperaba, el Discípulo cargó directamente contra él. Lambo saltó hacia la izquierda para evitar la feroz embestida y se puso en pie con elegancia. Sin embargo, antes de que pudiera terminar el movimiento, su enemigo detuvo su trote y lanzó un diestro barrido horizontal. Lambo lo intentó bloquear con su gladius ladeando el cuerpo, pero no pudo evitar que los dientes del hacha sierra mordiesen su servoarmadura. La sorprendente fuerza del Discípulo lo empujó hacia atrás y un repentino relámpago de dolor hizo que Lambo comprobase para su sorpresa que un pequeño rastro de sangre había aparecido a media altura del brazo izquierdo.

-¡Sangre para el Dios de la Sangre!-, gritó exultante el Discípulo de Crox, volviendo a caer sobre él entre horribles aullidos.

Lambo se concentró completamente el combate. La euforia inicial había desaparecido y su mente estaba ahora absolutamente centrada en parar y devolver la lluvia de golpes de su adversario. Para su desesperación, descubrió que se encontraba a la defensiva. Un nuevo barrido del Discípulo impactó directamente en el pecho, haciendo que saltasen chispas cuando el los dientes del hacha sierra volvieron a chocar contra las placas centrales de ceramita. Por fortuna, esta vez su servoarmadura prevaleció ante el golpe.

La fuerza del impacto hubiese dejado sin respiración a un hombre normal, pero Lambo era un Astartes y aprovechó esos segundos para responder con su gladius. Con torpeza, el Discípulo trató de apartarse sin éxito. El arma del Astartes se hundió en su muslo derecho, atravesando carne y músculo. Otra herida como esa y el Discípulo de Crox estaría acabado.

-¡Cráneos para el trono de Khorne!-, jadeó el humano retrocediendo un paso para volver a coger impulso mientras alzaba su arma.

Lambo intentó apartarse de la mortífera trayectoria del arma. No lo consiguió del todo, no fue lo suficientemente rápido. El hacha sierra pareció descender lentamente sobre él con un hambre anticipatoria. "He perdido", pensó el Astartes con incredulidad durante unos instantes. No fue consciente de que el golpe quebró su yelmo, volviéndolo inservible, pero sí de que estaba cubierto de su propia sangre. Su servoarmadura liberó automáticamente drogas estimulantes en su torrente sanguíneo, impidiendo que perdiese el conocimiento y el dolor desapareció como un mal recuerdo justo a tiempo, dado que el Discípulo de Crox estaba cogiendo impulso para intentar decapitarlo. Se apartó del golpe en el momento oportuno, por un margen de apenas unos centímetros, retrocediendo unos pasos para ganar más espacio de maniobra a la par que arrojaba al suelo el yelmo quebrado.

-¡Sangre para el Dios de la Sangre! ¡Sangre para el Dios de la Sangre!

El Astartes consiguió evitar dos barridos más. Estaba tan concentrado en el combate que no se había percatado de la mirada inquisitiva que Nodius lanzó en silencio a Mordekay mientras comenzaba a alzar su pistola bólter para disparar por la espalda al Discípulo de Crox. Tampoco había visto a Mordekay deteniendo a su hermano con un gesto negativo con la cabeza. Estaba demasiado concentrado para fijarse en todo lo que no fuera la peligrosa estrategia de la que dependía su vida en esos momentos.

Cediendo terreno, permitió que el Discípulo de Crox lo fuese arrinconando. Fingió que sus respuestas se volvían torpes y lentas. Eso envalentonó a su enemigo, tal y como esperaba, que volvió a precipitarse sobre él como una fiera hambrienta. Su falta de disciplina era la única ventaja con la que contaba Lambo.

-¡Sangre para el Dios de la Sangre! ¡Cráneos para el trono de Khorne!

Un fuerte barrido estuvo a punto de llevárselo por delante. Lambo se lanzó hacia delante, sabedor de que no tendría más oportunidades. Clavó el gladius en el pecho derecho del Discípulo, sintiendo una enorme satisfacción cuando escuchó el crujido de la armadura enemiga rota y la sensación blanda que encontró debajo. El hombre retrocedió tambaleándose y arrastrando el hacha, mientras su sangre se derramaba sin control por su pecho. Lambo lo siguió con paso resuelto a pesar de la gravedad de sus propias heridas.

