jueves, 11 de octubre de 2012

C. DE T. 1 - 103: EL JUICIO DE LA VENGANZA


-¡Matadlos! ¡Matadlos a todos!

Mi orden rompió las cadenas invisibles que nos habían inmovilizado al contemplar con fascinada turbación aquel ritual depravado. Como una bestia presa de la rabia a la que liberasen de improviso de su jaula, Morke fue el primero en saltar hasta el grupo más cercano por debajo nuestro. Cayó con todo su peso sobre el desprevenido mortal, dejando a su paso unos profundos surcos sangrientos por toda la espalda. Luego, olvidándose de la víctima que se debatía agónica bajo sus pies, se alzó dando poderosos zarpazos a diestro y siniestro. No queriéndose quedar atrás, lord Sirme cargó con sus ghouls contra otro grupo que, advertidos del ataque por los gritos de sus compañeros, trataban de recoger a la desesperada sus cuchillos, hoces y bastones, aunque eso no les salvó de los ataques del Ventrue. Por su parte, Eidna, Iván y Rafael, para no quedarse atrás, corrieron por el otro extremo, cayendo sobre otro grupo de mortales.

Sin embargo, no eran los mortales los que debían preocuparnos, sino sus amos Cainitas. Una vez que se percataron de nuestro ataque, dejaron respetuosamente en el suelo la piel con la que cubrían su ídolo. A continuación, los dos Nosferatu treparon por la roca dirigiéndose directamente hacia Morke. La voz del Cainita que parecía más joven se hizo oír por encima de los gritos de los moribundos y el estrépito de las armas, llamando a su hijo perdido con la súplica de un padre desdichado. Desde mi ventajosa posición en lo alto, pude ver cómo Rafael dejaba de apuñalar a uno de los campesinos y, presa de una furia homicida, hundía a traición su cuchillo en la espada de Eidna. El resto de los campesinos presentes que no estaban enzarzados ya en combates se dispusieron alrededor del ídolo y del cuarto Cainita, formando así una muralla protectora con sus propios cuerpos.

Ese era el momento que estaba esperando. Estaba claro que el cuarto Cainita, que se halla agazapado haciendo algo que no podía ver, era el líder del culto, por lo que abandoné mi posición y empecé a descender a través de la roca hasta llegar a su altura, para sorpresa de todos los presentes. A medida que descendía, el olor a vísceras, sangre y carne putrefacta se volvía cada vez más abrumador. El sire de Rafael cargó contra mí, desarmado, en un fútil intento por derribarme al suelo. Su cuerpo se estrelló con violencia contra la roca y el sonido seco de varios huesos al romperse me llenó de satisfacción. El Cainita volvió a levantarse, confuso, furioso y con la cara cubierta de sangre por los cortes y arañazos. Lo ignoré, del mismo modo que hice con los mortales que tenía frente a mí, caminando a través de ellos como un espectro surgido de sus más aterradoras pesadillas.

La propia caverna magnificaba los gritos y los sonidos del combate que estaba teniendo lugar en sus entrañas. El líder del culto, que parecía un anciano calvo y con una fina barba recortada, se puso de pie para hacerme frente, mientras sostenía en su mano derecha una piedra cubierta de sangre. El cuchillo con el que se había realizado el corte descansaba en su mano torpe. Sus ojos no mostraban miedo alguno, sino una determinación fanática que no admitía dudas ni errores. A nuestro alrededor, los mortales mantuvieron su posición siguiendo las órdenes del sire de Rafael, que les gritaba toda clase de maldiciones y amenazas para que no rompiesen el círculo.

-Nunca atacamos tu preciosa capilla porque teníamos la certeza de que allí serías más peligroso que en cualquier otra parte-, me dijo atropelladamente el líder de los infernalistas. -Ahora verás por...

Lo interrumpí bruscamente con un hechizo taumatúrgico que casi me hizo perder la concentración en el ritual del Paso Incorpóreo. No obstante, logré invocar un relámpago que impactó contra él inmediatamente. El infernalista cayó de rodillas con heridas por todo su cuerpo pero, antes de que pudiese rematarlo con otro relámpago, alzó triunfante la piedra empapada en su sangre. Fue en ese mismo instante cuando la caverna empezó a temblar violentamente.

Fragmentos cada vez más grandes del techo comenzaron a caer sobre nuestras cabezas, sepultando bajo su peso tanto a mortales como a Cainitas. El Cainita comenzó a reírse como un loco, presa de una alegría desesperada y demente, hasta que un gran fragmento de roca cayó de improviso sobre nosotros.  Los efectos del ritual me protegieron de nuevo y pude atravesar los escombros sin dificultad. Comprobé con satisfacción que el líder del culto, así como el sire de Rafael y los mortales que nos rodeaban no habían tenido tanta suerte. Morke seguía enfrentándose a uno de los Nosferatu, sin resignarse a huir en mitad del combate. En otra parte, dos de los ghouls de lord Sirme estaban tirando con desesperación del brazo inerte de su amo; el resto de su cuerpo yacía inerte bajo toneladas de piedras y escombros.

Comencé a caminar a través de la roca. Pese a que concentré toda mi atención en mirar el espejo para mantener los efectos del ritual que estaba salvando mi no vida, también pude contemplar breves imágenes de los alrededores. Eidna arrastrándose entre las piedras. Rafael intentando correr por el túnel de vuelta la superficie, seguido de cerca por Iván. Piedras. Polvo. Incluso escuché detrás mío el último lamento de Morke maldiciéndonos a todos antes de que su voz se perdiera para siempre.

Cuando salí de la cueva, las cercanías a la entrada estaban envueltas en una gigantesca humareda de polvo. La tierra había dejado de temblar. Me quedé inmóvil allí mismo, temblando como un recién nacido. Sólo cuando el polvo se hubo disipado del todo y pude comprobar que no había peligro alguno, deshice el ritual del Paso Incorpóreo. Aparté la mirada con cautela del espejo y vi con mis propios ojos cómo incluso la cueva que servía de entrada había sido sepultada por el desprendimiento. Si no hubiera sido por mi hechicería, mis enemigos me hubieran llevado a la tumba con ellos.

