jueves, 6 de marzo de 2014

BC 5: ÁNGELES CAÍDOS


"El alma de todo hombre se rige por mecanismos incomprensibles para la mente humana. Palabras como amistad, fe, egocentrismo o lealtad carecen de sentido si se acepta este hecho. Poco importan los juramentos y las promesas, ya que la misma esencia del universo es el cambio... y el cambio, como bien sabemos, conduce inexorablemente al Caos.
¿Cómo, si no, puede explicarse lo que ocurrió durante la primera campaña militar de los Ángeles Oscuros bajo el mando directo de Lion El'Johnson? ¿Qué sucedió realmente en Sarosh? Muchos se hicieron estas preguntas, antes y después de la conquista imperial de ese insignificante planeta, aunque hasta ahora nadie haya hallado una respuesta completamente satisfactoria. Probablemente, solo los implicados conocen la verdad de los hechos y decidiesen guardar silencio por alguna razón desconocida. Ya no importa, en cualquier caso.
Lo único que sabemos con certeza es que, después de Sarosh, Luther y quinientos nuevos Ángeles Oscuros, todos ellos de origen calibanita, fueron enviados de nuevo a Caliban para supervisar los programas de entrenamiento de los nuevos reclutas. Inexplicablemente, entre los que volvieron se encontraban jóvenes caballeros que habían servido con lealtad y honor a la antigua Orden en los viejos tiempos.
Al principio, muchos creyeron que el Primarca había detectado errores logísticos y tácticos durante la campaña militar, y que, por ello, había enviado a Caliban a los hombres en los que más confiaba para revisar los programas de entrenamiento e intensificar el reclutamiento. No obstante, el paso de los años se encargó de destrozar ese engaño benévolo, hasta que ya no hubo duda alguna de que Luther y los otros habían sido apartados por razones desconocidas. La amarga verdad se hizo tan evidente que algunos Ángeles Oscuros llegaron a utilizar abiertamente la palabra exilio para definir su difícil situación.
Durante cincuenta años esa herida espiritual fue arraigando en el corazón de los hombres, infectando el corazón y el alma con su pútrida caricia hasta que un cúmulo accidental de acontecimientos liberó al exterior todo el pus que se había acumulado. Nunca conocí los detalles exactos de lo que ocurrió durante los primeros días, ya que mi escuadra se encontraba destinada en las montañas occidentales, donde estuvimos casi tres meses realizando rigurosos ejercicios de entrenamiento en completo aislamiento pero, cuando regresamos a nuestros barracones en Aldurukh, quedamos completamente sorprendidos por los sucesos ocurridos.
Lejos de los monasterios fortaleza y de los campos de entrenamiento de los Ángeles Oscuros, la veintena de arcalogías que había en Caliban fueron víctimas de sabotajes y accidentes de todo tipo. Al mismo tiempo, se produjeron atentados terroristas contra funcionarios imperiales y revueltas populares entre los trabajadores industriales calibanitas. Los informes que llegaron de Stormhold, Windmir y el Bosque del Norte eran sumamente alarmantes. Pronto quedó muy claro que se trataba de una rebelión a escala planetaria y hábilmente organizada.
Por fortuna para los rebeldes, Luther se negó a desplegar a los Ángeles Oscuros contra la población civil, exigencia que le fue formulada repetidas veces por los funcionarios imperiales en términos cada vez más apremiantes. Dado que la producción quedó detenida casi por completo durante los disturbios, hubo que recurrir a las reservas para continuar proporcionando los envíos de suministros a las tropas de la I Legión que participaban en la Gran Cruzada. La situación empeoraba por momentos, mientras Luther trataba de evitar un baño de sangre a toda costa.
Finalmente, se traspasó el punto de no retorno y los Ángeles Oscuros se vieron obligados a intervenir en el Bosque del Norte. Allí una facción rebelde desobedeció las órdenes de sus líderes y atacó a la población civil. La situación fue extraordinariamente compleja. Sin embargo, los Ángeles Oscuros lograron eliminar la amenaza, por supuesto. Inmediatamente después, Luther decretó una amnistía para todos los rebeldes calibanitas que abandonasen las armas, lo que provocó a su vez quejas por parte de los funcionarios imperiales, ya que, según la ley imperial, el delito de insurrección debía castigarse con la pena de muerte. Finalmente, Luther ordenó el arresto de estos idiotas, controlando rápidamente la situación.
A partir de ese momento, Caliban recuperó su libertad por última vez y dio comienzo nuestra verdadera historia."



-¡Nodius, informa!-, exigió la voz de Mordekay por la frecuencia táctica de su escuadra.

-Tengo dos contactos confirmados subiendo por las escaleras meridionales.

-¿Te envío a Lambo?

-Negativo, hermano sargento-, respondió confiado mientras recargaba el cargador vacío de su pistola bólter. -Puedo ocuparme de ellos. ¿Cómo está Quintus?

-Su estado es crítico. Su cuerpo ha entrado en animación suspendida, pero no creo que sobreviva. Lo hemos dejado en el Munitorum hasta que cese el combate.

-Ninguno de nosotros sobrevivirá a este día, hermano sargento.

-Tienes razón. Haz que paguen por cada muerte que han causado, Nodius.

-¡Ya están aquí!-, tuvo tiempo de advertir antes de empezar a disparar su arma cuando consiguió un objetivo claro. -¡Por Caliban!

-.-

"Sin tiempo para asimilar las noticias cuando volvimos de las montañas, todos los miembros de nuestra unidad, la Escuadra Laquesis, fuimos asignados a la guarnición de la fortaleza monasterio de Osul, situada en la región conocida como las Colinas Rojas. Aquel antiquísimo edificio de piedra jugaba un papel insospechado en la red defensiva planetaria, ya que alojaba en sus entrañas uno de los grandes milagros tecnológicos de nuestros antepasados, los primeros colonos de Caliban. Allí, ocultos a gran profundidad, se hallaban los gigantescos espíritus máquina que alimentaban uno de los escudos energéticos que protegían Caliban frente a las amenazas externas.
La guarnición de Osul creció de forma lenta pero apreciable durante los siguientes meses. Cientos de operarios de la arcalogía de las Colinas Rojas, situada a unos quinientos kilómetros, instalaron un silo de defensa láser, conectado directamente a los espíritus máquina dejados bajo tierra por nuestros antepasados. Las bocas de sus cuatro gigantescos cañones láser, capaces de derribar grandes naves espaciales en órbita, sobresalían más de veinte metros por encima de la superficie alrededor del fortaleza monasterio como si fuesen las fauces hambrientas de las extintas grandes bestias de nuestro pasado.
Por si estas medidas no fuesen suficientes, a los cien Astartes acuartelados allí, la mitad de los cuales procedíamos del último capítulo de reclutamiento, se nos unieron casi dos mil Jaeger, que rodearon todo el perímetro con zanjas y trincheras. Esa línea defensiva fue reforzada con armas pesadas y vehículos blindados, dispuestos con astucia para romper cualquier asalto directo contra la fortaleza monasterio de Osul.
Semejante despliegue causó numerosos rumores, por supuesto. Fue el mismo Luther, en una de sus frecuentes inspecciones por sorpresa, el que se encargó de dar explicaciones por medio de un emotivo discurso en el que volvió a hacer gala de su extraordinario carisma. Nos contó que Horus Lupercal, el hijo genético más querido del Emperador, nombrado por él mismo como Señor de la Guerra para que comandase la última fase militar de la Gran Cruzada, se había alzado en armas contra su padre. Otros Primarcas habían sumado sus Legiones Astartes a la suya, al igual que un número desconocido de unidades del Ejército y la Armada Imperial. Los sucesos todavía eran confusos, nos dijo, pero todo parecía indicar que había estallado una sangrienta guerra civil cuyo final no parecía previsible a corto plazo.
Asimismo nos explicó que las noticias procedentes del exterior, sumamente contradictorias, no aclaraban el papel jugado en estos sucesos por el propio Lion El'Johnson, aunque todo parecía indicar que se había unido a las fuerzas rebeldes de Horus. Fuera cual fuese la verdad, lo cierto era que Caliban no se implicaría en esta guerra civil galáctica, ni tomarían partido por ninguno de los bandos en liza, sino que buscaría su propia suerte como planeta independiente, soberano y libre de cualquier poder exterior. Desde ese momento, debíamos retirar inmediatamente todas las enseñas, banderas, emblemas y estandartes imperiales, y renegar de cualquier juramento de lealtad al Emperador.
La fortuna había querido que una gran tormenta de la disformidad aislase nuestro planeta de las fuerzas enemigas, ventaja que debíamos aprovechar al máximo, fortificando nuestras posiciones y preparándonos para defender nuestro hogar. Caliban necesitaba a sus protectores con más urgencia que nunca y los Ángeles Oscuros responderían a la llamada."

-.-

-¡Por Caliban y Luther!-, gritó Mordekay con todas sus fuerzas mientras cargaba contra su enemigo.

Su embestida no cogió desprevenido al Astartes leal, un oficial de alto rango del ejército invasor, que consiguió apartarse a la izquierda mientras contraatacaba al mismo tiempo con un barrido horizontal de su martillo energético cuando ambos estuvieron bastante cerca el uno del otro. El arma de su enemigo hizo añicos el sillarejo de piedra de la pared. De no ser por Lambo, ese golpe lo hubiese matado, pero su hermano había sido tan rápido como una serpiente arbórea y lo había apartado en el último momento de la trayectoria letal del martillo con un apresurado empujón por la espalda a su contrincante.

-¡Morir, traidores!-, gritó el leal a su vez por los altavoces de su yelmo alado. -¡Por el Emperador!

Su enemigo apartó de un golpe a Lambo y alzó el pesado martillo con las dos manos para aplastarlo contra el suelo como si fuese un insecto demasiado atrevido. Silencioso como una tumba, Lambo arriesgó sin éxito otra cuchillada buscando abrir una brecha en el cuello, pero tuvo que abandonar en el último segundo para no morir en el acto. El martillo se estrelló en el lugar donde había estado pocos segundos antes, atravesando el suelo metálico de un solo golpe.

Mordekay aprovechó su oportunidad y sus dedos se cerraron sobre el mango del martillo energético, mientras el leal sacaba sin esfuerzo su arma del agujero que había creado. Los servomotores de sus armaduras negras, tan parecidas y tan distintas al mismo tiempo, gimieron por el esfuerzo cuando sus brazos lucharon por el control del arma. Los dos gigantes se revolvieron el uno contra el otro con violencia, chocando torpemente contra las vetustas paredes de piedra sin que cediese ninguno de los dos. Lambo los siguió de cerca, hostigando sin descanso con su gladius al Astartes leal de la I Legión.