El Discípulo arriesgó un nuevo golpe, que pasó muy lejos de su objetivo. El calibanita aguardó a que el arma pasase de largo antes de lanzar otra estocada. El gladius se clavó en el brazo derecho del hombre, sin llegar a profundizar lo suficiente para cortárselo. El Discípulo lo empujó antes de alzar de nuevo su arma. El movimiento fue demasiado lento. La perdida de sangre lo estaba debilitando.

Lambo no sufría un defecto tan mundano porque las plaquetas sanguíneas de su cuerpo Astartes habían comenzado a cerrar poco a poco las heridas sufridas y las drogas estimulantes todavía seguían inundando su cuerpo sobrehumano. Reuniendo las últimas fuerzas que le quedaban, arrojó una nueva acometida al cuello desprotegido su enemigo. El golpe fue mortal. El Discípulo se tensó como un títere al que tirasen con fuerza de sus hilos y a continuación tembló sin control mientras la vida se le escapaba del cuerpo en cuestión de segundos.

Jadeando con esfuerzo, el Astartes se inclinó para arrebatarle el yelmo con forma de perro y contemplar el rostro barbudo y lleno de cicatrices que había debajo. A continuación usó el gladius para decapitarlo con dos diestros tajos y, cogiéndolo por el pelo, lanzó su cabeza bien lejos para que la devorasen las alimañas que poblaban ese planeta.

-¿Quién más quiere enfrentarse conmigo?-, gritó a la noche liberando toda la rabia y la impotencia que le quedaban en su interior. -¿Quién quiere enfrentarse conmigo?

Ninguno de los asustados habitantes de Cuerpo Putrefacto se atrevió a responder, sino que volvieron a meterse en sus ruinosas viviendas atrancando en silencio todas las puertas y ventanas. Lambo recogió entonces el yelmo del Discípulo de Crox y comprobó si podría utilizarlo. Le quedaba justo, cierto, pero podía servirle hasta que consiguiese uno mejor. A continuación hizo lo mismo con el hacha sierra del caído. Una vez que estuvo satisfecho, entró de nuevo en la barcaza de Theon, tambaleándose, sin aceptar la ayuda de ninguno de sus hermanos.

-.-

"El duelo que acabábamos de presenciar nos había sorprendido considerablemente. ¿Cómo esperar que un simple humano pudiese hacer frente, y casi derrotar, a un guerrero Astartes de la talla de Lambo? Creo que las evidentes implicaciones de ese hecho no nos pasaron desapercibidas a ninguno de nosotros, aunque no llegamos a expresarlas en voz alta. Estaba claro que la Disformidad había fortalecido el cuerpo del humano, exagerando extraordinariamente su fuerza y resistencia hasta límites casi imposibles.
Interrogando con más calma a Theon, pudimos averiguar que Crox, el maestro del guerrero con el que se había enfrentado Lambo, era un poderoso paladín del dios Khorne que lideraba su propia partida de guerra en el Vórtice de los Gritos. Había visitado el Templo de las Mentiras tres años antes para entrevistarse con el Oráculo Mentiroso. Ya fuese por descuido o un acto intencionado, lo cierto es que su Discípulo quedó abandonado desde entonces en Kymerus, de donde no supo, o no quiso, escapar.
Ante nuestras insistentes preguntas acerca de Khorne, Theon sólo pudo contestarnos que era el siniestro dios de la sangre, los cráneos, las matanzas y la guerra. Solían adorarlo todo tipo de piratas, soldados y asesinos, que gritaban su nombre antes de cada batalla para intentar llamar su atención y conseguir su favor. En este punto, Karakos nos confirmó que el joven estaba siendo sincero, porque el Libro de Lorgar describía al Dios de la sangre en términos similares.
Satisfechos con sus explicaciones, regresamos al piso superior y continuamos haciendo guardia hasta que la noche terminó con el ascenso de luces de color verde pálido en el horizonte. No volvimos a ser interrumpidos en ningún momento, salvo por los aterrados jóvenes Guantequemado, que nos devolvieron el generador de mi servoarmadura. Tan sólo faltaba el de Mordekay.
Una hora y media después del amanecer, la temperatura exterior había subido hasta alcanzar los diez grados aproximadamente. Un poco más tarde, divisamos un lento vehículo de orugas acercándose a Cuerpo Putrefacto. Tenía el tamaño de un transporte industrial, como los que habíamos visto cientos de veces en las fábricas de Caliban, con el espacio de carga abierto al exterior, y un solo hombre controlando los mandos. Mordekay nos pidió a Lambo y a mí que fuésemos a la vivienda de los Guantequemado y recuperásemos su generador, estuviese recargado o no. Desde ese momento, teníamos que estar preparados para afrontar cualquier amenaza."

viernes, 21 de marzo de 2014

BC 9: CUERPO PUTREFACTO


-Una historia interesante-, reconoció Nodius sin mucho entusiasmo una vez que el ex Cráneo Plateado hubo terminado de hablar.