Durante unos instantes, no supe qué hacer a continuación. Pese a que los infernalistas que adoraban a Kupala habían sido destruidos o enterrados para siempre, todos mis súbditos habían corrido un destino semejante. Esta vez la victoria nos había exigido un precio muy alto por su favor. No obstante, una idea se abrió paso en mi mente. Si lord Sirme, Morke o Iván habían logrado sobrevivir, estarían enterrados, durmiendo en el sopor del Letargo, sin posibilidad de escapar por sus propios medios. Mi deber era regresar cuanto antes a la ciudad, organizar a grupos de trabajadores mortales para que excavasen a través de los escombros y salvar a los que pudiese. Con esa idea mente, volví mis pasos hacia Alba Iulia y comencé a deshacer el camino poco a poco.

miércoles, 10 de octubre de 2012

C. DE T. 1 - 102: LA BOCA DEL INFIERNO


Salimos de la fortaleza de lord Sirme con la determinación que confiere una causa justa o, en mi caso particular, con el odio y la amargura cosechadas después de siglos de refriegas silenciosas. El Ventrue quiso encabezar personalmente la marcha, aunque procuré estar a su lado para compartir con él las instrucciones que me había confiado Morke. Las sombras de la noche eran más espesas en los bosques y la luna se hallaba oculta en los cielos, lo que entorpeció el paso de los ghouls de lord Sirme, ya que su amo les había prohibido prender sus antorchas por temor a ser descubiertos. A pesar de todo, avanzamos hacia el oeste a buen ritmo. Las indicaciones del Gangrel resultaron ser muy precisas. Después de la primera hora de marcha, abandonamos la arboleda para ascender por unas laderas, ocupadas por infinitud de matorrales y zarzas, y seguimos un leve sendero que atravesaba la maleza hasta llegar a una zona de árboles dispersos y retorcidos, semejantes a islas en aquel mar de espinas.

Pude ver a tiempo una figura entre las sombras, de pie junto a un árbol que estaba a unos setenta y cinco metros por delante nuestro. Detuve de inmediato a lord Sirme con un gesto y señalé en la dirección en la que estaba el vigía. Pese a que no podíamos distinguir si era hombre o mujer, sí pude apreciar que estaba armado con un arco. Me volví hacia Rafael, señalé en la dirección en la que permanecía quieto nuestro enemigo y simulé un corte en el cuello. El Malkavian comprendió perfectamente lo que quise decir, escabulléndose rápidamente entre las sombras.

Durante varios minutos no pasó nada. Luego, Rafael surgió desde la oscuridad más cercana al vigía con una daga en su mano, pero se detuvo en mitad del gesto, miró a los alrededores, luego en nuestra dirección y, nervioso, nos hizo gestos apresurados para que avanzásemos. Lord Sirme maldijo entre dientes y me miró. Asentí a su pregunta silenciosa y todos subimos tan rápido como pudimos. Una vez arriba, pudimos comprobar que el vigía era un hombre, un campesino, a juzgar por sus ropas harapientas. Tenía unas marcas brutales de mordiscos en el cuello, pero no quedaba en él ni una gota de sangre. Quienquiera que lo hubiera matado, lo había maniatado con una soga a una enorme rama para que desde lejos pareciese que el muerto aún vivía y seguía vigilando el camino.

Sin perder el tiempo, les ordené que reanudásemos la marcha. Poco a poco, dejamos atrás las zarzas. El camino serpenteó a lo largo de una cornisa rocosa, donde la maleza dio paso a zonas de hierbas de escasa altura y color apagado. Peñascos y piedras desnudas se alzaban aquí y allá en todas las direcciones. En ese momento, una figura sombría surgió de repente desde una de estas rocas. Era Morke. Aunque no hizo ademán de atacarnos, no pude evitar estremecerme al contemplar las afiladas garras que ocupaban el lugar de sus manos humanas. El Gangrel nos dio la bienvenida al lugar de la matanza pero nos dijo que lamentaba que no hubiéramos estado presentes cuando se derramó la primera sangre. Al preguntarle qué quería decir, sus labios adoptaron una sonrisa retorcida pero entusiasta. Morke me respondió que los infernalistas habían dejado fuera a cuatro vigías. Según él, había tenido que matarlos a todos para que nuestras presas no descubrieran antes de tiempo mi llegada. A continuación, Morke señaló un giro en la pared rocosa diciéndonos que allí estaba la cueva en la que se escondían nuestros enemigos. El Gangrel también nos contó que a principios de la noche habían entrado poco más de una veintena de mortales, la mayoría de los cuales parecían campesinos de las tierras vecinas. Pese a que no había visto entrar a ningún Cainita, estaba convencido de que estarían ahí dentro con su rebaño, realizando sus ritos blasfemos.

Por sus gestos cargados de tensión, era evidente que Morke estaba ansioso por entrar. Sin embargo, le dije que debía aguardar un poco más para que nos preparásemos para el combate. Lord Sirme ordenó a sus ghouls que encendiesen sus antorchas. Por mi parte, ordené a Eidna e Iván que no perdiesen de vista a Rafael, que se hallaba extremadamente nervioso. Por otro lado, me retiré buscando la privacidad de unas rocas para sostener un fragmento de espejo de cobre y realizar en privado el ritual del Paso Incorpóreo, que haría que mi cuerpo fuese insustancial durante casi cuatro horas.

