jueves, 9 de agosto de 2012

C. DE T. 1 - 60: EL CONSEJO DE CEORIS


Tras descender por las escaleras a la planta baja, el Consejero Etrius me condujo directamente a la cámara que el Consejo de Ceoris utilizaba para celebrar sus reuniones, tanto las públicas como las privadas. La sala era alargada, con paredes de piedra recubiertas de madera de roble, excepto la orientada al sur, que mostraba un extraordinario tapiz que representaba las figuras del gran maestre Tremere y Etrius de pie ante las monumentales pirámides del antiguo Egipto. Delante de dicho tapiz, sobre una tarima se alzaba una mesa de nogal, cubierta por un paño de terciopelo en el que estaba bordado en oro el blasón de la Casa Tremere.  Desde aquella mesa, los miembros del Consejo de Ceoris presidían todas las reuniones y debates importantes. Dos filas de gradas se alineaban en las paredes occidental y oriental, conteniendo cada fila tres hileras de asiento de roble, con brazos de astas de ciervo. Con los años, se habían inscrito toda clase de sellos y marcas arcanas en aquellos asientos destinados para los magi mortales en las sesiones públicas. Colgando del techo pendían tres candelabros cuajados de velas, aunque en esa ocasión sólo estaban encendidas algunas velas del candelabro central.

Sentados en la mesa principal, nueve Cainitas vestidos con túnicas rojas de armiño observaron en silencio nuestra entrada en el salón. Como era previsible, el sillón principal, destinado al propio Tremere, estaba vacío, lo que indicaba que el gran maestre continuaba descansando en sopor como había hecho la mayor parte del tiempo desde que había cometido Amaranto contra el Antediluviano del ahora extinto clan Salubri. Como miembro del Consejo de los Siete, además de Regens de la capilla de Ceoris, Etrius se sentó en el sillón de su derecha, cerca de sus allegados y aliados más cercanos. En el otro extremo de la mesa se sentaban los partidarios del Consejero Goratrix y otros Cainitas que habían perdido el favor del Consejero Etrius.

El Castellano de Ceoris, Curaferrum, se sentaba junto a su señor, al igual que Esora, el Señor de la Guerra de la capilla. A su lado, se encontraba el Maese Bibliotecario Celestyn. Aparentaba hallarse en los inicios de los treinta años, aunque su rostro aún parecía joven. Su cabello era de color rubio oscuro y sus ojos, castaños. Su rostro gallardo, mostraba una cara ancha y terminaba en una barbilla prominente rematada en un oyuelo. Pauld Cordwood, el sombrío Señor de los Espías de Ceoris, cerraba ese extremo de la mesa principal. Calvo en la coronilla, mostraba una larga melena blanca en los lados y la parte de atrás de la cabeza. Sus ojos tenían un color azul pronunciado. Sus pómulos eran altos y pronunciados. Tenía un cuerpo robusto y alto, con anchos hombros y fuertes brazos.

Mi sire Jervais, que ocupaba el cargo oficial de Cosechador de Vis de Ceoris, además de representar con frecuencia el papel de embajador en las cortes de los Cainitas de los otros clanes, ocupaba el sillón a la izquierda del asiento reservado al mismo Tremere. Junto a él, se sentaba una mujer que aparentaba apenas veinte años recién cumplidos y que tenía un rostro ovalado. Sus penetrantes ojos grises me estudiaban como si fuese una res conducida al sacrificio. Se hacía llamar Medencamina y corrían numerosos rumores sobre los terribles actos que la habían consagrado como Señora de los Calabozos e Interrogadora en Jefe de la Capilla de Ceoris. A su lado había una anciana de sesenta y pocos años, de físico desgarbado y de rostro común. Sus ojos estaban ligeramente separados, y sus labios pequeños y casi imperceptibles. Sus lacios mechones de cabello rubio platino se derramaban formando una larga maraña. Su nombre era Epistatia y ocupaba el cargo secreto de Señora de la Caza entre los Cainitas residentes en Ceoris. Pocos deseaban su compañía porque se decía que era una criatura cruel y desalmada. Y, finalmente, en el extremo izquierdo más alejado del centro de la mesa, se sentaba Malgorzata, chiquilla del Consejero Goratrix y sire de mi sire Jervais. Su apariencia se asemejaba a la de una joven de apenas veinte años y dotada de los atributos que los helenos habían considerado hermosos en el cuerpo femenino. Su melena castaña estaba adornada con joyas de oro con incrustaciones de piedras preciosas y sus ojos mostraban el color de los cielos en un día de invierno. Pese a ser una de las más enconadas enemigas de Etrius, tenía un asiento disponible en su calidad de emisaria de Goratrix, lo que reforzaba sus esfuerzos por derrocar al nuevo Regente de Ceoris desde que el Consejero Goratrix había sido enviado, algunos dirían que exiliado, a Francia. Todos los Tremere, Cainitas y mortales, de la capilla temían el poder de Malgorzata.

Una vez que el Consejero Etrius ocupó su asiento, Curaferrum se dirigió al resto del Consejo de Ceoris para anunciarme y explicar que, pese a que había venido para traer suministros bélicos, traía conmigo noticias importantes de tierras lejanas.

Permanecí de pie frente a ellos e hice una educada reverencia. Había muchas cosas que debía explicar. Empecé hablando de los ataques que sufrió mi caravana a manos de nuestros enemigos, los Tzimisce. Mi relato no pareció sorprender a nadie. No me extrañaba. En la capilla de Ceoris, los rumores ardían tan rápido como el fuego de una hoguera en invierno. Sin embargo, pude observar que Esora y Paul Cordwood sí prestaron gran atención a mis palabras.

Todos me escucharon con gran atención cuando les expliqué el destino que habían corrido nuestros compañeros Tobías y Conrad en el castillo de Visehrad, en Praga. Sus rostros apenas mostraron resquicios para intuir sus emociones, pero parecía flotar en el aire una pesada sensación de preocupación. No obstante, pese a aquellas estremecedoras noticias, les expliqué que un antiguo Capadocio llamado Garinol, nos ofrecía su amistad, así como intervenir a nuestro favor en los asuntos de su clan si estábamos interesados en llegar a una alianza con él si a cambio de ayudarle en sus esfuerzos por derrocar al Príncipe de Praga Recomendé humildemente a mis superiores que aceptasen su oferta, puesto que Garinol parecía poseer una gran influencia entre los eclesiásticos de la ciudad, así como un importante acceso a sus bibliotecas y documentos más antiguos. En ese punto, mis palabras habían captado varias miradas de atención, siendo Celestyn  el que parecía más abiertamente interesado.

Curaferrum intervino entonces para explicarme que el Consejo de Ceoris debatiría más tarde la oferta de Garinol y me sugirió prosiguiese explicando el resto de las noticias que pudiese traer. Permanecí pensativo unos segundos, intentando organizar mis ideas. Mis palabras iban a causar mucho revuelo a partir de ese momento.

Con voz tranquila y serena, les hablé de mi encuentro con el Cainita conocido como Dominico de Cartago, así como de su oferta de alianza contra el Ventrue Bulscu. El relato captó toda su atención, pero no dejé de hablar para que no me interrumpiesen con sus preguntas antes de explicarles la nueva más importante de todas: les hablé de la conspiración contra Bulscu en la misma ciudad de Buda-Pest y  les expliqué que entre los conspiradores se contaban la Nosferatu Rusandra y uno de los propios chiquillos del Ventrue, aunque fingí desconocer su nombre. Entonces guardé silencio a la espera de sus inevitables preguntas. Los ojos del Consejero Etrius centellaron de rabia apenas contenida, enfurecido porque no hubiera compartido con él previamente aquellas importantes noticias. Celestyn y Curaferrum estaban francamente sorprendidos e interesados. Malgorzata dejó de mirarme con dureza y dirigió una mirada despectiva al otro extremo de la mesa. Jervais no mostró reacción alguna, pero lo conocía lo suficientemente bien para saber que estaría reflexionando acerca de todas las posibilidades diplomáticas que se abrían ante nosotros. El resto de los presentes no hizo ningún gesto de aprobación ni de rechazo y permanecieron a la espera para ver lo que ocurría.

