martes, 11 de septiembre de 2012

C. DE T. 1 - 81: TREMERE


Todos miramos a nuestro alrededor presas de un temor absoluto. De los bosques que rodeaban la aldea, surgieron seis figuras  sombrías, envueltas en túnicas carmesíes y con sus rostros ocultos por las capuchas. Caminaron directamente hacia nosotros. Los caballos relincharon temerosos, desplomándose sobre el barro. Nuestros criados, llenos de terror, huyeron para salvar sus vidas. Las siniestras figuras nos rodearon. Desde las sombras, comenzó a materializarse una figura encapuchada. Lord Sirme y yo retrocedimos ante el origen de tanto poder, mientras que por el contrario, Dmitri permaneció inmóvil en su sitio, ya fuera porque el miedo lo había paralizado completamente o porque la locura le había conferido una inusitada temeridad. Sin poder ser dueño de mis actos, comencé a arrastrarme por el barro a la vez que sentía que mi cuerpo se fundía con el cieno, derritiéndose como la nieve frente al sol de la primavera. Ni siquiera pude evitar vomitar una gran cantidad de sangre, lo que me dejó más dolorido y débil de lo que ya estaba. En ese instante, abrumado como estaba por los efectos del poder mágico que nos aplastaba inmisericorde, no fui consciente de que lord Sirme también estaba sufriendo la misma agonía que yo, ni que Dmitri parecía completamente inmune a sus efectos, aunque permanecía tan inmóvil como lo había estado desde que empezó ese fenómeno aterrador.

La figura que se había materializado en las sombras se quitó la capucha. Aquel gesto, tan simple en apariencia, fue dolorosamente cegador para nosotros. Todo su ser irradiaba poder. De espesas cejas y  ojos oscuros y penetrantes, parecía tener una palidez inhumana. No obstante, el rasgo más llamativo de su rostro era que carecía de una boca humana. Goratrix se arrodilló ante él temblando como un cordero ante el matadero y, entre dientes, murmuró sobrecogido una sola palabra: Tremere. Después de un momento que pareció prolongarse durante una eternidad, las otras figuras se acercaron y cogieron a Goratrix para llevárselo a la espesura del bosque, excepto una que permaneció al lado del mismísimo Tremere. El gran maestre de la Casa que llevaba su nombre nos dirigió una intensa mirada que hizo que los tres sintiésemos un violento dolor de cabeza, como si nuestros pensamientos hubiesen sido examinados, desechados y vueltos a poner en su lugar natural.

Cuando se me aclaró la vista de nuevo, el gran maestro Tremere había desaparecido, pero aún permanecía la figura encapuchada que se había colocado a su lado. Lentamente, recuperamos el control de nuestros actos, pues habíamos dejado de sentir la formidable presencia de Tremere en las cercanías. La figura esperó pacientemente a que nos incorporásemos y, cuando creyó que había llegado el momento adecuado, retiró pausadamente la capucha que cubría su cabeza. A pesar de la confusión que aún sentía, pude reconocer su larga melena rubia y sus ojos azules: era el Consejero Etrius el Pío. Fingiendo que no me reconocía a modo de insulto calculado, nos felicitó a los tres por haber traído a Goratrix a la justicia de Ceoris y nos informó que el clan Tremere había contraído una gran y única deuda con nosotros, que podríamos saldar en ese momento si así lo deseábamos. Miré a lord Sirme y a Dmitri. Los  tres pensamos lo mismo y le respondimos al Consejero Etrius que saldaríamos dicha deuda más adelante en el futuro. Él estuvo de acuerdo y me entregó un anillo que debía devolver cuando deseásemos la restitución de nuestra deuda. Sin mediar más palabras, se volvió a poner su capucha y regresó a los bosques, donde lo perdimos de vista.

Una vez que Etrius hubo partido, los caballos se recuperaron y nuestros criados regresaron a la aldea sin recordar lo que había sucedido. En cualquier caso, poco importaba ya. Habíamos entregado a Goratrix, tal y como Vykos nos había pedido, y habíamos sobrevivido a las maquinaciones de unos y otros. Era el momento de regresar a Alba Iulia. Nuestros criados descansaron lo que restaba de noche y partimos hacia nuestra amada ciudad antes del amanecer. A la noche siguiente, mientras seguíamos avanzando en nuestro viaje de regreso, vimos que Crish nos estaba esperando en medio del camino. Su rostro permanecía serio y su mirada estaba cargada de frialdad. El muy bastardo sabía que no estábamos en condiciones de hacerle frente. Lord Sirme y Dmitri no podrían atacarle y yo todavía no me había recuperado de las graves heridas que me habían causado sus fuegos embrujados. Sin que ninguno de nosotros dijese palabra alguna, Crish se subió al carromato en el que iba Dmitri y nuestro grupo volvió a ponerse en marcha.

¿Por qué Crish había vuelto con nosotros? ¿Se había apoderado de él la locura que resquebrajaba las mentes de todos los Malkavian? ¿No recordaba lo que había hecho o estaba tan confiado en su poder que creía que no nos atreveríamos a ajusticiarlo? Las dudas me carcomían por dentro. ¿Qué debía hacer? No podía permitir que ese monstruo vagase libremente por mi amada ciudad. Así pues, pensé en primer lugar en Dominar a los criados para que atacasen al Malkavian al mediodía, en el momento en que todos los Cainitas estaban más indefensos. La tentación de hacer justamente eso señoreó en mi mente sin oposición durante unos largos momentos, provocando un gran placer en mi interior. Sin embargo, otra idea ensombreció mis pensamientos. ¿Y si Crish no era el único adorador de Kupala escondido en mi ciudad? Tal vez fuese la única persona que podría conducirme hasta sus compañeros infernalistas. Por tanto, tuve que contener mi enojo y trazar planes más amplios.