Cuando atravesé despacio la roca que me daba cobijo, mis súbditos estaban listos para el combate. Esta vez yo mismo me puse al frente de la marcha seguido de cerca por Morke, lord Sirme, Eidna, Rafael, Iván y finalmente los cinco ghouls al servicio del Ventrue. De cerca, la entrada de la cueva se asemejaba una boca infernal repleta de colmillos y dientes retorcidos. Incluso parecía que de ella fluía un aire cálido y pegajoso, cargado de un olor ignoto. Sin embargo, no hicimos caso de esos simples embrujos ideados para asustar a los mortales supersticioso y nos adentramos en la cueva hasta alcanzar un túnel natural que descendía a las profundidades. Pese a que no parecía haber sido trabajada por la mano del hombre, la galería permitía el paso cómodamente a dos personas al mismo tiempo y su techo desaparecía en algún lugar de las sombras que cubrían las alturas. Ahora podíamos oír con claridad un coro informe de voces humanas gritando palabras secas en la lengua de los primeros moradores mortales de estas tierras. Los gritos repetían un mismo nombre en varias ocasiones: Kupala.

Nos llevó un tiempo considerablemente largo recorrer el túnel, pese a que las voces parecían hallarse siempre después de cada recodo. Por fin apreciamos un tenue resplandor al final de la galería. Los gritos anteriores se habían convertido en un horroroso canto malsonante y antinatural. Al llegar al final del túnel, comprobamos que éste daba paso a una enorme caverna iluminada por la luz de pequeñas hogueras y cuyo suelo tomaba la forma de unas gradas de aspecto casi circular que descendían hasta un fondo cubierto por toda clase de huesos. Una docena de muertos colgaban desgarrados y crucificados de las paredes pétreas, con sus pieles estiradas sobre la roca hasta formar una sola materia unida. Los mortales estaban cantando y alzando sus brazos hacia las sombras de la caverna. Sobre los huesos que formaban el lecho de la caverna, se erguía un ídolo semejante a un horrible espantapájaros de gran tamaño, hecho con pieles y vísceras humanas. A su lado cuatro figuras vestidas con túnicas negras permanecían de pie junto al ídolo maldito, añadiéndole una nueva capa de inmundicia. Reconocí a dos de ellas de inmediato. Eran los Nosferatu que me habían atacado en el pasado en las calles de mi propia ciudad. Los otros dos Cainitas eran un anciano y un joven. Noté que la Bestia Interior se removía con anticipación dentro de mí. ¡Por fin los habíamos encontrado! ¡Por fin los teníamos en nuestras manos!

martes, 9 de octubre de 2012

C. DE T. 1 - 101: COMIENZA LA CACERÍA


Cuando volví a la capilla, ignoré completamente a mis criados, que querían contarme que Morke había solicitado verme, aunque supuse que no con esas palabras, hacía dos horas. Me encerré directamente en mi sanctasantorum. Lo primero que hice allí fue escribir una carta a lord Sirme en la que le ordenaba que preparase sus armas y a sus mejores ghouls para un combate muy próximo en el tiempo; me presentaría en su fortaleza a primera hora de la noche siguiente para darle una explicación más detallada. Luego le di la misiva a uno de los guardias de la capilla para que la llevase esa misma noche a la fortaleza de lord Sirme y se la entregase en mano al Ventrue. También le dí instrucciones a Velkan para que una vez que Iván y Rafael hubiesen despertado después del próximo atardecer, los entretuviese en el vestíbulo hasta que pudiese hablar personalmente con ellos. Aproveché la última hora que me quedaba antes del amanecer para preparar cualquier componente necesario para mis rituales y recoger una bolsa de piedras imbuidas con sangre.

Al despertarme a la noche siguiente, me reuní primero con Eidna y Lushkar en la biblioteca de la capilla. Para su sorpresa, en lugar de tener  una sencilla reunión protocolaria, les expliqué con la máxima claridad posible que debía enfrentarme personalmente a un antiguo mal. Les expliqué que Eidna me acompañaría como ayudante mientras que Lushkar permanecería al cuidado de la capilla y de los criados que la atendían. Tal y como me esperaba, ambos protestaron educadamente por razones diferentes. Mi chiquillo quería acompañarme sin que le importase el peligro, mientras que, por el contrario, mi hermana consanguínea trató de convencerme de que sería más útil en la capilla que en otro tipo de situaciones. Hice caso omiso de ambos. Corté sus argumentos diciéndoles que la decisión ya estaba tomada y no les estaba pidiendo consejo. Me despedí de Lushkar, ordenándole que permaneciese en los sótanos de la capilla hasta mi regreso y después subí en silencio con Eidna hasta alcanzar el vestíbulo del edificio.

Iván y Rafael se sorprendieron cuando les conté lo mismo. El Capadocio aceptó mi orden con su característico estoicismo. Sin embargo, el temple del joven Malkavian era bien distinto del de Iván. Protestó y suplicó de rodillas para que lo excusase de ese deber, mas fui tan inflexible con él como lo había sido con Eidna. Resignado, Rafael se incorporó finalmente y aceptó su destino con la cabeza agachada y la mirada cargada de irritación.

Nos dirigimos directamente a la fortaleza de lord Sirme. Los criados del Ventrue nos recibieron con trato educado y su senescal nos guió hasta el salón en el que tantas veces nos habíamos reunido en anteriores ocasiones. La decoración seguía siendo la misma: lujosos tapices cubriendo las paredes, una gran chimenea de piedra apagada y la enorme cabeza disecada de un ciervo de mirada inexpresiva. Lord Sirme nos estaba esperando allí mismo, pertrechado con su armadura de cuero bajo la cual lucía una espléndida cota de malla. La espada de su familia aguardaba dentro de su vaina parda sobre una de las mesas. Con su habitual formalidad, el Ventrue nos dio la bienvenida a todos a su refugio y, aunque no se esperaba la presencia de mis acompañantes, no dio ninguna muestra de sorpresa, sino que más bien al contrario, se mostró extraordinariamente confiado y hospitalario.