Fue el Consejero Etrius el que intervino en primer lugar, pero sus preguntas me cogieron desprevenido. En lugar de interesarse por las alianzas contra Bulscu, me preguntó el tiempo que llevaba de viaje. Le respondí confuso que habían transcurrido dos o tres meses desde mi partida. El Consejero asintió y a continuación preguntó cuánto tiempo llevaba ocupando el cargo de Príncipe de Balgrad. Respondí sin comprender aún sus intenciones que habían pasado cinco años desde que había obtenido aquella recompensa por mis leales servicios a la Casa Tremere.

-¿No es sorprendente, hermanos y hermanas?-, preguntó mirando teatralmente a su derecha e izquierda. Este joven aprendiz, este recién iniciado en los misterios de la sangre tan sólo ha necesitado dos o tres meses para convertirse en el heraldo de importantes Cainitas que nos ofrecen alianzas y pactos secretos. ¡Y llevamos cinco años dilapidando sus habilidades en una ciudad sin importancia! Deberíamos recompensar su lealtad ofreciéndole un reto mayor donde pudiese servir mejor a los intereses de la Casa Tremere. ¿No lo creéis así vosotros también?

Muchos de los presentes a ambos lados de la mesa asintieron a sus palabras. No pude evitar mirar con horror al Consejero Etrius. Había convertido mis éxitos al servicio de la Casa en un arma afilada con la que despertar recelos y envidias. Incitando a los lobos, esperaba no tener que mancharse personalmente las manos. Me quitaría todo por lo que había trabajado durante estos últimos años y me destinaría a alguna importante misión, casi suicida, de la que no se esperaría que regresase. Quizás Jervais o Malgorzata no lo viesen así, sino como una oportunidad para acrecentar la popularidad y la influencia de los partidarios de Goratrix. En sus mentes quizás mi ascenso daría más alas a sus planes y mi futura pérdida sólo serviría para dar más rigor público a sus quejas contra Etrius.

Sin embargo, no estaba dispuesto a caer tan fácilmente y, cuando siguiendo el obligado protocolo, Curaferrum intervino para preguntar si deseaba realizar alguna petición al Consejo de Ceoris antes de que comenzasen las deliberaciones, respondí que así era. Intentando manejar la situación con aplomo, pedí humildemente al Consejo de Ceoris que no subestimasen la importancia ni los peligros de Balgrad. Desde la ciudad, expliqué, se podían espiar los movimientos de los Tzimisce del norte de Transilvania, así como las constantes conspiraciones del Consejo de las Cenizas, un cónclave de Príncipes locales tan importantes como la Ventrue Nova Arpad o el Tzimisce Radu. Por el bien de los intereses de la Casa Tremere, era vital que continuase prestando servicio en Balgrad para que nuestros enemigos tuviesen un recordatorio constante, incluso en las que consideraban como sus tierras ancestrales, de nuestro poder e influencia.

Dejé que las últimas palabras de mi discursos calasen en sus mentes. Balgrad no sólo era una ciudad pequeña para sus consideraciones, sino que que estaba rodeada de enemigos. ¿No era delicioso que solicitase permanecer al cargo de un lugar tan peligroso? ¿No era "piadoso" incluso que me concediesen la elección del lugar que sería mi tumba?

Curaferrum intervino de nuevo a una seña del Consejero Etrius para hacerme saber que el Consejo de Ceoris debía deliberar. Volverían a hacerme llamar más tarde. Así pues, hice una otra reverencia ante ellos y salí del Salón del Consejo tan rápido como pude.

miércoles, 8 de agosto de 2012

C. DE T. 1 - 59: ETRIUS EL PÍO


Al despertarme a la noche siguiente, volví a asearme y vestirme con las túnicas ceremoniales de color carmesí y negro de la Casa Tremere. Había asuntos pendientes que deseaba resolver aquella misma noche, entre ellos hablar con mi sire Jervais y seguir consultando los conocimientos ocultos tras los muros de la gran biblioteca de Ceoris, pero al abrir la puerta de mis aposentos descubrí a un joven criado sentado en el suelo, esperándome pacientemente. El muchacho se incorporó de un brinco y con sumo respeto me informó de que el Consejero Etrius le había ordenado llevarme ante su presencia nada más que saliese de mis aposentos. Cuando le pregunté cómo se llamaba, el joven agachó la cabeza y me respondió con voz queda que su nombre era Marcus. Satisfecho, permití que el criado me guiase hasta el lugar donde me esperaba el Consejero.

Durante el recorrido, medité en silencio acerca de los motivos por los querría verme en esos momentos. Sin duda, habría oído hablar de los ataques que había sufrido nuestra caravana de suministros y reservas mortales, por lo que podría esperar un fuerte interrogatorio en esa dirección, lo que tal vez pudiese acarrearme más problemas si mencionaba mis sospechas respecto a la Consejera Therimna.  Por ello, me concentré por recordar todos los rumores que había escuchado sobre la relación entre la Consejera y él. Pese a que había pocas certezas en ese asunto, se decía que Etrius mantenía unas relaciones educadas con Therimna, a pesar de que ella era chiquilla de su enconado rival Goratrix. Así pues, dado que no había tenido tiempo para buscar el consejo político de mi sire Jervais, tendría que confiar en la prudencia y moverme con cuidado por esas peligrosas aguas.

Marcus me llevó hasta el primer piso y me abrió las puertas de una cámara apartándose servilmente para permitirme pasar. Era una sala pequeña, dominada por un icono pintado de Cristo niño y la Virgen María, alzados sobre un pequeño altar, tras el que se erguía una enorme cruz de bronce. Cuatro bancos miraban hacia el altar, ofreciendo sitio para unas dieciséis personas aproximadamente. Sin embargo, sólo había una sola personas rezando de rodillas junto al primer banco. El Regens de la capilla de Ceoris, miembro del Consejo de los Siete y guardián del descanso del propio gran maestro Tremere, era llamado Etrius el Pío por sus seguidores. De ascendencia sueca, su aspecto físico era más propio de un comerciante de la Hansa que el de uno de los magus más importantes de la Casa Tremere. Tenía una larga melena rubia que le caía por debajo de los hombros, así como unas patillas que seguían el contorno de su cara redondeada. El color de sus ojos parecía oscilar del azul claro al gris a la luz de las velas de la capilla. Vestía una túnica negra sobre la cual llevaba un manto carmesí con signos esotéricos bordados con hilos de oro y plata. El único adorno del que hacía ostentación era un colgante de oro con la forma de una estrella de cinco puntas contenida en un círculo perfecto. Marcus cerró la puerta a mi espalda y, puesto que el Consejero Etrius no dio señales de reconocer mi presencia, avancé hasta situarme a unos pasos de distancia y esperé pacientemente a que terminase sus silenciosas oraciones. Pese a las afirmaciones de sus partidarios, no percibí en él auténtico fervor, sino más bien una cuidadosa puesta en escena dispuesta para una vieja farsa.

Después de un tiempo que se me antojó interminable, al final el Consejero Etrius dio por concluidas sus oraciones, se santiguó y se dio la vuelta para hablar conmigo. Le correspondí haciendo una profunda reverencia y saludándole con las fórmulas oportunas que dictaba el protocolo de nuestra Casa. Satisfecho, tomó asiento en uno de los bancos de madera, invitándome a sentarme a su lado. Tal y como esperaba, mostró curiosidad por las adversidades que habían acontecido en mi viaje. Le conté todos los detalles de nuestro viaje desde que salimos de Buda-Pest, pero me interrumpió al poco tiempo para decirme que no le interesaban los detalles bélicos, sino las razones que llevaron a los Tzimisce a anunciar tan estúpidamente su presencia si planeaban iniciar una nueva campaña contra la capilla de Ceoris. Le respondí con tanta sinceridad como pude mostrar que yo tampoco entendía el comportamiento de nuestros enemigos, pero sí podía dar fe de sus despiadados crímenes.

