jueves, 13 de septiembre de 2012

C. DE T. 1 - 83: EL PERMISO


Zelios. El arquitecto Nosferatu había estado en el pasado al servicio de Radu y otros poderosos Cainitas de la región. ¿Podíamos confiar en él? El hermano William insistía con firmeza en que Zelios estaba obrando de buena fe en este asunto. Además, no podíamos arriesgarnos a desoír sus advertencias y, en consecuencia, que nuestra pasividad fuese cómplice del despertar de Kupala. Miré a los demás allí reunidos. Conocía lo suficiente a Lushkar para saber que a él también le incomodaban las runas de Zelios. ¿Cómo no iban a hacerlo? No teníamos tiempo para estudiarlas a fondo y, por añadidura, el Nosferatu quería que las labrásemos en los muros de la mismísima Ceoris. ¿Es que él también estaba loco? ¿De verdad creía que podríamos convencer al Consejero Etrius para que aceptase sospesar si quiera la posibilidad? Lord Sirme, por su parte, también se mostró partidario de usar las runas. Era el único arma en nuestro poder que podría ser efectiva con el demonio. Teníamos que arriesgarnos. Le pregunté si estaba dispuesto a perder en el proceso la deuda que tenía la Casa Tremere con nosotros y él respondió afirmativamente, siempre y cuando  no nos quedase otra alternativa. Alfredo no dijo nada, pero asintió al escuchar los argumentos del hermano William.

Pese a mis reticencias, tuve que aceptar que no teníamos más posibilidades. Así pues, decidimos elaborar una estrategia para erradicar la corrupción infernal de Alba Iulia. Lord Sirme prepararía a sus guardias de mayor confianza. El hermano William y Alfredo continuarían investigando la ciudad, ayudados por Lushkar cuando fuese necesario. Yo me ocuparía personalmente de que se grabasen con precisión las runas en los lugares especificados de las murallas. Posteriormente, partiría con Gardanth a Ceoris para inscribirlas allí también y, cuando regresase del viaje, masacraríamos de una vez y para siempre a todos los adoradores de Kupala que infestaban nuestro Dominio.

Una vez que volvimos a Alba Iulia, Lushkar y yo grabamos las runas en las murallas de la ciudad como habíamos acordado. Después volvimos a la capilla. Lushkar volvió a hacer preparativos para mi nuevo viaje, incluyendo más piedras imbuidas de sangre como reservas. Despertamos a los criados que me habían acompañado y les obligamos a volver a prepararse para otra travesía por las montañas, dándoles a beber mi propia sangre mediante engaños para que recuperasen mejor sus fuerzas. Por último, ordené a Gardanth que me acompañase, recogiendo sus armas. Su ánimo seguía preso de una profunda melancolía, pero parecía que había aceptado su nueva existencia. Era el momento de presentarlo como mi nuevo chiquillo en Ceoris aprovechando nuestra visita a la capilla. Finalmente, partimos pocas horas antes del amanecer.

El viaje fue extremadamente penoso debido a las terribles tormentas que azotaban la región. No obstante, obligué a mis nuevos ghouls a luchar día y noche contra los elementos para llegar cuanto antes a nuestro destino. Tardamos poco más de una semana en alcanzar la zona vigilada por las atalayas de Ceoris y unas pocas noches más en cruzarnos con una patrulla de guardias a caballo, que lucían el escudo heráldico de la Casa Tremere. No había advertido ni a Etrius ni a Jervais de nuestra visita, por lo que al principio los guardias se negaron a permitirnos llegar a la capilla hasta que revelé quién era y les dije que me traía un asunto de vital importancia. Los guardias nos acompañaron por el camino del valle , desde donde ya se atisbaban las torres de la capilla en los cielos, y cruzaron con nosotros el Foso de Etrius hasta llegar a la cima sobre la que se asentaba Ceoris.

Confieso que sentí un inmensa impresión de respeto y miedo cuando percibí los muros sombríos de la fortaleza que servía de capilla central a la Casa Tremere. No podría asegurar si ello se debía a los amargos recuerdos de mis anteriores visitas o si, por el contrario, se debía a algo más siniestro. Los guardias nos escoltaron hasta la puerta secundaria. Allí nos estaba esperando pacientemente Curaferrum, al pie de las escaleras que subían a las plantas superiores. Por fortuna para él, su piel no mostraba las marcas de la tortura a la que lo habían sometido años antes. Saludamos al Castellano de Ceoris con la debida formalidad, presentándole a mi nuevo chiquillo. Gardanth se comportó debidamente, lo que supuso para mí un gran alivio. Curaferrum preguntó con sencillez cuál era el motivo de esta inesperada visita. Le respondí de forma escueta que debía hablar con el Consejero Etrius de un asunto extremadamente grave. Al ver que no iba a revelar nada más, nos acompañó en completo silencio hasta los aposentos que compartiríamos en la quinta planta y luego se marchó, dejándonos a solas.

Un criado vino poco después para decirme que el Consejero Etrius el Pío me esperaba en sus aposentos privados. Había llegado el momento que tanto temía. Tras responderle al criado que ya conocía el camino y tras ordenarle a Gardanth que no saliese de nuestros aposentos sin mi permiso expreso, fui al encuentro del  Consejero. Etrius "el Pío" me esperaba sentado en un sillón de madera negra, con relieves florales que escondían signos esotéricos de gran poder. La dureza de su mirada no daba lugar a ninguna duda: no era bienvenido entre los suyos. Sin humor para perder el tiempo en rodeos inútiles, me presenté ante él con la debida cortesía e inmediatamente después le expliqué todo lo que había llegado a descubrir sobre el demonio Kupala y sus adoradores. También le hablé de Zelios, de sus runas y de la urgente necesidad que teníamos de gravar dichos signos en los muros de Ceoris para mantener a raya el poder de Kupala. A pesar de mis argumentos, el Consejero no estaba convencido. Posiblemente, sus prejuicios contra mí estaban nublando su juicio. Desesperado y aterrado por esta reacción, tuve que usar el último recurso que me quedaba. Le aseguré que si se inscribían las runas, quedaría saldada la deuda que había contraído recientemente la Casa Tremere con nosotros. Etrius no aceptó de inmediato, pero tras pensárselo durante unos instantes, me dijo que debía pedir permiso. No hizo falta que aclarase a quién iba pedir dicho permiso. Me estremecí al recordar el poder absoluto del fundador de la Casa Tremere.

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