Una vez que estuvimos todos reunidos, informé a mis súbditos de que Morke había descubierto finalmente el escondite de los Cainitas infernalistas que tanto mal habían causado a Alba Iulia y a sus habitantes. Esa  misma noche iban a reunirse para celebrar uno de sus rituales macabros, mas nosotros irrumpiríamos en su cubil para recuperar nuestro honor, vengar a los muertos y lavar todas los fracasos, la vergüenza y las afrentas que tuvimos que soportar en el pasado. Lord Sirme asintió inconscientemente, apretando la mandíbula para contener la rabia que le quemaba por dentro. Eidna e Iván permanecieron impasibles y Rafael se mostró extremadamente inquieto pero callado. Usando mi derecho como Príncipe de la ciudad, desde ese mismo momento declaré ante ellos una Caza de Sangre contra los infernalistas que formaban parte del aquelarre de Kupala. Recordándoles que cualquier Cainita de Alba Iulia estaba obligado a seguir su pista y destruirlos en cuanto se presentase la ocasión, les autoricé a destruirlos sin misericordia ni compasión a todos y cada uno de ellos, sin que importase si eran Cainitas o mortales.

Antes de partir en dirección hacia el oeste, lord Sirme reunió a cinco soldados, los mejores que tenía a su servicio para que nos acompañasen. Aunque no recordaba su nombre, reconocí entre ellos al valiente ghoul que me había protegido en la última emboscada que había sufrido. Él sonrió cuando lo saludé en silencio con un leve gesto de cabeza e inclinó la suya en señal de respeto. Asimismo, el Ventrue ofreció a sus propios criados para que los nuestros saciasen su sed esa noche. Solo Iván y Rafael aceptaron su ofrecimiento,  ignorando tal vez que aquello les iba a endeudar con el Ventrue. Entretanto, informé a lord Sirme y Eidna de que Morke nos esperaba vigilando la cueva donde se escondían nuestros enemigos y que nos enfrentaríamos a cuatro Cainitas y a los campesinos que adorasen al demonio en aquel lugar. El Ventrue sonrió abiertamente al oírme.

-Seis contra cuatro y un puñado de mortales en ambos bandos, -dijo con altanería-. No me extraña que se hayan estado escondiendo de nosotros durante estos siglos.

Iba a corregir su bravuconada, mas decidí no hacerlo cuando percibí que Eidna y Rafael se mostraron visiblemente más animados al escuchar sus palabras. Únicamente Iván parecía no compartir el mismo entusiasmo acerca del conflicto que nos aguardaba. Yo también tenía mis dudas sobre el éxito de la tarea que nos esperaba, pero en mi interior estaba decidido a sacrificarlos a todos ellos si era necesario con tal de erradicar para siempre a los infernalistas. Pasase lo que pasase esa noche, Derlush iba a ser vengado.

lunes, 8 de octubre de 2012

C. DE T. 1 - 100: EL RASTRO DE LA PRESA


El castigo de Iván y Rafael había alterado mi espíritu, dejándome intranquilo y nervioso, como si el dolor provocado por la sangre derramada fuese insuficiente para apaciguar mi ira. Me percaté de que la Bestia Interior, que no era más que una metáfora para describir los terribles instintos experimentados por todos los Cainitas, se agitaba inquieta en mi interior. Era consciente de que la difícil situación de esta centuria había reducido considerablemente mis relaciones con los humanos, lo que me había hecho olvidar paulatinamente, a un nivel puramente emocional, lo que significaba ser humano. Para dirigir apropiadamente los asuntos de la ciudad incluso había dejado de asistir a las reuniones de la fraternidad secreta de artesanos y comerciantes, aunque había ordenado a Lushkar que ocupase mi lugar en los ritos y los asuntos de la sociedad secreta que fundé cuando llegué por primera vez a Alba Iulia.

Así pues, decidí recuperar mis lazos con los seres humanos para salvaguardar mi propia "humanidad" y tomarme un merecido respiro en mis numerosas responsabilidades. Presa de una extraña emoción, me vestí con las ropas de uno de los artesanos de la casa y salí de mi capilla tan rápido como pude, disfrutando sinceramente de la frescura de aquella noche otoñal. En una pequeña taberna sin nombre donde descansaban algunos parroquianos, descubrí inmediatamente pequeños detalles que atraparon por completo mi atención. Los mortales usaban nuevas palabras y expresiones, algunas de ellas completamente desconocidas para mí, y juzgaban sus vidas de una forma ridícula y extremadamente simplista. Por unos instantes, me sentí decepcionado.

Fui a otra taberna. Podía recordar perfectamente que en otros tiempos se había llamado el Gallo Dormido, aunque ahora los mortales prefiriesen llamarla el Barril Roto. Ciertamente, el lugar merecía bien aquel nombre. Se hallaba en peor estado inimaginable y el olor a cerveza no podía disimular el hedor dejado por el vómito de los borrachos en el serrín del suelo. Su propietario, uno de los bisnietos de Sana, atendía con desinterés al pequeño ejército de borrachos y prostitutas que debía ser su clientela habitual. Tras pedir una jarra y rechazar con firmeza algunas burdas ofertas, permanecí de pie, con la jarra en la mano, observando y tomando buena nota de todo lo que sucedía en el establecimiento. Pese a su embriaguez, algunos mortales presintieron algo extraño en mí y se alejaron al otro extremo de la sala. No pude evitar recordar aquella niña tímida que huía por salvar su vida en Satles. Estaba claro que el tiempo no había sido amable con sus descendientes. ¿Debía intervenir para honrar su memoria y obligar al holgazán de su bisnieto a recuperar su dignidad o debía permanecer al margen siendo testigo una vez más de la fatalidad del libre albedrío? ¿Me ayudaría semejante acto a recuperar mi humanidad perdida?

Salí a la calle de improviso con la idea de dejar atrás tales pensamientos. Ahí fuera estaba lloviendo. Pensé con amargura que era muy apropiado. Luego caminé, pero sentí que no lo hacía lo bastante rápido para huir de la melancolía que me atenazaba. Incluso corrí con todas mis fuerzas. No era suficiente. Nada era suficiente. Todo parecía vacuo y sin sentido.

