martes, 25 de febrero de 2014

BC 3: CALIBAN


El prisionero echó una última mirada desconfiada a la oscura entrada del pasillo. La única iluminación la proporcionaba un lumen rojizo que parpadeaba a intervalos regulares. Gruesas tuberías recorrían la pared de izquierda a derecha y gran parte del techo, llevando las sustancias que nutrirían al espíritu-máquina que gobernaba en esa parte de la nave espacial. La única puerta de acceso se veía borrosa debido a las constantes nubes de vapor caliente, que despedían grietas minúsculas en la superficie de las tuberías.

Era una ratonera, lo sabía muy bien, pero necesitaba un lugar seguro donde poder leer el libro que le había dado Nodius y planear su siguiente movimiento. Esperaba que sus captores no advirtiesen de momento su ausencia en la celda donde lo habían confinado y que, una vez que lo hicieran, no se les ocurriese buscar en aquel lugar, tan cerca de la sala de máquinas y de las entrañas de la nave espacial. Probablemente no. Probablemente lo buscarían al principio en las cubiertas superiores, o en las escotillas de entrada y salida, o incluso en las bodegas. Eso le daba cierto margen de tiempo. Al menos, eso es lo que esperaba.

A decir verdad, le hubiera gustado esconderse en las profundidades de la misma sala de máquinas, pero había descubierto, para su gran desazón, que esa sección estaba completamente sellada, a excepción de una única mampara de acceso con señales pintadas en su superficie metálica que prevenían contra algo llamado "fuego invisible". El prisionero ignoraba el significado exacto de esas palabras, pero decidió tomárselas con la mayor seriedad. No obstante, si volvía simplemente sobre sus pasos, se arriesgaría a ser descubierto por los tripulantes de la nave, por lo que había optado por buscar refugio en uno de los pasillos auxiliares dentro de la zona "segura".

Apoyando la espalda contra la pared, se dejó caer con cansancio hasta quedar sentado en el suelo, dejando el libro a su lado. Con ciertas dudas, alzó torpemente sus manos y sus dedos recorrieron despacio el cuero cabelludo. Pronto encontró lo que buscaba. Dos cicatrices de cuatro dedos de longitud que recorrían el lado izquierdo de su cráneo formando líneas paralelas y ligeramente combadas. Una tercera marca, más ancha que larga, cortaba ambas en el extremo más corto. Nodius le había dicho la verdad, al menos en ese aspecto.

Dejó que las manos cayesen sobre sus piernas y cerró los ojos. Sus dos corazones latían demasiado rápido. "¿Qué me han hecho?", se preguntó inútilmente. No obtuvo ninguna respuesta. No había conseguido ninguna las otras cien veces que lo había intentado. "¿Soy Quintus?", preguntó a las tuberías en voz baja. Tampoco así obtuvo respuestas. Con gran esfuerzo, el prisionero intentó tranquilizarse. La angustia sería mala consejera en una situación tan precaria como la suya. Poco a poco, logró moderar el ritmo de su respiración, ralentizando al mismo tiempo el poderoso batir de sus dos corazones.

Cuando se encontró mejor, abrió los ojos de nuevo y miró con suspicacia las tapas metálicas del libro que reposaba a su lado. Aunque nunca lo reconocería, ni siquiera a sí mismo, temía abrirlo y sumergirse en los dementes relatos de sus páginas."¿Podré hacerlo?", se preguntó tembloroso. Extendió su mano hacia él, pero la apartó sintiendo una repulsión inexplicable. El prisionero cerró los ojos de nuevo.

"Puedo hacerlo. Soy un Astartes, soy un Astartes", susurró a nadie en particular. Las palabras fueron lo bastante sólidas como para proporcionarle un asidero en la tormenta interior que agitaba sus sentimientos. "Soy un Astartes, soy un Astartes", repitió una y otra vez. Perdió la cuenta de cuántas veces más repitió aquellas mismas palabras, pero aquel mantra salvador resonó en lo más profundo de su ser. El prisionero sintió una sensación extraña, una añoranza por algo perdido que lo llenó de amargura y rabia. Con último suspiro, cogió el libro como si se tratase de una serpiente venenosa y lo abrió por la primera página, obligándose a ignorar la suavidad de la piel que servía de soporte al escrito de Nodius para descubrir la verdad:

"Una única palabra ha modelado nuestras vidas como el alfarero modela la arcilla fresca con sus expertas manos: Caliban. Ese es el funesto nombre que forjó nuestra suerte y nuestro destino. Caliban. Nunca podremos escapar de su alargada sombra. Nunca.
En algún momento de la Larga Noche, nuestros antepasados, los primeros colonos, llegaron a Caliban para fundar su propia utopía. No obstante, sus sueños se convirtieron en pesadillas cuando descubrieron que el boscoso planeta estaba infestado de peligrosos depredadores y horribles monstruos. Después de las primeras semanas, ya sólo quedaron las personas más fuertes, resistentes y capaces para prosperar en un entorno tan hostil para la vida humana.
No obstante, nuestros antepasados aprendieron a adaptarse, creando pequeños asentamientos y fortalezas por todo el planeta, aunque por el camino perdieron la mayor parte de sus valiosos conocimientos tecnológicos. Su sociedad involucionó en el proceso, dividiendo a la población entre campesinos y nobles guerreros que trataban de proteger a sus vasallos de las grandes bestias que acechaban en las sombras de nuestro mundo.
Con el tiempo, los nobles formaron a su vez órdenes de caballería amparadas en elevados ideales, que organizaban cacerías para batir los bosques y perseguían a monstruos que asolaban regiones enteras. Las órdenes también crearon sus propias fortalezas monasterio, donde descansaban sus guerreros y donde suplicantes y aspirantes se entrenaban sin descanso hasta el soñado día en que ellos mismos pudiesen ser nombrados caballeros.
Aunque existían infinitud de pequeñas creencias y supersticiones locales, nunca se desarrolló una religión dominante y organizada. Por un lado, el pueblo llano tenía fuertes creencias animistas, creyendo que los bosques estaban poblados por diversos espíritus menores, como los Vigilantes, que podían interferir de mil maneras en la vida diaria. De hecho, se decía que los únicos fanáticos que existían en aquellos días era un pequeño grupo de personas que sostenían que el inframundo consistía en un enorme laberinto que debían sortear las almas de los difuntos antes de poder reencarnarse de nuevo. Por su parte, las órdenes de caballería mantenían mantenían creencias más seculares y agnósticas, enfrentadas completamente a las creencias populares.
En aquellos tiempos, Terra tan sólo era un mito, un recuerdo fantasmal en nuestra inocente memoria, que hacía la vaga promesa de que, algún día, nos reuniríamos de nuevo con nuestros hermanos perdidos. Y así continuó inalterablemente la vida en Caliban durante incontables generaciones."

El prisionero hizo una pausa en su lectura. El relato no había despertado en él ningún recuerdo ni sensación familiar que le ayudase a descubrir su pasado. Frustrado, cerró los ojos, intentando imaginarse un mundo tan aterrador como el Caliban que describía Nodius: los interminables bosques sombríos, las pequeñas aldeas, la constante lucha por la supervivencia, los caballeros que arriesgaban sus vidas por el honor y la gloria de dar caza a las horribles bestias que se escondían en la oscuridad...


Su espíritu atormentado pudo imaginarse con facilidad lo que se le pedía. Abrió los ojos de nuevo y volvió a concentrarse en la lectura al amparo de la luz rojiza del único lumen del pasillo. En las siguientes líneas, Nodius ofrecía una descripción pormenorizada de la geografía de Caliban y de asentamientos humanos más importantes en aquellos difíciles tiempos. El prisionero no perdió su valioso tiempo con esos datos de interés puramente erudito y pasó de largo las hojas hasta que encontró una serie de párrafos que llamaron su atención.

"Tres sucesos cambiarían esto para siempre. El primero fue la fundación de una nueva y polémica orden de caballería, que se hacía llamar simplemente la Orden. Sus miembros creían que todos los hombres habían nacido iguales, por lo que reclutaban nuevos suplicantes y aspirantes en todos los estratos de la sociedad. Sus ideales despertaron animadversión y recelos, que acabaron culminando en una guerra abierta cuando los tradicionalistas entre los Caballeros del Cáliz Escarlata asediaron la fortaleza monasterio de la Orden en la montaña de Aldurukh, la Roca de la Eternidad. Aquel fue un suceso clave en las futuras tragedias, ya que la Orden consiguió romper el sitio y perseguir a los Caballeros del Cáliz Escarlata hasta exterminar hasta el último de ellos. A partir de ese momento, la Orden se convirtió en uno de los grupos de caballería mejor considerados y más poderosos de todo Caliban.
El segundo suceso fue la aparición de las dos figuras más importantes de la historia de Caliban en el mismo periodo cronológico. Una de ellas era Luther, el caballero más sabio, carismático y noble que hubiese engendrado la Orden. Todos sus camaradas de armas lo describían como un líder fuerte y capaz, un orador talentoso y un hombre con una visión extraordinaria. Todos sus maestros lo consideraban un gran héroe que algún día lograría alzarse con el título de Supremo Gran Maestre.
La historia de las gentes de Caliban hubiese sido bien diferente si Luther hubiese alcanzado tan noble destino, pero la suerte quiso que este noble caballero descubriese, durante una cacería, a un joven salvaje que vivía como un animal en los peligrosos bosques del norte. Se decía que era hermoso y fuerte, casi perfecto, aunque estuviese sucio y cubierto de barro. Tenía una larga melena  enmarañada y apelmazada, y unos ojos profundos que brillaban con una aguda inteligencia, aunque no pudiese pronunciar ninguna palabra. Nadie pudo explicarse cómo había lograr sobrevivir tanto tiempo abandonado simplemente a sus propios medios. Los caballeros de la Orden acordaron llamarlo Lion El'Johnson, León el Hijo del Bosque, y se lo llevaron con ellos de vuelta a la civilización, para que pudiese convivir con sus semejantes.
La noticia del descubrimiento causó una gran impresión entre las gentes. Mayor asombró aún provocaron los logros del propio Lion. En cuestión de días, asimiló las costumbres y el lenguaje humano. En unos pocos meses, su inteligencia era comparable a la de nuestros mejores sabios. Su cuerpo se desarrolló a la par que su inteligencia, hasta superar en tamaño y fuerza a los hombres más altos del planeta. También dominó las técnicas de combate y las prácticas de la caballería, consiguiendo ingresar  sin esfuerzo aparente en la Orden, donde ascendió rápidamente de rango. A pesar de que había eclipsado por completo sus propios logros, Luther y él trabaron una amistad insuperable, y sus hazañas combinadas inspiraron a cientos de jóvenes para unirse a la Orden, hasta el punto de que tuvieron que construirse nuevas fortalezas monasterio por todo el planeta.
Fue en este momento cuando Luther y Lion El'Johnson concibieron un plan tan osado como no se había visto nunca en Caliban. Tanto ellos como sus seguidores presionaron para iniciar una campaña sistemática con el fin de exterminar, región por región, a todas las bestias del planeta. Los hombres habían nacido para dominar la naturaleza, decían, no para esconderse de ella. Mientras Luther lograba el apoyo de otras órdenes de caballería, Lion planeaba cada una de las fases de la campaña. Fue así como empezó la gran cruzada contra las grandes bestias. Las cuidadosas planificaciones de estos dos líderes sugerían que podía lograrse semejante hazaña en un margen razonable de seis años, pero al final se necesitaron más de diez para superar todas las dificultades que se interpusieron en su camino.
Incontables caballeros murieron para alcanzar tan noble objetivo, hasta que sólo quedaron grandes bestias en los Bosques del Norte, en los territorios tradicionales de la orden de los Caballeros del Lobo, opuestos fanáticamente a la idea misma de la cruzada contra las grandes bestias. La guerra entre las dos órdenes fue, por tanto, inevitable. Finalmente, la Orden asedió y conquistó la última fortaleza de los Caballeros del Lobo, masacrando a todos sus miembros. A continuación, batieron los Bosques del Norte y exterminaron hasta la última de las grandes bestias. La campaña había sido larga y adversa, pero el triunfo de la Orden trajo consigo promesas de una nueva edad de oro para todos los habitantes de Caliban.
Las ambiciones de Lion El'Johnson se vieron recompensadas cuando los grandes maestres de la Orden le concedieron el título de Supremo Gran Maestre, confiriéndole un poder político y militar nunca visto hasta ese momento. Sólo unos pocos pudieron entrever los problemas que amenazaban el futuro de Caliban, mas no pudieron hacer otra cosa que convertirse en testigos forzosos de los trágicos hechos que habrían de suceder cuando el Imperio conquistó nuestro planeta."

