martes, 31 de julio de 2012

C. DE T. 1 - 53: SZLACHTA


Me desperté con una gran sensación de inquietud por la posible presencia de los viles Tzimisce, los odiosos enemigos de la Casa Tremere. Cuando me incorporé, Irena estaba tumbada en su jergón. Los rigores del viaje y la responsabilidad de alimentarme no habían sido amables con ella. Su rostro pálido contrastaba ya con las ojeras que rodeaban el contorno de sus ojos cansados. No se resistió cuando bebí su sangre, sino que permaneció inmóvil esperando el placer del Beso. Al terminar, la dejé descansar plácidamente sobre el jergón. Iba a llamar a Derlush para que me informase de las novedades del día cuando escuché un gran alboroto en el exterior. Pude ver al salir que algunos hombres estaban discutiendo con Paolos y mi criado. Erik me interceptó antes de que pudiese acercarme a ellos. Me dijo que esa tarde habían encontrado a otro hombre que había desaparecido durante la noche anterior, uno de los del grupo de Paolos al que nadie había echado en falta hasta que fue demasiado tarde. Lo encontraron a un lado del camino, empalado en una larga estaca y completamente despellejado. Toda la caravana había tenido que pasar por delante de aquel pobre bastardo, contemplando impotentes la carnicería. El capitán bávaro quería una explicación. Todos los hombres del grupo la querían porque estaban asustados.

Era cierto. Aquellas personas merecían una explicación que aliviase sus miedos. Mandé detener la caravana, subí al techo y exigí a todos los hombres y mujeres que se acercasen cuanto pudiesen. Les expliqué que estas montañas estaban plagadas de asesinos y bandidos de la peor clase, motivo por el que la fortaleza del señor de Ceoris necesitaba los servicios de tantos mercenarios. Sólo faltaban cinco días para alcanzar la primera de las atalayas defensivas que rodean y separarse del grupo para huir deshaciendo el camino era más peligro que continuar hasta llegar a nuestro destino.

-Cinco días-, les prometí. Debéis ser fuertes durante cinco días más.

La mayor parte de los mortales comprendieron  con disgusto que tenía razón. Separarse de la caravana era una condena de muerte segura y hacer que todo el grupo retrocediese no detendría a los forajidos que nos atacaban. Los que no estaban de acuerdo aguardaban en silencio el mejor momento para poner pies en polvorosa, así que por el momento recorrimos juntos gran parte del camino. No obstante, cuando faltaba poco tiempo para el amanecer, escuchamos aullidos de lobos, que parecían estar más cerca de lo que deberían. Entonces, todo pasó demasiado rápido. Algunas bestias salieron de la maleza en la que estaban ocultas para atacar a los últimos rezagados del grupo de Erik Siegard, arrastrando a dos desafortunados al bosque con ellos. Pudimos escuchar el tormento de los gritos y los ladridos de los lobos con toda claridad. Llegué a la retaguardia justo a tiempo para impedir que Erik y un grupo de mercenarios se separasen de nosotros para rescatar a sus compañeros. EL viejo bávaro estaba a ignorarme, pero cuando le dije que ya estaban muertos entró en razón y detuvo a sus hombres pese a las protestas. Había acertado con él. Pese a que la ira casi lo había hecho caer en una emboscada, fue lo bastante inteligente para reconocer lo que estaba pasando. Volví cansado a mi carromato mientras la caravana continuaba impasible su marcha.

Cuando me desperté a la noche siguiente, salí al exterior para ayudar como pudiese a los mortales cuyas vidas dependían de mí. No pasó mucho tiempo hasta que pudimos ver nuevas señales del enemigo. En un tramo por delante nuestro, habían colgado pieles despellejadas de las ramas de dos árboles a ambos lados del camino. Para no perder más tiempo, nuestra caravana tuvo que pasar por debajo de aquel grotesco arco del triunfo. Las pieles parecían inhumanamente frescas y aún olían a sangre recién derramada. Mientras pasábamos por debajo, pude escuchar los lamentos y los rezos de los mortales. Cuando le tocó el turno a los mercenarios bávaros, uno de los hombres de Erik maldijo al reconocer la piel del rostro de una de las víctimas de los lobos.

Pasaron unas horas más. No hubo aullidos lobunos, ni encontramos más cuerpos despellejados en las lindes del bosque, sino que avanzamos con los nervios a flor de piel por un camino poco cuidado a la par que difícil, rodeado por un bosque espeso a los pies de las montañas. Fueron unas pocas horas de paz que pocos pudieron aprovechar. Sin embargo, pronto hubo nuevo ataque. Tres figuras humanas, horriblemente desfiguradas por protuberancias de hueso y cartílago, salieron de entre los matorrales para atacar a nuestra vanguardia. Los Tzimisce llamaban a sus ghouls de guerra Szlachta. Sus deformidades les otorgaban un aspecto diabólico, pero lejos de ser inútiles, también les conferían una fuerza y una resistencia sobrehumanas. Si a ello le añadíamos las bendiciones propias de la sangre maldita de Caín, eran una guerreros magníficos. Muchos de los hombres bajo el mando de Paolos se quedaron inmóviles como estatuas por el terror o se pusieron a rezar con un inusitado fervor.

Si permitía que los Szlachta llegasen a nuestras filas, provocarían una masacre. Pese a que mis escasos conocimientos bélicos, todo parecía indicar que ese ataque debía ser una distracción. Por tanto, ordené a Derlush y a los ghouls bávaros que se hallaban bajo mi servicio directo que cargasen contra ellos, mientras  tanto yo permanecería en lo alto del carromato atento a cualquier otra señal de ataque por los flancos o la retaguardia. No obstante, no se produjeron más ataques y mis criados destrozaron a los Szlachta, excepto a una de las criaturas que logró retirarse a las lindes del bosque aferrando a otro de los hombres de Paolos. Pudimos oír sus alaridos mucho tiempo después de que hubiésemos dejado atrás aquel recodo del camino. Paolos vino a verme para preguntarme que querían esos monstruos. Aunque sabía que era un ghoul, desconocía qué cosas le había explicado su ama, así que me limité a responderle que esas criaturas eran siervos de nuestros enemigos. Hasta ese momento, parecía que sólo estaban midiendo nuestras fuerzas, por lo que le aconsejé que tuviese listos a sus hombres para soportar un gran ataque en las próximas noches. Él asintió y volvió para reunirse con los suyos.

Miré a mi alrededor. Las gentes que componían la caravana estaban asustadas y exhaustas por la marcha que les estaba forzando a hacer y, aunque eran gentes sencillas con mentes sencillas, los hechos les habían demostrado que les había engañado. Sus enemigos no eran bandidos, sino monstruos y demonios salidos del  mismísimo infierno para torturarlos y arrancarles sus almas en el momento de la muerte. Se habían dado cuenta de que ya no había vuelta atrás. Sólo podían seguirme y rezar como nunca habían hecho con anterioridad.

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