El tiempo empeoró más si cabe a lo largo de nuestro viaje de regreso y, en numerosas ocasiones, nos vimos obligados a  bajarnos de nuestros carromatos para ayudar a los cuatro criados que habían sobrevivido hasta ahora a mover alguno de los carromatos que se había quedado atascado en el barro. A pesar de estos contratiempos, conduje a la caravana por los caminos más rápidos, y menos peligrosos, y alcanzamos los territorios vecinos de Alba Iulia en una semana y dos noches.

lunes, 10 de septiembre de 2012

C. DE T. 1 - 80: RÖTSCHERCK, EL MIEDO ROJO


En el exterior, los truenos retumbaban con gran estruendo y el ulular del viento golpeaba violentamente contra el edificio en el que nos hallábamos. La lluvia caía con tanta fuerza que parecía que el tejado se derrumbaría sobre nuestras cabezas. Y allí estábamos, cuatro Cainitas vigilándonos estrechamente mientras que la voz de los cánticos y el fulgor dorado ganaban cada vez mayor intensidad. Sentí la tentación de abandonarlo todo y regresar a mi amada Alba Iulia, pero no hice semejante cosa. Goratrix había sido convocado a Ceoris. Ya fuera para responder por acusaciones reales o no, esa era la voluntad de la Casa Tremere. Además, tenía que saldar mi deuda con Vykos o, de lo contrario, me expondría a su venganza. Pensando en tales ideas, volví a dirigir una miranda iracunda al Malkavian como si eso bastase para destruirlo. Crish me mostró a cambio una sonrisa despectiva. Al instante siguiente, me lancé sobre él tan rápido que ninguno de los presentes se esperó mi reacción. En lugar de atacarlo, pasé a su lado y lo ignoré para cruzar el pasillo. Tenía que entrar en la habitación donde Goratrix estaba realizando su ritual, para interrumpirlo antes de que fuese tarde. No obstante, cuando ya alcanzaba la puerta de madera de la que emanaba el fulgor dorado, Crish murmuró algo y sentí un repentino impacto ardiente en mi espalda.

Todo mi cuerpo ardió, bañado por las llamas. Sentí la agonía causa por el fuego de inmediato, aullando con un grito visceral. El fuego era tan peligroso para los descendientes de Caín como los mismos rayos del sol. Sin embargo, lo peor vino después. La Bestia Interior me poseyó en el acto y mis instintos se adueñaron por completo de mí, con lo que también perdí el uso del raciocinio. El animal aterrorizado y moribundo en el que me había convertido trató de huir en la dirección por la que había venido, lanzándome directo contra Crish. Creo que de alguna forma mis instintos más bajos también deseaban a un nivel pensamiento muy primitivo que Crish compartiese mi sufrimiento, aunque lord Sirme me contó posteriormente que, de algún modo, las llamas no quemaron al Malkavian cuando lo derribé usando mi cuerpo como un ariete en llamas. Mientras ambos rodábamos por el suelo del pasillo, el Ventrue y Dmitri se quitaron sus capas e intentaron apagar las llamas que me envolvían. Tuvieron que esforzarse mucho. Mis instintos se negaban a quedarse quietos para ayudarles y, en su lugar, luchaban por levantarme y salir huyendo del sitio que me había causado tanto dolor. Caí inconsciente debido a la gravedad de mis heridas, mas, por fortuna, ambos consiguieron apagar el fuego y salvar mi no vida antes de que fuese tarde para mí.

Cuando pude volver a recuperar la consciencia, sentí como la lluvia golpeaba mi cuerpo maltratado. Al abrir los ojos, comprobé que nos hallábamos fuera de la posada. Lord Sirme y Dmitri, junto con cuatro criados mortales, estaban a mi lado observando el edificio con mucha expectación, ya que un radiante fulgor dorado se escapaba de todas las rendijas y huecos de las paredes del edificio. A pesar del ruido provocado por el viento, todavía pude escuchar la voz de Goratrix entonando sus cánticos mágicos. En el nombre de Caín, ¿qué estaba pasando? Intenté moverme, pero el dolor de la carne quemada hizo que ese gesto fuera extremadamente doloroso para mí. A pesar de todo, pude comprobar que Crish no estaba allí con nosotros, por supuesto. Un solo pensamiento acudió a mi mente con la fuerza de un martillo golpeando la fragua: Crish era uno de los seguidores de Kupala. Pues, ¿no había invocado fuego de la nada con un  misterioso embrujo?

Lord Sirme se dio cuenta de que me había recuperado y se arrodilló a mi lado para preguntarme cómo me encontraba. Él y Dmitri me explicaron que Crish les había impuesto su voluntad usando los poderes de la Dominación para que no pudiesen intervenir contra él o contra Goratrix. El Brujah se extrañó de que no hubieran hecho lo mismo conmigo, pero en seguida me percaté de que tanto Crish como Goratrix pretendían divertirse con mis inútiles esfuerzos para impedir su conspiración. Lord Sirme pareció sinceramente aliviado al comprobar que sobreviviría a aquel lance del Destino. Ambos éramos conscientes de que estaba saldada la deuda que me debía cuando lo salvé de los caballeros de la Orden Teutónica. No obstante, a partir de ese momento, tendría una deuda de vida con Dmitri hasta que el Brujah decidiese que hubiese llegado la hora de saldarla.