-.-

"La primera señal de la temida invasión fueron los disparos de los gigantescos cañones láser de defensa. Sus tripulaciones medio humanas dispararon automáticamente las lanzas energéticas cuando los espíritus máquina detectaron la presencia de los navíos enemigos. Armas semejantes por todo Caliban siguieron los mismos protocolos, llenando el cielo de destrucción y muerte.
Segundos después del inicio de la primera salva automática, sonaron las sirenas de alerta en el monasterio fortaleza de Osul. Todos los presentes sabían lo que significaba eso. Todos corrieron a sus puestos de combate. Los Jaeger ocuparon la línea defensiva de trincheras y fortines, mientras los Ángeles Oscuros acudíamos ordenadamente a nuestros puestos asignados alrededor de los cañones láser y el edificio principal.
Sin embargo, el enemigo no atacó inmediatamente y los cañones láser cesaron el fuego. Poco a poco, empezaron a llegar los primeros informes que confirmaron la presencia de una enorme flota invasora, que había perdido varios navíos al acercarse al planeta. Las comunicaciones procedentes del mando militar en Aldurukh confirmaron esos informes preliminares. La flota invasora había retrocedido temporalmente, pero era previsible un asalto total contra nuestro planeta. Nuestras órdenes eran defender las instalaciones de Osul a cualquier precio. Habíamos cogido desprevenido una vez a nuestros enemigos, pero todos sabíamos que eso no volvería a ocurrir.
Casi siete horas más tarde los cañones láser volvieron a abrir fuego y el lamento de las sirenas anunció lo inevitable. El cielo se llenó de estallidos espectaculares cuando el escudo energético de Osul nos protegió del bombardeo enemigo. Más allá de la seguridad de nuestro perímetro, las plantas y los animales ardieron, el suelo rocoso reventó con cada nuevo impacto de las cabezas explosivas y la tierra ennegreció por completo.
Pero lo peor fue el rugido atronador de una gran explosión al sureste, seguido de una columna de humo, ceniza y fuego que se elevó rápidamente hacia los cielos. Intencionadamente o no, el arma nuclear enemiga había impactado sobre la arcalogía de las Colinas Rojas, reduciéndola por completo a escombros humeantes y masacrando de un plumazo a sus casi diez millones de habitantes.
La explosión nuclear marcó el fin del bombardeo enemigo, aunque nuestros cañones defensivos continuaron disparándolo sin tregua. Habíamos perdido las comunicaciones con Aldurukh y nos habíamos quedado aislados. Todavía conmocionados por la destrucción de la arcalogía de las Colinas Rojas, minutos más tarde percibimos el pequeño fulgor distintivo de las cápsulas de desembarco cayendo sobre nuestra posición."

-.-

Dos proyectiles reventaron el peto del primer Astartes que subía, abriéndose paso a través de las placas de ceramita y desgarrando la carne y el hueso que se escondían debajo. La figura blindada retrocedió por los impactos, a punto de caer por las escaleras, pero la sorprendente testarudez del herido hizo que se sujetase a la pared y cogiese impulso para seguir avanzando. Su compañero lanzó una granada por el hueco de las escaleras hacia la posición de Nodius, que se vio obligado a retroceder. Se produjo una fuerte explosión, pero la metralla impactó inútilmente contra su servoarmadura, igual que si hubiesen sido gotas de lluvia.

La pistola bólter de Nodius siguió rugiendo en su mano. El polvo y el humo restaron efectividad a sus disparos, pero confiaba en poder mantener a sus enemigos a raya hasta que mejorase la visibilidad. No obstante, los leales no esperaron, sino que cargaron directamente contra él.

-¡Por Lion!-, gritó el Astartes herido mientras avanzaba por el pasillo disparando su bólter seguido de cerca por su compañero.

Sus disparos erraron en el blanco, salvo uno que afortunadamente no llegó a atravesar la ceramita protectora de su hombrera derecha. Viéndose acorralado, Nodius dejó de disparar y alzó la palma de su mano libre, recurriendo a las energías secretas que bullían en su interior. Concentró toda su rabia al recordar el destino de la arcalogía de las Colinas Rojas y la manifestó en su guantelete bajo la forma de una llama ardiente.

Después de que el Imperio hubiese aprobado el Edicto de Nikaea que disolvió oficialmente todos los Librariums dentro de las Legiones Astartes, los marines espaciales con poderes psíquicos como Nodius habían tenido que jurar en nombre del Emperador que nunca utilizarían de nuevo sus temibles poderes sobrenaturales. Sin embargo, Nodius había sido liberado de semejantes restricciones cuando Luther liberó a Caliban de la tiranía imperial. "Nunca más renegaré de lo que soy", pensó con satisfacción mientras arrojaba las llamas contra el Astartes leal.

La figura blindada quedó envuelta por el ardiente fuego, que penetró vorazmente por cada resquicio y brecha que encontró a su paso. Hubo un fuerte olor a carne quemada. El leal dio tres cortos pasos más y se desplomó pesadamente sobre el suelo metálico, mientras su fuego fúnebre continuaba ardiendo. "Uno más. Solo uno más, por favor", deseó Nodius mientras se preparaba para la vengativa carga del compañero de armas del caído.

-.-

"Los Jaeger abrieron fuego contra los invasores con todo lo que tenían. La atronadora salva de cañones láser y bólters, lanzamisiles y ametralladoras pesadas pareció frenar a los Astartes leales durante unos engañosos minutos, pero pronto comprobaron que el enemigo seguía avanzando a pesar de la intensidad del fuego disparado sobre ellos. La confusión de los soldados fue mayor si cabe cuando el enemigo estuvo lo bastante cerca para reconocer los colores e insignias de los Astartes contra los que luchaban. Sus armaduras negras, como el carbón, sus emblemas representando la espada alada y sus gritos de batalla en nombre del Emperador y Lion les confirmaron que se estaban enfrentando contra los Ángeles Oscuros leales al Imperio. La I Legión había regresado a Caliban.
Podría decirse muchas cosas de esos hombres y mujeres que no habían tenido la oportunidad de vivir en los tiempos de los caballeros y las grandes bestias, pero esa noche demostraron un coraje que estuvo a la altura de sus heroicos antepasados, manteniendo sus posiciones y librando una lucha desesperada cuando los Astartes leales llegaron finalmente las trincheras, las cuales pronto quedaron teñidas de sangre.
Entretanto, llegaron una veintena Thunderhawk con refuerzos para los invasores, desplegando una docena de Predators, un puñado Whirlhinds y varios Rhinos cargados con más escuadras Astartes. Las unidades mecanizadas de ambos bandos entablaron combate, mientras las líneas defensivas iba cayendo una a una por todo el frente.
Cuando los primeros Astartes leales entraron en el monasterio fortaleza, los Ángeles Oscuros calibanitas los recibieron con una mortal lluvia de fuego, cerrando la primera brecha. Mientras los cañones láser seguían escupiendo más fuego contras las naves enemigas en órbita, se produjeron decenas de combates aislados en la fortaleza. Escuadras de asalto leales cayeron sobre el techo del edificio principal por medio de sus propulsores de salto y se abrieron paso hacia su interior utilizando bombas de fusión. Entonces nos llegó la que sería la última transmisión del mando de la guarnición, que ordenó a todas las escuadras operativas retroceder inmediatamente y defender los espíritus máquina de los escudos energéticos hasta el último calibanita.
Al mismo tiempo, el bombardeo orbital enemigo continuó cayendo inmisericorde sobre todo Caliban, sin ofrecer tregua alguna a sus desesperados pero heroicos defensores."

-.-

El Astartes leal le dio un cabezazo. Su yelmo lo protegió del golpe, aunque no pudo evitar que perdiese el equilibrio y cayese al suelo. Mordekay aferró la empuñadura de su gladius dispuesto a asestar un último golpe, pero Lambo se anticipó a él, propinando un profundo corte detrás de la rodilla de su adversario que llegó a cortarle hasta el hueso. Eso hizo que se convirtiese en el blanco de la furia de su enemigo, que arremetió contra él hasta cuatro veces con el martillo energético. Lambo se vio obligado a retroceder, sin poder evitar que el leal lo arrinconase contra la pared.

Mordekay se puso en pie furioso. Había perdido a casi todos sus hermanos de escuadra. Naaman, Zahariel y Cadmus habían muerto a los pies del gigantesco cañón láser que protegían. Nemiel y Bethor cayeron bajo el fuego enemigo cuando cargaron para abrirse paso hasta el edificio principal. El sargento Elyas murió decapitado por la espada sierra de un Astartes leal mientras luchaban contra los efectivos restantes de una escuadra de asalto invasora, lo que lo había convertido en el oficial al mando de sus hermanos restantes. Incluso el orgulloso Quintus estaba ahora moribundo por un disparo afortunado cuando se hicieron con el control de esa planta.

-¡No voy a permitir que sacrifiquéis a Lambo ante mis propios ojos!-, se juró a sí mismo en voz alta.

Su grito de rabia ciega previno al Astartes leal de su carga. Con un movimiento poco elegante pero sumamente hábil, su enemigo consiguió darse la vuelta e interponer el martillo entre los dos. Un fuerte terremoto interrumpió entonces su pelea durante unos segundos mientras trataban de permanecer en pie. Parecía que el edificio entero fuese a venirse abajo en cualquier momento. Cayeron pequeños cascotes de piedra y metal sobre sus armaduras. Los lumenes de la planta se oscurecieron al unísono al quedarse sin energía. Los Astartes sólo veían ahora gracias a los filtros especiales de las lentes integradas en sus yelmos.

Audaz, Lambo aprovechó esos valiosos segundos para tratar de acabar con su adversario. Su gladius se hundió en el costado del Astartes leal, dejando un alargado rastro de sangre a su paso. El digno adversario aulló de dolor y se disponía a contraatacar cuando Mordekay volvió aferrar el mango del martillo energético. Arrebatándoselo de las manos, el nuevo sargento de la escuadra Laquesis alzó el arma por encima de su cabeza.

-¡Por Lutheerrr!-, gritó Mordekay intentando hacerse oír por encima del estrépito de las explosiones que tenían lugar en los pisos inferiores.

-.-

Nodius y su enemigo rodaron por el suelo, mientras trataban de acuchillarse mutuamente con sus respectivos gladius. No les importó que se fuesen las luces, ni hicieron caso a las explosiones, los terremotos o los impactos del bombardeo orbital que ya no podía ser contenidos por el escudo energético de Osul. Los dos Astartes estaban demasiado concentrados en matarse el uno al otro como para que tuviese importancia cualquier otra cosa. El imperial logró imponerse finalmente sobre él, alzando su gladius para descargarlo contra su cabeza.

-¡Así mueren los traidores!-, gritó triunfante el Ángel Oscuro leal antes de dar el golpe de gracia.

Nodius extendió su mano zurda y recurrió de nuevo a sus poderes psíquicos. Las llamas envolvieron los dedos blindados de su armadura energética y saltaron con vida propia sobre su adversario, arrojándose vorazmente sobre su el rostro del yelmo. Aquella distracción hizo que el imperial errase el golpe. Nodius se lo quitó de encima y rodó por el suelo tratando de ganar distancia antes de volver a ponerse en pie. Su enemigo lo persiguió con celo implacable.

