jueves, 23 de agosto de 2012

C. DE T. 1 - 68: EL NOSFERATU


Transcurrieron dos noches más después de nuestro encuentro con el Gangrel llamado Morke. La abadía del hermano William no había sufrido más asaltos, ni se habían encontrado más cadáveres desangrados en los territorios controlados por la ciudad. Todo parecía señalar que Morke estaba haciendo honor a su palabra, al menos de momento. No obstante, ninguno de nosotros logró hallar indicios de la presencia del Nosferatu al que el hermano William juraba haber visto noches antes. Si ese Cainita todavía se encontraba en Balgrad, permanecía oculto y cubría bien sus huellas, sin presentarse debidamente ante el Príncipe de la ciudad tal y como exigían las costumbres de los nuestros. Así pues, debía localizarlo inmediatamente, ya que me aterraba la posibilidad de que fuese un agente de nuestros enemigos.

La mayoría de los Cainitas sabían que, debido a su terrible aspecto, los Nosferatu solían preferir lugares aislados y subterráneos para descansar el sueño diurno, y uno de esos lugares de su predilección solían ser los sistemas de alcantarillas y recogidas de aguas. La ciudad de Balgrad todavía disponía de un pequeño sistema de alcantarillas heredado de la época del imperio romano, aunque ninguno de sus vecinos se atreviese a poner un pie en aquellas ruinas. Era un lugar perfecto para esconderse sin llamar la atención. Así pues, decidí enviar a Lushkar y Derlush al mando de cuatro hombres armados contratados para la ocasión, para que descendiesen a las alcantarillas, levantasen planos de su trazado y, en el caso de que descubriesen a cierto monstruo durmiente, hundiesen una estaca en su marchito corazón. En cualquier caso, tanto si daban con el escondite del Nosferatu como si no, volverían con planos del trazado de las antiguas alcantarillas que podrían ser muy útiles en el futuro.

El primer día de trabajo para mis criados fue claustrofóbico y tedioso, vagando de un túnel a otro sin más luz que la de las antorchas que llevaban consigo. No obstante, fueron atacados por las ratas que infestaban aquellos túneles mohosos. A pesar de que habitualmente rehuían la presencia de hombres adultos, aquellas  pequeñas alimañas les mordieron con una ferocidad inaudita e hirieron levemente con sus colmillos a Derlush y a uno de los hombres que les acompañaban. El ataque de las ratas podía ser una señal de la influencia del Nosferatu, por lo que ordené a Derlush y Lushkar que continuasen con sus investigaciones durante los próximos días, siempre durante las horas del día.

A la noche siguiente, acudí a la Abundancia para explicarle a lord Sirme mis averiguaciones y discutir la posibilidad de organizar una batida en las alcantarillas con los hombres de la guardia de la ciudad. Sin embargo, cuando nos hallábamos sumergidos en aquella discusión en una de las mesas del comedor, la puerta se abrió de golpe y Derlush entró herido y con sus ropas manchadas de sangre, murmurando que la noche se les había echado encima antes de darse cuenta y que habían sido atacados por el Nosferatu. El tabernero y dos vecinos lo observaron con espanto. Derlush iba a decir algo más, pero lo hice callar con un gesto y les ordené a él y a lord Sirme que me siguiesen a una de las habitaciones del piso superior. En mi fuero interno intuía que algo iba mal. Una vez arriba y lejos de miradas y oídos indiscretos, me hice un corte en la muñeca y se la ofrecí a Derlush para que bebiese mi sangre y restañase sus heridas. Él sólo me observó con evidente frustración. De pronto, su figura desapareció como si nunca hubiese existido, confirmando mis sospechas. No era mi fiel criado, sino el Nosferatu al que buscábamos.

Con rápida determinación, lord Sirme cubrió la puerta con su cuerpo y desenvainó su espada, al tiempo que yo hacía lo propio ocultando la ventana y cogiendo mi daga. El tiempo pasó lentamente, mas ninguno de nosotros mostró señal alguna de flaqueza. Al final, el Nosferatu, viéndose acorralado después de varias horas de tensa espera, me atacó dos veces, sospechando sin duda que yo sería el contrario más débil físicamente. Esquivé su cuchillo como pude, aunque su filo me cortó el brazo izquierdo en la segunda acometida. El Ventrue alzó un poderoso mandoble de su espada, que no acertó en el blanco, pero que sirvió para hacer retroceder a la criatura. El Nosferatu decidió entonces volver a hacerse invisible.

Volvió a haber otro periodo de tensa espera, uno incluso más largo que el primero. Lord Sirme y yo hicimos planes en voz alta. Esperaríamos hasta el amanecer y apresaríamos de un modo u otro a ese rufián cuando se durmiese por el cansancio del día, aunque nos costase nuestra no vida. El Nosferatu, desesperado, perdió los nervios y se lanzó contra lord Sirme. El Ventrue lo recibió asestándole un fuerte mandoble que partió su hombro derecho, hundiendo su espada más de quince centímetros cortando con facilidad carne y hueso hasta llegar a la altura del pulmón. El Nosferatu retrocedió un paso aullando de dolor, con la espada del Ventrue aún clavada firmemente en su hombro, sólo para que hundiese mi daga con todas mis fuerzas contra su espalda. Esa bestia inmunda cayó al suelo de la habitación sumida en el sueño mortecino que los Cainitas llamamos el Letargo.

Lord Sirme cogió con brusquedad la silla de madera y la partió rompiéndola contra la pared. Inmediatamente después, usó una de las patas rotas como estaca improvisada hundiéndola en el corazón marchito del Nosferatu, que, como todos los Cainitas en tales situaciones, no podría curar sus heridas y estaría completamente inmovilizado hasta que alguien le quitase la estaca. Los actos del intruso habían demostrado su culpabilidad, afirmé. Se había acercado al Príncipe con engaños y argucias, y había tratado de atacarnos en el mismo momento en que fue descubierto. Lextalionis, confirmó lord Sirme. Reivindicando mis derechos como Príncipe de Balgrad, condené al Nosferatu al encierro en las mazmorras de mi capilla hasta que decidiese su destino. A continuación, le pedí al Ventrue que partiese a la abadía del hermano William para contarle lo que había sucedido y el castigo que había decretado contra el condenado.

Una vez que Lord Sirme me dejó a solas con el intruso, lo alcé en brazos y lo llevé a mi capilla para alojarlo en una de las mazmorras, maniatando su cuerpo con grilletes en su cuello, manos y piernas a pesar de que la estaca seguía aún clavada firmemente en su corazón. No quería correr ningún riesgo innecesario con aquel invitado y, aunque no había forma de saber cuándo despertaría del Letargo, decidí que una vez a la semana, retiraría la estaca y le daría unas gotas de sangre para intentar despertarlo. Tarde o temprano sabría quién era y por qué había venido a mi ciudad.

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