martes, 18 de febrero de 2014

BC 2: LA BIBLIOTECA DE NODIUS


Siguió los pasos de la figura blindada a través de una docena de pasillos y corredores de paredes metálicas. Su captor no había vuelto a hablar, limitándose únicamente a guiarle por el camino correcto. Eso le dio tiempo para replantearse su situación en silencio. ¿Estaban jugando con él a alguna clase de juego o de verdad podría recuperar sus recuerdos en la supuesta biblioteca de Nodius? Y fuera cuál fuese la respuesta a esa pregunta, ¿qué podría hacer a continuación para cambiar su suerte?

Al menos estaba seguro de que se hallaban en una nave espacial, aunque también le parecía que se estaban alejando del murmullo constante de las grandes máquinas que lo había acompañado desde el primer momento que podía recordar. Curiosamente, todo estaba demasiado tranquilo. No se cruzaron con ningún otro habitante de la nave. Ese detalle acrecentó por completo su paranoia y creyó ver amenazas detrás de cada esquina u ocultas al amparo de todas las sombras.

Pasados unos largos minutos, entraron dentro del compartimento de un elevador y subieron varias cubiertas, hasta llegar a su destino. Intentó controlar su respiración. No se dio cuenta, pero estaba apretando los puños con tanta fuerza que había perdido la sensibilidad en los dedos. Cuando las puertas se abrieron finalmente con pequeños quejidos metálicos, las luces parpadeantes del único lumen del elevador iluminaron un pequeño pasillo cubierto de sombras que terminaba en dos sólidas puertas metálicas situadas una junto a la otra en el extremo opuesto del corredor, a tan solo unos seis u ocho metros de distancia del elevador. Nodius salió al pasillo con paso decidido y abrió sin esfuerzo ambas puertas. Tuvo que obligarse a seguirlo.

Para su gran sorpresa, llegaron a una sala bien iluminada de aspecto inofensivo, aunque con infinitud de pequeños detalles extravagantes o abiertamente grotescos. Sin duda, podría calificarse aquel lugar de espacioso, como si antaño hubiese sido un pequeño almacén que hubiese sido remodelado posteriormente para nuevos fines. Las paredes de la biblioteca estaban ocupadas por estanterías metálicas prácticamente vacías, con algunos escasos objetos dispersos aquí y allá, entre los que se contaban algunos mapas, cartas geográficas, placas de datos, armas de manufactura no humana y cuerpos embalsamados dispuestos en improvisados pedestales. Aquel sitio parecía un museo de lo bizarro más que una auténtica biblioteca.

Varias figuras se volvieron hacia ellos cuando entraron en la sala, interrumpiendo sus silenciosos quehaceres de lectura o escritura. La mayoría estaban reunidos en torno a dos robustas mesas metálicas, lo suficientemente grandes como para que las usasen varios gigantes como Nodius o él mismo. Hasta cinco de ellas estaban ataviadas con túnicas descoloridas con amplias capuchas sombrías y mangas alargadas. El prisionero quedó conmocionado al descubrir que sus rostros estaban ocultos por crudas máscaras de hierro oscuro que parecían atornilladas directamente en sus cabezas.

La sexta figura era bien distinta, no obstante. Si bien iba vestida con otra túnica similar a la de sus compañeros, su cara estaba libre de cualquier máscara opresora. El prisionero contempló sus rasgos agraciados, su figura alargada pero bien nutrida y su mirada altiva, y tardó menos de un segundo en descubrir que despreciaba profundamente a ese hombre. No sabía explicar el motivo de su animadversión, pero se dejó llevar por su instinto y se mantuvo alejado de aquel hombrecillo, que le devolvió la mirada con cierto recelo nervioso.

-Dejadnos-, ordenó la voz de Nodius a través de los altavoces de su yelmo.

Los habitantes de la biblioteca obedecieron de inmediato sin ofrecer protesta alguna. El servilismo y el miedo estaban presentes en cada uno de sus movimientos, en todos excepto en aquel hombrecillo desagradable y altivo. No obstante, incluso él hizo lo que se le ordenaba y salió rápidamente de la sala. Sin perderlo de vista cuando se iba, el prisionero distinguió por primera vez unos misteriosos trazados bajo sus pies. Alguien había grabado con cierta pericia una enorme espiral en el suelo, a pocos metros de la entrada. Un rápido vistazo le bastó para entrever algunos signos dispersos aparentemente al azar en el brazo exterior del dibujo, aunque no supo interpretar su significado, por lo que ignoró rápidamente todo el asunto y volvió a concentrarse en Nodius cuando los siervos cerraron las puertas con gran esfuerzo.

Su anfitrión depositó con cuidado el bastón sobre una de las mesas y liberó los cierres de seguridad de su yelmo para quitárselo. El rostro que había debajo era ceniciento, de pómulos altos, cejas pobladas y un pelo corto de color oscuro que acentuaba la palidez de su piel. Sus ojos castaños parecían rebosantes de una inteligencia fría y glacial, aunque también estaban faltos de expresión o energía, como si hubiesen perdido su fuego mucho tiempo antes. Pero el rasgo más llamativo seguían siendo los cuernos que coronaban su cabeza, más visibles y antinaturales ahora que no llevaba el yelmo puesto.

-Bienvenido a mi biblioteca, hermano-, susurró su "anfitrión" extendiendo ambos brazos para abarcar toda la sala.

-Me esperaba otra... cosa-, le respondió él sin saber qué más podía decir. Por fortuna, su voz tenía más firmeza de la que sentía en aquellos momentos.

Volvió a mirar a su alrededor, intentando confirmar sus primeras impresiones. Uno de los cadáveres disecados llamó poderosamente su atención. Pertenecía a un alienígena de aspecto primitivo y brutal. Era una mole enorme que, aunque no le superaba en altura, sí igualaba en fuerza su propia complexión. Sus brazos estaban rematados en enormes manazas cuyos gruesos dedos parecían capaces de empuñar casi todo tipo de armas. Los músculos de su piel todavía mostraban un desagradable color verde y su cabeza calva, unida al resto del cuerpo por una compleja sutura de cables de acero, estaba dominada por una poderosa mandíbula repleta de colmillos. No tenía nariz, como los seres humanos, aunque sí un siniestro par de ojos rojizos. Un tosco taparrabos cubría completamente su gruesa cintura.

Aquella cosa no era el único cadáver alienígena presente en la biblioteca. Había dos más, disecados y expuestos igual que estatuas eternas. En la pared opuesta a la que ocupaba el piel verde, permanecía un ser que imitaba los nobles rasgos humanos, aunque era obviamente más alto y sus extremidades también eran más alargadas. El alienígena parecía haber sido exquisitamente hermoso, si bien esa belleza terrenal se veía arruinada por la mirada cruel de sus ojos muertos, que ni siquiera la muerte había sido capaz de arrebatar. Todavía llevaba puesto una armadura ligera de aspecto segmentado y color negro como la noche, aunque la misma mostraba de una enorme grieta que descendía desde su hombro izquierdo hasta la cintura. Semejante herida sólo podría haber causado un arma serrada de gran tamaño. El otro xenos, por el contrario, tenía un aspecto vagamente humanoide, de elevada estatura, cuerpo nervudo y piel de color pardo terroso. Parecía tener los ojos cerrados en su cabeza picuda, como si hubiese muerto apaciblemente mientras dormía completamente desnudo.

"Odia al hereje. Odia al xenos". Por primera vez, el prisionero tuvo un pequeño atisbo de su pasado. Unas pocas palabras que antaño fueron importantes para él parecían flotar en un limbo invisible dentro de su cabeza. Y no estaba seguro, pero creía que la voz que las pronunciaba era la suya. ¿Cómo podía ser posible algo así?

-¿Te encuentras bien?-, preguntó Nodius impasible, sacándolo de la vaga ensoñación que lo había adormecido despierto.

-He recordado unas palabras-, explicó él, repitiéndolas atropelladamente. -¿Qué significan?

-Forman parte de la Letanía del Odio-, le respondió Nodius asintiendo con aprobación con la cabeza. -Los Astartes la entonan durante sus ritos y meditaciones antes de entrar en combate.

-¿Los Astartes? ¿Quiénes son?