Me detuve en un callejón, apoyado contra la tapia que rodeaba una casona. Tenía los pies ocultos por la suciedad del barro de la ciudad y las ropas caladas por la humedad. Gotas de lluvia se deslizaban por mi pelo, cayendo rápidamente al suelo. Alcé los brazos y grité con todas mis fuerzas. Una. Dos veces. Me sentí mejor. No pude evitar sonreír ante mi audacia. El Regens Dieter, Príncipe soberano de Alba Iulia, corriendo y gritando bajo la lluvia como lo haría un demente poseído por Satanás. ¡Pobre diablo! Esa idea me hizo reír. ¿Qué pensaría si me viese cierta dama? Me reí nuevamente con más fuerza. Luego, me senté en el suelo encharcado, aliviado, como si una mano invisible hubiese apartado una pesada losa sobre mis hombros. Había algo cálido y a la vez familiar en aquella situación.

Fue entonces cuando me percaté de que no estaba solo. Oí con claridad su graznido. Sobre la tapia, un cuervo me miraba impasible, ajeno a la lluvia y a mi condenación. El cuervo graznó varias veces. Por unos instantes, creí que estaba repitiendo mi nombre. Sin perderlo de vista, me levanté del barro. Un trueno sonó en la distancia y, antes de que nos alumbrase el relámpago, Morke estaba ocupando el lugar del ave, con su fornido cuerpo encorvado y sosteniéndose en cuclillas sobre la tapia con un equilibrio perfecto. Una pluma negra se desprendió de su melena, arrastrada inmediatamente hacia el suelo por la lluvia.

El Gangrel bajó de un salto, salpicando agua en todas las direcciones y dio un par de pasos para acercarse a mí. Por mi parte, recuperé la compostura, volviendo a ser Dieter Helsemnich. Morke me dijo que me había estado buscando por toda la ciudad, ya que tenía noticias muy importantes para todos nosotros. Sin perder el tiempo con charlas inútiles, me espetó ansioso que había encontrado el cubil en el que se escondían los adoradores de Kupala. Aunque ya había escuchado en el pasado palabras parecidas por parte de todos los Cainitas que habían permanecido en Alba Iulia en un momento u otro, decidí ser permisivo y escuchar lo que tuviera que decirme. El Gangrel debió percibir mi escepticismo aunque su entusiasmo hizo caso omiso de mi estado de ánimo.

Con paciencia, Morke me explicó que llevaba años vigilando a los campesinos de los campos, buscando cualquier indicio de su verdadera presa. Un golpe de suerte le había llevado a seguir un rastro de huellas que le condujo a una cueva en las tierras occidentales, a dos horas caminando desde Alba Iulia. Durante tres lunas completas, había estado observando las entradas y salidas de algunos campesinos en aquel sitio, así como de los infernalistas. Sí, había Cainitas entre ellos. Dos Nosferatu, un anciano calvo y de barba frondosa y una mujer rubia de espalda encorvada. A pesar de que no había podido seguir a los Nosferatu, Morke estaba completamente seguro de que los dos últimos Cainitas usaban la cueva como refugio habitual. Además, esta noche el Gangrel había podido escuchar a los infernalistas que mañana celebrarían una de sus ceremonias impías más importantes.

El relato de Morke parecía sólido, pero aun así lo estudié buscando cualquier indicio de falsedad o engaño. No hallé en él nada de eso, sino únicamente una necesidad imperiosa de probar sus habilidades cazando a sus enemigos. Sin duda, iba a tener la oportunidad que buscaba. Le ordené que me diese las instrucciones oportunas para llegar a la cueva y, luego, le prohibí que atacase a los infernalistas, mandándole que les vigilase sin ser visto hasta mi llegada. Él asintió de forma hosca y se alejó corriendo bajo la lluvia. Inquieto, miré las gotas de lluvia que salpicaban al azar los charcos del barro. Mi reencuentro con las emociones humanas tendría que esperar un momento más oportuno. El culto de Kupala se merecía sufrir todas las crueldades que pudiese imaginar el monstruo que se escondía en mi interior.

viernes, 5 de octubre de 2012

C. DE T. 1 - 99: LEXTALIONIS


Pasé las siguientes noches encerrado en mi sanctasantorum, revisando un mugriento tratado helénico, que había llegado en préstamo a mis manos gracias a un oscuro acuerdo con la capilla Tremere en Beograd, capital del despotado de Serbia. Escrito por un autor cuyo nombre se había perdido hacía mucho tiempo, dicho documento estudiaba los pilares de la geometría sagrada y las líneas de luz, lo que podría ayudarme a comprender mejor la red espiritual que estaba utilizando Zelios para aprisionar al demonio Kupala. Tenía la esperanza secreta de combinar su conocimiento oculto con los secretos de la Taumaturgia para crear una protección mística que protegiese a Alba Iulia del poder de los infernalistas. La tarea a la que me había consagrado iba a ser muy exigente y ocuparía gran parte de mi tiempo hasta que lograse dominar sus secretos.

Sin embargo, fui interrumpido por mi criada Irena dos noches después de iniciar mis nuevos estudios. Dado que sabía que ella no osaría molestarme por cuestiones triviales, la dejé entrar en la cámara para que pudiese explicarse. Me contó que un mensajero de lord Sirme había traído una carta de su señor esa misma noche, marchándose sin esperar respuesta. Irritado leí rápidamente la carta del Ventrue. Lord Sirme contaba en ella que los vecinos de los barrios bajos habían denunciado a la guardia de la ciudad que dos ladrones habían entrado a la fuerza en sus casas durante la noche, llevándose cualquier cosa de valor que encontraron y enfrentándose brutalmente a cualquier persona que intentó detenerlos. Uno de los ladrones fue identificado como un conocido rufián llamado Rafael, que llevaba desaparecido varios días sin que nadie supiese nada de él. El otro vestía con los hábitos de un monje y parecía tan débil y demacrado que todas las personas que lo habían visto juraban que no aguantaría más de una semana en el mundo de los vivos. Aunque los hombres al mando de la guardia habían dado órdenes de arrestar a los sospechosos, el Ventrue me informó que trataría de arreglar aquel problema. Por otro lado, puesto que Iván y Rafael descansaban en mi capilla, lord Sirme confiaba en que pusiese fin a sus notorios desmanes que tanto daño podrían hacer a todos los Cainitas de Alba Iulia.