En ese justo momento, Nodius percibió algo más. Era la disformidad. Allí estaba ocurriendo algo terrible. La energía psíquica procedente del universo del Immaterium, como era llamado por los eruditos imperiales, estaba emergiendo hacia la realidad física con la fuerza de una tormenta incontrolable. Nodius gritó sobrecogido cuando aquella energía descomunal se abalanzó sobre lo que quedaba de Caliban. Su cuerpo fue arrastrado de golpe por las poderosas corrientes etéreas, sacudiéndolo violentamente de un lado a otro, antes de engullirlo por completo en sus voraces fauces.

viernes, 28 de febrero de 2014

BC 4: ÁNGELES OSCUROS


"Llegado este momento, me avergüenza confesar que el Imperio no necesitó disparar ningún arma para conquistar Caliban. En lugar de presentar abiertamente sus verdaderas intenciones, vino a nosotros con palabras amables y fraternales. La generación de mis abuelos, tan extasiada como estaba por el fin del reinado de terror de las grandes bestias, le dio la bienvenida con los brazos abiertos, sin tan siquiera sospechar el rostro de la tiranía que iba a tratar de adueñarse para siempre de sus vidas.
Los primeros en llegar fueron los Astartes de la I Legión, conocida como los Ángeles Oscuros. Causaron una gran conmoción entre los habitantes de Caliban, poco acostumbrados a contemplar a gigantes de armaduras negras que viajaban en naves voladoras. Los viejos mitos habían demostrado ser veraces y nuestro pueblo se disponía a reunirse con sus hermanos de las estrellas. Aunque fingieron tener intenciones pacíficas, estos extranjeros se reunieron en secreto con Lion El'Johnson para comunicarle un mensaje privado que traían solo para él.
Nunca se supo qué temas se trataron en aquella reunión, pero al finalizar la misma el Supremo Gran Maestre anunció que vivíamos días verdaderamente gozosos. Nuestro largo aislamiento había terminado y, desde ese momento en adelante, nuestro planeta formaría parte del Imperio de la Humanidad ahora que la Vieja Noche estaba tocando a su fin. Es más, Lion anunció que el mismo Emperador iba a visitar Caliban en unas pocas semanas para reunirse con su hijo genético perdido: el propio Lion, casualmente. Mis abuelos y sus contemporáneos no entendieron todas las implicaciones de estas palabras, pero se sintieron orgullosos por acoger a tan insigne gobernante y se esforzaron por darle una calurosa bienvenida.
Entretanto, los imperiales aprovecharon muy bien ese tiempo para deslumbrarnos con las maravillas que traían consigo. Junto a los Ángeles Oscuros, llegaron humanos normales: apotecarios que podían sanar las heridas más graves y enfermedades para las que no existía ninguna cura, tecnosacerdotes que usaron grandes máquinas para desforestar y allanar el terreno donde aterrizaría el Emperador de Terra, demagogos, que se mezclaron con las multitudes para explicar los brillantes logros del Imperio de la Humanidad, artistas llegados para inmortalizar este importante suceso y un largo etcétera.
En el transcurso de esos ajetreados días, Lion El'Johnson reunió el Consejo de Grandes Maestros de la Orden, donde, tras unas breves deliberaciones, se produjo otro importante anuncio: todos los miembros y posesiones de la Orden se integrarían en la estructura militar de la I Legión, para contribuir en la Gran Cruzada que se libraba en centenares de campos de batalla en la galaxia con el objeto de liberar a los humanos esclavizados por peligrosos alienígenas y reunir de nuevo todos los mundos de la humanidad. A partir de ese momento, los reclutas y aspirantes más jóvenes de la Orden obtuvieron permiso para tratar de superar las severas pruebas de ingreso de los Ángeles Oscuros. Miles lo intentaron, pero apenas unas pocas decenas de voluntarios consiguieron alcanzar su nuevo sueño.
Finalmente, llegó el día en que el mismo Emperador visitó Caliban. Los habitantes de nuestro planeta nunca olvidaron aquel momento. Una muchedumbre de cientos de miles de personas entusiasmadas llegaron desde todos los rincones de Caliban. Mis abuelos maternos contaron emocionados a sus hijos, y luego a sus nietos, todos los detalles de ese día. Las banderas de las familias nobles calibanitas ondearon orgullosas al viento junto a los estandartes imperiales. Los Astartes desfilaron con sus armaduras con una precisión extraordinaria frente a un público atónito. Los líderes imperiales, sentados en las gradas junto a los nobles calibanitas, se pusieron en pie cuando llegó la lanzadera del Emperador. Mis abuelos siempre lloraban de impotencia en este punto de la historia, incapaces de describir con palabras el físico perfecto del autoproclamado Señor de la Humanidad o el aura dorada y supuestamente benévola que desprendía todo su ser."

El prisionero dejó de leer en ese punto, aquejado por un repentino dolor de cabeza. Tuvo la sensación de que una pequeña astilla de hielo se movía justo por detrás del ojo izquierdo, en el interior de su cabeza, provocando oleadas de dolor al resto del cerebro. Cerró los ojos y apretó los dientes entre maldiciones, gruñendo como un animal acorralado. El dolor sensibilizó tanto sus sentidos que podía sentir cada doloroso latido de sus dos corazones.

Finalmente, la agonía que sentía fue remitiendo poco a poco, tan misteriosamente como había aparecido, dejando tan solo una pequeña palpitación que se volvía más débil con cada nuevo latido de sus corazones. "¿Qué me ha pasado?", se preguntó sorprendido. Se puso en pie con dificultad, dejando que el libro cayese torpemente al suelo. A continuación se asomó por el pasillo. No había entrado nadie. Queriendo asegurarse, caminó torpemente hacia la solitaria puerta, la abrió con rapidez y echó un vistazo al pasillo central que conducía a la sala de máquinas. Allí tampoco había nadie.

"¿Me estaré volviendo loco?", se preguntó en silencio mientras cerraba la pesada puerta. Todavía receloso, estuvo esperando unos minutos en silencio, mirándola fijamente. No escuchó ningún ruido extraño que no fuese el producido por los espíritus-máquina del navío o los líquidos que recorrían las tuberías el pasillo en el que estaba escondido. Finalmente, volvió sobre sus pasos y recogió el libro abierto que había dejado indignamente en el suelo. Siguió leyendo allí mismo, de pie, vigilando constantemente la puerta cada pocas líneas.

"Cuando el Emperador abandonó Caliban, sus esclavos se pusieron rápidamente manos a la obra para adaptar nuestro planeta a los designios de su Imperio, con el permiso expreso del propio Lion El'Johnson. Inmensos espacios boscosos fueron desforestados para construir las grandes minas, refinerías y complejos fábriles que cubrirían las necesidades logísticas de la I Legión. La mayor parte de la población calibanita fue realojada en asentamientos conocidos como arcalogías, ciudades colmena en su fase I, para cubrir las necesidades de mano de obra de la nueva industria militar bajo la dirección de estrictos funcionarios imperiales.
Nuestros nuevos amos establecieron prolongadas jornadas de trabajo, remuneraciones salariales precarias y un ritmo de vida que supuso la lenta aniquilación de toda nuestra cultura. La arcaica lengua gótica procedente de Terra fue sustituyendo paulatinamente nuestro bello idioma en la mayoría de las actividades diarias. Las leyes de nuestros conquistadores prohibieron los cultos y las organizaciones religiosas, ya que la Verdad Imperial consideraba que las religiones lastraban el desarrollo humano con supersticiones peligrosas. Curiosamente, esas mismas leyes permitían a los tecnosacerdotes practicar en público sus creencias, en virtud de un viejo tratado firmado por el Emperador y el Adeptus Mechanicus de Marte.
Los imperiales compraron la buena voluntad de las familias nobles calibanitas que tratasen de mejorar su situación traicionando en el proceso a sus compatriotas, al mismo tiempo que dejaron languidecer económicamente a los nobles más tradicionalistas y, por tanto, menos serviles.
Asimismo, las viejas órdenes de caballería fueron integradas en un solo cuerpo policial que, de ahora en adelante, tendría como única responsabilidad vigilar el estricto cumplimiento de la ley imperial. Los caballeros opuestos a estas medidas simplemente fueron expulsados, viéndose obligados a regresar a sus tierras familiares o buscar trabajo en las nuevas arcalogías.
Los funcionarios imperiales también crearon un ejército de autodefensa planetaria, los Jaegers Calibanitas, cuyos regimientos contribuirían en la defensa de Caliban o se integrarían en la estructura de mando del inmenso Ejército Imperial, que libraba cientos de campañas militares en esos momentos por toda la galaxia. Sin embargo, a pesar de lo que decía la propaganda, pusieron al frente de sus regimientos y compañías a oficiales imperiales que no procedían de nuestro planeta.
Los propios calibanitas se vieron demasiado sorprendidos por la rapidez y la magnitud de los acontecimientos como para ejercer algún tipo de resistencia útil. Muchos se sintieron traicionados, pero se resignaron pragmáticamente a su destino, creyendo que era imposible desafiar el poder militar del Imperio de la Humanidad. Unos pocos se organizaron, preparando las semillas de la resistencia y organizándose en pequeños grupos de personas de igual opinión. El resto, la abrumadora mayoría, simplemente prefirió negar la realidad que tenían ante sus mismos ojos, haciendo suyas las ideas de los nuevos amos de Caliban.
Incluso los héroes de la Orden cayeron en esa trampa. Los mejores se unieron a las filas de la I Legión y, una vez superados el proceso de intervención genética y la instrucción militar, se convirtieron en Astartes. El mismo Luther tomó ese camino, aunque tenía una edad demasiado avanzada para recibir los beneficios de la semilla genética. Los tecnosacerdotes tuvieron que potenciar su cuerpo con otros costosos tratamientos alquímicos, que le confirieron unas capacidades físicas únicamente inferiores a las que poseería un verdadero Astartes.
Por su parte, cuando Lion El'Johnson descubrió que tan sólo era uno de los dieciocho hijos genéticos del Emperador, aceptó rápidamente su papel de Primarca de los Ángeles Oscuros y condujo a las huestes de la I Legión a una ambiciosa campaña de nuevas conquistas en la Gran Cruzada, que le permitiese obtener un prestigio similar al de sus hermanos. El genio estratégico de Lion y las armas de los Ángeles Oscuros ayudaron a conquistar decenas de planetas, esclavizando a sus habitantes y oprimiendo civilizaciones enteras en nombre del Emperador."



miércoles, 26 de febrero de 2014

SACRIFICA-SU-PROPIO-OJO (6 - 4)

Algún reino de la Umbra Media

El monótono paisaje de colina tras colina no cambió ni un ápice a medida que se internaron más en aquel reino umbral, al igual que la intensidad de los gritos. Ni siquiera el coro de un millar de miles de gritos podrían producir unos sonidos semejantes, tan aterradores y espeluznantes. A veces incluso se asemejaban a los truenos que azotaban un cielo tormentoso. Tampoco percibieron cambios en la intensidad de los nauseabundos olores que impregnaban el reino. El único cambio real que descubrieron era que a veces la llovizna de agua sucia se convertía en un pequeño aguacero y otras veces no era más que una cortina de gotas menudas y dispersas.

Sin embargo, el lugar no carecía de habitantes. Las Cinco Garras de Gaia descubrieron muy pronto esa horrible verdad, aunque tardaron un tiempo en atar todos los cabos. Fueron testigos de toda clase de torturas y vejaciones cometidas por la humanidad contra miembros de su propia especie. Torturadores, violadores, asesinos y monstruos con piel humana se cebaban una y otra vez con sus víctimas indefensas, en una especie versión retorcida del mismísimo infierno, donde los inocentes eran castigados a manos de sus propios verdugos.