-Son hombres modificados genéticamente durante su pubertad y entrenados durante años para convertirlos en los mejores guerreros que ha visto nunca la Humanidad. Lambo, tú y yo somos Astartes, Quintus. Ya habrás advertido cuánto nos diferenciamos de los otros humanos que has visto hasta ahora en esta nave. No puedes negarlo. Eres más alto, fuerte y resistente que ellos. Tus sentidos son más agudos los suyos. Incluso te has recuperado de privaciones que habrían matado a un mero humano.

-Así que soy un soldado.

-No-, le cortó Nodius. -Eres mucho más que eso. Formas parte de una élite que cambió el destino de toda la galaxia. Eres un gigante nacido en una edad de oro que nunca volverá a ver nuestra especie. No lo olvides jamás.

Nodius siguió hablando durante mucho tiempo. Su voz tenía un tono monocorde y pasivo, casi ausente. Con la exactitud de un quirurgo, describió cada una de las intervenciones que se le habían practicado para convertirlo en lo que era: los implantes óseos, el corazón secundario, el tercer pulmón, las mejoras sensoriales como el Ocuglobo o el Oído Lyman y casi una docena de alteraciones más. Parecía un delirio propio de un loco, pero el prisionero intuyó que se le estaba diciendo la verdad. No obstante, por ahora estaba más preocupado por otro tipo de respuestas, así que decidió interrumpir a su "anfitrión" para obtenerlas.

-Entiendo lo que dices, pero quiero saber más cosas acerca de quién era. Dijiste que podías ayudarme a recuperar mis recuerdos.

-Así es, hermano. Sospecho que te han hecho algo terrible, algo que ha dejado en blanco tu mente. Todavía no te has percatado, pero tienes unas gruesas cicatrices en tu cabeza, como si te hubiesen abierto el cráneo y jugado con tu cerebro. He visto esas marcas el pasado y sé de dónde proceden... Tal vez no pueda ayudarte a recuperar tus recuerdos, pero puedo intentarlo.

-¿Cómo?-, quiso saber él. Estaba confundido. Si querían abrirle la cabeza, ¿por qué no lo habían hecho cuando estaba encadenado en su celda? ¿Por qué toda esa pantomima?

-Usando mis poderes psíquicos para explorar tu mente.

-¿Qué?

-Soy un gran psíquico, hermano. Puedo hacer cosas inimaginables con el puro poder de mi voluntad y, desde luego, puedo ayudarte a resolver este misterio y devolverte tus recuerdos perdidos. Déjame ayudarte, Quintus.

El prisionero se revolvió incómodo, al igual que lo haría una bestia enjaulada. No confiaba en Nodius, ni en las intenciones que pudiese albergar para ayudarlo. Es más, la misma idea de permitir que otra persona entrase en su mente le parecía tan aberrante que estuvo a punto de provocarle una arcada. Ambos permanecieron en silencio unos largos segundos.

-No-, respondió al fin entre dientes.

-¿No?-, respondió su anfitrión sin cambiar el tono de su voz. -¿Rechazas mi ayuda?

-Eso es. No dejaré que ni tú ni nadie juegue nunca más con mi mente.

-Tu ignorancia es extremadamente arrogante, hermano. Sin mi ayuda, nunca podrás recuperar tus recuerdos.

-Entonces que así sea-, se reafirmó él.

-No necesito tu permiso-, le amenazó Nodius.

-¡Y yo te juro que te mataré si lo intentas!

Con un rápido movimiento, estiró el brazo para coger el bastón metálico posado sobre la mesa, pero la mano blindada de Nodius la atrapó al vuelo. La mesa volcó hacia un lado. Eso no lo detuvo. Alzó el otro brazo y le dio un fuerte puñetazo con la izquierda. El golpe alcanzó de lleno la cara de Nodius, sorprendiéndolo por primera vez. No obstante, su "anfitrión" apartó a un lado toda incredulidad y le agarró el puño con su mano libre. El prisionero trató de liberarse, forcejeando cuanto pudo, pero la armadura energética de Nodius le estaba dando una ventaja insuperable en esos angustiosos momentos. Las miradas de ambos chocaron a escasos centímetros una de otra, un reflejo más de aquella lucha desigual. Se tambalearon de un lado a otro, como si estuviesen borrachos, tirando las mesas y sillas que encontraron a su paso. Finalmente, su captor lo empujó hacia atrás, arrojándolo al suelo como si fuese un muñeco de trapo.

-¡Basta Quintus!-, ladró Nodius. El guantelete de su mano se abrió y una llama pareció surgir en ella de la nada. El fuego bailaba en su mano con voluntad propia, ansioso por ser liberado. -No me obligues a destruirte...

-¿Te arriesgarás a quemar también tu valiosa biblioteca?-, gruñó él desafiante mientras se ponía de nuevo en pie.

-Puedo volver a escribir de nuevo cada uno de estos libros, palabra por palabra.

A pesar de lo dicho, Nodius cerró el puño y las voraces llamas desaparecieron de inmediato. Luego retrocedió un par de pasos, ofreciéndole más espacio. El prisionero intentó serenarse. Ahora era él quien estaba sorprendido. Sin fiarse del todo, cogió una de las sillas para blandirla como si fuese un arma improvisada. Su "anfitrión" lo ignoró por completo este hecho, ya que le dio la espalda y caminó ruidosamente hasta una de las estanterías, donde recogió un pesado tomo.

-Dado que rechazas mi ayuda, esto es lo único que puedo hacer por ti-, dijo en voz baja mientras se acercaba despacio ofreciéndole el libro con una mano.

El prisionero lo miró receloso. "¿A qué estás jugando, Nodius?", quería gritarle. Frustrado arrojó la silla a un lado y cogió con un gesto seco pero cauteloso el libro que le ofrecía. Sus oxidadas tapas metálicas no mostraban título alguno. Abrió una página al azar. Las hojas, que no eran de papel sino de un pergamino suave al tacto, mostraban una caligrafía gótica muy cuidada y escrita con una extraña tinta roja.

-Es piel humana-, respondió Nodius sin necesidad de que formulase la pregunta.

-¿Por qué harías algo así?

-En esta nave no encontrarás papel, hermano, ni autoplumas, y tenemos que...-, se interrumpió a mitad de la explicación, dándose cuenta del gesto horrorizado que debía estar ofreciendo involuntariamente. -En él encontrarás algunas respuestas.-, añadió secamente mientras se limpiaba con gesto pensativo las manchas de sangre de su nariz. -Ahora márchate.

-¿No intentarás devolverme a la celda?-, preguntó él suspicaz.

-No. Eres libre para esconderte donde desees. Por mi parte, sé que no volveremos a vernos en mucho tiempo y tal vez sea mejor así.

El prisionero asintió despacio con la cabeza y fue retrocediendo aun más despacio, sin dar la espalda a Nodius en ningún momento. Sospechaba que la aparente calma de su anfitrión podría albergar una profunda locura más terrorífica en sí misma que cualquier otra cosa que hubiese visto hasta ese momento. Nodius no se movió, simplemente observó impasible cómo se alejaba. Cuando notó las puertas a su espalda, se volvió para abrirlas.

-Ahora el libro es tuyo. Serás el responsable de continuar su historia.

Sintió un escalofrió recorriéndole la espalda cuando escuchó esas palabras. Quería abandonar aquella sala cuanto antes, pero una última pregunta salió de sus labios antes de que pudiese contenerla. -¿Cómo se titula?

-Las Voces de los Muertos-, respondió Nodius tras una pequeña pausa.

martes, 24 de diciembre de 2013

FELICES FIESTAS 2013


Ha pasado algún tiempo desde la última vez que he escrito algo en este blog y pese a que las aguas han estado bastante revueltas por estos andurriales, finalmente han vuelto a su cauce, por lo que hoy puedo estar aquí, con vosotros/as, para felicitaros en este periodo de fiestas que llamamos Navidades.


En pocas palabras, pasadlo muy bien durante estos días. No importa si los estáis celebrando con vuestra familia y amigos, o trabajando como locos, o simplemente relajándoos con unos más que merecidos días de descanso... estas fiestas son para vosotros/as, así que disfrutarlas como se merecen.


Y ya sabéis... 




¡¡¡FELICES FIESTAS!!!


martes, 5 de noviembre de 2013

BC 1: EL PRISIONERO


En la forzada soledad en la que se encontraba, el vacío no carecía de sensaciones. Su cuerpo estaba entumecido, dolorido, por los largos días de cautiverio. La primera vez que había despertado se había revuelto como una bestia salvaje, tensando inútilmente sus músculos y forcejeando contra la presión de las gruesas cadenas metálicas que inmovilizaban sus brazos. Nunca supo cuánto tiempo estuvo luchando por liberarse. Mucho, se imaginaba. En cualquier caso, tampoco podía hacer otra cosa.

Sus únicos compañeros habían sido desde entonces el zumbido constante de unos motores gigantescos pero lejanos a pesar de todo, el hedor de su propia orina y heces, y el dolor provocado por las ataduras que lo inmovilizaban cruelmente de pie y con los brazos abiertos en cruz. Al principio, había soportado el suplicio con entereza. Ni siquiera el hecho de que nadie le llevase comida ni bebida alguna minó su resolución para mantenerse con vida a toda costa. Y sin embargo, con cada fragmento de tiempo que se escurría entre sus dedos, notaba cómo sus fuerzas flaqueaban imperceptiblemente hasta que acabó llegando el momento en que dejó de mantenerse en pie por sus propios medios y su cuerpo quedó suspendido dolorosamente en el aire, arrastrando los pies por el frío suelo metálico mientras sus maltratados brazos soportaban todo el peso del cuerpo.

Debatiéndose entre la vida y la muerte, descubrió que una espesa niebla parecía oscurecer la parte de su cerebro donde se almacenan los recuerdos. En los primeros días de su cautiverio, se había esforzado por hallar un modo de escapar, pero cuando por fin había comprendido que aquello era imposible, había descubierto la importancia de las preguntas: por ejemplo, quiénes eran sus captores y, más importante aun, quién era él. Para su gran angustia, pronto descubrió también que la ausencia de recuerdos dejaba un vacío más doloroso que cualquier magulladura provocada por los grilletes y más temible que la soledad de su encierro.

