lunes, 13 de agosto de 2012

C. DE T. 1 - 62: HARU


Me despedí de Curaferrum en las plantas del servicio y volví a mis aposentos en la quinta planta. Allí, utilicé un odre de vino para llenarlo con mi sangre maldita. A continuación, volví a descender a los pisos inferiores, preguntando por el paradero de mis criados. Uno de los guardias de la capilla me llevó a una cámara vacía. Quedó sorprendido al no ver a nadie y luego, explicándome que seguramente les debían de haber dado unos alojamientos diferentes, me guió hasta el mayordomo de Ceoris, un anciano llamado Haru. De aspecto apergaminado y legañoso, el mortal debía tener unos ochenta o noventa años, una hazaña casi imposible sin una intervención mágica de algún tipo. Su melena tenía un color blanco como la nieve, llegando hasta la altura de los hombros. Además, mostraba amplias entradas a la altura de la frente. Sus pobladas cejas blancas enmarcaban sus ojos castaños. No había parte de su rostro que no estuviese surcado por profundas arrugas. Su nariz era grande y ganchuda, y pequeños pelillos sobresalían de su perilla. El anciano tardó en comprender mi pregunta y, cuando lo hizo, volvió a preguntarme cuáles eran los nombres de mis criados. Sintiendo piedad por su situación, me armé de paciencia y se los repetí despacio una vez más. Esta vez recordó el nombre de Lushkar, diciéndome que lo habían llevado a la sala del reposo, una cámara destinada a los heridos y enfermos, donde podrían recuperar su salud. El mayordomo me guió con paso lento e inseguro hasta el piso inmediatamente inferior a la planta baja y, desde allí, a una cámara concreta. La mayoría de los sirvientes se mostraron sorprendidos al ver a un magus caminando por los pasillos dedicados al servicio y se apartaban de nuestro paso sumisos e intentando no llamar la atención.

Cuando entré en dicha cámara, pude apreciar que Lushkar era su único ocupante. Estaba tendido en el suelo, en un pequeño jergón de paja y cubierto con una manta. Seguía descansando inconsciente, pero me juré que esa situación iba a cambiar muy pronto. Me acerqué a su lado y abrí el odre. Luego, le obligué a beber despacio todo su contenido. Aparté el odre vacío y le susurré una y otra vez las mismas palabras.

-La sangre es poder-, le dije. Úsala para curar tus heridas. Cúrate a tí mismo, Lushkar.

Al principio no pareció haber respuesta alguna a mis palabras, pero, pasados unos minutos, su tez perdió una pizca de la palidez que había estado siempre presente en él desde nuestro desafortunado encuentro con los licántropos en Praga. Algunos cortes y pequeñas cicatrices de su cara comenzaron a cicatrizar despacio, desapareciendo unas, mejorando otras. Lushkar parpadeó y, finalmente, abrió los ojos de nuevo, volviendo en sí con cierta inseguridad. Me alegré sinceramente de tenerlo entre los vivos. En su ausencia, Derlush había hecho un trabajo extraordinario, pero no podía evitar sentir un verdadero afecto por mi primer criado. Le expliqué que ya no estábamos en Praga, sino en la capilla de Ceoris, situada en los Alpes Transilvanos, y que habían pasado meses desde que cayera herido durante el combate con los licántropos. Lushkar intentó incorporarse, queriendo volver a ponerse inmediatamente a mi servicio de nuevo. Antes de que me diese tiempo a detenerlo, su rostro mostraba ya señales de dolor ante el esfuerzo. No necesité usar mucha fuerza para contenerlo y, con voz severa,  le ordené que descansase en la sala hasta que lo hiciese llamar para incorporarse a mi servicio. Obedeció de inmediato, abandonando todo intento por sentarse siquiera en el jergón de paja. Por último, le expliqué que en ese momento tenía asuntos muy importantes a los que hacer frente, pero que regresaría durante las próximas noches para vigilar su reposo. Por tanto, debía descansar y no responder a ninguna pregunta sobre nosotros o nuestras actividades que le hiciesen otros señores o criados de la capilla de Ceoris.

Quedaba poca noche ya que pudiese utilizar para mis propósitos, así que subí a la segunda planta con paso rápido, entrando de nuevo en la gran biblioteca. Como esperaba, el Maese Bibliotecario Celestyn estaba allí sentado en una de las mesas, dando instrucciones a sus ayudantes. Cuando hice ademán de acercarme para hablar con él, los despidió con unas últimas palabras y se volvió hacia mí para ver qué deseaba. Le expliqué que necesitaba su ayuda para hallar respuestas a un oscuro enigma que había descubierto recientemente, pero que no sólo requería de su sabiduría sino también de su discreción, por lo que estaba dispuesto a recompensar su paciencia ofreciéndole un favor que podría cobrar cuando gustase. Aquello lo divirtió sobremanera y me aseguró que todos nosotros le hacíamos las mismas peticiones en términos increíblemente similares. Luego, me preguntó sin rodeos cuál era el enigma en cuyos secretos estaba tan interesado. Le respondí una sola palabra con un susurro: Kupala. El buen humor del que había hecho gala Celestyn hasta ese momento desapareció de inmediato y su rostro adoptó un gesto serio... y nervioso. Me preguntó el motivo por el que estaba interesado en ese nombre. Le expliqué que me había encontrado con un culto suyo liderado por un Cainita en un pueblo llamado Satles, contándole todas las atrocidades que sus adoradores habían cometido en su nombre. Estaba claro que aquel ser era un demonio, una entidad astral de los planos inferiores. Por lo tanto, necesitaba conocer toda la información disponible sobre él para combatir sus inmundas actividades si nuestros caminos se cruzaban de nuevo. Celestyn dudó durante largo tiempo, permaneciendo callado y pensativo. Cuando creí que su respuesta sería una negativa, me sorprendió aceptando mi propuesta y me recomendó una serie de libros sobre infernalismo. Anotó con extrema pulcritud los títulos en un trozo de pergamino y me pidió que se los devolviese antes de marcharme de Ceoris.

Regresé a mis aposentos inmediatamente después de mi visita a la gran biblioteca. Pese a mis fracasos en el Salón del Consejo, al menos había recuperado a Lushkar y, aunque tardase varias noches en obtener información valiosa de los libros recomendados por el Maese Bibliotecario, no dudaba que me serían de gran ayuda. Al fin y al cabo, aunque el Consejo de Ceoris hubiese tomado una decisión, podía adoptar otra con los incentivos adecuados. Tenía varias noches por delante para usar todos mis recursos, mas iba conseguir que me volviesen a enviar a mi querida Balgrad de un modo u otro.

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