Aunque esperaba más preguntas a este respecto, el Consejero tuvo a bien cambiar el objeto de nuestra conversación y, a continuación, me preguntó por los sucesos ocurridos en Praga. El tono de la pregunta fue extremadamente casual y neutro, pero había una amenaza implícita en sus palabras. Intentando contener la animadversión que me producía Ardan, le expliqué al Consejero que el Regens de Praga había sido negligente en sus tareas, habiéndose ganado numerosos enemigos en perjuicio de nuestros intereses en esa ciudad, que dos magi Tremere habían hallado la muerte definitiva sin necesidad alguna y que había puesto en peligro mi existencia la misma noche en que había llegado a la ciudad. El Consejero Etrius escuchó con atención cuando le expliqué que el destino que les aguardó a Conrad y Tobías cuando Lybusa se los llevó al castillo de Vysehrad. Por el gesto de preocupación que mostró deduje que no tenía conocimiento de aquellos hechos, pero apartó a un lado estas cuestiones para decirme que el Regens Ardan afirmaba que alguien había asaltado su capilla y destruido algo de su propiedad. Sin ambages, el Consejero me preguntó si sabía quién había osado interrumpir en su capilla. Mi única respuesta consistió en plantear la posibilidad de que hubiese sido uno de los numerosos enemigos que Ardan se había ganado en Praga. Por supuesto, mi respuesta no satisfizo en nada a Etrius, pero me había asegurado de no dejar ninguna prueba que me implicase.

Al final, el Consejero se incorporó y me ordenó que lo acompañase sin explicarme a dónde nos dirigíamos. Le seguí en silencio con cierta sensación de fatalidad a la espera de ver cuál sería el curso que tomarían los acontecimientos.

martes, 7 de agosto de 2012

C. DE T. 1 - 58: TOSIA


Subimos en silencio por las escaleras de piedra, apenas iluminada por unas escasas antorchas, y al pasar junto al descansillo que conducía al primer piso, recordé que en mis primeros meses como aprendiz mortal, había frecuentado algunas salas como el comedor y las cocinas. Asimismo, también se hallaban en aquel piso una herrería, así como los barracones de los guardias de la capilla.

El segundo piso estaba tan tranquilo y silencioso como el inferior. Un gran portón, con ornamentos de hierro negro, daba paso a la gran biblioteca de la Casa Tremere, y varias puertas más pequeñas conducían a los aposentos comunes de los aprendices de los magi mortales. Tiempo atrás, incluso yo tuve que compartir alojamiento con docenas de aprendices, en una sala común llena a rebosar de personas de todas las edades, bebiendo abundante cerveza, quejándose de sus maestros o discutiendo en ocasiones sobre sus estudios. Por fortuna, aquellos días habían quedado atrás hacía mucho tiempo.

Nuestra subida nos llevó al tercer piso, donde se hallaban los aposentos privados de los miembros dirigentes del Consejo de Ceoris, el consejo rector de todas las actividades llevadas a cabo por la capilla más importante de la Casa Tremere. Sólo había una antorcha en cada pasillo, dejándolos prácticamente a oscuras a los ojos de los simples mortales. Tampoco nos detuvimos aquí, sino que continuamos nuestro ascenso, subiendo más y más escaleras.

Por fin, llegamos al quinto piso, donde se encontraban las salas de invitados, así como algunos laboratorios comunes para la experimentación alquímica. En esta planta había más antorchas, ofreciendo más luz a los pasillos. Curaferrum se acercó a una de las puertas y me entregó luna llave de hierro, mientras me informaba que tendría acceso libre a la gran biblioteca, pero no así a los laboratorios de las criptas de la capilla, cuyo permiso tendría que autorizar el mismo Consejero Etrius en calidad de Regens de la capilla de Ceoris. Asentí ante sus palabras cogiendo la llave de hierro que me ofrecía. Sin embargo, el Castellano no se retiró, sino que tuvo a bien ofrecerme un último consejo: me susurró que sería adecuado mantener las formas delante de los sirvientes y los magi mortales, la mayoría de los cuales seguían desconociendo que los líderes de nuestra Casa se habían alcanzado la inmortalidad a través de la sangre de Caín. Le di las gracias por sus consejos y, tras despedirme, entré en mis nuevos aposentos. Un jergón de paja descansaba en el suelo junto a un voluminoso cofre de madera con refuerzos de hierro y un escritorio con todos los útiles necesarios para la escritura. Un espejo bruñido colgaba de una de las paredes de piedra, bajo el cual descansaba en el suelo un barreño lleno de agua fresca. Satisfecho por la posibilidad de presentar un aspecto más digno, me aseé rápidamente lo mejor que pude y me vestí con una túnica de color carmesí que descansaba en el interior del cofre.

Dándome cuenta de que aún quedaban un par de horas de noche que podía aprovechar, antes de que el curso de los acontecimientos limitara mis posibilidades en las próximas noches, salí de mis aposentos y descendí por las escaleras hasta llegar a la tercera planta con la intención de visitar a mi sire Jervais para confiarle las nuevas noticias que portaba. Sin embargo, tras picar numerosas veces a su puerta, no obtuve respuesta alguna, así que decidí descender a la segunda planta, a la gran biblioteca.

Sentí una fuerte sensación de añoranza cuando abrí el portón para entrar en la gran cámara de la biblioteca de Ceoris. Había abierto cientos de veces aquella misma puerta, como mortal y luego como iniciado Cainita. Entre sus atestadas estanterías, había dedicado muchas de mis horas de descanso a mis estudios taumatúrgicos para satisfacer las exigencias de mi maestro Jervais y superar las pruebas imposibles que planificaba su cruel inteligencia. Habían sido momentos de gran tensión, coronados por éxitos brillantes y dolorosos fracasos. Sin embargo, allí estaba de nuevo. Mis éxitos me precedían. Pocos aprendices ascendían en la jerarquía de la pirámide de la Casa Tremere y yo ya era regens de una capilla humilde, pero de creciente importancia.

Dejé atrás esas ensoñaciones y observé con detenimiento el interior de la gran biblioteca, que tenía por centro una enorme sala, dominada por dos grandes mesas de fina madera tallada. Desde aquí se extendían en todas las direcciones numerosas estanterías repletas de pergaminos, papiros, códices y libros, formando intrincados y complejos pasillos. A aquellas horas de la noche, la sala estaba completamente vacía, con la excepción de un hombre bien entrado en años que resultó ser uno de los ayudantes del Maese Bibliotecario. Le interrumpí para preguntarle por el paradero de su amo, pero me respondió que el maese Celestyn se hallaba en aquellos momentos en una reunión del Consejo de Ceoris. Probablemente mi sire Jervais también se hallaba en dicha reunión, pensé inmediatamente. No pude evitar sonreír al percatarme de que el ayudante del Maese Bibliotecario estaba elaborando uno de los interminables catálogos de su amo. Celestyn era conocido por su obsesión por cambiar todas las noches los índices y catálogos de las obras de la biblioteca, siguiendo pautas conocidas únicamente por él y sus ayudantes. Algunos murmuraban que aquello era el primer síntoma visible de una incipiente locura, mientras que otros aseguraban que era la única forma que tenía el Maese Bibliotecario para esconder sus volúmenes más preciados de las miradas rapaces de los magi que acudían a la gran biblioteca. Durante un mucho tiempo, yo mismo tuve la certeza de que Celestyn sólo adoptaba esa conducta para vengarse por el robo de los libros a su cargo, aunque en esos momentos me parecía improbable una explicación tan pueril.