De pronto, los acontecimientos nos obligaron a guardar silencio. El fulgor comenzó a decrecer hasta extinguirse y escuchamos un grito de frustración que parecía pertenecer al propio Goratrix. Todos permanecimos en silencio, sin movernos ni saber que hacer a continuación. La lluvia seguía cayendo con fuerza a nuestro alrededor, pero pareció perder una fracción de su intensidad. La puerta de la posada se abrió con estrépito y por ella salió Goratrix, tambaleándose y diciendo cosas sin sentido. Después de todo lo sucedido, sentí un inmenso estallido de júbilo al verle, porque podría llevarlo finalmente a Ceoris y no volver a verlo nunca más si Dios y el gran maestro Tremere lo permitían. Mis compañeros lo apresaron con facilidad gracias a su debilidad tras el poderoso encantamiento que había tratado de realizar. El sire de la sire de mi sire me miró con un odio desesperado. Presentí que me había labrado un poderoso enemigo, pero no estaba dispuesto a parecer temeroso en su presencia y le devolví la mirada con todo el desafío que pude reunir a pesar de la gravedad de mis propias heridas.

Entonces todos los presentemos comenzamos a sentir oleadas de poder puro que venían a nosotros desde todas las direcciones y el que más asustado estaba era el mismo Goratrix.

viernes, 7 de septiembre de 2012

C. DE T. 1 - 79: TRAICIONES


Sobre la puerta de la entrada de la posada colgaba un cartel resquebrajado en el que todavía se podía ver pintada la figura de un ciervo verde en pleno salto. El interior del edificio nos dio una calurosa bienvenida gracias al fuego de su chimenea. Nueve hombres vestidos con tabardos que lucían el blasón de la Orden Teutónica ocupaban dos mesas y nos observaron tensos y callados cuando entramos en la posada. El dueño del establecimiento, un hombre canoso y de edad indeterminada, nos atendió suntuosamente y puso las habitaciones que le quedaban libres a nuestra completa disposición desde el momento en que vio descansar sobre la mesa un pequeño montón de monedas de plata. El único dato de interés que pudo ofrecernos en su conversación banal y sumisa fue que la aldea en la que nos hallábamos tenía el nombre de Alceditz.

Mientras hablaba con ese hombre, Goratrix salió al exterior y lord Sirme le siguió de inmediato. Sin embargo, al poco rato volvió a entrar en la posada para susurrarme que nuestro "amigo" había desaparecido. Los caballeros de la Orden Teutónica permanecieron en silencio ante nuestra presencia y la de nuestros criados, pero era obvio que no perdían de vista nuestros movimientos y que trataban de escuchar todo lo que decíamos. Simulando toda la calma que fui capaz de reunir, salí con él al exterior. Lo buscamos juntos por los alrededores bajo la lluvia hasta que finalmente dimos con él detrás de una de las cabañas de los aldeanos. Nos miraba desafiante, como si nos estuviese aguardando. Cuando le preguntamos qué había estado haciendo, nos contestó que había salido a cazar, pero ni siquiera se esforzó en aparentar que tal cosa fuese cierta. Al volver a la posada, preguntamos a nuestros criados dónde estaban Crish y Dmitri, mas no supieron respondernos. Uno recordaba haberlos vistos hablando fuera de la posada, pero nada más. No podía enviar a lord Sirme a buscarlos, porque temía que Goratrix aprovechase la situación para obtener más ventajas, así que decidí permanecer personalmente en la misma habitación que él esa noche, mientras el Ventrue se quedaba fuera custodiando la puerta desde el pasillo.

La noche avanzó pausadamente y, unas horas antes del alba, oímos un tumulto en el piso inferior. Al poco, lord Sirme, alarmado, decidió entrar en la habitación para custodiar a nuestro prisionero mientras uno de sus guardias vigilaba la puerta. Goratrix se levantó del jergón en el que estaba sentado y dijo que estaba cansado de soportar nuestra presencia y que se iba a marchar con nuestro permiso o sin él. Al escuchar esas palabras, lord Sirme y yo nos interpusimos entre la puerta y él, listos para entablar combate si fuera necesario. La puerta se abrió a nuestras espaldas. Era Crish Competer, que nos habló con calma diciéndonos que no interviniésemos y ningún mal amenazaría nuestras no vidas. Lord Sirme pareció dudar durante unos instantes, pero al final se puso de mi parte en aquel feo asunto. Crish sacó un trozo de piel o de cuero blanco y lo blandió ante el Ventrue amenazadoramente. Lord Sirme creyó que aquello era una bufonada, una locura del Malkavian, y sonrió despectivo. No obstante, yo intuí que Crish estaba intentando realizar algún tipo de conjuro o maldición, aunque afortunadamente su mente indisciplinada no logró realizar con éxito esa tarea mágica. Aproveché la oportunidad para usar mi Dominación sobre él y obligarle a entrar en el sopor que los Cainitas llaman el Letargo, pero mis poderes no funcionaron sobre él. Crish se rió a grandes carcajadas y, con palabras entrecortadas por la risa, volvió a pedir que no nos interviniéramos en lo que iba a suceder. Lord Sirme envainó su espada reluctante. Sin su ayuda tuve que rendirme a la evidencia de que no podría enfrentarme en solitario a Goratrix y Crish, por lo que me vi obligado a permitir que nuestro prisionero saliese triunfante de la habitación. Después Crish cerró la puerta y permaneció en el pasillo, para asegurarse de que no pudiésemos salir.