¿Quién soy? Ése era el quid de la cuestión. La pregunta que lo atormentaba con más frecuencia era la más importante de todas. Si tan sólo supiese su nombre o albergase algún recuerdo al que poder aferrarse en su desesperación, estaba seguro de que podría soportar su encierro aunque le ocasionase la muerte. Sin embargo, de alguna forma, sus misteriosos atormentadores le habían arrebatado incluso esa posibilidad. Y sin embargo, durante ese tiempo de introspección abocada al fracaso, había decidido que si su destino era morir en la ignominia, lo haría con toda la dignidad de la que fuese capaz. Sin embargo, otra parte de él estaba aterrada ante la posibilidad de que el paso del tiempo minase incluso aquella resolución interior. Escupiendo una última maldición entre sus labios resecos, cerró los ojos dentro de la capucha que cubría su cabeza y se resignó ante lo inevitable.

-.-

No sabía cuánto tiempo estuvo inconsciente. Debía estar más débil de lo que se había imaginado, ya que cuando volvió en sí, descubrió que no estaba solo. Dos hombres nerviosos se esforzaban por limpiar su cuerpo con trapos húmedos, intentando hacerlo tan rápido y silenciosamente como les fuera posible. Estaban aterrorizados. Seguía sin poder verlos directamente por culpa de la condenada capucha, pero podía oler su miedo. Era tan palpable como el frío que sentía ahora la piel de su espalda contra la fría superficie metálica del suelo. Parecía evidente que lo habían tumbado boca arriba en algún momento desde su última pérdida de consciencia.

-Agua, agua-, suplicó una voz rota y quebrada que apenas reconoció como la suya.

Los hombres detuvieron su labor al instante, como si hubiesen sufrido una repentina descarga eléctrica. Probablemente estuviesen inseguros acerca de qué debían hacer a continuación. Una voz metálica y autoritaria tomó la decisión por ellos.

-Dadle agua-, ordenó. Sus palabras eran graves y fuertes, pero parecían que estaban siendo filtradas a través algún instrumento artificial. 

Los hombres obedecieron inmediatamente. Respirando agitadamente, uno de ellos le sostuvo la cabeza con sus manos mientras su compañero tiraba del cordón que anudaba en esos momentos la capucha a su garganta. El nudo no se soltó al primer intento. Quien fuera que lo hubiera hecho, lo había apretado a conciencia. No obstante, el hombre consiguió deshacerlo y retiró despacio la capucha.

Aunque hubiese querido ver el rostro de otro ser humano, incluso el de aquellos hombres, se obligó a cerrar los ojos al percatarse de que había pasado demasiado tiempo en la oscuridad y podría quedarse ciego para siempre ante la repentina aparición de la luz. Sin saber cómo había llegado a esa conclusión, ni cómo había conseguido recordarla, la puso en práctica sin dudar en el mismo momento en que se le pasó por la cabeza.

Cuando le retiraron la capucha, dejó de notar la calidez de su propia respiración contra la cara y respiró por primera vez una bocanada de aire más fresco. A pesar de su calamitoso estado, la sensación lo estremeció de alivio. Poco después notó un pequeño chorro de agua cayendo sobre sus labios resecos. Abrió al boca cuanto pudo, intentando olvidar su estado de postración, para beber de nuevo aquel líquido vivificador. Se atragantó un par de veces al beber, pero no dejó de hacerlo. No sabía cuánto tiempo podría pasar antes de que sus carceleros volviesen mostrar ningún tipo de clemencia con él.

Una vez que se terminó el agua, los hombres volvieron a su labor original. Con movimientos ágiles, le limpiaron la cara, los brazos y el cuerpo, con el mismo cuidado y esmero como si estuviesen realizando los rituales de purificación de un venerable espíritu-máquina. Cuando terminaron, pudo oír cómo recogieron sus utensilios y abandonaron su prisión con la misma rapidez que habían demostrado antes.

Nuevos sonidos irrumpieron en la oscuridad. Unas servojunturas crujieron con esfuerzo y unos pasos pesados se pusieron en marcha, acercándose. El prisionero percibió una vaga sensación de familiaridad al escuchar esos ruidos, como si algo se removiese en alguna parte ignota de su cerebro, pero no pudo identificar el recuerdo que trataba de surgir. Hubo un intenso olor a aceite para armas y luego más ruidos metálicos. Los sonidos chirriantes se acercaron y recogieron del suelo lo que debían ser las cadenas que lo habían inmovilizado durante tanto tiempo. Sin poder creérselo del todo, comprobó con estupor que aquello era cierto. Lo habían liberado de sus grilletes. Hizo un esfuerzo por rodar hacia un lado y trató de ponerse en pie, pero lo único que consiguió fue colocarse de rodillas mientras sus débiles brazos trataban de evitar que su cara se estrellase contra el suelo.

-Harías mejor en conservar tus energías, hermano-, le aconsejó la voz metálica. A pesar de que el filtro artificial impedía distinguir el tono de su propietario, el prisionero estuvo seguro de haber percibido un matiz divertido en sus palabras.

-¿Quién eres?

-Mi nombre es Lambo.

-¿Por qué me habéis encerrado?-, exigió saber indignado. -¿Dónde estoy?

-Estás a salvo, hermano. Al menos, por ahora. Es todo cuanto puedo decirte.

Los ruidos metálicos volvieron a ponerse en marcha, alejando a su interlocutor de la sala con pisadas firmes y pesadas. Pronto escuchó cómo alguien cerraba y aseguraba una puerta de metal, probablemente la de su celda, y los chirridos, más amortiguados que antes, se alejaron hasta desaparecer por completo. El prisionero se sentó en la oscuridad, tratando de ignorar el frío y la debilidad. "Estás a salvo, hermano. Al menos, por ahora". No podía confiar en las palabras de aquel perro guardián, pero tuvo que reconocer a regañadientes que su situación había cambiado, generando más preguntas que respuestas.

-.-

No tardaron mucho tiempo en volver a visitarlo. No tanto como se había temido, en cualquier caso. Sintió más que vio, cómo se encendía la luz de su celda unos escasos segundos antes de que abrieran la puerta. Eran los dos hombres que lo habían limpiado. Reconoció su olor en el mismo momento en que cruzaron el umbral. Seguían teniendo miedo, pero no tanto como en su última visita. Uno era alto y desgarbado, de pelo moreno y piel pálida. El otro era corpulento y bajo, y sus ojos estaban enmarcados por unas ojeras permanentes. Ninguno de los dos vestía de uniforme, nis sus ropas mostraban emblema o signo alguno que delatase sus lealtades. Lo único que pudo deducir de ellos por sus atuendos oscuros y gastados es que debían ser parte de la tripulación del navío espacial en el que se encontraban.

Ahora que se atrevía a mirarlos durante unos segundos sin temor a que la luz dañase sus ojos, el prisionero pudo comprobar inmediatamente que, comparados con él mismo, parecían hombrecillos hechos de barro. Pese a su estado de debilidad, cada fibra de sus músculos era tan resistente como el hierro y no le cabía ninguna duda de que si se ponía en pie, empequeñecería fácilmente su tamaño. De hecho, incluso parecían moverse de forma ineficiente. El prisionero ignoraba cómo sabía estas cosas, pero estaba tan seguro de sus intuiciones que no le quedaba más remedio que confiar en ellas a falta de tener información más precisa.

Cada vez que venían, los hombres dejaban unos cubos llenos de abundante comida y bebida, recogían los que hubiesen quedado vacíos desde su última visita y se marchaban tan rápida y silenciosamente como habían llegado. También le habían traído una enorme túnica gris con la que cubrir su cuerpo desnudo. Una deferencia innecesaria pero que su orgullo agradecía a pesar de todo. Lambo no volvió a visitarlo, pero el prisionero no se dejó engañar por las apariencias. Sabía que estaba cerca, tal vez al otro lado de la única puerta de su celda. Su olfato percibía allí el olor del aceite para armas que lo acompañaba. "Tarde o temprano tendré que enfrentarme a él para escapar", decidió en silencio. Por ahora, habría de adoptar el papel del buen prisionero, alimentándose para devolver las necesarias energías a su cuerpo, aunque era perfectamente consciente de que su situación no podía prolongarse más de lo necesario.

-.-

Una vez más, el globo lumínico del techo se encendió sin previo aviso unos segundos antes de se abriera la compuerta de su celda. El prisionero se protegió como pudo los ojos. Los goznes de la puerta chirriaron como era habitual. Sin embargo, una figura acorazada entró en el interior de la sala haciendo los mismos chirridos que había provocado Lambo. Esta vez el prisionero no dudó en mirar.

Las palabras bizarra y extravagante no podían hacerle la menor justicia al recién llegado. Tenía la forma de una figura vagamente humanoide, enorme, blindada y acorazada. Un grueso par de cuernos  antinaturales, parecidos a las astas de un uro, brotaba con naturalidad desde lo alto de su yelmo. Su amplio peto estaba enmarcado por gruesos cables negros cruzándose en el centro, que a su vez estaban protegidos por pequeñas cadenas de energía brillante, una energía a todas luces malsana y enfermiza. Amplias hombreras, una con remaches plateados y otra con la insignia pintada de los eslabones de una cadena rota, protegían los guanteletes blindados. Las piernas también estaban blindadas y lucían más remaches por debajo de las junturas de la rodilla. La figura blindada llevaba en su espalda una extraña mochila blindada que tenía por extremos una tobera a derecha e izquierda. Su captor estaba armado, por supuesto. En su mano derecha portaba un sólido bastón de metal y circuitería eléctrica, mientras que de costado blindado izquierdo colgaba magnéticamente una enorme pistola, a juego con el tamaño de su propietario.

Desde el momento en que sus miradas se cruzaron, el prisionero tuvo dos certezas. La primera se basaba en el conocimiento intuitivo de que el extraño portaba algún tipo de armadura blindada, algo llamado "Mark V" o "Modelo Herejía", pese a que no pudo reconocer la insignia de la hombrera, la cadena rota, ni tampoco el patrón negro y bordes plateados que ostentaba la armadura. La segunda certeza que tuvo en ese momento era que estaba seguro de que el bastón era un arma, una que podría segar con su vida con tanta facilidad como la pistola "bolter" del extraño.

-¿Quién eres?

-Sal de la celda-, ordenó el otro a través de los altavoces de su yelmo. -Ahora.

El prisionero no obedeció al instante. Su mirada no mostró temor alguno, sino el desafío frío y sereno de un soldado dispuesto a vender cara su vida en su último combate. Sin embargo, la figura acorazada no pareció percatarse y salió de la celda sin comprobar si le seguía. "Mejor morir fuera que dentro", razonó el prisionero recurriendo a todo su pragmatismo para hacer exactamente lo que le había dicho su enemigo.