Sin embargo, la ausencia del Maese Bibliotecario me brindaba la oportunidad de consultar libros que hubiesen podido suscitar toda clase de sospechas. En concreto, estaba decidido a hallar información útil sobre la entidad conocida como Kupala, a la que algunos consideraban un dios pagano y otros una criatura demoníaca, para proteger por todos los medios mi capilla en Balgrad de su perniciosa influencia. Así pues, decidí identificarme y pedir al ayudante que me guiase hasta los volúmenes dedicados a las protecciones taumatúrgicas. El hombre consultó brevemente unos índices y luego me guió por los pasillos, aunque parecía algo perdido por el cansancio acumulado. Pasamos junto a un magus con una túnica escarlata, que consultaba un viejo papiro extendido sobre la superficie de una pequeña mesa de madera. El extraño y yo nos saludamos en silencio con un breve movimiento de cabeza. Finalmente, cuando llegamos a la estantería que buscaba el ayudante, comprobamos que se había equivocado completamente. Las obras presentes consistían en bestiarios de animales fantásticos presentes en los reinos cristianos y más allá de sus fronteras. El ayudante de Celestyn se disculpó torpemente, marchándose con premura para consultar de nuevo su índice.

Aproveché ese momento para alejarme buscando por mi cuenta volúmenes que tratasen sobre  demonología. Mis esfuerzos tuvieron éxito más rápido de lo que esperaba. Alcancé a descubrir una estantería aislada con algunos documentos referentes a ese tema en un rincón alejado en aquel laberinto de pasillos y estanterías. No obstante, me hallaba sosteniendo en mis manos un viejo y maltratado grimorio cuando me percaté de la presencia de tres personas, tres magi de la Casa vestidos con túnicas iguales a la mía, que vigilaban mis movimientos con evidente suspicacia. Eran dos hombres y una mujer. Ella se presentó en el acto como la maestra Tosia, mencionando también a sus dos compañeros, el maestro Omnifer y el adepto Biturges. Los tres eran claramente magi mortales y aparentaban tener la misma edad, en torno a los cuarenta o cuarenta y cinco años. Siguiendo las normas del protocolo, me presenté con aplomo como Dieter Helsemnich, adepto del Rego Tempestas y Regens de la capilla de Balgrad. A continuación transcurrieron unos tensos momentos que aproveché para observar con mayor atención a mis interlocutores.

Tosia mostraba un aspecto lozano, joven y núbil. Sus rasgos, cálidos y atractivos, estaban enmarcados por su hermosa melena dorada. Vestía con finos ropajes de seda de vivos colores que resaltaban los contornos de su figura, así como un generoso escote. De su cuello colgaba un hermoso crucifijo de plata. Por su parte, Omnifer tenía un rostro rectangular y chato, con el ceño fruncido, como si siempre estuviese disgustado o contrariado. Vestía un sencillo traje militar de cuero, adornado únicamente por una daga sujeta al cinturón, y una capa corta de piel que colgaba de su cuello. Por último, Biturges tenía un largo y bigote, una pequeña perilla. Estaba vestido con unas túnicas llena de adornos, además de polainas de vivos colores y un sombrero picudo adornado con dos plumas de ganso. No pude evitar pensar que sus vistosos atavíos le hacían parecer más un bufón que un verdadero adepto de la Casa Tremere.

Fue la maestra Tosia la que rompió de repente el silencio para preguntarme las razones que me llevaban a consultar tratados de demonología. Las complejas normas por las que se regía la jerarquía de las órdenes herméticas a las que pertenecía la Casa Tremere, me obligaban a responder a sus preguntas, ya que ella había alcanzado la sabiduría necesaria para convertirse en maestra de las artes mágicas, mientras que yo sólo era un adepto. El hecho de que también ocupase el cargo político de Regens de la capilla de Balgrad no me ayudaría a evadirme fácilmente de su escrutinio. Decidí optar por dar una excusa lo más cercana posible a la verdad, por lo que le expliqué que estaba investigando rituales de protección contra los poderes demoníacos. Ni ella ni sus compañeros parecieron satisfechos en modo alguno con mi respuesta, pero la oportuna aparición del ayudante de Celestyn evitó que siguiese sometido a aquel interrogatorio.El hombre me dijo que la sección que había estado buscando se hallaba muy cerca de la estantería que buscábamos originalmente y traía unos rollos de pergamino para que los consultase. Al comprobar que al menos parte mi excusa era cierta, Tosia y sus compañeros decidieron marcharse tras despedirse con la mayor brevedad.

Di las gracias al hombre y, durante las siguientes dos horas, consulté los pergaminos y el libro que había descubierto antes de la interferencia de la maestra Tosia. No encontré en él ninguna mención a Kupala, ni tampoco detalles sobre la protección mágica frente a los poderes infernales, pero sí obtuve algunos datos útiles que me permitirían diseñar un ritual propio para defender mi capilla de las intrusiones demoníacas. Finalmente, devolví el libro a su lugar y los pergaminos al ayudante, para luego dirigirme rápidamente a descansar a mis aposentos de la quinta planta.

lunes, 6 de agosto de 2012

C. DE T. 1 - 57: CURAFERRUM


Avanzamos a buen paso paso para internarnos en un valle casi completamente oculto por un pesado manto de niebla. Fuertes ráfagas de viento y lluvia sacudían con fuerza nuestros ropajes, pero no lograban desplazar ni un ápice de aquella niebla antinatural, que evitaba que la misma luz del sol entrase en el valle durante la mayor parte del año. En ese momento, no pude evitar sonreír al reconocer la energía taumatúrgica que seguía causándome una extraña sensación familiar, igual que la primera vez que la había percibido desde el carruaje de mi maestro cuando me trajo con él a la capilla. No obstante, por encima de aquellas brumas ya se podía atisbar sin dificultad las ocho torres y torreones que se alzaban a distintas alturas desde el cuerpo principal de la oscura fortaleza. Pese a la distancia y la niebla, un ojo atento como el mío podía observar con alguna dificultad que parecían inclinarse ligeramente, cada una hacia una dirección distinta.

El sendero que seguíamos cruzó serpenteando como una serpiente un bosque siniestro y fantasmal, lleno de árboles retorcidos y hojas marchitas. En una ocasión, mi sire me había asegurado que decenas de patrullas mortales vigilaban aquel bosque día y noche, siempre atentos ante la posible presencia de nuestros despiadados enemigos. Y, siempre que el sol se ponía en el horizonte, estos bosques, así como los valles cercanos, se convertían en terreno de caza de las Gárgolas que moraban en las entrañas de Ceoris.

El bosque dio paso a una empinada y pedregosa pendiente. El terreno era extremadamente escarpado, muy propicio para la defensa ante un asedio. Uno de los guardias, se subió al pescante de nuestro carromato para conducirlo con habilidad a través de sus estrechas curvas y recovecos. Sin su inestimable ayuda, mis criados hubiesen tardado largas horas hasta lograr pasar aquel tramo del sendero. ¿Cuántas vidas se perderían irremediablemente si un ejército invasor trataba de abrirse paso por la fuerza de las armas por aquel tramo? ¿Cuánto tiempo transcurriría hasta que se percatasen de que no podrían hacer subir sus costosas armas de asedio?

Por fin, llegamos al Foso de Etrius, un gran foso que debía su existencia gracias a los poderes mágicos del Consejero Etrius cuando aún era un magus mortal. También se decía que el foso tenía cuatro metros y medio de ancho en su punto más estrecho, y de hasta seis metros en su punto más ancho. El único medio para cruzar el foso era un puente de madera vigilado por una garita de piedra. Incluso el mismo Señor de la Guerra, Esoara, tuvo que identificarse cuando los soldados de las almenas gritaron el consabido: "Alto. ¿Quién va?"