-Así es-, asintió Mordekay. -De hecho, ha reforzado mi intención de hacerte una propuesta, Karakos.

-¿Y cuál es?-, preguntó el aludido con manifiesta curiosidad.

-Ocurra lo que ocurra mañana en el Templo de las Mentiras, necesitarás formar parte de un grupo poderoso para sobrevivir en este Vórtice de los Gritos habitado por piratas y herejes, como has dicho antes. Nosotros te ofrecemos un puesto en nuestra escuadra, con todos los honores, derechos y deberes que ello implica. Te prometo que reconstruiremos nuestras fuerzas y nos cobraremos justa venganza sobre el maldito Imperio. ¿Quieres ser nuestro hermano de armas, Karakos?

-Lo lamento-, respondió tras unos largos segundos de larga reflexión silenciosa, -pero acabo de recuperar mi libertad y no me agrada la idea de perderla ingenuamente. No obstante, es obvio que compartimos muchos intereses comunes. Por ello te pido más tiempo para conoceros mejor y reflexionar acerca de las ventajas de tu propuesta.

-No hace falta que seas diplomático conmigo. Tómate el tiempo que necesites-, concedió el sargento con gesto huraño. A continuación Mordekay se dirigió a los demás. -Debemos aprovechar bien el tiempo que nos queda. Nuestra mayor prioridad es conseguir energía para recargar nuestras servoarmaduras. Este asentamiento debe tener algún tipo de generador o planta energética que suministre electricidad a la red local. También deberíamos obtener toda la información que podamos sobre el Templo de las Mentiras, Cuerpo Putrefacto y el resto del planeta.

-Es una población pequeña-, murmuró Nodius. -No deberíamos tardar mucho tiempo en dar con el generador.

-¿Nos agrupamos por parejas?-, preguntó Lambo dubitativo.

-Sería lo más conveniente-, reconoció Mordekay. -¿Quieres ayudarnos, Karakos?

-Será un placer-, asintió él. -No necesito recargar mi servoarmadura pero estaré encantado de poder ayudar de todos modos.

-Entonces decidido. Lambo y Nodius buscarán el generador, mientras tanto Karakos y yo sondearemos a los lugareños.

-.-

Tal y como habían supuesto, no tardaron mucho tiempo en dar con la estructura que proporcionaba energía a todo Cuerpo Putrefacto. Sólo que tuvieron que seguir los cables que conectaban los edificios y ruinas habitadas hasta llegar a un pequeño armazón cilíndrico con numerosos remaches, una sola apertura por puerta y una maraña de cables negros que salían desde su techo extendiéndose al resto los edificios en ruinas del asentamiento como una siniestra telaraña de la que a veces saltaban peligrosas chispas sin previo aviso. Los Astartes pudieron percibir con claridad los zumbidos sordos producidos por los espíritus máquina de la planta energética incluso desde el exterior del edificio.

Un niño de unos seis u ocho años y tez oscura se entretenía junto a la puerta desmontando un aparato mecánico, pero cuando los vio acercarse dejó inmediatamente lo que estaba haciendo y corrió hacia el interior del edificio con la cara dominada por el más absoluto temor. Seguido de cerca por Nodius, Lambo entró en el edificio sin pedir permiso. El interior de la estructura parecía un vertedero, lleno de chatarra inútil, vigas metálicas y trozos de plástico. Un sólido pilar circular de metal unía el techo con el suelo, adentrándose en sus profundidades. Los ocupantes del edificio retrocedieron temerosos al verlo cruzar la entrada.

-¿Quién es vuestro líder?-, preguntó Lambo decepcionado al no encontrar ningún generador a la vista.

-Yo-, respondió una voz entre la multitud. Era un hombre de unos cincuenta años, un verdadero anciano entre las gentes de Cuerpo Putrefacto. Tenía una larga melena blanca y una barba recortada del mismo color, ojos oscuros, nariz aguileña y vestía un mono de trabajo que había recibido demasiados remiendos improvisados como para identificar su procedencia. Un cinturón de herramientas colgaba pesadamente de su delgada cintura, obligándole a caminar con dificultad.

-¿Cómo te llamas?

-Torak Guantequemado-, respondió el anciano con voz ronca y temblorosa. -Por favor, no nos haga daño. Haremos lo que quiera.