Por primera vez, cruzó el umbral de la puerta y salió a un oscuro pasillo, cuya penumbra apenas era interrumpida por la débil luz emitida por dispersos lúmenes y globos luminosos, demasiado distantes unos de otros para conferir una iluminación adecuada. A parte de la figura acorazada y de él mismo, no había nadie más en el corredor, que era ligeramente estrecho para que ambos se moviesen con comodidad, aunque desde luego no  era tan claustrofóbico como la mísera celda que acababa de abandonar.

El extraño comenzó a caminar, Las placas de la armadura crujieron por el esfuerzo, provocando pequeños ecos en el pasillo, y una débil murmullo se desprendía de las toberas de su mochila. La figura acorazada dio cinco pesados pasos antes de darse cuenta de que no lo estaba siguiendo. De repente, se giró con una rapidez que desmentía su enorme tamaño y lo señaló con el bastón a modo de advertencia.

-¡No debes separarte bajo ningún concepto de mí!

-No iré a ninguna parte hasta que me expliques dónde estoy o por qué debo seguirte.

-Tengo todas las respuestas que buscas, hermano, pero no te las daré en un vulgar pasillo.

-¿Dónde entonces?-, preguntó él suspicaz.

-En mi biblioteca, por supuesto. Ven, no me hagas perder más tiempo.

-No.

El yelmo de la servoarmadura le impidió contemplar la reacción de su interlocutor, pero su silencio fue del todo elocuente. Durante unos tensos segundos, el extraño no dijo nada. Tampoco se movió. Las lentes que cubrían sus ojos simplemente se enfocaron en él, como si fuese un insecto demasiado atrevido. El prisionero separó despacio su piernas y tensó su cuerpo, listo para afrontar su última batalla.

-¿Es que prefieres pudrirte en esa celda?-, quiso saber finalmente el extraño. Al terminar la pregunta, apoyó su bastón de metal en el suelo, con un movimiento pausado y tranquilo, pero en absoluto inocente.

-Ignoro qué es lo que pretendes... pero te aseguro que no te seguiré como una res al matadero.

-Te juro que nadie va a hacerte daño, hermano. Sólo...

-¡Deja de llamarme hermano!-, le interrumpió él furioso. Había sufrido demasiado dolor y demasiadas humillaciones para poder contener sus emociones. Estuvo a punto de dejarse llevar, de saltar sobre su adversario y tratar de arrancarle el bastón metálico de sus manos blindadas. Sin embargo, su enemigo usó contra él un arma que lo dejó completamente indefenso.

-¿No recuerdas nada, verdad? Has olvidado tus orígenes, tu pasado... lo has perdido todo. ¿No es cierto?

El prisionero apretó la mandíbula sin saber qué podía contestar. Su instinto le pedía, no, le exigía, que acabase con esa farsa. Tenía el alma de un guerrero, de eso no le cabía ninguna duda. Si su adversario lo derrotaba, habría obtenido una muerte honorable. En caso contrario, podría explorar la nave y llevarse consigo a cuántos enemigos pudiese antes de morir, como inevitablemente sabía que ocurriría.

-Tu nombre es Quintus.

-Quintus-, repitió él estúpidamente. Aquel nombre parecía insubstancial. No trajo ningún recuerdo perdido a su torturada memoria. No era nada... pero al mismo tiempo el simple hecho de tener ese nombre templó  sus ánimos considerablemente.

-Ven a mi biblioteca, hermano. Te juro que allí encontrarás todas las respuestas que buscas.

lunes, 21 de octubre de 2013

CANCIÓN-OCULTA (6 - 3)

Algún reino de la Umbra Media

Canción-Oculta observó con silencioso disgusto el paisaje que los rodeaba. Una sucia llovizna caía sin tregua desde un cielo oscuro e inmisericorde sobre colinas llenas de matorrales muertos y barro enfangado. No parecía haber nada excepcional que perturbase la serenidad del joven Philodox de los Colmillos Plateados, pero sus otros sentidos se veían atacados por cientos de pequeños detalles inquietantes.

Su olfato percibía fuertes hedores que competían entre sí por revolverle las tripas. Por un lado, creía distinguir el característico olor de la carne quemada, muy parecido al de una parrilla, pero con una terrible intensidad. La sensación iba y venía, sustituida a ratos por pesados hedores a azufre, productos tóxicos y otros productos más infames. No obstante, el alfa de las Cinco Garras de Gaia estaba más preocupado por los lejanos sonidos que percibía con sus oídos. Parecían ecos distantes, truenos de una lejana tormenta, pero en realidad eran cientos, no miles, de gritos agónicos.

-No os separáis-, ordenó sin necesidad a sus hermanos, al tiempo que comenzó a dar sus primeros pasos en ese nauseabundo reino de la Umbra.

Sus pesados pasos en forma Crinos provocaron inmediatamente leves hundimientos en el suelo de la colina y el característico sonido de cientos de huesos astillándose al verse sometidos a una presión imposible. Canción-Oculta se quedó completamente quieto, asustado, y sus hermanos de manada hicieron lo propio. Daba la sensación de que la colina estuviese formada por barro y cientos de cadáveres... como si se tratase de una siniestra fosa común. Raimorantha confirmó sus peores sospechas cuando excavó unos segundos en el barro que yacía bajo sus patas lobunas, hasta dejar al descubierto unos huesos que todavía conservaban trozos de carne putrefacta unidos a ellos.

-¿Dónde estamos, Lars?-, preguntó Crow.

-En el parque de atracciones favorito del Wyrm-, se apresuró a responder Faruq mientras el Theurge consultaba de nuevo la brújula-fetiche. Su broma de mal gusto únicamente le ganó una mirada reprobatoria de todos los presentes.

-No lo sé-, reconoció finalmente el Theurge, -pero el Ojo no indica ninguna dirección.

-Me lo temía-, gruñó Crow huraño.

Canción-Oculta no podía culparlo. El Ahroun Fianna no temía a ningún enemigo, pero estaba claro que este lugar le provocaba escalofríos. Igual que a él. Y para colmo, el tótem espiritual de su manada había desaparecido tan sólo unos instantes antes de llegar a este lugar, como si lo hubiese evitado a propósito, aunque bien mirado, había hecho exactamente lo mismo en el Campo de Batalla.

-Entonces tendremos que explorar un poco por nuestra cuenta-, dijo intentando ignorar sin éxito el nuevo crujido de huesos y la succión del fango provocada por sus pies al avanzar de nuevo. Se moría de ganas de dejar atrás esa endiablada colina.

El viaje a través de la Umbra no había sido precisamente tranquilo. Cuando Selene brillaba en lo alto de la bóveda celestial, habían recorrido las Sendas Lunares siguiendo las instrucciones de Lars, que a su vez, interpretaba las indicaciones de su brújula-fetiche, y habían descansado en lugares tranquilos cuando le llegaba el turno de gobernar en los cielos a Helios. Por fortuna, la Incarna había dejado atrás sus facetas más sombrías, revelando el equilibrio subyacente en la media luna.

No obstante, su viaje no había carecido de imprevistos peligrosos. Durante la primera noche, un grupo de espíritus menores del Kaos de múltiples colores y formas cambiantes, les habían seguido, distrayéndoles y molestándoles siempre que podían con sus juegos sin sentido. La manada había tratado sabiamente de ignorarlos, pero cuando los pequeños espíritus empezaron a congregarse a su alrededor hasta el punto de no poder entrever con seguridad el camino que estaban siguiendo, se vieron obligados a ahuyentarlos con fieros aullidos y golpes que no pretendían hacerles verdadero daño.

En otra ocasión, repentinas ráfagas de fuertes vientos umbrales habían amenazado con expulsarlos de las sendas conocidas. Faruq y él estuvieron a punto de volar por los aires de esa forma, de no haber sido por los esfuerzos de Raimorantha y Susurros-del-Pasado, que lograron cogerlos antes de que fuese demasiado tarde. Gracias a Gaia, ambos Garou estaban lo bastante cerca de ellos para salvarlos en ese justo momento. De otro modo, Canción-Oculta no quería pensar en la suerte que hubiesen corrido.

Este último suceso había puesto un fin definitivo a sus recelos naturales con el Señor de la Sombra. "Ya es uno de los nuestros", reflexionó orgulloso unas horas después cuando lo vio discutir con Crow y Faruq por una tontería sin sentido. "Ha abandonado las peligrosas costumbres de su tribu y se ha convertido en un hermano de pleno derecho de nuestra manada."

Cuando llegaron a lo alto de la colina, descubrieron un paisaje más desolador que cualquier otro que hubiesen podido concebir sus mentes. Mirasen donde mirasen, las lluvias y los pequeños cúmulos de vapores nocivos no dejaban entrever nada más que el contorno de nuevas colinas enfangadas. El lejano coro de gritos se vio interrumpido por un brusco estrépito, provocado por un desprendimiento que partió de una de las elevaciones más cercanas a su derecha. El deslizamiento de barro dejó a su paso un retal macabro de huesos y cadáveres podridos claramente humanos en unos pocos segundos. Casi al mismo tiempo, un hedor dulzón a descomposición abrumó a todos ellos.

Raimorantha fue el primero en sobreponerse a la impresión y empezar un cuidadoso descenso por la pendiente en la que se encontraban. El resto lo siguió en silencio conteniendo las arcadas. En la lejanía, los gritos distantes recuperaron su cadencia y ganaron intensidad. Parecía que los propietarios de esos gritos estuviesen sufriendo una agonía atroz, pero el número, la escala pura de ese sufrimiento, desbordaba toda lógica. "En el nombre de Gaia, ¿qué está pasando aquí?", se preguntó el Colmillo Plateado.

-No deberías preguntarle a Ella. Este lugar no le pertenece precisamente-, replicó con sarcasmo la voz invisible que lo había acompañado desde su más tierna infancia. Canción-Oculta preparó sus defensas mentales para un nuevo asalto de su maldición particular, pero la voz permaneció callada, a la espera, y eso le causó más angustia que cualquier abuso o recriminación que hubiera podido sufrir de su parte, porque intuía que sólo estaba aguardando, lista para saltar en el peor momento posible.

El Philodox abandonó sus sombrías reflexiones cuando se percató que Raimorantha se había detenido al pie de la colina, con la cabeza ladeada hacia la izquierda y las orejas alzadas. Cuando se concentró en aislarse de sus miedos para intentar averiguar que había sobresaltado al Fenris, descubrió una voz humana, masculina, que apenas se oía por encima de los gritos. Estaba cerca de su posición y, aunque queda, parecía estar cantando...

-And you give yourself away/ and you give yourself away/... and you give/ and you give/... and you give yourself away.