Una vez cruzado el puente levadizo, seguimos ascendiendo a través de un pedregal en el que se alzaba el ocasional diente de león. El camino de grava, de unos nueve metros de longitud, terminaba en una doble puerta de cuatro metros y medio de altura, con bandas de hierro, que mostraban numerosas inscripciones de símbolos arcanos y que irradiaban una tenue luz amarillo verdosa. Esoara y sus hombres evitaron esa falsa puerta, levantada únicamente para engañar a los incautos, así como también un pequeño sendero que se separaba del camino principal y que conducía a una falsa puerta trasera que terminaba en una precaria cornisa rocosa. Otra trampa ideada por los amos de la capilla. En su lugar, avanzamos siguiendo el muro por la derecha. Los hechizos presentes hicieron que no permaneciese marca alguna de nuestro paso sobre el terreno. Nuestros guías desmontaron de sus caballos cuando alcanzaron un recoveco, donde permanecía oculta una puerta secundaria pequeña, y dijeron la contraseña a los guardias de la entrada. Cuando abrieron la puerta, uno de los soldados de Esoara vino hasta mí para comunicarme que el carromato sería llevado directamente a los establos de la fortaleza y que, por tanto, mis criados deberían cargar con mis escasas posesiones. Ordené a Friedich y Karl que preparasen una camilla para Lushkar y a Irena que se hiciese cargo de Sana. La niña estaba asustada y fascinada al mismo tiempo, pero en ningún momento soltó la mano de la muchacha.

La entrada dio paso a una modesta sala de piedra, con bancos y dos antorchas. Ni Esoara ni ninguno de sus hombres nos siguió al interior. Dos guardias nos dieron la bienvenida y ordenaron a los mercenarios que dejasen todas sus armas en la pared, ya que no les harían falta una vez que estuviesen dentro. Pude ver que Erik Siegard y sus hombres dudaban entre el recelo y el miedo. No se lo podía reprochar, pero debían obedecer de inmediato. Les ordené sin miramientos que así lo hicieran. Los mercenarios bávaros dejaron sus espadas, hachas y mazas, pero muchos de ellos se quedaron con sus dagas y cuchillos. Una vez que estuvieron cumplidas sus exigencias, los guardias abrieron otra puerta. Fui el primero en cruzarla, llegando a un largo y oscuro pasillo. Desde allí, una escalera de piedra subía a los pisos superiores mientras que otra descendía a las profundidades. Esperando pacientemente en los peldaños de la primera, se hallaban dos personas. El primero era un hombre de tez pálida, con una larga barba oscura y nariz aguileña. Vestía con una túnica marrón, adornada con pedrería y un borde de piel alrededor del cuello. Un elaborado sombrero de piel, imbricado con símbolos místicos, cubría por completo su cabello oscuro. Su nombre era Curaferrum y ocupaba el ilustre cargo de Castellano de la capilla de Ceoris. A su lado se hallaba un joven, que apenas había llegado a los veinte años, y que llevaba consigo instrumentos de escritura para tomar nota de todo lo que pidiese su amo.

Tras saludarnos educadamente con todas las cortesías necesarias, Curaferrum me explicó que me acompañaría a mis aposentos privados. Los mercenarios y los criados compartirían alojamiento con el resto de los siervos de Ceoris en las salas comunes. No obstante, sabiendo que a los criados de magus ilustres como mi mismo sire se les permitía compartir de un alojamiento propio, discutí con el Castelllano de Ceoris la  posibilidad de conceder a mis propios ayudantes un trato semejante. Curaferrum pareció considerar seriamente mi oferta y me prometió que les brindaría un alojamiento más adecuado en cuanto le fuese posible. Sin embargo, antes de seguirle por las escaleras, me sentí obligado a despedirme de los hombres y mujeres con los que había compartido tantas vicisitudes. Intenté animarles asegurándoles que se habían merecido todo el oro, el descanso y la comida que podía proporcionar la generosidad de Ceoris. Después, ordené a Derlush que cuidase de Lushkar, Irena y Sana hasta que los volviese a ver, y seguí al Castellano de Ceoris a las plantas superiores.

viernes, 3 de agosto de 2012

C. DE T. 1 - 56: ESOARA


 Nuestro grupo salió de la protección de la cuarta atalaya con las primeras luces del alba. El capitán Iacobus nos cedió amablemente algunas provisiones para los próximos días, así como el caballo que le había solicitado. Cuando llegó la noche, Derlush me explicó que no habíamos sufrido ataques ni incidentes de ningún tipo. Esas eran unas noticias excelentes. Al salir al exterior, comprobé que los mortales estaban reunidos en pequeños grupos alrededor del carromato, cenando junto a la lumbre de pequeñas hogueras o descansando para aliviar los rigores del viaje. Por encima de nuestras cabezas, el cielo nocturno estaba cubierto de nubes espesas que anunciaban futuras lluvias. Decidí alejarme del campamento llevándome el caballo, para desangrarlo completamente sin que ninguno de mis protegidos pudiese ser testigo de ese cruel espectáculo. A continuación, invoqué los poderes del Rego Tempestas, para alejar de nuestro camino el pesado manto de nubarrones. una vez hecho esto, volví a nuestro pequeño campamento y me senté sobre el techo del carromato, vigilando los alrededores con mis agudos sentidos. Cuando los mortales empezaron a despertarse poco antes del amanecer, volví a introducirme en el vehículo.

Al despertarme a la noche siguiente, Lushkar seguía inconsciente en su jergón, Irena dormía pesadamente y Sana no estaba con nosotros. La vi fuera, cenando con mis otros criados. Derlush se incorporó y me confió que tampoco había habido incidentes durante aquel día de marcha, pero creía que debíamos estar muy cerca de la capilla de Ceoris, porque había advertido que los caminos eran cada vez mejores. Gracias a mis artes taumatúrgicas, el cielo sólo mostraba unas pocas lluvias. Pero no fue eso lo que me llamó más la atención. A lo lejos, tan distantes que permanecían ocultas a los ojos mortales, pude vislumbrar el contorno de unas torres altas y robustas alzándose en la oscuridad de la noche. Ceoris. Habíamos alcanzado nuestra meta. Con una risa cargada de buen humor, le dije a Derlush que me acompañase y entramos en el interior del carromato, lejos de los oídos indiscretos.

Allí le confesé que estaba muy orgulloso de su actuación durante las últimas semanas. Había salvado mi no vida frente a enemigos tan terribles como los licántropos o los esclavos de los Tzimisce. Había guiado con gran acierto a las gentes de nuestra caravana desde que salimos de Praga y, luego, de Buda-Pest, a pesar de los peligros, las traiciones y la cobardía. Su lealtad estaba fuera de toda duda y merecía saber que estaba muy satisfecho con sus fieles servicios. Su rostro curtido esbozó una sonrisa poco frecuente en su cara, agradecido sinceramente por mis palabras. Derlush no era un hombre sensible, mas pude comprobar que estaba visiblemente emocionado. Como recompensa por sus acciones, me hice un corte en la muñeca y derramé mi preciada sangre sobre una copa. El líquido fluyó pesadamente hasta llenarla por completo. Derlush observaba agitado su recompensa. Durante unos instantes, me pregunté qué emociones estarían imponiéndose dentro del alma de mi criado. Podía averiguarlo usando mi visión mística, pero decidí que se había ganado el derecho a esa intimidad. Cuando le entregué la copa con su recompensa, no pudo contenerse por más tiempo y la bebió a toda prisa, apurándola hasta la última gota. A continuación, le expliqué que llegaríamos a Ceoris al día siguiente y que debía estar preparado para actuar en mi nombre, dándole mi anillo para que se lo mostrase a los guardias que protegían las murallas de la fortalez. Luego, le dije que fuese a descansar durante lo que restaba de noche.