Aquella velada puya fue la gota que colmó el vaso de mi paciencia. Estaba enfadado con Rafael, pero más aún con Iván. Ambos debían ser disciplinados de inmediato. Hice que Irena trajese a Velkan a mi presencia. Ella así lo hizo y el ghoul se arrodilló con la debida humildad ante mí. Le expliqué mis órdenes para que las acatase con la mayor exactitud. Después del amanecer, los guardias bajo su mando y él irían al vestíbulo, pero en lugar de llevar a Iván y Rafael a su cámara de descanso, les clavarían una estaca de madera en el corazón a cada uno. Luego, los encerrarían en las mazmorras y les darían latigazos en la espalda a lo largo de todo el día para que no pudiesen descansar en ningún momento. Velkan se marchó para darles las instrucciones oportunas a sus hombres. El resto de la noche fue un desperdicio de tiempo, ya que no tenía la tranquilidad necesaria para concentrarme en el estudio de la geometría sagrada.

Cuando me desperté a la noche siguiente, descendí al piso donde estaban los calabozos de la capilla. La luz de las antorchas me permitió ver dos cuerpos colgado de unas cadenas en el techo, con las ropas hechas harapos y las espaldas ensangrentadas. Velkan y los guardias habían seguido adecuadamente mis instrucciones. Miré los ojos inertes de Iván y Rafael. Pese a que no podían moverse ni usar los poderes de la sangre ni tampoco los dones de Caín, sí que pudieron escuchar impotentes todo lo que les dije esa noche. Les expliqué que habían sido torpes y estúpidos, por lo que habían recibido un castigo adecuado a sus crímenes. Uno había atraído la atención de los mortales, el otro lo había permitido. ¡Alba Iulia era mi ciudad, mi Dominio! No iba a tolerar excusas ni aceptar súplicas por su parte. La próxima vez que me fallaran tan miserablemente conocerían el tormento de las llamas y las cadenas del Juramento de Sangre. No obstante,  teniendo en cuenta su extrema juventud, confiaba en que fuesen lo suficientemente inteligentes para evitar repetir cualquier acto estúpido que se les pudiese ocurrir. Por esta vez quedarían libres y podrían seguir refugiándose en mi capilla si así lo deseaban. En cualquier caso, debían evitar los barrios bajos durante unos meses hasta que los mortales tuviesen otras preocupaciones con las que olvidarles. Tras decir esto, me volví hacia los guardias y ordené a Velkan que los liberase en el vestíbulo. Más tarde supe que ambos se marcharon airados de la capilla, pero que volvieron igualmente antes del amanecer para descansar en un lugar seguro.

jueves, 4 de octubre de 2012

C. DE T. 1 - 98: RAFAEL


Varias noches después de que el Capadocio se presentase por primera vez en mi capilla, Iván volvió a solicitar una reunión conmigo. Había descansado en las alcantarillas durante varias días y allí había visto a dos criaturas monstruosas que parecían ser Nosferatu. Pese a que no lo habían atacado, su presencia le había  obligado a reconsiderar mi oferta de permitirle descansar en la cámara de invitados de mi capilla. Le respondí que, en efecto, mi oferta seguía en pie y le expliqué pacientemente un conjunto de normas que tendría que acatar. En ningún momento podría moverse libremente por las salas de la capilla. Esperaría en el vestíbulo hasta quedarse dormido después del amanecer, luego mis criados lo llevarían a la cámara de invitados donde podría descansar el resto del día y, antes del atardecer, mis siervos lo volverían a llevar de nuevo al vestíbulo. Iván aceptó estas medidas draconianas pero necesarias con el mismo estoicismo del que su sire habría hecho gala en el pasado. Luego les expliqué a Eidna y Lushkar que el Capadocio tenía mi permiso para descansar en la capilla bajo las condiciones anteriores. Esa misma noche escribí a lord Sirme para explicarle la presencia de los Nosferatu. Le ordené que la guardia de la ciudad provocase inundaciones en las galerías de las alcantarillas durante el día y que destruyesen a cualquier criatura que saliera arrastrada por las aguas. Poco más podía hacerse.

Dos semanas después de aquello, mis estudios alquímicos se vieron interrumpidos por el inicio de un gran alboroto en los pisos superiores de la capilla. No había finalizado si quiera la primera hora de la noche, por lo que la mayoría de los siervos mortales de la capilla aún estaban despiertos. Eran ellos los que me estaban llamando a grandes voces. Subí rápidamente por las escaleras de caracol y atravesé varias salas antes de llegar al pasillo que conducía al vestíbulo del edificio. Irena me dijo muy asustada que habían oído un alarido inhumano y unos golpes contra la puerta interior del vestíbulo, por lo que temían que alguno de mis enemigos quisiese entrar por la fuera. Cuatro guardias capitaneados por un nuevo ghoul llamado Velkan, se hallaban junto a la puerta con las armas listas y antorchas prendidas, preparados para dar sus vidas en defensa de la capilla. Al otro lado de la puerta, seguían oyéndose alaridos y golpes contra el suelo.

Hice un gesto para que me dejasen pasar y abrí la puerta protegida por salvaguardias y otras defensas mágicas. En el suelo del vestíbulo, vi a un hombre joven, de pelo rubio oscuro, vestido con ropas sencillas y tumbado en el suelo moviéndose con espasmos y echando abundante sangre por la boca. La puerta de la calle permanecía abierta. Tal y como temía, mis sentidos sobrehumanos percibieron que el extraño era un Cainita. Toqué el resorte en unos pocos instantes y nuestro invitado cayó en el acto al fondo del foso, con su corazón atravesado por una estaca. Cuando el suelo de madera volvió a su posición original, atravesé la antesala y cerré la puerta principal del edificio, atrancándola por dentro. No hubo más asaltos ni interrupciones. Una vez que me aseguré de que sólo había un intruso, ordené a los guardias que descendiesen al foso y que llevasen al Cainita a las mazmorras de la capilla.