Aquella canción reabrió viejas heridas emocionales en el interior de Canción-Oculta, que, conmocionado, permaneció inmóvil durante unos segundos, como si hubiese quedado petrificado por una poderosa maldición.

-No, no, no...-, murmuró con voz queda.

-¿Qué te pasa?-, le preguntó Lars preocupado.

No logró entender del todo lo que el Fenris le estaba preguntando, pero recuperó por completo de dominio de sí mismo. "No puede ser", se dijo a sí mismo para darse ánimos. "Yo mismo maté a ese jodido psicópata en Vancouver". No obstante, la canción prosiguió felizmente ajena a sus protestas:

-My hands are tied/my body bruised.

Canción-Oculta salió corriendo en ese momento. Sus hermanos de manada lo siguieron inmediatamente, sin perderlo de vista. El corazón le latía atronador con la fuerza de un volcán en erupción. La rabia y el miedo que lo inundaban en esos momentos fueron suficientes para ignorar los crujidos de los huesos y la succión del fango. Tan concentrado estaba en la carrera contra sus miedos imposibles que no se dio cuenta de que Raimorantha y Faruq se habían puesto prácticamente a su lado, protegiendo sus flancos en caso de un ataque por sorpresa, mientras el resto trataba de alcanzarlos.  El origen de la voz cada vez estaba más cerca. Unos metros más y lo alcanzarían. Canción-Oculta no fue consciente de que había preparado sus afiladas garras para cuando llegase ese aterrador momento.

-She's got me with/nothing to win and/nothing left to lose.

Por fin, llegó al otro extremo de la colina. Tal y como temía, la voz procedía de un hombre que debía estar muerto. Sólo tuvo que fijarse en su contorno familiar para darse cuenta de que por imposible que pareciese, era él. Sabía que tenía el rostro y el cuero cabelludo cubiertos de pequeñas cortes que se debía haber provocado con el sangriento filo del cuchillo que manejaba con su mano derecha. Sabía que sus ropas estaban hechas jirones y cubiertas de sangre. Y sabía lo que le estaba haciendo a su víctima, una pobre joven de unos dieciséis años. Ya había visto todo eso, en el recinto ferial de la Expo de Vancouver.

-With or without you/ with or without...

No obstante, estaba claro que todavía no lo había visto todo. Esta vez aquel hijo de puta bastardo había tenido tiempo suficiente para hacer su trabajo sin interrupciones y su víctima estaba ya en un estado irreconocible. Completamente desamparada en el fango bajo la lluvia sucia que caía sobre ellos, la joven eran un amasijo de músculos y cartílagos descubiertos. Su piel había sido despellejada centímetro a centímetro por el hábil trabajo de carnicero de su torturador. Y lo peor de todo era que ella estaba gritando. Al contrario que lo que había pasado en Vancouver, esa joven estaba siendo completamente consciente del sufrimiento infernal que estaba padeciendo.

Esa fue la gota que desbordó el escaso autocontrol que todavía mantenía sobre sí mismo. Cayó sobre ese malnacido como la sombra de una tormenta y lo apartó de su víctima con un poderoso barrido de su brazo. El hijo de puta aulló sorprendido mientras caía bruscamente al fango. Raimorantha aferró su tobillo con los colmillos, pero Canción-Oculta lo apartó violentamente. Sin dejar de gritar, el hombre intentó alejarse inútilmente, arrastrándose por el fango con auténtica desesperación. Canción-Oculta lo agarró por el tobillo herido y lo atrajo hacia él sin mostrar  ninguna clase de esfuerzo. Después atravesó su cuerpo con una garra, clavándolo en el suelo como si fuese un simple insecto. Siguió descargando toda su rabia sobre él, golpe tras golpe, incluso después de que el hombre hubiese dejado de gritar...

-.-

Cuando recuperó el dominio de sí mismo, lo único que quedaba del psicópata era un amasijo irreconocible de sangre y huesos.

-Enhorabuena. Has realizado tu propia donación a este lugar-, celebró la voz invisible de su cabeza. El Philodox que había en él no encontró ninguna respuesta ingeniosa con la que defenderse. Tenía las pruebas ante sus mismos ojos. -Eres una criatura del Wyrm. Todos los metis lo sois-, aulló la voz en su interior. -La Espiral Negra te espera impaciente, Canción-Oculta. ¡Entrégale tu alma!

-¿Estás mejor?-, le preguntó Crow mientras apoyaba con precaución la mano en su hombro, en un claro gesto de apoyo que lo sacó de su turbación.

-Eso creo-, respondió él intentando concentrarse en sus hermanos. -Me he dejado llevar por la ira... y casi me vuelvo loco... ¿Y la chica? ¿Cómo está?

-Muerta-, respondió Faruq sombrío. -Estuvo retorciéndose de dolor durante unos segundos y luego murió repentinamente cuando mataste a su torturador, como si le hubiera dado un ataque. No logro entenderlo-, confesó impotente.

Canción-Oculta se apartó de Crow, asintiendo levemente con la cabeza. Dio un par de pasos en su dirección, obligándose a mirar el cadáver con sus propios ojos. A pesar de la tortura que había sufrido, sus ojos estaban intactos, reflejando a la perfección cada fragmento de dolor que le habían infligido.

-Voz-de-Plata y yo la salvamos en la Expo de Vancouver-, murmuró el Philodox. -¿Por qué aquí no pudimos conseguirlo?

-Tal vez sólo haya sido un engaño-, aventuró Susurros-del-Pasado.

-Es posible-, lo apoyó Lars. -El Wyrm tiene muchos recursos a su disposición para atacarnos y está claro que este lugar le pertenece.

Raimorantha, que debía estar irritado por el trato recibido segundos antes por parte del Colmillo Plateado, gruñó amenazador al escuchar el nombre del enemigo ancestral de la raza Garou. Incluso el fiero guerrero Fenris tenía los nervios a flor de piel, como todos ellos.

-En cualquier caso, debemos seguir explorando-, intervino Crow. -No averiguaremos nada nuevo quedándonos parados como idiotas.

-Vale, pongámonos en marcha-, concedió Canción-Oculta. Su voz había ganado más seguridad y firmeza gracias a la reconfortante compañía de sus hermanos de manada, dejando atrás las insidiosas tentaciones de su creciente locura.

jueves, 10 de octubre de 2013

BLACK CRUSADE


Se dice que la industria de los juegos de rol está viviendo un nuevo periodo de expansión gracias a la aparición de nuevas empresas y títulos, que han logrado hacerse un hueco en un entorno muy competitivo. Las nuevas tecnologías parecen haber hecho mucho por ayudar en esta tendencia, en términos de marketing, promoción y comunicación directa dentro la comunidad de jugadores, aunque también son muchas las voces enervantes que sólo parecen ver pérdidas de beneficios y piratas sin escrúpulos en este inmenso océano de oportunidades para todos.

En medio de esta creciente expansión del mundillo, la singularidad sigue siendo, como no, el mercado hispanohablante y, en concreto, el español. Parece que nuestra sociedad no es una fruta suficientemente madura para muchas empresas internacionales de rol, lo que ha provocado que muchos juegos no se hayan publicado en nuestro país o que tengan una presencia meramente testimonial. En resumidas cuentas, somos un público desagradecido. Criticamos mucho, compramos poco y pirateamos demasiado. Al menos, eso dicen los números y las estadísticas...

Esta situación nos conduce al insólito hecho de que la Industria internacional no se molesta en traducir al español un gran porcentaje de todo lo que produce, a pesar de que somos miles de clientes potenciales. Por supuesto, este análisis superficial omite muchos detalles a tener en cuenta. Habría que hablar también del bajo nivel adquisitivo del ciudadano español en comparación con otros países de la Unión Europea, de los altos precios, de los efectos de la crisis económica, de los costes de traducción e impresión, de las ilustraciones que tanto nos gustan en nuestros queridos libros y un largo etcétera que no voy cubrir para no salirme por completo del tema central de esta entrada. Por supuesto, a río revuelto, ganancia de pescadores. Esta falta de iniciativa ha dado alas a nuestro sector nacional, apareciendo nuevas empresas y juegos de gran calidad. A títulos ya conocidos por los aficionados como Aquelarre, se les fueron sumando lentamente otros: EXO, Redención, el Capitán Alatriste, Aventuras en la Marca del Este, por citar a unos pocos. Sólo son unos ejemplos, pero cogéis la idea general, ¿verdad?

Y en esas estamos. Nunca tuvimos tantos juegos donde elegir al alcance de la mano, aunque sólo un pequeño porcentaje esté en español. Afortunadamente todavía existen buenos samaritanos, como el Rincón del Demonio, que publican pequeñas traducciones de reglas y trasfondo. Gracias a los esfuerzos de personas como su autor, la mayor parte de los internautas de la comunidad hispana, con unos conocimientos rudimentarios del idioma anglosajón, pueden disfrutar de esa parte del mundillo que todavía desconocemos en gran medida.

Por mi parte, quiero poner hoy mi propio granito de arena en este problema, estrenando una nueva línea narrativa que todavía no ha sido publicada en español y que tomará su sitio en esta ciudad de máscaras. Me refiero, como ya supondréis por el título de la entrada de hoy, a Black Crusade, un juego donde los jugadores interpretan a los malos de la película. Sí, habéis oído bien. Los malos. Suena seductor. ¿Quién no ha visto una película o leído un libro y pensado "si fuera el malo, haría esto y esto"? Pues bien, aquí lo tenéis. ¡Y ambientado en el universo de Warhammer 40.000 nada más y nada menos! ¿Cómo? ¿Que algunos no sabéis de qué estoy hablando? Está bien, calma, calma. Dejadme empezar entonces por el principio...


Imaginaros una pequeña empresa británica que a mediados de la década de los 70 se dedicaba a fabricar tableros de mesa para juegos como el backgammon y el ajedrez. Su nombre es Games Workshop y pronto dio mucho de qué hablar, ascendiendo rápidamente por encima de sus orígenes humildes. Empezó convirtiéndose en la importadora del legendario juego de rol estadounidense Dungeons & Dragons, para luego reimprimir otros juegos como La llamada de Cthulhu, Runequest y Traveller. Pero fue en 1979 cuando la compañía encontró su leitmotiv al poner el suficiente capital para la creación de otra compañía llamada Miniaturas Citadel, que produciría todo tipo de miniaturas de metal para juegos de rol y wargames.