-Te doy mi palabra de que nadie saldrá perjudicado si colaboráis conmigo, Torak. Dime, ¿cómo obtenéis la electricidad?

-Del espíritu máquina que hay bajo este edificio. Mi familia lo ha servido durante siglos, realizando los ritos sagrados cuando es necesario.

-¿Y quién os enseñó esos ritos?-, quiso saber Nodius, al entrar en la estructura.

-Un sacerdote de metal que fue invitado al Templo de las Mentiras por aquel entonces. Fue él quien abrió la tierra para que acogiese al espíritu máquina y fue él quien enseñó a la familia Guantequemado los misterios que agradan al espíritu.

-¿Un sacerdote de metal?-, repitió Lambo. -¿Te refieres a un tecnosacerdote del Adeptus Mechanicus?

-No lo sé, terrible gigante-, respondió el anciano. -Nuestras historias simplemente lo llaman sacerdote de metal.

-No perdamos el tiempo con supersticiones-, sentenció Nodius tajante. -Muéstranos la entrada al espíritu máquina.

-No puedo hacer eso-, respondió Torak con tono lastimero. -El sacerdote de metal no dejó puerta alguna para que el espíritu no fuese profanado, sólo runas e instrumentos. Digo la verdad. ¡Lo juro!

-Te creo-, respondió Lambo. Se quitó el yelmo para que el anciano y todos los presentes pudiesen ver su fiero rostro antes de seguir hablando. -Nuestras servoarmaduras necesitan energía. ¿Puedes recargar sus generadores?

-No lo sé... puedo intentarlo. ¿Son estos dos?

-Estos dos y otro más-, aclaró él. -Los tres tienen que estar operativos mañana a primera hora de la mañana.

-Eso es imposible-, volvió a lamentarse el anciano. -No puedo alimentar los generadores de vuestras armaduras al mismo tiempo sin enfurecer al espíritu máquina y ponerlos en peligro. Últimamente está muy irascible y furioso. Tendremos que nutrirlos de uno en uno realizando con cuidado cada una de las plegarias.

-Muy bien. Alimenta primero el mía hasta la mitad de su capacidad. Cuando esté listo, haz que lo lleven a la barcaza de Theon. Luego ocúpate de los demás en el orden que prefieras. Y otra cosa...

-¿Sí?

-No nos traiciones. Soy muy peligroso cuando me enfurecen. ¿Lo has entendido bien, Torak?

-Sí, sí-, asintió rápidamente el anciano. -Os juro que os devolveremos vuestros generadores sin desperfectos ni daño alguno.

-Eso espero.

-Acabemos con esto cuanto antes, hermano-, murmuró Nodius deseando salir de la sala. -Te ayudaré a quitarte tu servoarmadura.

-.-

Mordekay y Karakos dieron una vuelta rápida para inspeccionar el asentamiento. Sus impresiones iniciales se vieron confirmadas casi inmediatamente. El estado calamitoso de las viviendas explicaba mejor que las palabras las duras condiciones de vida de los habitantes de Pueblo Putrefacto, pero lo que más les llamó la atención fue la total falta de defensas organizadas para protegerse de incursiones y saqueos por parte de piratas y otros grupos igual de peligrosos. Tampoco había armerías, establecimientos comerciales, calzadas ni edificios de gobierno. "¿Qué clase de lugar es este?", se preguntó a sí mismo el último sargento de la Escuadra Laquesis.

Por fortuna, pudo aprovechar el paseo de reconocimiento para responder las preguntas de Karakos, informándole de los sucesos que habían ocurrido en Caliban, la traición de Lion El'Johnson, el bombardeo del monasterio fortaleza de Osul, su viaje forzoso a través de las corrientes de la Disformidad y finalmente la invitación del Oráculo Mentiroso que le entregó en persona el demagogo Tristam Denieri. Karakos escuchó maravillado todo lo que le contó, interrumpiéndole únicamente para hacerle unas pocas preguntas en asuntos que el calibanita había dado por sentado.

-Es una historia asombrosa-, reconoció el psíquico claramente impresionado. -¿Crees que fue esa estancia milenaria en las profundidades de la Disformidad la que provocó que brotasen los cuernos de la cabeza de Nodius?

-¿De qué hablas?-, preguntó Mordekay sorprendido y deteniéndose de golpe. -Nodius no tiene cuernos.

-Sí, sí los tiene. Te lo aseguro.

-¿Y por qué no los hemos visto ni Lambo ni yo?-, preguntó mirando fijamente a los ojos de su interlocutor.