Allí utilicé mis conocimientos de la Taumaturgia y del ritual de la Revelación del Linaje de la Sangre para descubrir todos los secretos ocultos gracias a la sangre del Cainita. Así averigüé que nuestro intruso estaba muy alejado de Caín, por lo que pertenecía a una de las generaciones más débiles de la Estirpe, y que pertenecía al clan Malkavian. Sentí un gran alivio cuando comprobé que ni Octavio ni Crish Competer formaban parte de su linaje. Por otra parte, tampoco era esclavo ni señor de un Juramento de Sangre con otro Cainita. Mis averiguaciones sólo me condujeron a nuevas preguntas. ¿Era un infernalista o era un Cainita "inocente"? Si no era un peón de los adoradores de Kupala, ¿por qué se había dirigido directamente a mi capilla en lugar de a cualquier otro edificio de la ciudad?

Decidí que sería necesario un intenso interrogatorio, por lo que esa noche y la siguiente le dí a beber unas cuantas gotas de mi propia sangre, dejándolo a un paso de quedar esclavizado por un Juramento de Sangre hacia mí si me veía obligado a condenarlo de ese modo. Usando mi Dominación sobre él, le ordené que no me atacase bajo ninguna circunstancia y luego saqué la estaca que atravesaba su corazón. El intruso chilló de dolor, pero permaneció quieto, de momento. Cuando le pregunté, me dijo que se llamaba Rafael. Era un vecino de Alba Iulia al que unos desconocidos habían secuestrado hacía escasas noches y lo habían convertido en el monstruo que ahora era. No recordaba dónde estuvo encerrado durante el tiempo que permaneció cautivo. En su mente sólo había una oscuridad vacía entre un suceso y el siguiente, por lo que supuse que habían borrado sus recuerdos usando las artes de la Dominación. Luego se despertó en las alcantarillas, donde un hombre deforme y monstruoso le guió hasta una calle y le ordenó que entrase por la fuerza en un edificio. Rafael dijo que no pudo desobedecerle, sintiendo como si alguien le hubiera dicho antes que obedeciese todas las órdenes del "Nosferatu". No le resultó difícil violentar la primera puerta del edificio y entrar en un vestíbulo, pero al tocar la segunda puerta había sentido un dolor atroz. Las últimas cosas que recordaba el desdichado eran una sensación de caída y un dolor inimaginable en el pecho.

Permanecí en silencio reflexionando sobre lo que me había contado. En su testimonio tenía la prueba de que los Nosferatu ocultos en Alba Iulia colaboraban con los adoradores de Kupala. Estaba seguro de que uno de los infernalistas, un Malkavian, había convertido en Cainita a Rafael para poner a prueba las defensas de mi capilla, posiblemente teniendo en mente un futuro ataque. No esperaban que Rafael sobreviviera, por lo que ni siquiera se habían molestado en atarlo a Juramentos de Sangre ni iniciarlo en sus prácticas malignas. Simplemente lo habían llevado hasta la capilla y habían observado los resultados. Probablemente el Nosferatu, invisible incluso en plena calle, había visto la eficacia de las defensas taumatúrgicas de la puerta interna y cómo funcionaba la trampa del vestíbulo.

Esas divagaciones me volvieron a traer al presente. Debía decidir el destino de Rafael. Podía destruirlo o bien podía utilizarlo contra los infernalistas. Decidiéndome por esta última opción, le expliqué con toda la paciencia que pude reunir en qué se había convertido. Asimismo, también le conté que yo era el gobernante Cainita de Alba Iulia y que mis enemigos le habían "transformado" para usarlo como peón prescindible en sus juegos. Rafael abrió mucho los ojos cuando le expliqué que su creador no esperaba que sobreviviese a los sucesos desencadenados la noche anterior. Como Príncipe, continué con tono firme, estaba en mi derecho de destruirlo, pero le perdonaría su mísera no vida si me ayudaba a encontrar a mis enemigos. Por supuesto, él juró que así lo haría. Además le expliqué que yo no tenía el tiempo ni los deseos necesarios para instruirle en las costumbres de la Estirpe de Caín, pero que mi Senescal se convertiría en su tutor hasta que lo creyese adecuado. Por último, le obligué a descansar en mi capilla bajo las mismas condiciones que tenía que cumplir  el Capadocio.

Hablé más tarde con el propio Iván para informarle de todo. Quería que se hiciese cargo de Rafael, educándolo cuanto pudiese, pero también quería que lo vigilase en todo momento. De ahora en adelante, el Malkavian estaba a su cargo e Iván sería el responsable de todas sus acciones como si fuese su propio chiquillo. Al Capadocio no le gustó oír esto, pero supo mantenerse en su lugar. También le ordené que él y Rafael investigasen el barrio bajo de la ciudad, buscando a los adoradores de Kupala.

Finalmente, aproveché la última hora antes del amanecer para escribir a lord Sirme. Le expliqué con la máxima brevedad posible todo lo que había averiguado y las órdenes que tenían Iván y Rafael. También le sugerí que estuviese alerta durante las próximas noches, por si llegaba el caso de que él también sufriese una visita inesperada. Parecía que nuestros enemigos estaban perdiendo la paciencia y volviéndose más osados en sus ataques. Tal vez llegase pronto la oportunidad por la que habíamos aguardado tanto tiempo.

miércoles, 3 de octubre de 2012

C. DE T. 1 - 97: IVÁN


Los primeros años del siglo XV prometían ser tan confusos como los cien anteriores. Morke nos trajo nuevas noticias de los territorios vecinos. A pesar de la vaguedad de los rumores, supimos que muchos Cainitas se habían rebelado contra el legítimo poder de sus sires. Incluso se llegaba a decir que esta rebelión había emponzoñado al mismo clan Lasombra. Parecía que no era un fenómeno aislado, sino uno que se había extendido de un extremo a otro de los reinos cristianos, aunque la vaguedad de las noticias que llegaban a nuestra ciudad nos impedía discernir la verdad de la mentira. Curiosamente, mi sire Jervais no me comunicó ninguna novedad a este respecto en sus escritos, lo que alentó más si cabe mi paranoia. En cualquier caso, el culto de Kupala ya era una amenaza suficientemente grande para que además tuviésemos que preocuparnos por esa chusma rebelde.