La lista de atrocidades de las que estaban siendo testigos siguió creciendo. Aquí dos sádicos militares ingleses vestidos con uniformes del siglo diecinueve estaban torturando a un irlandés católico con la excusa de obtener una confesión de sus crímenes, allí un sacerdote  bajito, babilonio o asirio, Lars no pudo determinar su origen con total certeza, abría violentamente las vísceras de un joven maniatado para tratar de discernir el futuro, y más lejos aún, un mecánico ruso golpeaba y violaba con total impunidad a una niña pequeña que había tenido la desgracia de caer en sus manos.

Por supuesto, ni él ni sus hermanos de manada permanecieron impasibles. Crow y Raimorantha destrozaron a los soldados ingleses, mientras Canción-Oculta y Susurros-del-Pasado liberaban a la niña de su terrible destino. Por su parte, Faruq y él mismo cargaron contra el sacerdote, que no fue consciente de su presencia hasta que cayeron sobre él, lo apartaron de su víctima y desgarraron frenéticamente su cuerpo. Su enemigo apenas pudo hacer otra cosa que gritar, uniéndose al coro de aullidos de dolor de aquel reino maligno, hasta que su voz se acalló violentamente.

En un arrebato de inspiración, la mente de Lars se aclaró lo bastante para percatarse de un hecho: el cuerpo del sacerdote no estaba hecho de carne y sangre como el de cualquier ser vivo, sino de una sustancia de aspecto semitraslúcido que se diluía lentamente ante sus ojos. "¡Emanaciones!", se dijo a sí mismo. "Tenía que haberme dado cuenta antes". El Theurge se volvió y observó a Faruq, que había adoptado la forma homínida, intentar volver a meter las entrañas del hombre dentro su vientre.

-¡Ayúdame Lars!-, gritó el Ragabash desesperado y con los ojos cubiertos de lágrimas.

A pesar de que sabía que sus esfuerzos estaban condenados al fracaso, corrió para ayudarlo como pudiese. El hombre se sacudía de dolor, gritando con todas sus fuerzas. Lars lo inmovilizó mientras Faruq hacía el resto del trabajo. Todo fue en vano. Con un último chillido de agonía, el hombre murió entre sus brazos sin que ninguno de los dos hubiesen podido evitarlo.

-¡Mierda!-, gritó el Caminante Silencioso. -¿Pero qué está pasando aquí, joder?

-No podíamos salvarlo, Faruq. Ya estaba muerto.

-¿Quieres decir que era un fantasma?-, preguntó mientras aclaraba sus ideas.

Su hermano de manada había dado en el clavo. En la nación Garou, existían numerosos rumores de que los Caminantes Silenciosos estaban ligados al reino de la muerte y que frecuentaban la compañía de las almas de los difuntos. Lars intuía ahora que esos rumores podían estar en lo cierto.

-Tú los llamas fantasmas, yo Emanaciones. Usa el nombre que prefieras, pero estoy seguro de que estos dos llevaban muertos desde hace algunos milenios. ¡Vamos! Busquemos a los demás y reunamos a la manada.

Faruq asintió sin protestar. Minutos más tarde encontraron a los demás. Ninguno había tenido dificultades para poner fin a los ultrajes que se estaban cometiendo. Sin embargo, las víctimas habían muerto o desaparecido, al igual que los cadáveres de sus torturadores. En cualquier caso, todos los Garou estaban frustrados y furiosos.

-¿Estamos en el reino del Wyrm?-, preguntó Crow entre fuertes gruñidos. Se refería a Malfeas, por supuesto, pero ni siquiera un Ahroun presa de la rabia como él se atrevió a pronunciar ese nombre en voz alta.

-Creo que no-, intervino Lars intentando conferir a su voz más seguridad de la que sentía realmente. -No hay duda de que este lugar está corrompido por el Wyrm, pero no creo que estemos en su propio reino.

-Estoy de acuerdo-, le apoyó Canción-Oculta. -Si son ciertas la mitad de las historias que oído de ese terrible lugar, hubiésemos sabido con seguridad y desde el principio que estábamos allí.

-El Ojo del Kraken no marca ninguna dirección, así que tendremos que explorar más este... lugar y averiguar por qué el Gran Uktena nos ha traído aquí. Sospecho que nos encontramos en otro reino de la Umbra Media, uno parecido al Campo de Batalla.

-No-, negó Canción-Oculta. -Este sitio es distinto. ¿No lo notáis? Aquí no hay combates. Sólo víctimas y verdugos y dolor, mucho dolor. El sufrimiento es casi... palpable.

-Ninguna de las historias que he oído hablaban de un lugar así-, manifestó con aparente frialdad Susurros-del-Pasado.

-Lars cree que son fantasmas-, se chivó Faruq de pronto. -No me parece que estemos en el reino de los muertos, pero puede que tenga razón.

-Es únicamente una suposición-, respondió el Theurge a la defensiva cuando todas las miradas se posaron en él. -Y no dije fantasmas. Dije Emanaciones. Sombras de los vivos. El mismo tipo de espíritus que vimos en el Campo de Batalla.

-¿Entonces hemos salvado a los espíritus torturados?-, preguntó ansioso Canción-Oculta.

-No hay forma de saberlo por ahora, pero sospecho que no.

-Si tienes razón-, empezó a decir Susurros-del-Pasado, -no merece la pena que nos esforcemos por salvar a las víctimas.

-¡Estás loco!-, exclamó enfadado Canción-Oculta. -¡No podemos quedarnos de brazos cruzados como si no estuviese pasando nada!

-Puede que nuestra compasión sea nuestro peor enemigo en este reino, alfa de las Cinco-Garras-de-Gaia-, respondió el Señor de la Sombra intentando parecer tranquilo. Todos fueron bien conscientes de que el Galliard le recordaba su cargo a Canción-Oculta con el objeto de que pensase no sólo en el bienestar de las Emanaciones, sino en el de toda la manada.

-¡Susurros-del-Pasado tiene razón!-, ladró de repente Raimorantha. -Están muertos. No se puede salvar a los muertos.

-Estáis equivocados, terriblemente equivocados-, respondió Canción-Oculta. -Gaia nos creó precisamente para combatir estos crímenes.

-¿Pero no nos había creado para combatir el Wyrm?-, preguntó Faruq recuperando su papel de Ragabash.

-El Wyrm se hace fuerte con estos crímenes. Si los combatimos, ayudaremos a derrotarlo.

-Palabras humanas-, gruñó Raimorantha con desprecio.

-Soy el alfa-, respondió Canción-Oculta. -Según la Letanía podría obligaros a todos a someteros a mi juicio, pero no lo haré. Nunca lo he hecho porque debemos aprender de los errores de nuestros antepasados. Tenemos que demostrar que somos mejores que ellos. Decidamos entre todos la decisión que tomará nuestra manada. Ya conocéis mi opinión. Lars, ¿tú que dices?

El Fenris observó con su único ojo sano al Colmillo Plateado. Sabía que su respuesta tendría un gran peso en la decisión de sus hermanos de manada. Canción-Oculta era el alfa y hablaba con el alma de un auténtico Philodox. Ninguno de ellos dudaba que no fuese a tomar la decisión más justa, pero Lars era un Theurge. Era el Garou presente con más conocimientos acerca de la Umbra y sus habitantes. Si decidía que la mejor decisión para continuar la búsqueda espiritual del Gran Uktena era abandonar a las víctimas a su suerte, el resto lo tendría en cuenta. El problema era que no sabía cuál era la respuesta correcta y el peso de la responsabilidad cayó sobre él como un jarro de agua fría. Al final, tras un largo minuto reflexionando, no pudo demorar su decisión por más tiempo.

-Por mucho que me duela reconocerlo, creo que debemos comportarnos como hicimos en el Campo de Batalla. Movernos sigilosamente por el reino y observarlo todo, sin intervenir para salvar a las víctimas-, lo había dicho, aunque eso no hizo que se sintiese mejor.

-.-

La manada continuó avanzando entre los montículos, descubriendo nuevos crímenes tortuosos que casi quebraron su determinación a ceñirse únicamente al papel de simples testigos. Contemplaron con horror cómo unos soldados estadounidenses violaban y masacraban a los habitantes indefensos de una pequeña aldea vietnamita sin nombre. Incluso esos terribles crímenes se vieron rápidamente igualados cuando descubrieron a un  sacerdote católico aplicar sus herramientas de tortura para convertir en una pulpa sangrienta los pies y las manos de una anciana destrozada, cuya piel mostraba con claridad marcas de haber sufrido los tormentos del fuego, o cuando se encontraron con un médico de la SS "cosiendo" sin anestesia la piel y los músculos de dos niños gemelos y demacrados, uniéndolos para siempre en un grotesco ser.

No obstante, la determinación de los Garou no quedó sin recompensa, ya que también descubrieron una Perdición solitaria contemplando extasiada cómo un policía japonés le daba una paliza a un vagabundo. Lars casi podría haber jurado que ese ser inmundo estaba disfrutando al contemplar la agonía de las víctimas. Y había allí algo más. Parecía que se estaba volviendo más corpórea. Sin embargo, no pudo averiguar nada más, ya que Crow y Raimorantha eligieron ese preciso instante para transformarse en Crinos y destrozar a la Perdición sin que tuviese posibilidad alguna de escapar.

-¡Estúpidos!-, ladró Faruq. -Habíamos acordado no intervenir.

-Era un siervo del Wyrm-, se defendió Crow. -Seguro que su destrucción...

-Su destrucción no impedirá nada-, les interrumpió Lars mientras señalaba a las emanaciones con la mano derecha. -¡Mirad!

El policía, cansado de golpear al mendigo con su porra extensible, vació sobre su víctima el contenido de una botella de licor que había aparecido de repente en el suelo, como si siempre hubiese estado allí. A continuación, mientras el vagabundo se arrastraba lentamente en un vano intento de alejarse entre gemidos y lloros, el sonriente policía sacó una caja de cerillas y, sin decir ni una palabra, arrojó una cerrilla ardiente sobre la espalda del mendigo, prendiéndolo en llamas en el acto.

Abatido, Canción-Oculta llamó a los dos Ahroun y los obligó a alejarse de los aullidos moribundos del mendigo. Todos los Garou de las Cinco-Garras-de-Gaia sentían la intensa tentación de intervenir, pero habían descubierto para su pesar que en ese reino sus actos no podían salvar a las víctimas de su cruel destino. Era una lección amarga y difícil de digerir, pero debían aprender a aceptarlo si querían avanzar en su búsqueda espiritual.

-Tenías razón-, le dijo al alfa de su manada.

-¿En qué?-, quiso saber Susurros-del-Pasado cuando vio que Canción-Oculta permanecía en silencio.

-Al decir que el Wyrm se fortalece con estos crímenes-, le explicó el Theurge. -Creo que la Perdición se estaba alimentando del sufrimiento espiritual de las emanaciones. Debemos avanzar con cuidado. Estoy seguro de que habrá más espíritus malvados por aquí, alimentándose del dolor y la desesperación provocados por la humanidad contra sí misma.

-¿Crees que era eso lo que quería enseñarnos el Gran Uktena?-, preguntó Crow visiblemente incómodo al comprender de pronto lo que les estaba explicando el Theurge. Impedir que la humanidad se dañase a sí misma para que sus crímenes no fortaleciesen a las criaturas del Wyrm parecía una hazaña que ni siquiera los grandes Ahroun podrían completar con éxito.