Fachada de la sede de Games Workshop

Durante las décadas de los 80 y los 90, Games Workshop no dejó de crecer, abriendo numerosas tiendas propias en Europa, Estados Unidos, Canadá, Australia... En 1994, ¡incluso llegaron a salir en la bolsa del London Stock Exchange! Sus dos principales líneas de juego fueron Warhammer Fantasy Battle y Warhammer 40.000, perteneciendo el primero al género de la fantasía épica y el segundo a la ciencia ficción.

Aficionados jugando a Warhammer 40.000

Sin embargo, su vertiginosa expansión terminó a finales de los 90, cuando ganaron fuerza los juegos de magia coleccionables (como Magic), lo que obligó a la compañía a diversificarse en nuevas áreas, sacando a la venta un juego de miniaturas basado en El Señor de los Anillos, creando su propia editorial, llamada Black Library, y publicando varios videojuegos ambientados en los universos ficticios de sus líneas de juego.


Aquí tenemos que dar un nuevo salto de página y hablar de otra compañía llamada Fantasy Flight Games, fundada en 1995. Esta compañía, cuyas principales instalaciones se encuentran en Minnesota (Estados Unidos), publica numerosos juegos de rol, miniaturas y cartas coleccionables, convirtiéndose en una de las grandes de la industria. Ha comercializado juegos de Star Wars, Battlestar Galactica, Arkham Horror y Netrunner, por citar solo unos pocos ejemplos, pero más importante aun, al menos en lo que concierne a la entrada de este blog, es que en el 2008 consiguió los derechos para comercializar juegos de rol ambientados en los universos ficticios de Warhammer Fantasy Battle y Warhammer 40.000.

El primero de ellos fue Dark Heresy, un juego de rol donde los jugadores interpretan a investigadores de la Inquisición en su lucha contra los enemigos de la humanidad. Por ahora, este es el único juego que está disponible en español gracias a Edge Entertainment, aunque no están traducidos todos sus suplementos. En Rogue Trader, su segundo juego, se nos daba la oportunidad de interpretar a intrépidos capitanes al mejor estilo space opera de toda la vida. El tercero, Deathwatch, cumplió la mayor fantasía secreta de muchos aficionados del mundillo: ¡interpretar a un marine espacial! El cuarto añadió más leña al fuego: Black Crusade. Ahora los jugadores podían interpretar a las fuerzas del Caos en su lucha contra el Imperio de la humanidad, bien jugando con marines espaciales traidores bien con una amplia variedad de herejes. Only War fue el último juego que publicaron ambientado en el universo de Warhammer 40.000; esta vez, los protagonistas son soldados de la Guardia Imperial.

Dark Heresy
Rogue Trader

Deathwatch
Only War

En mi humilde opinión, Black Crusade combina lo mejor de todos los juegos de la línea: conspiraciones, intriga, combates... las posibilidades son casi ilimitadas, tanto en el Vórtice de los Gritos como dentro del Imperio, en el sector Calixis o en cualquier otro imaginado por la retorcida mente del Director de Juego. Como digo, las posibilidades son enormes. Sin embargo, no se puede negar que una gran parte de su éxito se debe al propio trasfondo narrativo de Warhammer 40.000. A pesar del estupendo trabajo realizado por los chicos de Flight Fantasy Games, fueron los diseñadores de Games Workshop los que abrieron camino y eso se nota en cada aspecto del juego.

Black Crusade

Black Crusade ofrece tanta libertad que puede asustar si no se preparan las partidas adecuadamente. Al igual que pasó en su día con el Paranoia, en este juego es vital que exista una buena comunicación entre el Director de Juego y los jugadores, e incluso entre ellos mismos. La buena marcha de la trama, del tiempo narrativo y de la misma diversión del juego depende de ello. El otro requisito consiste en tener una mente abierta para explorar las posibilidades que se abren ante los personajes...

Si después de leer esta entrada de presentación os quedáis con ganas de informaros un poco sobre el universo de Warhammer 40.000 antes de que empiece a publicar los relatos de Black Crusade, tenéis varias fuentes a las que podéis acudir. En Wikipedia encontraréis una introducción rápida y sencilla. Para búsquedas más intensivas, también tenéis a vuestra disposición Wikihammer 40k, donde podéis encontrar información oficial como detalles proporcionados por los aficionados del hobby. Otro lugar muy recomendable para echar un vistazo es Fanhammer, donde podréis encontrar información sobre el juego de miniaturas, rumores y otra información muy útil. Por supuesto, Games Workshop también aporta mucha información de trasfondo en los codex dedicados a cada ejército; aquí podéis ver sus numerosos productos, así como sus estupendas miniaturas. Estoy convencido de que habrá muchísimos más recursos de los que citó en otros lugares de internet, pero eso ya es cosa vuestra. Sólo os dejo una pequeña parte para ir abriendo el apetito.

Y sin nada más que añadir, un nuevo y temible espectáculo toma lugar en nuestra hermosa ciudad...

martes, 1 de octubre de 2013

SUSURROS-DEL-PASADO (6 - 3)

Campo de Batalla (Umbra Media)

Perezosos jirones de bruma dormitaban indolentes sobre las rocas, ocultando gran parte del paisaje con su manto húmedo y la quietud de la noche sólo parecía verse interrumpida por el estrépito provocado por las olas al estrellarse contra los acantilados. Sin embargo, la pequeña ensenada no carecía por completo de vida. Desde su privilegiada posición, el Señor de la Sombra olisqueó el hedor de los hombres incluso antes de haberlos divisado. El Garou trepó unos metros más, con el vientre pegado a la húmeda roca, siguiendo a Faruq. Lo que encontró una vez que hubo coronado el peñasco, le causó no poco desconcierto.

Numerosas figuras, armadas con espadas y lanzas, estaban descendiendo de un barco encallado en la playa de piedras. En otras circunstancias, el Galliard se habría tomado su tiempo para admirar las elegantes curvas de la embarcación, pero todo cuanto percibía hasta ese momento le decía que estaban a punto de ser testigos de otra tragedia de la historia humana: las velas plegadas del navío, los movimientos furtivos y alertas de los guerreros. "Se va a derramar sangre muy pronto", reflexionó el joven Garou.

Casi por reflejo, miró a su compañero para intentar adivinar si Faruq pensaba lo mismo, pero el Ragabash no estaba donde debería. Unos segundos antes se hallaba tumbado a su lado, observándolo todo con suma atención y ahora ya no estaba. Simplemente había desaparecido por completo. Su olor personal era la única prueba que tenía Susurros-del-Pasado para confirmar que su hermano de manada había estado allí arriba. "En el nombre de Gaia, ¿dónde te has metido, maldito Luna Nueva?"

Un ruido detrás suyo llamó su atención de inmediato, pero al volverse descubrió que sólo era Lars. El Theurge debía haber escalado con cierta dificultad la pared del promontorio, mientras sostenía entre sus fauces el fetiche que hacía las veces de brújula en su búsqueda espiritual. Susurros-del-Pasado alzó la cabeza para observar de nuevo a los humanos. Para su satisfacción, los guerreros que se escondían en la playa no parecían haber escuchado ningún ruido. Muy al contrario, concentraban toda su atención en un sendero pedregoso que ascendía por una pequeña pendiente hasta perderse más allá, hacia la costa. "Deberíamos dar gracias a Gaia por haber concedido a los humanos unos oídos tan torpes", pensó con sorna el Señor de la Sombra.

-¿Faruq?-, preguntó su hermano al mismo tiempo que adoptaba la forma de hombre de las cavernas.

-Desapareció-, respondió él con un gruñido que no ocultaba en absoluto su frustración.

Lars no dio ninguna importancia al hecho de que el Ragabash hubiese decidido actuar por su cuenta, olvidándose de las claras instrucciones que les había dado Canción-Ocultas cuando habían llegado a este lugar. "Observar atentamente todo lo que ocurra, pero no intervengáis bajo ningún concepto", les había dicho su alfa. "Debemos averiguar por qué Uktena nos ha enviado a esta región del Campo de Batalla".  Lars interrumpió sus pensamientos.

-Aqueos-, murmuró en voz baja, tan baja que incluso a Susurros-del-Pasado le costó entenderlo en forma lobuna.

-¿Qué?-, preguntó el Philodox sin entender realmente al Theurge.

-Son soldados griegos de una época muy remota-, le explicó sin dejar de observar a los humanos. -Observa con atención. Ninguna de sus armas es de hierro, todas parecen haber sido forjadas con bronce.

Susurros-del-Pasado observó a los humanos detenidamente, descubriendo sorprendido que Lars tenía razón. Y no sólo eso, también se percató en los cascos redondos hechos con colmillos de alguna bestia salvaje, los numerosos escudos con forma de ocho y forrados con pieles de animales...

-¿Cómo lo supiste?-, acertó a decir incrédulo.

-Tuve una infancia muy difícil-, respondió Lars con sencillez. -Me pasaba mucho tiempo leyendo acerca de los vikingos, las legiones romanas, los pueblos germánicos. Cualquier cosa con tal de evadirme...

El relinchar de unos caballos hizo que ambos enmudecieran de golpe. Los humanos estaban obligando a descender por una estrecha pasarela a dos hermosos caballos de pelaje pardo cuyas cabezas estaban cubiertas por oscuras capuchas. El resto de los tripulantes del barco se esforzaron por hacer descender de forma controlada el armazón vacío de un carro, ayudados por varias sogas y cuerdas. La pericia de los humanos logró que culminasen sus trabajos en menos tiempo del que podría pensarse. Unos guerreros sin coraza arrastraron luego el vehículo hasta la playa. Hecho lo cual, llevaron a los dos caballos y les pusieron los arreos y bridas.

Entretanto, una figura siniestra observaba los preparativos desde la cubierta de la embarcación. Susurros-del-Pasado no la había visto antes, pero ahora no podía apartar su mirada de él. El griego iba ataviado con una pesada coraza y numerosas placas que cubrían todo su cuerpo, a excepción de las piernas, que estaban protegidas a su vez por unas canilleras desde las rodillas al tobillo. En su mano derecha, la figura aferraba una larga lanza. Por el contrario la otra mano no sostenía escudo alguno, sino que lucía una enorme pinza de crustáceo en lugar de una palma y cinco dedos .

-Ese debe ser su líder... un maldito Fomor.

-Percibo en él la peste del Wyrm incluso desde esta distancia.

-Debemos avisar inmediatamente al resto de la manada. ¡Vamos!