En el año 1.408 de nuestra era, el rey Segismundo de Hungría y Croacia creó una orden de caballería seglar conocida como la Orden del Dragón. Formada por el rey, príncipes y nobles de toda clase, la Orden tenía como símbolos la cruz roja de San Jorge y un dragón uróboros, que simbolizaba la eternidad.  Los objetivos de la Orden se resumían en defender la causa de los monarcas húngaros y derrotar a los enemigos del catolicismo, ya fuesen herejes ortodoxos, pérfidos musulmanes u otras religiones paganas. Dicha orden militar tuvo una gran influencia no sólo en el reino de Hungría, sino también en los reinos vecinos y en la propia Valaquia.

Cinco años después, en 1.413, llegó a mi capilla un Cainita que solicitaba verme para entregarme una misiva del hermano William Arkestone. Aunque puede que hubiese sido joven, la palidez mortecina de su piel y su pelo alicaído sin color le hacían parecer mucho más viejo. Además de su delgadez antinatural, tenía los pómulos hundidos, grandes ojeras y los labios y las uñas de un malsano color azulado. Sin duda era un Capadocio. Finalmente, vestía con una simple y ajada túnica parda, sin más adornos que una sencilla cruz de madera que colgaba de su cuello y una cuerda de esparto a modo de cinturón.

Al abrir la carta del hermano William, comprobé en efecto que había sido escrita de su puño y letra. Mi viejo amigo me decía en ella que presentía que se avecinaba una terrible catástrofe contra el clan Capadocio y, aunque no temía a la muerte, seguía diciendo, había hecho planes para sobrevivir a esa calamidad. Fingiría su  propia destrucción dejando pistas falsas que apuntaban a un ataque de los adoradores de Kupala que habría terminado fatalmente con el incendio de su amada abadía y la muerte de casi todos sus seguidores mortales. Tales sucesos estarían ocurriendo en ese mismo momento, mientras me hallaba leyendo su misiva. A continuación, se ocultaría para caer en Letargo en algún lugar remoto y secreto. Mi viejo amigo creía que si permanecía oculto unos cuantos siglos, podría escapar del siniestro destino que les aguardaba a sus compañeros del clan Capadocio. El hermano William me aseguraba que había depositado una gran confianza en mí, pues era la única persona en la faz de la tierra a la que había confiado sus planes. Sus últimas palabras de despedida incluían un ruego: que cuidase del mensajero que me traía su última carta, ya que era el último chiquillo que había creado y, tras años de instrucción, consideraba que estaba listo para ocupar el puesto de Senescal a mi servicio.

A pesar de haber leído la carta, mantuve la mirada en ella durante unos instantes más para poner en orden mis ideas. Estaba demasiado sorprendido para pensar con claridad. Si era cierto que se avecinaba un desastre que extinguiría el linaje de los Capadocios, ¿por qué el hermano William no me había contado nada  acerca de sus sospechas? En este asunto había demasiadas incógnitas, que debía conocer. Alcé la mirada para mirar al joven Cainita. Le pregunté su nombre. Con voz serena y tranquila, me respondió que había adoptado el nombre de Iván desde su segunda muerte. Su respuesta me sorprendió, pero permanecí en silencio. Puse una de las esquinas de la carta bajo la llama de una vela y la quemé hasta que no quedaron más que cenizas de la misiva. Luego, volví a encararme con Iván. Le mentí diciendo que su sire me informaba que deseaba abandonar voluntariamente su puesto de Senescal en la Corte de Alba Iulia para consagrarse por entero a sus estudios y que esperaba que él, su amado chiquillo, lo reemplazase. Le expliqué a Iván que ese era un puesto de gran confianza y responsabilidad y le pregunté sin sutilezas si se creía preparado para desempeñar tan noble cargo. Por supuesto, Iván me respondió afirmativamente.

Mirando por última vez las cenizas dejadas por la carta, le concedí dicho puesto y, por último, hice que dos ghouls armados lo escoltasen de regreso a la abadía. Cuando el joven Capadocio se marchó, esperé pacientemente. Una o dos horas antes del amanecer, Iván y mis ghouls volvieron a presentarse ante mí. Agitados, me comunicaron que alguien había asesinado a los monjes de la abadía y prendido fuego al edificio. Iván estaba visiblemente afectado por la más que posible destrucción de su creador. Interpretando mi papel, le expliqué que probablemente ese abyecto crimen hubiese sido perpetrado por los adoradores de Kupala, pero que no permitiría que quedase sin castigo. Le ofrecí descansar en mi capilla durante las horas del día siempre que lo necesitase, pero él rechazó mi oferta con educación, temiendo quizás quedarse en deuda conmigo y me respondió que buscaría un refugio propio en la ciudad mientras aún tuviese tiempo. Mientras Iván se marchaba de mi capilla por segunda vez en esa noche, escribí a lord Sirme para comunicarle el ataque a la abadía y la "destrucción" del hermano William. Fingí que estaba convencido de que el culto de Kupala era el responsable y le exigí aparentemente furioso que Morke y él diesen de una vez por todas con el escondite de los infernalistas de una vez por todas. Por último, también le informé que Iván sería el nuevo Senescal de Alba Iulia.

Poco antes del amanecer, tuve una reunión con Eidna y Lushkar para contarles las mismas mentiras que le había explicado a lord Sirme. Mis dos aprendices se sorprendieron por el rumbo que tomaban los hechos, pero calmé sus temores asegurándoles que a pesar de que los campos no eran seguros, la ciudad en sí misma todavía lo era. Luego, les dí permiso para que se retirasen. En mi interior, me dolía tener que engañar de ese modo a Lushkar, pero estaba convencido de que el secreto del hermano William sólo seguiría siéndolo si se reducía al máximo el número de las personas que lo conocían.