-Lo dudo-, respondió Lars tras observar la superficie oscurecida del Ojo del Kraken. -Todavía nos quedan más lecciones por aprender.

martes, 25 de febrero de 2014

BC 3: CALIBAN


El prisionero echó una última mirada desconfiada a la oscura entrada del pasillo. La única iluminación la proporcionaba un lumen rojizo que parpadeaba a intervalos regulares. Gruesas tuberías recorrían la pared de izquierda a derecha y gran parte del techo, llevando las sustancias que nutrirían al espíritu-máquina que gobernaba en esa parte de la nave espacial. La única puerta de acceso se veía borrosa debido a las constantes nubes de vapor caliente, que despedían grietas minúsculas en la superficie de las tuberías.

Era una ratonera, lo sabía muy bien, pero necesitaba un lugar seguro donde poder leer el libro que le había dado Nodius y planear su siguiente movimiento. Esperaba que sus captores no advirtiesen de momento su ausencia en la celda donde lo habían confinado y que, una vez que lo hicieran, no se les ocurriese buscar en aquel lugar, tan cerca de la sala de máquinas y de las entrañas de la nave espacial. Probablemente no. Probablemente lo buscarían al principio en las cubiertas superiores, o en las escotillas de entrada y salida, o incluso en las bodegas. Eso le daba cierto margen de tiempo. Al menos, eso es lo que esperaba.

A decir verdad, le hubiera gustado esconderse en las profundidades de la misma sala de máquinas, pero había descubierto, para su gran desazón, que esa sección estaba completamente sellada, a excepción de una única mampara de acceso con señales pintadas en su superficie metálica que prevenían contra algo llamado "fuego invisible". El prisionero ignoraba el significado exacto de esas palabras, pero decidió tomárselas con la mayor seriedad. No obstante, si volvía simplemente sobre sus pasos, se arriesgaría a ser descubierto por los tripulantes de la nave, por lo que había optado por buscar refugio en uno de los pasillos auxiliares dentro de la zona "segura".

Apoyando la espalda contra la pared, se dejó caer con cansancio hasta quedar sentado en el suelo, dejando el libro a su lado. Con ciertas dudas, alzó torpemente sus manos y sus dedos recorrieron despacio el cuero cabelludo. Pronto encontró lo que buscaba. Dos cicatrices de cuatro dedos de longitud que recorrían el lado izquierdo de su cráneo formando líneas paralelas y ligeramente combadas. Una tercera marca, más ancha que larga, cortaba ambas en el extremo más corto. Nodius le había dicho la verdad, al menos en ese aspecto.

Dejó que las manos cayesen sobre sus piernas y cerró los ojos. Sus dos corazones latían demasiado rápido. "¿Qué me han hecho?", se preguntó inútilmente. No obtuvo ninguna respuesta. No había conseguido ninguna las otras cien veces que lo había intentado. "¿Soy Quintus?", preguntó a las tuberías en voz baja. Tampoco así obtuvo respuestas. Con gran esfuerzo, el prisionero intentó tranquilizarse. La angustia sería mala consejera en una situación tan precaria como la suya. Poco a poco, logró moderar el ritmo de su respiración, ralentizando al mismo tiempo el poderoso batir de sus dos corazones.

Cuando se encontró mejor, abrió los ojos de nuevo y miró con suspicacia las tapas metálicas del libro que reposaba a su lado. Aunque nunca lo reconocería, ni siquiera a sí mismo, temía abrirlo y sumergirse en los dementes relatos de sus páginas."¿Podré hacerlo?", se preguntó tembloroso. Extendió su mano hacia él, pero la apartó sintiendo una repulsión inexplicable. El prisionero cerró los ojos de nuevo.

"Puedo hacerlo. Soy un Astartes, soy un Astartes", susurró a nadie en particular. Las palabras fueron lo bastante sólidas como para proporcionarle un asidero en la tormenta interior que agitaba sus sentimientos. "Soy un Astartes, soy un Astartes", repitió una y otra vez. Perdió la cuenta de cuántas veces más repitió aquellas mismas palabras, pero aquel mantra salvador resonó en lo más profundo de su ser. El prisionero sintió una sensación extraña, una añoranza por algo perdido que lo llenó de amargura y rabia. Con último suspiro, cogió el libro como si se tratase de una serpiente venenosa y lo abrió por la primera página, obligándose a ignorar la suavidad de la piel que servía de soporte al escrito de Nodius para descubrir la verdad:

"Una única palabra ha modelado nuestras vidas como el alfarero modela la arcilla fresca con sus expertas manos: Caliban. Ese es el funesto nombre que forjó nuestra suerte y nuestro destino. Caliban. Nunca podremos escapar de su alargada sombra. Nunca.
En algún momento de la Larga Noche, nuestros antepasados, los primeros colonos, llegaron a Caliban para fundar su propia utopía. No obstante, sus sueños se convirtieron en pesadillas cuando descubrieron que el boscoso planeta estaba infestado de peligrosos depredadores y horribles monstruos. Después de las primeras semanas, ya sólo quedaron las personas más fuertes, resistentes y capaces para prosperar en un entorno tan hostil para la vida humana.
No obstante, nuestros antepasados aprendieron a adaptarse, creando pequeños asentamientos y fortalezas por todo el planeta, aunque por el camino perdieron la mayor parte de sus valiosos conocimientos tecnológicos. Su sociedad involucionó en el proceso, dividiendo a la población entre campesinos y nobles guerreros que trataban de proteger a sus vasallos de las grandes bestias que acechaban en las sombras de nuestro mundo.
Con el tiempo, los nobles formaron a su vez órdenes de caballería amparadas en elevados ideales, que organizaban cacerías para batir los bosques y perseguían a monstruos que asolaban regiones enteras. Las órdenes también crearon sus propias fortalezas monasterio, donde descansaban sus guerreros y donde suplicantes y aspirantes se entrenaban sin descanso hasta el soñado día en que ellos mismos pudiesen ser nombrados caballeros.
Aunque existían infinitud de pequeñas creencias y supersticiones locales, nunca se desarrolló una religión dominante y organizada. Por un lado, el pueblo llano tenía fuertes creencias animistas, creyendo que los bosques estaban poblados por diversos espíritus menores, como los Vigilantes, que podían interferir de mil maneras en la vida diaria. De hecho, se decía que los únicos fanáticos que existían en aquellos días era un pequeño grupo de personas que sostenían que el inframundo consistía en un enorme laberinto que debían sortear las almas de los difuntos antes de poder reencarnarse de nuevo. Por su parte, las órdenes de caballería mantenían mantenían creencias más seculares y agnósticas, enfrentadas completamente a las creencias populares.
En aquellos tiempos, Terra tan sólo era un mito, un recuerdo fantasmal en nuestra inocente memoria, que hacía la vaga promesa de que, algún día, nos reuniríamos de nuevo con nuestros hermanos perdidos. Y así continuó inalterablemente la vida en Caliban durante incontables generaciones."

El prisionero hizo una pausa en su lectura. El relato no había despertado en él ningún recuerdo ni sensación familiar que le ayudase a descubrir su pasado. Frustrado, cerró los ojos, intentando imaginarse un mundo tan aterrador como el Caliban que describía Nodius: los interminables bosques sombríos, las pequeñas aldeas, la constante lucha por la supervivencia, los caballeros que arriesgaban sus vidas por el honor y la gloria de dar caza a las horribles bestias que se escondían en la oscuridad...


Su espíritu atormentado pudo imaginarse con facilidad lo que se le pedía. Abrió los ojos de nuevo y volvió a concentrarse en la lectura al amparo de la luz rojiza del único lumen del pasillo. En las siguientes líneas, Nodius ofrecía una descripción pormenorizada de la geografía de Caliban y de asentamientos humanos más importantes en aquellos difíciles tiempos. El prisionero no perdió su valioso tiempo con esos datos de interés puramente erudito y pasó de largo las hojas hasta que encontró una serie de párrafos que llamaron su atención.

"Tres sucesos cambiarían esto para siempre. El primero fue la fundación de una nueva y polémica orden de caballería, que se hacía llamar simplemente la Orden. Sus miembros creían que todos los hombres habían nacido iguales, por lo que reclutaban nuevos suplicantes y aspirantes en todos los estratos de la sociedad. Sus ideales despertaron animadversión y recelos, que acabaron culminando en una guerra abierta cuando los tradicionalistas entre los Caballeros del Cáliz Escarlata asediaron la fortaleza monasterio de la Orden en la montaña de Aldurukh, la Roca de la Eternidad. Aquel fue un suceso clave en las futuras tragedias, ya que la Orden consiguió romper el sitio y perseguir a los Caballeros del Cáliz Escarlata hasta exterminar hasta el último de ellos. A partir de ese momento, la Orden se convirtió en uno de los grupos de caballería mejor considerados y más poderosos de todo Caliban.
El segundo suceso fue la aparición de las dos figuras más importantes de la historia de Caliban en el mismo periodo cronológico. Una de ellas era Luther, el caballero más sabio, carismático y noble que hubiese engendrado la Orden. Todos sus camaradas de armas lo describían como un líder fuerte y capaz, un orador talentoso y un hombre con una visión extraordinaria. Todos sus maestros lo consideraban un gran héroe que algún día lograría alzarse con el título de Supremo Gran Maestre.
La historia de las gentes de Caliban hubiese sido bien diferente si Luther hubiese alcanzado tan noble destino, pero la suerte quiso que este noble caballero descubriese, durante una cacería, a un joven salvaje que vivía como un animal en los peligrosos bosques del norte. Se decía que era hermoso y fuerte, casi perfecto, aunque estuviese sucio y cubierto de barro. Tenía una larga melena  enmarañada y apelmazada, y unos ojos profundos que brillaban con una aguda inteligencia, aunque no pudiese pronunciar ninguna palabra. Nadie pudo explicarse cómo había lograr sobrevivir tanto tiempo abandonado simplemente a sus propios medios. Los caballeros de la Orden acordaron llamarlo Lion El'Johnson, León el Hijo del Bosque, y se lo llevaron con ellos de vuelta a la civilización, para que pudiese convivir con sus semejantes.
La noticia del descubrimiento causó una gran impresión entre las gentes. Mayor asombró aún provocaron los logros del propio Lion. En cuestión de días, asimiló las costumbres y el lenguaje humano. En unos pocos meses, su inteligencia era comparable a la de nuestros mejores sabios. Su cuerpo se desarrolló a la par que su inteligencia, hasta superar en tamaño y fuerza a los hombres más altos del planeta. También dominó las técnicas de combate y las prácticas de la caballería, consiguiendo ingresar  sin esfuerzo aparente en la Orden, donde ascendió rápidamente de rango. A pesar de que había eclipsado por completo sus propios logros, Luther y él trabaron una amistad insuperable, y sus hazañas combinadas inspiraron a cientos de jóvenes para unirse a la Orden, hasta el punto de que tuvieron que construirse nuevas fortalezas monasterio por todo el planeta.
Fue en este momento cuando Luther y Lion El'Johnson concibieron un plan tan osado como no se había visto nunca en Caliban. Tanto ellos como sus seguidores presionaron para iniciar una campaña sistemática con el fin de exterminar, región por región, a todas las bestias del planeta. Los hombres habían nacido para dominar la naturaleza, decían, no para esconderse de ella. Mientras Luther lograba el apoyo de otras órdenes de caballería, Lion planeaba cada una de las fases de la campaña. Fue así como empezó la gran cruzada contra las grandes bestias. Las cuidadosas planificaciones de estos dos líderes sugerían que podía lograrse semejante hazaña en un margen razonable de seis años, pero al final se necesitaron más de diez para superar todas las dificultades que se interpusieron en su camino.
Incontables caballeros murieron para alcanzar tan noble objetivo, hasta que sólo quedaron grandes bestias en los Bosques del Norte, en los territorios tradicionales de la orden de los Caballeros del Lobo, opuestos fanáticamente a la idea misma de la cruzada contra las grandes bestias. La guerra entre las dos órdenes fue, por tanto, inevitable. Finalmente, la Orden asedió y conquistó la última fortaleza de los Caballeros del Lobo, masacrando a todos sus miembros. A continuación, batieron los Bosques del Norte y exterminaron hasta la última de las grandes bestias. La campaña había sido larga y adversa, pero el triunfo de la Orden trajo consigo promesas de una nueva edad de oro para todos los habitantes de Caliban.
Las ambiciones de Lion El'Johnson se vieron recompensadas cuando los grandes maestres de la Orden le concedieron el título de Supremo Gran Maestre, confiriéndole un poder político y militar nunca visto hasta ese momento. Sólo unos pocos pudieron entrever los problemas que amenazaban el futuro de Caliban, mas no pudieron hacer otra cosa que convertirse en testigos forzosos de los trágicos hechos que habrían de suceder cuando el Imperio conquistó nuestro planeta."