-Tal vez os neguéis a verlos, aunque son bien visibles. Quizás vuestras mentes todavía no se han serenado del todo de vuestra estancia en la Disformidad. Sea cual sea la causa, yo puedo verlos sin recurrir a mis poderes psíquicos y apostaría a que también pueden verlos los habitantes de Cuerpo Putrefacto.

-Lo que dices es muy preocupante-, murmuró Mordekay visiblemente alarmado al tiempo que volvía a caminar mirando al frente, -pero ahora debemos reunir información. Luego averiguaremos si lo de Nodius es cierto. Llegado el caso, déjamelo a mí. Yo me encargaré de decírselo.

Su paseo les llevó al espaciopuerto, donde pudieron contemplar con sus propios ojos que el estado de las instalaciones eran tan ruinoso como les habían descrito Lambo y Nodius. Hangares vacíos, dispositivos estropeados y unas pocas personas realizando labores de mantenimiento que difícilmente podían contribuir a las reparaciones que necesitaba el espaciopuerto con tanta urgencia. Mordekay decidió no perder más tiempo y se acercó a uno de los trabajadores, un hombre de mediana edad, más bajo y delgado de lo normal, con la piel extremadamente pálida y un ojo de color azul cielo y el otro rosa aguado.

-Necesito que respondas a unas preguntas-, le dijo acercándose más de lo necesario para intimidar todavía más al hombre. -¿Dónde está todo el mundo?

-Trabajando en las minas del norte, terrible guerrero.

-¿Minas? ¿Qué sacáis de esta tierra polvorienta?

-Cobre rojo y otras rocas que no sé cómo se llaman.

-¿Y qué hacéis luego con los minerales? No he visto fundiciones ni forjas.

-Lo traemos aquí y los dejamos en los hangares para comerciar con los viajeros que vienen a Kymerus.

-Eso es interesante ¿Qué productos os entregan a cambio?-, quiso saber Karakos, uniéndose al interrogatorio.

-Agua y comida, sobre todo. A veces también nos traen alcohol, herramientas, armas, ropas casi nuevas y esclavos, pero los esclavos son muy caros y pocas veces podemos comprarlos.

-No entiendo por qué los piratas simplemente no os quitan todo lo que tenéis-, reconoció el calibanita. -No tenéis defensas y vuestras armas son endebles. ¿Por qué no os atacan?

-Porque Cuerpo Putrefacto está protegido por el Templo de las Mentiras. Nadie se atrevería a hacer enfadar al Oráculo Mentiroso. Él nos protege...es muy poderoso... y tan sólo nos pide que le demos la mayor parte de lo que conseguimos comerciando... y a veces también nos ordena que le entreguemos a varios de los nuestros cuando necesita hacer sacrificios.

-Cuerpo Putrefacto y el Templo de las Mentiras, ¿son los únicos asentamientos humanos del planeta?

-Sí, sí. Dices bien. En el resto de Kymerus sólo hay desiertos vacíos.

-¿Puedes contarnos cómo es el interior del Templo de las Mentiras?-, quiso saber Karakos.

-Nunca he estado allí, poderoso guerrero, pero todo el mundo sabe que se parece al vientre de una nave espacial, aunque está lleno de libros y de cosas todavía más extrañas y terribles... hay muchos fantasmas y demonios recorriendo sus oscuros pasillos.

-Entiendo-, asintió Karakos siguiéndole la corriente al lugareño.

-Y además del Oráculo Mentiroso, ¿quién manda en Cuerpo Putrefacto cuando tenéis que tomar alguna decisión?

-Las familias. Las familias se reúnen y los viejos hablan y hablan. No suele haber peleas, aunque a veces son cosas que pasan. Recuerdo que una vez...

-Ya nos hacemos una idea-, lo interrumpió Mordekay perdiendo lo poco que le quedaba de paciencia al darse cuenta de que las pesquisas no iban a salir de la forma que él había esperado en un principio. -Gracias por tu ayuda.

Los dos Astartes salieron del espaciopuerto en silencio. En el exterior, el cielo anaranjado había dado paso a un azul polvoriento y oscuro, que indicaba la proximidad del atardecer. A lo lejos, también pudieron ver una fila silenciosa de hombres y mujeres que venían del norte arrastrando sacos repletos de piedras minerales y metales en bruto. Debía haber más de un centenar de personas de todas las edades, con sus ropas polvorientas, caras sucias y gestos cansados. Los habitantes de Cuerpo Putrefacto estaban regresando a casa.