Furioso, abrí el ventanuco de la habitación y, desde allí, convoqué con mi magia grandes tormentas y vientos, que incrementaron la fuerza del terrible temporal que estaba azotando los alrededores de la aldea.  Eso dificultaría su fuga y evitaría que Goratrix pudiese alejarse demasiado. Acto seguido, me deslicé por la ventana hasta caer al suelo embarrado. Rayos y truenos rugían con fuerza sobre mi cabeza, iluminando levemente las tinieblas de la noche. La lluvia caía como un manto de agua constante y la visibilidad era prácticamente nula incluso con mis agudos sentidos. Sin embargo, me pareció que Goratrix no había salido aún de la posada, por lo que me decidí a entrar de nuevo. En el salón había ocurrido una auténtica carnicería. El fuego de la chimenea iluminaba los cadáveres de los caballeros teutónicos que yacían en el suelo regándolo con su sangre. Sus cuerpos habían sufrido un fuerte maltrato y las caras de los fallecidos mostraban claramente la agonía que habían sufrido antes de que la Muerte les alcanzase. Este era el macabro resultado del alboroto que precedió a la entrada de Crish en la habitación.

Pude escuchar uno cánticos lejanos y contemplar el brillo de un resplandor dorado procedentes del piso de arriba, así que subí despacio por las escaleras. El Malkavian estaba allí, cortándome el paso hacia la fuente del resplandor y de la voz de Goratrix. Su mirada malévola parecía juguetona cuando me vio llegar a lo alto de las escaleras. Dio un par de pasos en mi dirección, divertido por mis esfuerzos. A su espalda, lord Sirme abrió la puerta, tenso y listo para actuar y para nuestra sorpresa, Dmitri salió de otra puerta, aunque nos miró impasible sin hacer ningún intento por ayudarnos.

jueves, 6 de septiembre de 2012

C. DE T: 1 - 78: GORATRIX


Goratrix era un hombre de estatura superior a la mayoría de los mortales y de peso normal, que aparentaba tener unos 35 años. Su pelo tenía una tonalidad castaño oscuro, mientras que sus ojos eran de color avellana. Su rostro agraciado estaba bien afeitado, aunque algo en las líneas de su cara transmitía que era de naturaleza cruel y egoísta. Tenía una nariz ancha y fuerte, y una boca generosa. Vestía unos ricos ropajes parecidos a los que ostentaban los mortales nobles del reino de Francia.

El Consejero nos observó escudriñador con una mirada cargada de odio y exigió ser alimentado. Le expliqué que podía hace uso de un par de nuestros criados. Con cautela, todos salimos del interior de la iglesia y Crish descendió la colina hasta llegar a la posada del Cisne de Oro. Lord Sirme, Dmitri y yo, por nuestra parte, no perdimos de vista a nuestro "prisionero", que aguardaba impaciente. Cuando Crish volvió con dos de los criados de nuestro grupo, Goratrix, impaciente, corrió directamente en su dirección y se arrojó contra uno, derribándolo al suelo. Sus colmillos apenas brillaron unos instantes a la luz de la luna antes de hundirse con violencia en el cuello del mortal. Lord Sirme sostuvo nervioso la mano sobre la empuñadura de su espada, mientras me seguía caminando hasta ponernos a la altura de Goratrix. Incluso Dmitri, que parecía más audaz que cualquier héroe de la Ilíada, se hallaba cauto en presencia del Cainita al que debíamos escoltar. Goratrix nos ignoró completamente, bebiendo toda la sangre de nuestro criado hasta matarlo. Parecía una bestia sedienta que no pudiese controlarse, como un animal repugnante. ¿Qué había sido del magus que había descubierto los secretos de la inmortalidad?, me pregunté en silencio con amargura y frustración. A continuación, se abalanzó sobre el otro criado. T tras vencer mis propias dudas, logré reunir el ánimo suficiente para aferrarlo por los brazos y apartarlo del humano antes de que también lo matase.

Goratrix estaba muy furioso conmigo y exigió saber por qué había hecho eso. Intentando mantener la compostura en su presencia, le contesté que necesitábamos criados vivos que nos transportasen durante el día. Si tenía más hambre, le expliqué pacientemente, podía aplacarla con los vecinos mortales de esa ciudad. Cosa que hizo sin vacilaciones, para mi asombro y repugnancia. Fuimos testigos cómplices de sus crímenes cuando entró en dos casas y se bebió toda la sangre de los hombres y mujeres que había dentro, sin hacer n distinciones de ningún tipo. Por fortuna, pude alejar a dos niños pequeños, salvándolos de la matanza, mientras él se alimentaba de sus padres.

Una vez que estuvo más calmado y sereno, me  explicó con palabras amables que deseaba hablar a solas conmigo. Le concedí su deseo, pero también pedí a los Cainitas que componían mi séquito que no se alejasen mucho por si necesitábamos su ayuda. Cuando se sintió seguro para hablar, dijo exactamente lo que sabía que diría. No quería acudir a Ceoris y deseaba que lo dejase en libertad desde ese mismo momento. Callándome los verdaderos motivos por los que estaba allí y deseando saldar mi deuda con Vykos de una vez por todas, me expresé de la forma más contundente para que me entendiese con claridad. Le dejé bien claro que éramos cuatro Cainitas contra él y que estábamos decididos a escoltarlo en su viaje a Ceoris bien por su propia voluntad bien por la fuerza de las armas. Goratrix permaneció pensativo durante unos instantes, con el rostro contraído por la furia, hasta que al final se vio obligado a aceptar, al menos de momento, su  delicada situación.

Cuando volvimos al Cisne de Oro, hablé en privado con cada uno de mis compañeros para advertirles de la necesidad de tener vigilado en todo momento a nuestro prisionero. No podíamos confiar en él ni podíamos permitirnos el lujo de distraernos. Estaba claro que aprovecharía la menor circunstancia para planear su fuga y, si se hallaba en su mano, darnos muerte a traición como castigo por habernos opuesto a sus deseos. Todos estuvimos de acuerdo en que debíamos extremar las precauciones. Dmitri incluso lamentó que el turco hubiese quitado la estaca que lo inmovilizaba. Desde luego, era cierto que eso nos hubiera ahorrado graves problemas. Sin embargo, Goratrix no hizo ademán de escapar y el resto de la noche transcurrió con  una inquietante calma.