martes, 18 de febrero de 2014

BC 2: LA BIBLIOTECA DE NODIUS


Siguió los pasos de la figura blindada a través de una docena de pasillos y corredores de paredes metálicas. Su captor no había vuelto a hablar, limitándose únicamente a guiarle por el camino correcto. Eso le dio tiempo para replantearse su situación en silencio. ¿Estaban jugando con él a alguna clase de juego o de verdad podría recuperar sus recuerdos en la supuesta biblioteca de Nodius? Y fuera cuál fuese la respuesta a esa pregunta, ¿qué podría hacer a continuación para cambiar su suerte?

Al menos estaba seguro de que se hallaban en una nave espacial, aunque también le parecía que se estaban alejando del murmullo constante de las grandes máquinas que lo había acompañado desde el primer momento que podía recordar. Curiosamente, todo estaba demasiado tranquilo. No se cruzaron con ningún otro habitante de la nave. Ese detalle acrecentó por completo su paranoia y creyó ver amenazas detrás de cada esquina u ocultas al amparo de todas las sombras.

Pasados unos largos minutos, entraron dentro del compartimento de un elevador y subieron varias cubiertas, hasta llegar a su destino. Intentó controlar su respiración. No se dio cuenta, pero estaba apretando los puños con tanta fuerza que había perdido la sensibilidad en los dedos. Cuando las puertas se abrieron finalmente con pequeños quejidos metálicos, las luces parpadeantes del único lumen del elevador iluminaron un pequeño pasillo cubierto de sombras que terminaba en dos sólidas puertas metálicas situadas una junto a la otra en el extremo opuesto del corredor, a tan solo unos seis u ocho metros de distancia del elevador. Nodius salió al pasillo con paso decidido y abrió sin esfuerzo ambas puertas. Tuvo que obligarse a seguirlo.

Para su gran sorpresa, llegaron a una sala bien iluminada de aspecto inofensivo, aunque con infinitud de pequeños detalles extravagantes o abiertamente grotescos. Sin duda, podría calificarse aquel lugar de espacioso, como si antaño hubiese sido un pequeño almacén que hubiese sido remodelado posteriormente para nuevos fines. Las paredes de la biblioteca estaban ocupadas por estanterías metálicas prácticamente vacías, con algunos escasos objetos dispersos aquí y allá, entre los que se contaban algunos mapas, cartas geográficas, placas de datos, armas de manufactura no humana y cuerpos embalsamados dispuestos en improvisados pedestales. Aquel sitio parecía un museo de lo bizarro más que una auténtica biblioteca.

Varias figuras se volvieron hacia ellos cuando entraron en la sala, interrumpiendo sus silenciosos quehaceres de lectura o escritura. La mayoría estaban reunidos en torno a dos robustas mesas metálicas, lo suficientemente grandes como para que las usasen varios gigantes como Nodius o él mismo. Hasta cinco de ellas estaban ataviadas con túnicas descoloridas con amplias capuchas sombrías y mangas alargadas. El prisionero quedó conmocionado al descubrir que sus rostros estaban ocultos por crudas máscaras de hierro oscuro que parecían atornilladas directamente en sus cabezas.

La sexta figura era bien distinta, no obstante. Si bien iba vestida con otra túnica similar a la de sus compañeros, su cara estaba libre de cualquier máscara opresora. El prisionero contempló sus rasgos agraciados, su figura alargada pero bien nutrida y su mirada altiva, y tardó menos de un segundo en descubrir que despreciaba profundamente a ese hombre. No sabía explicar el motivo de su animadversión, pero se dejó llevar por su instinto y se mantuvo alejado de aquel hombrecillo, que le devolvió la mirada con cierto recelo nervioso.

-Dejadnos-, ordenó la voz de Nodius a través de los altavoces de su yelmo.

Los habitantes de la biblioteca obedecieron de inmediato sin ofrecer protesta alguna. El servilismo y el miedo estaban presentes en cada uno de sus movimientos, en todos excepto en aquel hombrecillo desagradable y altivo. No obstante, incluso él hizo lo que se le ordenaba y salió rápidamente de la sala. Sin perderlo de vista cuando se iba, el prisionero distinguió por primera vez unos misteriosos trazados bajo sus pies. Alguien había grabado con cierta pericia una enorme espiral en el suelo, a pocos metros de la entrada. Un rápido vistazo le bastó para entrever algunos signos dispersos aparentemente al azar en el brazo exterior del dibujo, aunque no supo interpretar su significado, por lo que ignoró rápidamente todo el asunto y volvió a concentrarse en Nodius cuando los siervos cerraron las puertas con gran esfuerzo.

Su anfitrión depositó con cuidado el bastón sobre una de las mesas y liberó los cierres de seguridad de su yelmo para quitárselo. El rostro que había debajo era ceniciento, de pómulos altos, cejas pobladas y un pelo corto de color oscuro que acentuaba la palidez de su piel. Sus ojos castaños parecían rebosantes de una inteligencia fría y glacial, aunque también estaban faltos de expresión o energía, como si hubiesen perdido su fuego mucho tiempo antes. Pero el rasgo más llamativo seguían siendo los cuernos que coronaban su cabeza, más visibles y antinaturales ahora que no llevaba el yelmo puesto.

-Bienvenido a mi biblioteca, hermano-, susurró su "anfitrión" extendiendo ambos brazos para abarcar toda la sala.

-Me esperaba otra... cosa-, le respondió él sin saber qué más podía decir. Por fortuna, su voz tenía más firmeza de la que sentía en aquellos momentos.

Volvió a mirar a su alrededor, intentando confirmar sus primeras impresiones. Uno de los cadáveres disecados llamó poderosamente su atención. Pertenecía a un alienígena de aspecto primitivo y brutal. Era una mole enorme que, aunque no le superaba en altura, sí igualaba en fuerza su propia complexión. Sus brazos estaban rematados en enormes manazas cuyos gruesos dedos parecían capaces de empuñar casi todo tipo de armas. Los músculos de su piel todavía mostraban un desagradable color verde y su cabeza calva, unida al resto del cuerpo por una compleja sutura de cables de acero, estaba dominada por una poderosa mandíbula repleta de colmillos. No tenía nariz, como los seres humanos, aunque sí un siniestro par de ojos rojizos. Un tosco taparrabos cubría completamente su gruesa cintura.

Aquella cosa no era el único cadáver alienígena presente en la biblioteca. Había dos más, disecados y expuestos igual que estatuas eternas. En la pared opuesta a la que ocupaba el piel verde, permanecía un ser que imitaba los nobles rasgos humanos, aunque era obviamente más alto y sus extremidades también eran más alargadas. El alienígena parecía haber sido exquisitamente hermoso, si bien esa belleza terrenal se veía arruinada por la mirada cruel de sus ojos muertos, que ni siquiera la muerte había sido capaz de arrebatar. Todavía llevaba puesto una armadura ligera de aspecto segmentado y color negro como la noche, aunque la misma mostraba de una enorme grieta que descendía desde su hombro izquierdo hasta la cintura. Semejante herida sólo podría haber causado un arma serrada de gran tamaño. El otro xenos, por el contrario, tenía un aspecto vagamente humanoide, de elevada estatura, cuerpo nervudo y piel de color pardo terroso. Parecía tener los ojos cerrados en su cabeza picuda, como si hubiese muerto apaciblemente mientras dormía completamente desnudo.

"Odia al hereje. Odia al xenos". Por primera vez, el prisionero tuvo un pequeño atisbo de su pasado. Unas pocas palabras que antaño fueron importantes para él parecían flotar en un limbo invisible dentro de su cabeza. Y no estaba seguro, pero creía que la voz que las pronunciaba era la suya. ¿Cómo podía ser posible algo así?

-¿Te encuentras bien?-, preguntó Nodius impasible, sacándolo de la vaga ensoñación que lo había adormecido despierto.

-He recordado unas palabras-, explicó él, repitiéndolas atropelladamente. -¿Qué significan?

-Forman parte de la Letanía del Odio-, le respondió Nodius asintiendo con aprobación con la cabeza. -Los Astartes la entonan durante sus ritos y meditaciones antes de entrar en combate.

-¿Los Astartes? ¿Quiénes son?

-Son hombres modificados genéticamente durante su pubertad y entrenados durante años para convertirlos en los mejores guerreros que ha visto nunca la Humanidad. Lambo, tú y yo somos Astartes, Quintus. Ya habrás advertido cuánto nos diferenciamos de los otros humanos que has visto hasta ahora en esta nave. No puedes negarlo. Eres más alto, fuerte y resistente que ellos. Tus sentidos son más agudos los suyos. Incluso te has recuperado de privaciones que habrían matado a un mero humano.

-Así que soy un soldado.

-No-, le cortó Nodius. -Eres mucho más que eso. Formas parte de una élite que cambió el destino de toda la galaxia. Eres un gigante nacido en una edad de oro que nunca volverá a ver nuestra especie. No lo olvides jamás.

Nodius siguió hablando durante mucho tiempo. Su voz tenía un tono monocorde y pasivo, casi ausente. Con la exactitud de un quirurgo, describió cada una de las intervenciones que se le habían practicado para convertirlo en lo que era: los implantes óseos, el corazón secundario, el tercer pulmón, las mejoras sensoriales como el Ocuglobo o el Oído Lyman y casi una docena de alteraciones más. Parecía un delirio propio de un loco, pero el prisionero intuyó que se le estaba diciendo la verdad. No obstante, por ahora estaba más preocupado por otro tipo de respuestas, así que decidió interrumpir a su "anfitrión" para obtenerlas.

-Entiendo lo que dices, pero quiero saber más cosas acerca de quién era. Dijiste que podías ayudarme a recuperar mis recuerdos.

-Así es, hermano. Sospecho que te han hecho algo terrible, algo que ha dejado en blanco tu mente. Todavía no te has percatado, pero tienes unas gruesas cicatrices en tu cabeza, como si te hubiesen abierto el cráneo y jugado con tu cerebro. He visto esas marcas el pasado y sé de dónde proceden... Tal vez no pueda ayudarte a recuperar tus recuerdos, pero puedo intentarlo.