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Tal y como esperaban, cuando regresaron a la ensenada acompañados de sus hermanos, los guerreros aqueos ya se habían puesto en marcha. A pesar de ser meros reflejos espirituales de aquellos que vivieron esos mismos acontecimientos, su olor estaba fresco en el aire de la madrugada. Apestaban a vinagre, pescado y vino, una combinación que difícilmente podría considerarse sutil para perder su rastro. Y por si eso no fuera suficiente, las huellas dejadas por el carro del caudillo eran lo suficientemente elocuentes por sí mismas.

En cualquier caso, una vez que las Cinco Garras de Gaia llegaron a la cima del camino que conducía a la playa, encontraron un paisaje litoral de un oscuro color terroso, salpicado por hierbas bajas y abundantes matorrales. La luz de Selene, que apenas mostraba su cuarto creciente, iluminaba una pequeño poblado de casas redondas y paredes encaladas, con techumbre de ramas, dispuesto sobre un promontorio rocoso que se alzaba solitario sobre el nivel del mar. Más lejos aun, casi en la otra punta de la isla, se podían discernir las oscuras copas de los pinos y alcornoques de una sombría arboleda parcialmente cubierta por la bruma.

Los aqueos habían recorrido una buena distancia en completo silencio amparándose en la oscuridad. Susurros-del-Pasado y su manada les siguieron, manteniéndose a una prudente distancia de los más rezagados para impedir que diesen la voz de alarma. Por fortuna, los asaltantes estaban demasiado concentrados en la tarea que tenían entre manos, como para distinguir a seis hombres lobo al acecho en su retaguardia. "Lástima que no podamos hacerles ver su error", se lamentó en silencio el Galliard.

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Al llegar a las lindes del poblado, los aqueos se dispersaron en pequeños grupos, cubriendo todas las casas y puertas. Únicamente en ese momento, echaron a un lado toda cautela para proferir terribles gritos de guerra. Entraron en los hogares, espada en mano, sin respetar la vida de hombre, mujer, niño o anciano. Hubo saqueos, violaciones e incendios descontrolados. Algunos aldeanos intentaron resistirse, pero sus esfuerzos cayeron en saco roto. Fue una masacre carente de todo sentido de gloria u honor.

El caudillo aqueo no permaneció impasible ante la destrucción provocada por sus hombres, sino que participó activamente en la matanza. Mientras su auriga azuzaba a los caballos para perseguir a los aldeanos que tratasen de escapar, él mismo agotó todas las jabalinas de su carcaj de cuero con mortal precisión. No obstante, cuando se quedó sin más proyectiles arrojadizos, ordenó al conductor del vehículo que embistiese directamente a los desafortunados que tuvieron la mala fortuna de encontrarse en su camino. Susurros-del-Pasado apenas podía creer que los cadáveres ensangrentados que dejaba el carro tras de sí pudiesen haber pertenecido previamente a un ser humano.

El Galliard se sintió arder de pura indignación. La rabia que sentía en ese momento amenazaba con desbordarle como un río cuyo torrente hubiese sido alimentado por la descarga de una fuerte tormenta. Estaba enfadado con los habitantes del poblado, por no haberse dado cuenta de que las leyes de Gaia sólo respetaban a los más fuertes. ¿Por qué no habían alzado algún tipo de defensa alrededor de sus casas? ¿Por qué ninguno de ellos se ocupó de vigilar la noche para prevenir que algo así pudiese suceder? Se merecían su ridículo destino, y sin embargo, el Señor de la Sombra no podía evitar sentir lástima por ellos.

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De pronto, la escena cambió ante sus ojos. Todo empezó con un aullido furioso, un aullido que prometía venganza y muerte. Todos los hombres dejaron de hacer lo que tenían entre manos. Las risas cesaron de golpe. Las voces enmudecieron. Las manos aferraron con miedo sus armas. Un nuevo aullido se unió al primero, y luego otro, y otro más. El caudillo intentó reunir a sus hombres entre maldiciones, esforzándose por hacerse oír por encima de los relinchos asustados de los caballos y el desconcierto de su gente.

Una enorme zarpa peluda elevó por los aires a uno de los asaltantes, haciéndolo desaparecer detrás de una de las casas. Los alaridos de la víctima cesaron bruscamente. Por el rabillo del ojo, enormes formas oscuras corrían entre los edificios, cazando uno a uno a los invasores. Algunos aqueos trataron de huir de las bestias, pero no pudieron escapar de su justo castigo.

Como Galliard, Susurros-del-Pasado había escuchado muchas historias acerca de las Garou conocidas como las Furias Negras. Se decía que su tribu sólo admitía a mujeres, aunque también se rumoreaba que toleraban a algunos machos metis entre sus filas. Se tenían a sí mismas como las Garou más cercanas espiritualmente a Gaia y al Kaos, y la mayoría de ellas mostraban una actitud condescendiente hacia el resto de las tribus de la Nación Garou. Sin embargo, muchos las respetaban por su habilidad marcial y Susurros-del-Pasado pudo comprobar la razón.

Pequeñas escaramuzas se extendieron por doquier, aunque las Furias lograron imponerse a los invasores y cobrarse un sangriento tributo antes de que estos pudieran reorganizarse. Debía haber ocho o nueve de ellas como mucho en la isla. Dicho fuera en su honor, ninguna de ellas cayó muerta durante los primeros embates de la refriega. Formas Crinos de pelaje oscuro con manchas o rayas blancas, plateadas o grises destrozaron sin dificultad la carne y los huesos de sus enemigos con sus afiladas garras. Lobas e Hispo de enorme tamaño acabaron a mordiscos con otro puñado de aqueos. Sin embargo, el caudillo logró reagrupar a un gran grupo de los suyos en el camino, por lo que el combate no había terminado ni mucho menos.

El pesado batir de unas grandes alas obligó a Susurros-del-Pasado a apartar la vista de la batalla durante unos instantes. No pudo creer lo que vieron sus ojos. Un avatar de Pegaso, el tótem espiritual de las Furias Negras, sobrevolaba en esos momentos el campo de batalla. Parecía como si estuviese cabalgando sobre el mismo cielo, mientras sus alas batían furiosas las invisibles corrientes de aire. El espíritu se precipitó hacia abajo sin previo aviso, derribando a media docena de hombres antes de alzarse de nuevo hacia las alturas.

-Están acabados-, murmuró Faruq a su lado.

-No lo creo-, gruñó él cuando volvió a observar al caudillo.

En aquel momento el Fomor había echado hacia atrás el brazo con el que sostenía su lanza y tras unos breves segundos la arrojó con todas sus fuerzas cuando estuvo seguro. El arma recorrió el oscuro cielo, pero no erró en el blanco, sino que se hundió profundamente en el costado del espíritu. Moribundo, el avatar de Pegaso comenzó a caer sin control, estrellándose contra el suelo finalmente, sin dejar de proferir terribles sonidos de dolor y agonía.

Los Garou de las Cinco Garras de Gaia habían sido testigos de muchas cosas horribles durante su corta vida, pero ninguna tan increíble como la que acababan de contemplar. La sorpresa desbordó a la furia y no quedó nada salvo una pesada angustia.

-Levántate, levántate-, suplicó Crow en voz baja, rompiendo el apesadumbrado silencio que siguió.

Pegaso pareció haberlo escuchado. E incluso hizo dos torpes intentos para ponerse en pie. Sin embargo, sólo consiguió volver a caerse las dos veces, ensanchando todavía más la herida de la lanza en su costado y quejándose lastimeramente. Las fuerzas lo abandonaron de pronto y se quedó allí inerte, tendido, destrozado. En ese mismo instante, las Furias Negras enloquecieron por completo, abandonándose a un salvaje frenesí. Cayeron sin misericordia sobre lo invasores, dejando un reguero de cadáveres desmembrados a su paso. El mismo caudillo, que había logrado eliminar con su lanza a dos Furias en combate singular, perdió literalmente la cabeza cuando una anciana Garou se la arrancó de un golpe con un barrido de su garra en forma Crinos.

-Tenemos que irnos-, susurró Lars.

-¿Qué?-, preguntó Canción-Oculta perplejo.

-Tenemos que irnos-, repitió el Theurge al mismo tiempo que mostraba la brújula-fetiche que siempre llevaba consigo. Todos ellos pudieron comprobar que el interior del cuenco resplandecía débilmente y que la pupila del gran orbe que había en su interior estaba orientada en una nueva dirección. Uktena les estaba indicando que debían proseguir su viaje.

-Muy bien-, respondió el alfa con todo su aplomo. -Vámonos. Aquí no podemos hacer nada más...

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-Creo que ya sé por qué nos trajo a ese lugar, les dijo al resto una vez que dejaron atrás el cartel de carreteras con el nombre de la isla: "Ictime".

Todos arrastraron sus miradas apenadas hacia él, sin comprender muy bien a qué se refería. Todavía apenado por la muerte de Pegaso, Susurros-del-Pasado no disfrutó de la atención que recibía y habló con rapidez, intentando explicarse cuanto antes para alejar de sí aquellas miradas cargadas de angustia.

-Es la lanza-, empezó a decir con cierto nerviosismo. -Ningún arma podría haber herido de ese modo a un espíritu... y menos a un avatar de un Incarna. ¿No es cierto, Lars?

-Ningún arma mundana podría hacer lo que hemos visto-, asintió el Theurge, como si hubiese podido adivinar sus pensamientos.

-¿Insinúas que es un fetiche?-, quiso saber Faruq.

-Sí, eso es. La lanza es un poderoso fetiche del Wyrm, un arma única y temible, capaz de destruir a un avatar de Pegaso.

-Y no sólo eso-, intervino Canción-Oculta de repente. -¿Os acordáis de Stuttgart? Los Fenris corruptos usaron la punta de una lanza de bronce para destruir un túmulo sagrado. ¡Tiene que ser el mismo fetiche!

-¿Y qué parte juega Relámpago en todo esto? ¿O la Llanura del Apocalipsis?

-No lo sé todavía, Faruq-, respondió el alfa con algo más de energía. -Sin embargo, tengo la corazonada de que estamos empezando a dar nuestros primeros pasos en la dirección correcta.

-Suponiendo que tengáis razón, ¿qué haremos con ella cuando la tengamos en nuestras manos?-, quiso saber Crow.

-¡Destruirla!-, gruñó Raimorantha sin dudarlo.

-Canción-Oculta tiene razón-, sentenció el Galliard con firmeza obviando intencionadamente la última afirmación del Ahroun de la Camada de Fenris. -Sólo hemos dado unos pocos pasos en nuestra búsqueda espiritual. Si somos dignos, encontraremos las respuestas que buscamos a su debido momento.