Me volví hacia Irena y la desperté con delicadeza. Su joven cuerpo estaba exhausto por mi constante necesidad de sangre durante las peores noches de nuestra travesía. Su rostro me observó con miedo. Aún no le había confesado qué era yo ni le había explicado por qué se despertaba tan débil cada vez que yacía conmigo y por qué sus recuerdos eran tan confusos. Su mirada parecía aturdida, pero más despejada que la noche anterior. Le expliqué que al día siguiente llegaríamos a la poderosa fortaleza a la que nos dirigíamos. No obstante, debía ser consciente de que tendría que tomar una decisión en ese instante: o bien permanecía conmigo como una más de mis criados personales o bien entraría a formar parte de la servidumbre de Ceoris. Su voz débil y aletargada me respondió que yo era su señor y, si lo deseaba, me acompañaría a donde fuera. Asintiendo ante su respuesta, la Dominé para que durmiese profundamente toda la noche.

Después, me arrodillé en el suelo del carromato, con las manos sobre las piernas, preparando mi mente para los rigores del ritual de la Comunicación con el Sire del Vástago. Mi sire pudo atender mi mensaje aunque no contestó nada cuando le expliqué que estábamos a poca distancia de Ceoris, y desvió pronto su atención hacia otros asuntos más importantes. No sabía si Jervais se hallaba en Ceoris o no, pero aún así debía informarle para que mi llegada no le cogiese por sorpresa. Sin nada más que hacer, volví a encaramarme al techo del carromato para hacer guardia durante las próximas horas.

Cuando la luna llegó a su cenit, escuché a lo lejos el estruendo provocado por un gran grupo de jinetes a caballo aproximándose a nuestro pequeño campamento. Ni siquiera aquí, a pocas leguas de los muros de la gran capilla de Ceoris, podía saber si serían aliados o enemigos, así que no corrí riesgos innecesarios. Desperté a todo nuestro grupo y les exhorté a que se preparasen para la lucha en caso de ser necesario. Ya se podían ver las sombras de los jinetes en el camino. Ordené a Derlush y Karl que me acompañasen, adelantándome para recibir a aquellos extraños. Los jinetes detuvieron sus monturas y nos rodearon a los tres en silencio. Estaban pertrechados con armaduras de placas y montaban sobre caballos de guerra. También reconocí inmediatamente el blasón de la Casa Tremere pintado en muchos de sus escudos. Su líder era un gigante, dotado de unas espaldas fuertes como las de un oso y el peto de su pesada armadura mostraba un elaborado relieve de una serpiente que se infiltra en un costillar y una calavera humanas. No tenía escudo pero sostenía con facilidad en su mano derecha un hacha descomunal de doble hoja. Supe quién era aquel temible Cainita en el momento en que retiró la visera de su yelmo.

Aparentaba tener unos cuarenta y cinco años y mostraba un tupido copete de negros cabellos grasientos. Una barba enmarañada extendía sus zarcillos por toda la mandíbula hasta cubrirle el cuello. Una gruesa vena le surcaba la frente, en dirección a su nariz de gancho. Sus ojos se asemejaban a brasas encendidas. Su nombre era Esoara y se había ganado merecidamente el título de Señor de la Guerra de Ceoris. Con gran amabilidad, me dio la bienvenida a los dominios de Ceoris y se ofreció a escoltarnos para que descansase tras la seguridad de las murallas de la capilla esa misma noche. Le respondí con toda sinceridad que aceptaba gratamente su oferta, ya que habíamos sufrido numerosos ataques y emboscadas de los monstruosos Tzimisce. Esoara se sorprendió de inmediato y me pidió que le explicase las actividades de nuestros enemigos. Así lo hice yo, narrando con toda fidelidad los hechos, desde los primeros ataques, a la emboscada donde perdimos a la mayor parte de los hombres y mujeres de nuestro grupo y, finalmente, a las últimas noches de persecución antes de llegar a la protección de la cuarta atalaya. Por supuesto, omití los detalles de la traición de Paolos y sus hombres por razones políticas. Necesitaba pruebas que respaldasen mis sospechas y, aun así, sería funesto acusar de traición a la Consejera Therimna. Esoara mostró su sorpresa de nuevo y me confirmó que llevaban un año entero sin sufrir emboscadas en aquella zona, lo que acrecentó mis sospechas, pero guardé silencio prudentemente.

Sin embargo, antes de partir, hice llamar a Erik Siegard. Era un hombre excepcional y no estaba dispuesto a que se le ordenasen tareas mundanas que dilapidasen sus grandes habilidades. Además, sin su ayuda no hubiésemos sobrevivido al viaje y no deseaba recompensarle haciendo que acabase como sujeto de experimentos innombrables o como víctima del hambre de un compañero Tremere. Una vez que el capitán bávaro estuvo con nosotros, le expliqué a Esoara que Erik era un hombre curtido, diestro en las armas y muy intuitivo. Además era astuto como un viejo diablo y un líder natural de hombres. En resumen, le sugerí que ganaría un gran talento poniéndolo a su servicio y al de la Casa Tremere. El Señor de la Guerra de Ceoris escuchó mis palabras con gran atención, estudiando a Erik con la mirada. Pareció conforme y me respondió que estudiaría mi propuesta. Por último, me dijo que ordenase a mi grupo que se preparasen para partir cuanto antes, asegurando que llegaríamos a Ceoris en unas pocas horas de marcha.

jueves, 2 de agosto de 2012

C. DE T. 1 - 55: LA ATALAYA


Cuando me desperté a la noche siguiente, comprobé con satisfacción que no habíamos recibido más ataques. Mientras dormían sus amos Tzimisce dormían durante las horas del día, los monstruos que nos perseguían no eran capaces de organizarse ni de rastrear adecuadamente el terreno para localizarnos. La idea de viajar de día y escondernos de noche en los bosques había sido un gran acierto. Aun así, nuestra situación era extremadamente apurada. Carecíamos de provisiones, que transportábamos en los carros destruidos en la emboscada, y los mortales habían agotado rápidamente los escasos alimentos que nos quedaban. Derlush se había alejado para cazar al mediodía sin alejarse demasiado del camino, pero la caza era escasa en esta zona y sólo había capturado una pieza raquítica, que apenas fue suficiente para condimentar una sopa fría durante la cena. No obstante, cuando salí del carromato no hubo voz que se alzase para protestar por su situación. Todos me tenían demasiado miedo, no tanto como a los monstruos que nos perseguían, por supuesto, pero sí el suficiente para mantener un hosco silencio.

Aquel puñado de hombres y mujeres estaban al límite de sus fuerzas. Necesitaban comer y descansar con urgencia. Pude apreciar que algunos de ellos no habían pegado ojo desde hacía varios días. Estaba claro que si les exigía más esfuerzos, se derrumbarían durante la marcha. Sin embargo, no podíamos correr el riesgo de que los Tzimisce localizasen a nuestro pequeño grupo de supervivientes esa la noche. Así pues, volví a reunir a todos los hombres que pudiesen empuñar un arma, descartando a los heridos para que el olor de la sangre no llamase la atención de nuestros enemigos, y nos alejamos de nuestros escasos pertrechos para encubrir de nuevo nuestro rastro con ramas y hojas. El aliento del dragón volvió a encubrir aquellos bosques, extendiendo entre los árboles su manto fantasmal.

Durante el tiempo que tardamos en volver, me di cuenta de que el puñado de hombres y mujeres que permanecían conmigo no eran los únicos que estaban al borde de sus fuerzas. Yo mismo sentía el dolor del hambre y a la Bestia Interior aguijoneando en mi alma. Iba a tener que alimentarme esa misma noche o corría el riesgo de perder el control y atacar a los que intentaba salvar. Pero, ¿de quién me alimentaría? No podía hacerlo de uno de los supervivientes, porque eso podría provocar una revuelta y, posiblemente, mi destrucción. Tampoco podía alimentarme de Derlush ni de Friedich o Karl porque necesitaba sus fuerzas para protegerme durante las horas del día y para mantener bajo control a los supervivientes. Lushkar luchaba por su vida e Irena se hallaba enferma por la sangre que me había visto obligado a tomarle. 