-¿Cómo?-, quiso saber él. Estaba confundido. Si querían abrirle la cabeza, ¿por qué no lo habían hecho cuando estaba encadenado en su celda? ¿Por qué toda esa pantomima?

-Usando mis poderes psíquicos para explorar tu mente.

-¿Qué?

-Soy un gran psíquico, hermano. Puedo hacer cosas inimaginables con el puro poder de mi voluntad y, desde luego, puedo ayudarte a resolver este misterio y devolverte tus recuerdos perdidos. Déjame ayudarte, Quintus.

El prisionero se revolvió incómodo, al igual que lo haría una bestia enjaulada. No confiaba en Nodius, ni en las intenciones que pudiese albergar para ayudarlo. Es más, la misma idea de permitir que otra persona entrase en su mente le parecía tan aberrante que estuvo a punto de provocarle una arcada. Ambos permanecieron en silencio unos largos segundos.

-No-, respondió al fin entre dientes.

-¿No?-, respondió su anfitrión sin cambiar el tono de su voz. -¿Rechazas mi ayuda?

-Eso es. No dejaré que ni tú ni nadie juegue nunca más con mi mente.

-Tu ignorancia es extremadamente arrogante, hermano. Sin mi ayuda, nunca podrás recuperar tus recuerdos.

-Entonces que así sea-, se reafirmó él.

-No necesito tu permiso-, le amenazó Nodius.

-¡Y yo te juro que te mataré si lo intentas!

Con un rápido movimiento, estiró el brazo para coger el bastón metálico posado sobre la mesa, pero la mano blindada de Nodius la atrapó al vuelo. La mesa volcó hacia un lado. Eso no lo detuvo. Alzó el otro brazo y le dio un fuerte puñetazo con la izquierda. El golpe alcanzó de lleno la cara de Nodius, sorprendiéndolo por primera vez. No obstante, su "anfitrión" apartó a un lado toda incredulidad y le agarró el puño con su mano libre. El prisionero trató de liberarse, forcejeando cuanto pudo, pero la armadura energética de Nodius le estaba dando una ventaja insuperable en esos angustiosos momentos. Las miradas de ambos chocaron a escasos centímetros una de otra, un reflejo más de aquella lucha desigual. Se tambalearon de un lado a otro, como si estuviesen borrachos, tirando las mesas y sillas que encontraron a su paso. Finalmente, su captor lo empujó hacia atrás, arrojándolo al suelo como si fuese un muñeco de trapo.

-¡Basta Quintus!-, ladró Nodius. El guantelete de su mano se abrió y una llama pareció surgir en ella de la nada. El fuego bailaba en su mano con voluntad propia, ansioso por ser liberado. -No me obligues a destruirte...

-¿Te arriesgarás a quemar también tu valiosa biblioteca?-, gruñó él desafiante mientras se ponía de nuevo en pie.

-Puedo volver a escribir de nuevo cada uno de estos libros, palabra por palabra.

A pesar de lo dicho, Nodius cerró el puño y las voraces llamas desaparecieron de inmediato. Luego retrocedió un par de pasos, ofreciéndole más espacio. El prisionero intentó serenarse. Ahora era él quien estaba sorprendido. Sin fiarse del todo, cogió una de las sillas para blandirla como si fuese un arma improvisada. Su "anfitrión" lo ignoró por completo este hecho, ya que le dio la espalda y caminó ruidosamente hasta una de las estanterías, donde recogió un pesado tomo.

-Dado que rechazas mi ayuda, esto es lo único que puedo hacer por ti-, dijo en voz baja mientras se acercaba despacio ofreciéndole el libro con una mano.

El prisionero lo miró receloso. "¿A qué estás jugando, Nodius?", quería gritarle. Frustrado arrojó la silla a un lado y cogió con un gesto seco pero cauteloso el libro que le ofrecía. Sus oxidadas tapas metálicas no mostraban título alguno. Abrió una página al azar. Las hojas, que no eran de papel sino de un pergamino suave al tacto, mostraban una caligrafía gótica muy cuidada y escrita con una extraña tinta roja.

-Es piel humana-, respondió Nodius sin necesidad de que formulase la pregunta.

-¿Por qué harías algo así?

-En esta nave no encontrarás papel, hermano, ni autoplumas, y tenemos que...-, se interrumpió a mitad de la explicación, dándose cuenta del gesto horrorizado que debía estar ofreciendo involuntariamente. -En él encontrarás algunas respuestas.-, añadió secamente mientras se limpiaba con gesto pensativo las manchas de sangre de su nariz. -Ahora márchate.

-¿No intentarás devolverme a la celda?-, preguntó él suspicaz.

-No. Eres libre para esconderte donde desees. Por mi parte, sé que no volveremos a vernos en mucho tiempo y tal vez sea mejor así.

El prisionero asintió despacio con la cabeza y fue retrocediendo aun más despacio, sin dar la espalda a Nodius en ningún momento. Sospechaba que la aparente calma de su anfitrión podría albergar una profunda locura más terrorífica en sí misma que cualquier otra cosa que hubiese visto hasta ese momento. Nodius no se movió, simplemente observó impasible cómo se alejaba. Cuando notó las puertas a su espalda, se volvió para abrirlas.

-Ahora el libro es tuyo. Serás el responsable de continuar su historia.

Sintió un escalofrió recorriéndole la espalda cuando escuchó esas palabras. Quería abandonar aquella sala cuanto antes, pero una última pregunta salió de sus labios antes de que pudiese contenerla. -¿Cómo se titula?

-Las Voces de los Muertos-, respondió Nodius tras una pequeña pausa.

martes, 24 de diciembre de 2013

FELICES FIESTAS 2013


Ha pasado algún tiempo desde la última vez que he escrito algo en este blog y pese a que las aguas han estado bastante revueltas por estos andurriales, finalmente han vuelto a su cauce, por lo que hoy puedo estar aquí, con vosotros/as, para felicitaros en este periodo de fiestas que llamamos Navidades.


En pocas palabras, pasadlo muy bien durante estos días. No importa si los estáis celebrando con vuestra familia y amigos, o trabajando como locos, o simplemente relajándoos con unos más que merecidos días de descanso... estas fiestas son para vosotros/as, así que disfrutarlas como se merecen.


Y ya sabéis... 




¡¡¡FELICES FIESTAS!!!


martes, 5 de noviembre de 2013

BC 1: EL PRISIONERO


En la forzada soledad en la que se encontraba, el vacío no carecía de sensaciones. Su cuerpo estaba entumecido, dolorido, por los largos días de cautiverio. La primera vez que había despertado se había revuelto como una bestia salvaje, tensando inútilmente sus músculos y forcejeando contra la presión de las gruesas cadenas metálicas que inmovilizaban sus brazos. Nunca supo cuánto tiempo estuvo luchando por liberarse. Mucho, se imaginaba. En cualquier caso, tampoco podía hacer otra cosa.

Sus únicos compañeros habían sido desde entonces el zumbido constante de unos motores gigantescos pero lejanos a pesar de todo, el hedor de su propia orina y heces, y el dolor provocado por las ataduras que lo inmovilizaban cruelmente de pie y con los brazos abiertos en cruz. Al principio, había soportado el suplicio con entereza. Ni siquiera el hecho de que nadie le llevase comida ni bebida alguna minó su resolución para mantenerse con vida a toda costa. Y sin embargo, con cada fragmento de tiempo que se escurría entre sus dedos, notaba cómo sus fuerzas flaqueaban imperceptiblemente hasta que acabó llegando el momento en que dejó de mantenerse en pie por sus propios medios y su cuerpo quedó suspendido dolorosamente en el aire, arrastrando los pies por el frío suelo metálico mientras sus maltratados brazos soportaban todo el peso del cuerpo.

Debatiéndose entre la vida y la muerte, descubrió que una espesa niebla parecía oscurecer la parte de su cerebro donde se almacenan los recuerdos. En los primeros días de su cautiverio, se había esforzado por hallar un modo de escapar, pero cuando por fin había comprendido que aquello era imposible, había descubierto la importancia de las preguntas: por ejemplo, quiénes eran sus captores y, más importante aun, quién era él. Para su gran angustia, pronto descubrió también que la ausencia de recuerdos dejaba un vacío más doloroso que cualquier magulladura provocada por los grilletes y más temible que la soledad de su encierro.

¿Quién soy? Ése era el quid de la cuestión. La pregunta que lo atormentaba con más frecuencia era la más importante de todas. Si tan sólo supiese su nombre o albergase algún recuerdo al que poder aferrarse en su desesperación, estaba seguro de que podría soportar su encierro aunque le ocasionase la muerte. Sin embargo, de alguna forma, sus misteriosos atormentadores le habían arrebatado incluso esa posibilidad. Y sin embargo, durante ese tiempo de introspección abocada al fracaso, había decidido que si su destino era morir en la ignominia, lo haría con toda la dignidad de la que fuese capaz. Sin embargo, otra parte de él estaba aterrada ante la posibilidad de que el paso del tiempo minase incluso aquella resolución interior. Escupiendo una última maldición entre sus labios resecos, cerró los ojos dentro de la capucha que cubría su cabeza y se resignó ante lo inevitable.

-.-

No sabía cuánto tiempo estuvo inconsciente. Debía estar más débil de lo que se había imaginado, ya que cuando volvió en sí, descubrió que no estaba solo. Dos hombres nerviosos se esforzaban por limpiar su cuerpo con trapos húmedos, intentando hacerlo tan rápido y silenciosamente como les fuera posible. Estaban aterrorizados. Seguía sin poder verlos directamente por culpa de la condenada capucha, pero podía oler su miedo. Era tan palpable como el frío que sentía ahora la piel de su espalda contra la fría superficie metálica del suelo. Parecía evidente que lo habían tumbado boca arriba en algún momento desde su última pérdida de consciencia.

-Agua, agua-, suplicó una voz rota y quebrada que apenas reconoció como la suya.

Los hombres detuvieron su labor al instante, como si hubiesen sufrido una repentina descarga eléctrica. Probablemente estuviesen inseguros acerca de qué debían hacer a continuación. Una voz metálica y autoritaria tomó la decisión por ellos.

-Dadle agua-, ordenó. Sus palabras eran graves y fuertes, pero parecían que estaban siendo filtradas a través algún instrumento artificial. 

Los hombres obedecieron inmediatamente. Respirando agitadamente, uno de ellos le sostuvo la cabeza con sus manos mientras su compañero tiraba del cordón que anudaba en esos momentos la capucha a su garganta. El nudo no se soltó al primer intento. Quien fuera que lo hubiera hecho, lo había apretado a conciencia. No obstante, el hombre consiguió deshacerlo y retiró despacio la capucha.

Aunque hubiese querido ver el rostro de otro ser humano, incluso el de aquellos hombres, se obligó a cerrar los ojos al percatarse de que había pasado demasiado tiempo en la oscuridad y podría quedarse ciego para siempre ante la repentina aparición de la luz. Sin saber cómo había llegado a esa conclusión, ni cómo había conseguido recordarla, la puso en práctica sin dudar en el mismo momento en que se le pasó por la cabeza.