Partimos una hora antes del alba en dirección a las montañas. Por miedo a que los Tzimisce a los que Vykos había llamado sus hermanos tuviesen noticia de nuestro viaje, decidí que no tomaríamos ninguno de los caminos principales que nos conducirían con mayor rapidez a Ceoris. En lugar de eso, recorrimos pequeñas sendas que atravesaban las montañas dando largos rodeos, pero tuvimos la fortuna de no sufrir ninguna emboscada durante la travesía. El mal tiempo, por su parte, tampoco nos abandonó en ningún momento a pesar de mis mejores esfuerzos. La lluvia había borrado los caminos y cada noche debíamos detenernos para que nuestros criados pudiesen descansar. Asimismo, las posadas y las aldeas eran escasas y estaban muy alejadas unas de otras. A pesar de que no sufrí ningún problema gracias a los suministros de piedras imbuidas con sangre que traía conmigo, el resto de los Cainitas fue sufriendo un hambre atroz, lo que provocó que el número de nuestros criados y guardias menguara paulatina y peligrosamente. A dichas penalidades había que sumar, por supuesto, el irritante comportamiento del mismo Goratrix. Durante todo el viaje, no dejó de suplicarnos y tratar de engatusarnos para que desistiésemos de nuestro cometido y le liberásemos cuanto antes. No obstante, permanecimos firmes en nuestra resolución y permaneció bajo nuestra estricta vigilancia en todo momento.

Así pues, habían transcurrido tres largas semanas de viaje duro y agotador cuando llegamos a una pequeña aldea de no más de treinta vecinos repartidos en unas pocas casuchas de piedra con techumbre de ramas. El único edificio con buen aspecto era una posada humilde pero de aspecto acogedor en la que decidimos hospedarnos, ya que uno de los caballos se había derrumbado de puro cansancio hacía escasas horas y nuestros criados mortales estaban exhaustos más allá de todo lo imaginable. Al fin y al cabo, sólo nos hallábamos ya a un día de marcha de las atalayas que delimitaban el territorio dominado por Ceoris.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

C. DE T. 1 - 77: LOS GUARDIANES DEL CONSEJERO


Al día siguiente, todos los Cainitas de Alba Iulia se reunieron en un gran salón de la fortaleza de lord Sirme. Cuando entré en la cámara, pude comprobar que el Ventrue había tomado grandes esfuerzos para hacer alarde de su posición y riqueza. Enormes tapices con escenas de guerra y de cacerías cubrían las gruesas paredes de piedra, aunque yo intuía que lord Sirme los había utilizado para ocultar los relieves que delataban la identidad de los primeros dueños de la fortaleza. Una gran chimenea de piedra, que no albergaba ningún fuego en su interior, dominaba todo el extremo norte de la cámara. En el centro de la sala, había también dos mesas alargadas y de madera negra, capaces de dar cabida a unas veinte personas cada una, sobre las que descansaban candelabros de plata con todas sus velas encendidas. Lord Sirme incluso había tenido la consideración de traer a varios mortales, siervos de toda clase, para que sus invitados pudiesen alimentarse  o entretenerse con ellos cuando así lo deseasen.

Cuando entré en el gran salón acompañado de Lushkar, cesaron todas las conversaciones y pude sentir la expectación que reinaba entre los presentes. Tras dar mi aprobación a los preparativos realizados por lord Sirme para celebrar aquella reunión, anuncié mi intención de realizar un viaje urgente esa misma noche. El gobierno de Alba Iulia quedaría en manos de mi Senescal, el hermano William Arkestone, que contaría con la ayuda y el consejo de Lushkar. El Capadocio, de pie y con los brazos cruzados, asintió neutro con la cabeza. A su lado, el rostro de Alfredo se iluminó con una pequeña sonrisa, lo que hizo que posase mi mirada sobre la suya durante unos instantes más de lo debido. Luego, pregunté a los presentes quién querría formar parte de mi séquito en este viaje. Dmitri aceptó acompañarme de inmediato. Lord Sirme también se adelantó y juró que su espada estaba a mi servicio. Para mi gran sorpresa, incluso Crish Competer quiso formar parte de mi séquito. Les expliqué que pusieran en orden sus asuntos en la ciudad porque partiríamos una hora antes del amanecer. Sin más ceremonias, aquellas palabras dieron por finalizada nuestra reunión.

Más tarde comprobé con satisfacción que Lushkar se había ocupado diligentemente de los preparativos del viaje, con la habilidad que le habían dado los años bajo mi servicio. Tres carretas cubiertas tiradas por seis, ocho guardias mortales, provisiones para los guardias, un ataúd con protecciones taumatúrgicas, una bolsa repleta de piedras imbuidas en sangre, un pequeño saco lleno de monedas de plata, material de escritura y otros enseres necesarios para mis rituales estaban listos para nuestro viaje. Dmitri y Crish ocuparían una de las carretas y la tercera estaría reservada para el mismo Goratrix. Lord Sirme fue el último en llegar. Con él venían dos carretas más tiradas por cuatro caballos, cuatro guardias y su caballo favorito, un animal enorme entrenado para la batalla. No obstante, este sería el primer viaje que haría sin la compañía de Lushkar y ambos nos sentíamos sobrecogidos por una inesperada tristeza. Al despedirme, le entregué una llave de hierro marcada con numerosos signos esotéricos.