Finalmente, tuve que elegir a Sana, rompiendo la promesa que me había hecho a mí mismo tan solo unas semanas antes. Volví a entrar en el carromato y le expliqué que necesitaba su sangre para tener alguna oportunidad de sobrevivir. Al principio, ella me miró sin comprender. Cogí su mano infantil y mordí su muñeca con todo el cuidado que pude. Sólo bebí un poco, apenas lo necesario para ofrecer resistencia a las eternas exigencias de la Bestia, mas confiaba en que fuese bastante. Si tardábamos más de dos noches en llegar a las atalayas, no sobreviviríamos. Avergonzado, dejé a Sana durmiendo junto a Irena y volví a salir de nuestro carromato para vigilar durante el resto de la noche.

Al despertarme después de mi sueño diurno, el carromato volvía a estar detenido y todo parecía permanecer en calma. No obstante, cuando salí al exterior vi que nos hallábamos sobre una pequeña colina, en un recinto protegido por una pequeña empalizada de madera, una robusta torre de piedra de diez o nueve metros de altura en la parte más alta de la colina y una casa alargada con paredes de piedra y techumbre de madera. Una veintena de guardias, bien pertrechados y armados, protegían la empalizada, que estaba rigurosamente iluminada por el fuego de unas antorchas clavadas en el suelo a pocos metros entre sí. Nuestro carromato permanecía junto a la torre y los supervivientes de nuestro grupo descansaban junto a pequeñas hogueras, donde aún estaban calentando la comida de su cena.

Derlush se separó de ellos al verme y se acercó para informarme que habíamos llegado esa misma tarde. No le había sido difícil identificarse como mi sirviente de la forma adecuada y los guardias de la Casa Tremere nos brindaron su protección. También me comunicó que el capitán de la guardia deseaba hablar conmigo, pero eso podía esperar. Necesitaba más sangre. Hice que Derlush entrase en el carromato y bebí un poco de su sangre tras morder su muñeca. No me sorprendí al descubrir que la Bestia quería más, pero la contuve con todas mis fuerzas. No habíamos sufrido tantas penalidades para matar a mi criado por un mero arrebato de hambre. Mientras el pobre Derlush trataba de mantenerse en pie a pesar de los mareos que comenzaba a sufrir, le dije que no necesitaría de sus servicios durante el resto de la noche y que debía descansar y dormir todo lo que pudiese.

Después me dirigí a la casa de la guarnición. Parecía el típico barracón militar usado por cientos de ejércitos mortales en los cuarteles de invierno. Tenía que admitir que la manufactura era excelente. Las paredes estaban formadas por gruesos sillarejos, de aspecto robusto y desigual, usando piedras locales, aunque formaban un conjunto sólido y firme. El pequeño portón de madera, con sus refuerzos de hierro negro entre los que estaba forjado el escudo de la Casa Tremere, parecía lo bastante resistente como para aguantar sin ayuda innumerables golpes antes de ceder el paso. Al cruzar la puerta llegué a un gran comedor, con varias mesas de madera y una gran chimenea de piedra. Dos puertas de servicio comunicaban con aquella sala y una gran escalera de madera conducía al piso superior. En una de las mesas había tres soldados, bien pertrechados y armados, que escuchaban con atención las instrucciones del capitán, un hombre grueso, de amplia barba oscura y pelo gris que caía sin orden sobre las hombreras de su armadura.

El capitán despidió a sus hombres al verme y se presentó como Iacobus Mauller, capitán de la cuarta atalaya de la capilla de Ceoris. Yo también me presenté, usando mi verdadero nombre, así como todos los títulos que me había ganado a lo largo de tantos años de fiel servicio a la Casa Tremere. Una vez hechas las presentaciones oportunas, le informé de mi misión, así como de los ataques que habíamos soportado durante el camino, omitiendo en mi relato los detalles de la traición de Paolos y sus hombres. Por último, le expliqué  que consideraba muy probable que los Tzimisce siguiesen nuestro rastro hasta este lugar y que podría haber un ataque contra la atalaya en cualquier momento. El capitán Mauller se sorprendió sinceramente por mis palabras.

-Ya han pasado casi dos años desde que sufrimos ataques en la cuarta, -respondió con orgullo-. Los suministros desde Buda-Pest han recorrido esta misma ruta sin encontrar ninguna oposición desde hace muchos meses, regens Dieter.

Medité en silencio sus palabras, aunque seguía resistiéndome a creer que fuera una simple casualidad que los Tzimisce hubiesen reanudado sus ataques en aquel momento. En mi fuero interno, tenía la sospecha de que la Consejera Therimna, por medio de Bulscu, era la responsable de todas las muertes que habían sucedido. En el competitivo mundo formado por los iniciados de la Casa Tremere, un exceso de paranoia se consideraba una virtud inevitable para la propia supervivencia y para alcanzar cualquier aspiración política. Aun así, siempre caía la posibilidad de errar en los cálculos, por supuesto.

De todas formas, le pedí a Iacobus que me mostrase el camino más corto para alcanzar la capilla de Ceoris. Él lo señaló rápidamente sobre el mapa de la mesa y me dijo que la distancia que tendríamos que recorrer sería de dos días de viaje. Me aconsejó que desde ese momento evitase acampar en los bosques, pues había cosas más peligrosas que los Tzimisce morando en su interior. Por último, también añadió que evitase viajar de noche, ya que en ocasiones las Gárgolas, usadas por la Casa Tremere para defenderse de sus enemigos, tenían hambre y atacaban a los grupos pequeños sin hacer distinciones entre aliados y enemigos.

Tras escuchar sus prudentes consejos, le hice una nueva petición, que me cediese uno de sus caballos. En realidad, no necesitábamos otro caballo para tirar del carromato, pero tenía planeado alimentarme completamente de él a la noche siguiente, de modo que tuviese una buena cantidad de sangre corriendo por mis venas marchitas durante lo que iba a quedarnos de viaje. No obstante, no sabía si podía confiar mis verdaderas intenciones a aquel hombre. La mayoría de los sirvientes mortales de la Casa Tremere ignoraban la verdadera naturaleza de sus líderes, creyendo que servían a los poderosos brujos y hechiceros que habíamos sido antaño. Incluso los magus mortales capaces de obrar todo tipo de prodigios y hazañas mágicas desconocían que los gobernantes reales de la Casa se habían convertido en Cainitas hacía pocos siglos. Nuestro número había crecido durante estos años, cierto, pero aun así seguíamos siendo discretos respecto a esos asuntos internos. Por ello, había optado por ofrecerle una explicación más mundana y creíble. El capitán Iacobus dio por buena mi petición y de este modo finalizamos nuestra conversación.

Al volver al carromato, comprobé que las gentes a las que había tratado de salvar hasta entonces tenían la moral por los suelos. La comida y el descanso les habían devuelto una apariencia de vida, pero murmuraban entre ellos mientras me acercaba. Incluso el pequeño Vasily, que había sobrevivido milagrosamente a la emboscada, sentía pavor al verme. Decidí tratar de animarles. Les hablé de los diabólicos monstruos que nos moraban aquí y en todas las tierras de este mundo. Les expliqué que hasta ahora habían estado ciegos a los horrores y demonios que acechaban más allá de la vista, horrores que buscaban en silencio la condena de toda la humanidad. Sin embargo, la fortaleza de Ceoris era la luz que desterraría para siempre a la oscuridad y podrían continuar sus vidas tras sus muros protectores. A partir de ese momento, para llegar a ella deberíamos viajar siempre de día, evitando los bosques. Nadie debería huir, porque los que se separasen no sobrevivirían solos en aquellas tierras. Mis palabras me sonaron huecas, carentes de sinceridad. Sin embargo, me di cuenta de que Erik Sigard asentía a lo que decía. Si él creía en su deseo de vivir, el resto lo seguiría. Satisfecho, volví al carromato y me dispuse a descansar y dormir cuanto pudiese yo también.

miércoles, 1 de agosto de 2012

C. DE T. 1 - 54: ¡MASACRE EN LOS BOSQUES!


Al despertarme a la noche siguiente, lo primero que percibí es que el carromato se hallaba completamente detenido. Aquello me inquietó más allá de lo que pueden transmitir las palabras. Desde que sufrimos los primeros ataques, había dado la orden de marchar día y noche, descansado varias veces un par de horas al día, con la vana esperanza de dejar atrás a nuestros perseguidores. Por tanto, nuestra caravana no debería estar quieta en ese momento. No escuché voces en el exterior. Lushkar seguía convaleciente en su jergón y Sana dormía al lado de Irena cubierta por las mantas. Alguien picó suavemente en la puerta del carromato, intentando no hacer más ruido del necesario. Por su forma de picar, supe de inmediato que era Derlush. Di permiso a mi criado para que entrase. Olía a sangre, propia y ajena, y pude ver que estaba cansado y exhausto. Tenía mucho que contarme, eso era evidente.