Cuando le retiraron la capucha, dejó de notar la calidez de su propia respiración contra la cara y respiró por primera vez una bocanada de aire más fresco. A pesar de su calamitoso estado, la sensación lo estremeció de alivio. Poco después notó un pequeño chorro de agua cayendo sobre sus labios resecos. Abrió al boca cuanto pudo, intentando olvidar su estado de postración, para beber de nuevo aquel líquido vivificador. Se atragantó un par de veces al beber, pero no dejó de hacerlo. No sabía cuánto tiempo podría pasar antes de que sus carceleros volviesen mostrar ningún tipo de clemencia con él.

Una vez que se terminó el agua, los hombres volvieron a su labor original. Con movimientos ágiles, le limpiaron la cara, los brazos y el cuerpo, con el mismo cuidado y esmero como si estuviesen realizando los rituales de purificación de un venerable espíritu-máquina. Cuando terminaron, pudo oír cómo recogieron sus utensilios y abandonaron su prisión con la misma rapidez que habían demostrado antes.

Nuevos sonidos irrumpieron en la oscuridad. Unas servojunturas crujieron con esfuerzo y unos pasos pesados se pusieron en marcha, acercándose. El prisionero percibió una vaga sensación de familiaridad al escuchar esos ruidos, como si algo se removiese en alguna parte ignota de su cerebro, pero no pudo identificar el recuerdo que trataba de surgir. Hubo un intenso olor a aceite para armas y luego más ruidos metálicos. Los sonidos chirriantes se acercaron y recogieron del suelo lo que debían ser las cadenas que lo habían inmovilizado durante tanto tiempo. Sin poder creérselo del todo, comprobó con estupor que aquello era cierto. Lo habían liberado de sus grilletes. Hizo un esfuerzo por rodar hacia un lado y trató de ponerse en pie, pero lo único que consiguió fue colocarse de rodillas mientras sus débiles brazos trataban de evitar que su cara se estrellase contra el suelo.

-Harías mejor en conservar tus energías, hermano-, le aconsejó la voz metálica. A pesar de que el filtro artificial impedía distinguir el tono de su propietario, el prisionero estuvo seguro de haber percibido un matiz divertido en sus palabras.

-¿Quién eres?

-Mi nombre es Lambo.

-¿Por qué me habéis encerrado?-, exigió saber indignado. -¿Dónde estoy?

-Estás a salvo, hermano. Al menos, por ahora. Es todo cuanto puedo decirte.

Los ruidos metálicos volvieron a ponerse en marcha, alejando a su interlocutor de la sala con pisadas firmes y pesadas. Pronto escuchó cómo alguien cerraba y aseguraba una puerta de metal, probablemente la de su celda, y los chirridos, más amortiguados que antes, se alejaron hasta desaparecer por completo. El prisionero se sentó en la oscuridad, tratando de ignorar el frío y la debilidad. "Estás a salvo, hermano. Al menos, por ahora". No podía confiar en las palabras de aquel perro guardián, pero tuvo que reconocer a regañadientes que su situación había cambiado, generando más preguntas que respuestas.

-.-

No tardaron mucho tiempo en volver a visitarlo. No tanto como se había temido, en cualquier caso. Sintió más que vio, cómo se encendía la luz de su celda unos escasos segundos antes de que abrieran la puerta. Eran los dos hombres que lo habían limpiado. Reconoció su olor en el mismo momento en que cruzaron el umbral. Seguían teniendo miedo, pero no tanto como en su última visita. Uno era alto y desgarbado, de pelo moreno y piel pálida. El otro era corpulento y bajo, y sus ojos estaban enmarcados por unas ojeras permanentes. Ninguno de los dos vestía de uniforme, nis sus ropas mostraban emblema o signo alguno que delatase sus lealtades. Lo único que pudo deducir de ellos por sus atuendos oscuros y gastados es que debían ser parte de la tripulación del navío espacial en el que se encontraban.

Ahora que se atrevía a mirarlos durante unos segundos sin temor a que la luz dañase sus ojos, el prisionero pudo comprobar inmediatamente que, comparados con él mismo, parecían hombrecillos hechos de barro. Pese a su estado de debilidad, cada fibra de sus músculos era tan resistente como el hierro y no le cabía ninguna duda de que si se ponía en pie, empequeñecería fácilmente su tamaño. De hecho, incluso parecían moverse de forma ineficiente. El prisionero ignoraba cómo sabía estas cosas, pero estaba tan seguro de sus intuiciones que no le quedaba más remedio que confiar en ellas a falta de tener información más precisa.

Cada vez que venían, los hombres dejaban unos cubos llenos de abundante comida y bebida, recogían los que hubiesen quedado vacíos desde su última visita y se marchaban tan rápida y silenciosamente como habían llegado. También le habían traído una enorme túnica gris con la que cubrir su cuerpo desnudo. Una deferencia innecesaria pero que su orgullo agradecía a pesar de todo. Lambo no volvió a visitarlo, pero el prisionero no se dejó engañar por las apariencias. Sabía que estaba cerca, tal vez al otro lado de la única puerta de su celda. Su olfato percibía allí el olor del aceite para armas que lo acompañaba. "Tarde o temprano tendré que enfrentarme a él para escapar", decidió en silencio. Por ahora, habría de adoptar el papel del buen prisionero, alimentándose para devolver las necesarias energías a su cuerpo, aunque era perfectamente consciente de que su situación no podía prolongarse más de lo necesario.

-.-

Una vez más, el globo lumínico del techo se encendió sin previo aviso unos segundos antes de se abriera la compuerta de su celda. El prisionero se protegió como pudo los ojos. Los goznes de la puerta chirriaron como era habitual. Sin embargo, una figura acorazada entró en el interior de la sala haciendo los mismos chirridos que había provocado Lambo. Esta vez el prisionero no dudó en mirar.

Las palabras bizarra y extravagante no podían hacerle la menor justicia al recién llegado. Tenía la forma de una figura vagamente humanoide, enorme, blindada y acorazada. Un grueso par de cuernos  antinaturales, parecidos a las astas de un uro, brotaba con naturalidad desde lo alto de su yelmo. Su amplio peto estaba enmarcado por gruesos cables negros cruzándose en el centro, que a su vez estaban protegidos por pequeñas cadenas de energía brillante, una energía a todas luces malsana y enfermiza. Amplias hombreras, una con remaches plateados y otra con la insignia pintada de los eslabones de una cadena rota, protegían los guanteletes blindados. Las piernas también estaban blindadas y lucían más remaches por debajo de las junturas de la rodilla. La figura blindada llevaba en su espalda una extraña mochila blindada que tenía por extremos una tobera a derecha e izquierda. Su captor estaba armado, por supuesto. En su mano derecha portaba un sólido bastón de metal y circuitería eléctrica, mientras que de costado blindado izquierdo colgaba magnéticamente una enorme pistola, a juego con el tamaño de su propietario.

Desde el momento en que sus miradas se cruzaron, el prisionero tuvo dos certezas. La primera se basaba en el conocimiento intuitivo de que el extraño portaba algún tipo de armadura blindada, algo llamado "Mark V" o "Modelo Herejía", pese a que no pudo reconocer la insignia de la hombrera, la cadena rota, ni tampoco el patrón negro y bordes plateados que ostentaba la armadura. La segunda certeza que tuvo en ese momento era que estaba seguro de que el bastón era un arma, una que podría segar con su vida con tanta facilidad como la pistola "bolter" del extraño.

-¿Quién eres?

-Sal de la celda-, ordenó el otro a través de los altavoces de su yelmo. -Ahora.

El prisionero no obedeció al instante. Su mirada no mostró temor alguno, sino el desafío frío y sereno de un soldado dispuesto a vender cara su vida en su último combate. Sin embargo, la figura acorazada no pareció percatarse y salió de la celda sin comprobar si le seguía. "Mejor morir fuera que dentro", razonó el prisionero recurriendo a todo su pragmatismo para hacer exactamente lo que le había dicho su enemigo.

Por primera vez, cruzó el umbral de la puerta y salió a un oscuro pasillo, cuya penumbra apenas era interrumpida por la débil luz emitida por dispersos lúmenes y globos luminosos, demasiado distantes unos de otros para conferir una iluminación adecuada. A parte de la figura acorazada y de él mismo, no había nadie más en el corredor, que era ligeramente estrecho para que ambos se moviesen con comodidad, aunque desde luego no  era tan claustrofóbico como la mísera celda que acababa de abandonar.

El extraño comenzó a caminar, Las placas de la armadura crujieron por el esfuerzo, provocando pequeños ecos en el pasillo, y una débil murmullo se desprendía de las toberas de su mochila. La figura acorazada dio cinco pesados pasos antes de darse cuenta de que no lo estaba siguiendo. De repente, se giró con una rapidez que desmentía su enorme tamaño y lo señaló con el bastón a modo de advertencia.

-¡No debes separarte bajo ningún concepto de mí!

-No iré a ninguna parte hasta que me expliques dónde estoy o por qué debo seguirte.

-Tengo todas las respuestas que buscas, hermano, pero no te las daré en un vulgar pasillo.

-¿Dónde entonces?-, preguntó él suspicaz.

-En mi biblioteca, por supuesto. Ven, no me hagas perder más tiempo.

-No.

El yelmo de la servoarmadura le impidió contemplar la reacción de su interlocutor, pero su silencio fue del todo elocuente. Durante unos tensos segundos, el extraño no dijo nada. Tampoco se movió. Las lentes que cubrían sus ojos simplemente se enfocaron en él, como si fuese un insecto demasiado atrevido. El prisionero separó despacio su piernas y tensó su cuerpo, listo para afrontar su última batalla.

-¿Es que prefieres pudrirte en esa celda?-, quiso saber finalmente el extraño. Al terminar la pregunta, apoyó su bastón de metal en el suelo, con un movimiento pausado y tranquilo, pero en absoluto inocente.

-Ignoro qué es lo que pretendes... pero te aseguro que no te seguiré como una res al matadero.

-Te juro que nadie va a hacerte daño, hermano. Sólo...

-¡Deja de llamarme hermano!-, le interrumpió él furioso. Había sufrido demasiado dolor y demasiadas humillaciones para poder contener sus emociones. Estuvo a punto de dejarse llevar, de saltar sobre su adversario y tratar de arrancarle el bastón metálico de sus manos blindadas. Sin embargo, su enemigo usó contra él un arma que lo dejó completamente indefenso.

-¿No recuerdas nada, verdad? Has olvidado tus orígenes, tu pasado... lo has perdido todo. ¿No es cierto?

El prisionero apretó la mandíbula sin saber qué podía contestar. Su instinto le pedía, no, le exigía, que acabase con esa farsa. Tenía el alma de un guerrero, de eso no le cabía ninguna duda. Si su adversario lo derrotaba, habría obtenido una muerte honorable. En caso contrario, podría explorar la nave y llevarse consigo a cuántos enemigos pudiese antes de morir, como inevitablemente sabía que ocurriría.

-Tu nombre es Quintus.

-Quintus-, repitió él estúpidamente. Aquel nombre parecía insubstancial. No trajo ningún recuerdo perdido a su torturada memoria. No era nada... pero al mismo tiempo el simple hecho de tener ese nombre templó  sus ánimos considerablemente.

-Ven a mi biblioteca, hermano. Te juro que allí encontrarás todas las respuestas que buscas.