-Esta llave te permitirá entrar sin riesgos en mi sanctasantórum-, le expliqué-. Escóndela bien y úsala sin miedo si no tienes noticias mías una vez que hayan transcurrido cuatro meses. Quiero que sepas que estoy muy orgulloso de tus éxitos, mi aprendiz.

-Toda Alba Iulia y nuestra capilla aguardarán impacientes vuestro regreso, Regens Dieter-, me respondió Lushkar. No os fallaré en las tareas que me habéis encomendado.

Nuestro grupo partió en el mismo momento en que me subí a mi carreta. El tiempo era tormentoso a pesar de mis esfuerzos usando las artes mágicas del Rego Tempestas, lo que no era un buen augurio. Efectivamente, durante todo el viaje cayeron grandes aguaceros día y noche, anegando los caminos y provocando que los carruajes se quedasen atascados con frecuencia en el barro. Muy pronto nuestros guardias y criados estaban exhaustos por los rigores del viaje. También tuvimos que hacer varios altos en el camino para que los Cainitas de mi séquito pudiesen alimentarse de los desafortunados siervos mortales con los que nos cruzábamos.

Tardamos casi dos semanas completas en llegar a nuestro destino, en un viaje que sólo hubiera requerido la mitad de tiempo si la lluvia nos hubiese dado respiro. La ciudad de Timisoara era un pequeño enclave urbano a orillas del río Tibis, conocido en la antigüedad como el Tibisis o Tibiscus. La ciudad en sí misma, cuyos orígenes se remontaban a una fortaleza del Imperio Romano conocida como Castrum Regium Themes, se hallaba situada en un cruce de caminos transitado en ocasiones por viajeros y comerciantes, aunque la ciudad parecía pequeña y poco prometedora pese a esa ventaja. Mientras nuestros criados buscaban alojamiento en la posada del Cisne de Oro, mi séquito y yo ascendimos una pronunciada pendiente hasta llegar a la iglesia que dominaba una colina.

Ninguno de nosotros sintió molestia alguna cuando nos acercamos a la puerta. Este lugar no estaba protegido por la santidad de la fe verdadera. El interior de la pequeña iglesia estaba iluminado por una solitaria antorcha. Dos hombres esperaban nuestra llegada sentadas en uno de los bancos de piedra. Vestían al estilo turco, con dagas curvas en sus fajas, y tenían la piel morena. Mientras el más joven se escondía en las sombras, el otro avanzó hacia nosotros con movimientos ágiles y seguros.

-Bienvenidos. Soy Husayn al-Fatin-, dijo presentándose al mismo tiempo que inclinaba respetuosamente la cintura-. ¿Quién de vosotros es Dieter Helsemnich?

Aparentando la misma confianza y seguridad, le respondí que yo era Dieter Helsemnich, del clan Tremere, y le mostré el anillo de Vykos como prueba de que era el Tzimisce quien me había enviado a ese lugar. El hombre asintió con la cabeza conforme con mis palabras y luego nos condujo a una pequeña cripta donde había un cadáver tumbado en un tosco ataúd de madera. Lo reconocí en el acto. Era el Consejero Goratrix. Tenía el rostro congestionado por una mueca de dolor y los brazos alzados como si hubiese sido interrumpido en mitad de un encantamiento mágico. Una estaca de madera asomaba clavada en su negro corazón, inmovilizándolo en el tiempo como si fuese la estatua eterna de un dios enloquecido. El hombre se acercó a Goratrix y le susurró al oído con voz tranquila:

-Aquí están los que garantizarán tu paso franco en adelante. Mi contrato se ha cumplido. Id en paz.

Después, arrancó la daga del pecho del Consejero y se alejó para marcharse sin que ninguno de nosotros volviese a verlo nunca. Entretanto, Goratrix se puso en pie dolorosamente. Incluso herido, su mirada estaba cargada de amenazas veladas. Incluso debilitado parecía más poderoso que todos nosotros juntos. Y para mis adentros, volví a maldecir una vez más el nombre de Myca Vykos.

martes, 4 de septiembre de 2012

C. DE T. 1 -76: LAS PROFECÍAS DE OCTAVIO


Salí fuera de la habitación de inmediato, con lord Sirme y Alfredo pisándome los talones. En las escaleras me encontré a un hombre barbudo y de piel pálida, al que reconocí como el enloquecido Cainita con el que había hablado en 1.198 en Buda-Pest, y a dos ghouls del Ventrue que intentaban mantenerlo en su sitio  sin éxito a pesar de que estaban usando todas sus fuerzas. Cuando me vio, el Cainita se liberó con pasmosa facilidad de los ghouls y corrió precipitadamente a mi encuentro, reuniéndose conmigo al pie de las escaleras. Hice un gesto con la mano para contener a lord Sirme, que estaba haciendo ademán de desenvainar su espada. Alfredo, por su parte, se hallaba en lo alto de las escaleras, contemplando friamente todo lo que ocurría con sus ojos oscuros. El Cainita, al que una muchedumbre había confundido con el dios pagano Havnor, me habló atropelladamente de las tres señales que vendrían: la toma de los Santos Lugares, la caída de un poderoso mago y la caída de una antigua orden. Además, también me acusó de no haber detenido el primer signo.