Derlush me explicó impertérrito que nuestra caravana sufrió una emboscada al mediodía, en un tramo que hacía un giro en el camino. Varias criaturas humanoides, los szlachta, nos habían salido al paso por delante, así como por la retaguardia. Los monstruos cargaron contra nosotros para cerrar la trampa. Sin embargo, Paolos y sus hombres no se lanzaron contra ellos, sino que por el contrario optaron por defender su posición. En ese momento, me confesó Derlush, se dio cuenta de que aquella maniobra nos dejaría atrapados y, por tanto, ordenó a todos los hombres y mujeres que corriesen hacia delante para dejar atrás a los monstruos. Muchos, como Erik Siegard, intentaron seguir sus órdenes, mas otros trataron de huir a los bosques o por la retaguardia. Los que buscaron la seguridad del bosque se encontraron frente un monstruo gigantesco de más de tres metros de altura. Era una amalgama caótica de carne y hueso, con múltiples extremidades y rostros cuyas bocas estaban repletas de colmillos puntiagudos, que salía del bosque para unirse a la carnicería del camino, aplastando sin darse cuenta a los que huían.

Mi criado me contó que fustigó con todas sus fuerzas a los caballos que tiraban de nuestro carromato para que llegasen a la altura de los hombres de Paolos y luego, los hizo cruzar a golpe de látigo entre los szlachta. Envalentonados por su ejemplo o quizás por el miedo a quedarse atrás, los mercenarios de Paolos también avanzaron, atacando sin misericordia a los ghouls Tzimisce, que se vieron abrumados por su superioridad numérica. Pisándoles los talones, les seguían los bávaros, muchos de los cuales murieron aplastados o devorados por el monstruo gigante. Finalmente, Derlush me contó que él y los guardias que lo seguían lograron romper el cerco y traspasarlo, avanzando sin detenerse hasta que dejaron bien atrás el lugar de la emboscada. Parecía que los monstruos de los Tzimisce no les perseguían, sino que estaban cebándose con los desafortunados que se habían quedado atrás.

Derlush detuvo en ese momento los caballos y se bajó del carromato para hablar con Paolos y trazar rápidamente un plan, pero mi criado intuyó que algo iba mal. Cuando estaban a unos simples pasos el uno del otro, Paolos intentó atravesarlo con su espada, mas Derlush le rebanó el cuello antes de que tuviese tiempo siquiera a empezar a realizar el movimiento. Los hombres de Paolos se volvieron contra él como una jauría de perros rabiosos, causándole pequeños cortes y rodeándolo con rapidez. Mi fiel criado me confesó que pese a su destreza con las armas, en ese instante estaba convencido de que pronto se reuniría con sus antepasados. Sin embargo, los mercenarios de Erik acudieron inesperadamente en su ayuda, cargando contra los hombres de Paolos y pillándolos desprevenidos. El combate entre unos y otros fue breve. Agradecido y ensangrentado, mi criado acordó con Erik salir del camino y ocultarnos en las profundidades del bosque, dejando atrás a los monstruos.

La conclusión del relato de Derlush fue de lo más desalentadora. De las más de sesenta almas que componían nuestra caravana cuando partimos, sólo habían sobrevivido poco más de una veintena, excluyendo de la cuenta a mis propios criados. Por último, Derlush me aseguró que Friedich y Karl estaban heridos pero vivos, aunque Hans no había tenido tanta suerte.

Pese a la gravedad de las noticias, no tuve tiempo para lamentarme, puesto que había que tomar medidas urgentes. Me alimenté de nuevo de Irena, hasta dejarla inconsciente. A continuación, salí del carromato, el único que nos quedaba de nuestra caravana, que se hallaba bajo de las ramas de uno de los grandes árboles de esta zona. Los supervivientes descansaban en el suelo, durmiendo de puro cansancio o rezando en silencio. Estaban sucios, famélicos y ensangrentados. Habían perdido casi todas sus pertenencias y habían contemplado horrores que harían enloquecer a cualquier hombre. Reuní a los guardias que nos quedaban, casi una docena, y les ordené que me siguieran. Erik me miró sombrío, pero afortunadamente no dijo nada que pusiese en entredicho mis órdenes, sospechando tal vez que eso hubiera supuesto su prematura muerte.

Deshicimos el camino, retrocediendo unos 300 metros. A continuación arrodillé en el suelo y realicé el encantamiento que invocaría el aliento del dragón. La niebla cubrió la maleza y los árboles de inmediato con su espeso manto. Los hombres lanzaron juramentos y maldiciones en voz baja. Pude escuchar el mismo murmullo varias veces. "Brujo" y "adorador del Diablo", repetían los muy desagradecidos. ¿No comprendían que trataba de salvar nuestras vidas? No hice caso alguno de su ignorancia y observé como la niebla se extendía en todas las direcciones para despistar a nuestros perseguidores. Después retrocedimos ocultando las huellas de nuestro paso, usando toda clase de hojas y ramas sueltas. Tardamos unas horas en terminar. Era un trabajo tosco, que no podría engañar a ningún rastreador, pero confiaba en que la espesa niebla hiciese pasar desapercibidos los rastros más evidentes.

Finalmente, regresamos a nuestro improvisado campamento. Los hombres volvieron a los lugares en los que habían descansado, mirándome con miedo, odio o las dos cosas al mismo tiempo. Sin hacerles caso alguno, mostré a Derlush y Erik el mapa que llevaba conmigo y les indiqué la ruta que debíamos seguir hasta llegar a las atalayas que rodeaban Ceoris, ordenándoles que a partir de ese momento viajásemos de día y acampásemos de noche ocultándonos bajo los árboles de los bosques tal y como estábamos haciendo esa misma noche.

El resto de la noche transcurrió sin incidentes. Todos intentaron descansar, aunque dormir parecía una proeza imposible para muchos. Por mi parte, permanecí alerta durante toda la noche fuera del carromato, usando mis agudos sentidos para buscar cualquier amenaza que nos acechase. Mi mente vagaba sin control. Paolos había intentado matarme. ¿Le había ordenado que me matase la Consejera Therimna? Por más que intentaba buscar otras explicaciones, mi mente siempre volvía a la misma pregunta una y otra vez. Me la imaginaba diciendo sin esfuerzo a mi sire: ¡Pobre Dieter! Otro miembro leal de la Casa Tremere que ha caído en la guerra contra nuestros enemigos Tzimisce... Sí, estaba seguro que esa sería la excusa que usaría para encubrir su participación en los hechos. Pero, ¿por qué motivo iba a tomarse estas molestias? ¿Por la oferta de Dominico? ¿Por mi reunión secreta con los conspiradores que buscaban aliados contra Bulscu? ¿O por otra razón que no entendía? Más preguntas sin respuestas satisfactorias. Dejé que mi mente divagase durante un tiempo hasta que presentí que la luna iba dar paso al sol, momento en que desperté a Derlush y volví a encerrarme en el carromato.