Intenté igualar mi voz con la suya, preguntándole cuál había sido ese signo del que hablaba. Havnor me respondió con mirada febril que el primer signo era el Amaranto de Saulot. Aquello era un sinsentido. El mismo gran maestre Tremere había cometido Amaranto contra el Antediluviano Saulot un año antes de que mi madre mortal me trajese al mundo. Confuso y nervioso, traté de poner un poco de orden en las palabras del loco pidiéndole saber qué eran esos signos de los que hablaba y qué señalaban. Havnor respondió histérico que señalaban la llegada de la Gehena, el acontecimiento escatólogico más temido en los mitos de los descendientes de Caín. Farfullando, dijo que los antiguos dormían en su lecho de piedra, ansiando la sangre de sus descendientes. Apenas tuvo tiempo para contar que aún quedaban otros siete signos que debían ser cambiados cuando todo su cuerpo se tensó en el mismo momento en que gritó a grandes voces que Kupala se despertaría de su sueño al cabo de un año. Intenté preguntarle dónde se despertaría el demonio, mas Havnor no respondió, sino que de repente vomitó su sangre sobre mi persona y cayó entre convulsiones al suelo, con una espuma sanguinolenta saliendo de su boca mientras se retorcía con espasmos que hubiesen roto la columna de cualquier mortal.

Ignorando la sincera preocupación de lord Sirme y la curiosidad del taimado Alfredo, me arrodillé asqueado junto a él y seguí preguntándole dónde despertaría Kupala. Havnor no contestó nada en absoluto, sino que permaneció luchando contra su cuerpo durante largo tiempo. Por fin, se detuvo y se sentó en el suelo, pero no recordaba nada de lo sucedido y no dejó de preguntar una y otra vez dónde se encontraba. A pesar de la confusión que reinaba en su mirada, la mente del Cainita parecía más lúcida que nunca. Le ayudé a levantarse y le pregunté cómo se llamaba. Me respondió que su nombre era Octavio y que solía habitar en la ciudad de Obuda, que se llamaba Aquincum en su juventud. Le expliqué que se hallaba en Alba Iulia y que había entrado ruidosamente en aquella posada pronunciando todo tipo de profecías y vaticinios. Octavio me miró sin comprender y, a continuación, me pidió permiso para irse.

Cansado y derrotado, lo dejé marcharse. Decidí que no deseaba continuar la conversación anterior con Alfredo. Ya había aceptado su petición durante diez años, así que no tenía sentido darle más vueltas. Le ordené a lord Sirme que usase su Dominación para hacer que los mortales de la posada olvidasen lo que había sucedido y, dejando ese asunto en sus manos, volví rápidamente a mi capilla. Una vez allí, usé la sangre aun fresca que manchaba mis ropajes para practicar la Rego Vitae y dos rituales taumatúrgicos, pudiendo averiguar todo el linaje de Havnor, desde su sire Marcus al fundador de su linaje, el Antediluviano Malkavian. Aquello confirmaba lo que era evidente a todas luces: Havnor era uno de los ejemplos más dementes de un linaje maldito con la locura. Y, sin embargo, había algo en sus palabras que me hacía dudar de un juicio tan simple.

Esa misma noche, lord Sirme envió a uno de sus criados a mi capilla para pedirme que acudiese a su fortaleza rápidamente. Cuando llegué, el Ventrue estaba reunido con otros dos Cainitas. Uno era Crish Competer, el Malkavian cuyos frescos habían causado tanta impresión entre los mortales de la ciudad. El otro era un recién llegado a la ciudad que se presentó como Dmitri Kurikov, del clan Brujah. Dmitri era un varón fornido y de buena talla, de pelo rubio y ojos azules. Sus ropajes de seda, seguramente procedentes de Constantinopla, eran muy caros y llamativos. El Brujah confesó que únicamente se hallaba en la ciudad para traer un mensaje privado de Myca Vykos para mí. Necesité recurrir a toda mi disciplina para no delatar el escalofrío que sentí al escuchar ese nombre.

Lord Sirme y Crish abandonaron la cámara en ese momento para darnos mayor privacidad. Una vez que estuvimos a solas, Dmitri me enseñó el anillo personal de Vykos y, después de que hubiese comprobado su autenticidad, me entregó una carta lacrada. Rompí el sello evitando mostrar cualquier vacilación o duda en aquel simple gesto. Pude percibir la pulcritud de la caligrafía de Vykos de inmediato, confirmándome en el acto que era efectivamente el autor de la misiva. Comencé a leer cada vez más preocupado. Vykos me informaba que quería que le restituyese el favor que le debía escoltando a Goratrix, que me esperaba pacientemente en una iglesia de la ciudad de Timisoara, hasta la capilla de Ceoris. Vykos temía que uno o varios de sus hermanos más irracionales del clan Tzimisce tratasen de capturar a Goratrix por su cuenta y, puesto que pensaba que sería más justo que fuese castigado por la misma Casa Tremere, Vykos había decido involucrarme para que le diese escolta durante ese peligroso viaje.

Cuando terminé de leer, Dmitri me informó que vendría conmigo durante el viaje, ya que también estaba en deuda con Myca Vykos. En mi fuero interno, sospechaba que Vykos había enviado al Brujah no sólo para auxiliarme en la tarea que nos pedía, sino también para vigilar que cumpliera mi parte. Ahogando todas las preguntas que acudían a mi mente en ese momento, asentí con firmeza y salí de la cámara para ordenar a lord Sirme que reuniese a todos los Cainitas residentes en Alba Iulia a la noche siguiente en su fortaleza. El Ventrue me miró con preocupación y asintió en silencio. Luego, tras despedirme de los presentes, volví a mi capilla. Me reuní inmediatamente con mi chiquillos para explicarles que partiría de viaje a la noche siguiente. Lushkar, como aprendiz de mayor instrucción, sería el responsable de la capilla, y de la hermandad secreta de artesanos, durante mi ausencia. Gardanth aceptó los hechos con su melancolía habitual, sin participar realmente en lo que se le estaba diciendo. Después, ordené a uno de los criados de la capilla que preparase un saco con piedras imbuidas en sangre como reservas durante el viaje, así como algunos otros pertrechos  que necesitaría en la travesía.

El resto de la noche permanecí alterado y nervioso. En ningún momento se me escapó la gravedad de la situación. El Consejero Goratrix iba a ser castigado en Ceoris. ¿Por qué motivo? ¿Había triunfado Etrius en sus maquinaciones contra su odiado rival? ¿En qué posición desventajosa me dejaba ese suceso? ¿Cómo se había enterado Vykos de este asunto interno de la Casa Tremere? Sabía que podía comunicarme mediante rituales taumatúrgicos con mi sire, pero también estaba seguro de que, si él llegaba a descubrir que el destino de Goratrix estaba en mis manos, trataría de ordenarme alguna locura. Así pues caminaba a ciegas en este asunto. Lo única certeza que podía tener es que Goratrix había sido convocado a Ceoris y que iba a ser castigado de algún modo.

lunes, 3 de septiembre de 2012

C. DE T. 1 - 75: ALFREDO DE CASTILLA


Un clima terrible devastó la región durante dos años a partir de 1.312. Las constantes ventiscas, tormentas de nieve, inundaciones, sequías, desprendimientos y avalanchas arruinaron los cultivos de los campos e ingentes cantidades de campesinos se congregaron en las ciudades junto con sus familias con la esperanza de encontrar los trabajos más miserables con los que eludir el hambre. Mis esfuerzos usando las artes mágicas del Rego Tempestas disminuyeron los peores efectos sobre Alba Iulia y sus tierras inmediatamente circundantes, pero poco más pude hacer para aliviar los padecimientos de sus gentes. 

Asimismo, en el año 1.313 recibí noticias poco halagüeñas procedentes de Ceoris. El Maese Bibliotecario Celestyn había desaparecido durante una de sus infrecuentes visitas al exterior. No existían indicios claros de lo que le había sucedido, pero todos los que supieron de su desaparición sospecharon en el acto de la perfidia de los despiadados Tzimisce o de la tenacidad de los magi de la Orden de Hermes. Sin duda, una vez que se hiciese pública su ausencia desaparecerían los tomos más valiosos de su amada biblioteca. La noticia me entristeció notablemente porque, a pesar de que Celestyn pertenecía al linaje de Etrius y se encontraba a regañadientes entre sus partidarios, presentía que era un alma afín cuya amistad hubiera podido cultivar con el tiempo.

Al final, la primavera de 1.314 supuso un tremendo alivio después de un inverno terrible y cruel. Con los pasos despejados de nuevo, comerciantes y viajeros volvieron a recorrer los caminos, devolviendo a las ciudades una semejanza de vida. Incluso los agricultores trataron de sacar el poco provecho que pudieron de las arruinadas cosechas que aún les quedaban. Fue durante aquellos inicios de primavera cuando mi criada Irena me informó de que lord Sirme me estaba estaba esperando en la antesala de la capilla. Una vez que me reuní con el Ventrue, me contó que había un nuevo Cainita en la ciudad que se había instalado recientemente en la posada de el Gallo Dormido. Lord Sirme y yo acordamos visitarlo esa misma noche, para que el recién llegado tuviese la oportunidad de presentarse debidamente.

Una vez que entramos en el interior del Gallo Dormido, subimos a las habitaciones de arriba y picamos a su puerta. El Cainita que buscábamos nos abrió la puerta él mismo. Era delgado y esbelto, con buena presencia a pesar de la palidez de su piel otrora morena. Sus ojos eran de un fuerte color castaño. Tenía el pelo corto y negro como la noche. El recién llegado vestía con ropajes costosos, de buena manufactura, pero obviamente extranjeros. Su porte, sus gestos y hasta su mirada daban a entender que había pertenecido a la nobleza de los mortales en el pasado. No hubiera podido evitar mostrar tanto de sí mismo aunque hubiese deseado lo contrario. Dijo llamarse Alfredo, del clan Lasombra, y nos explicó con voz serena y clara que había hecho un largo viaje desde la lejana corona de Castilla hasta llegar a esta región del mundo. También confesó con cierta ambigüedad en sus palabras que se sentía atraído por el estudio de la Estirpe y por ciertas cualidades y prácticas éticas y morales.

Alfredo deseaba, como no, mi permiso para residir temporalmente en Alba Iulia hasta que sus estudios e intereses le llevasen a cualquier otra parte. Pero, aunque era cierto que conocía bien las Leyes de Caín, que recitó con tanta formalidad como había hecho lord Sirme en el pasado, algo en él hizo que dudase al darle mi permiso. Se decía que en el linaje de los Lasombra abundaban los conspiradores y la ambición política, y que sus pujas por el poder les habían enfrentado frecuentemente con los Ventrue por el dominio de ciudades y regiones enteras. Si le ofrecía mi permiso para quedarse en mi ciudad, podía estar dando cobijo a un fiero competidor por el Principado de Alba Iulia. No obstante, también existían terribles rumores sobre los Tremere y, aunque muchos eran ciertos en mayor o menor medida, yo mismo era una prueba fehaciente de que no todos los Cainitas de un linaje estaban a la altura de las fechorías que les atribuían las calumnias. Así pues, decidí finalmente concederle mi permiso a Alfredo con tres condiciones: mi gesto le dejaría en deuda conmigo, debía jurar por su honor que nunca conspiraría contra mí ni contra mis allegados y dicho permiso estaría limitado a los próximos diez años si  no infringía las Leyes de Caín ni ninguna de mis condiciones. Alfredo las aceptó sin ninguna traba ni negociación, lo que me hizo dudar nuevamente de sus intenciones reales, mas no tuve tiempo de hacerle más preguntas ya que escuchamos gritos y fuertes ruidos procedentes del pasillo. Allí alguien estaba gritando mi nombre.